11. Turner
Turner
Frankie me miró como si por fin lo entendiera.
Aunque, claro, se lo acababa de decir bien clarito.
No iba de broma lo que le había dicho antes sobre que me sentía un poco agobiado. Lo estaba. Esta situación me había puesto nervioso y su confesión no había ayudado a tranquilizarme.
Durante meses, ese hombre se había aprovechado de su soledad.
Había explotado su vulnerabilidad hasta el punto de que ella se sentía responsable de que la hubiese seguido hasta allí.
A estas alturas, no sé cómo me había aguantado las ganas de darle un puñetazo a algo.
Existía la posibilidad de romperme unos cuantos huesos y tener que cerrar la panadería, pero ahora mismo me daba igual.
Nunca había sido una persona violenta. Ric se había pasado años suplicándome que me uniera a su equipo de hockey y yo siempre le había dicho que no.
Me parecía que aprovecharme de mi tamaño para competir contra alguien no era apropiado, ni aunque fuera practicando un deporte, y prefería formas más introspectivas de pasar el tiempo. Hasta hoy.
Hoy tenía ganas de romperle todos los huesos a ese hombre. Simplemente por diversión.
Frankie había cometido errores, como todo el mundo. Se había aislado en lugar de acudir a mí o a uno de sus hermanos en busca de ayuda, de apoyo, de compañía. Sin embargo, ya llevaba un tiempo haciéndolo antes de irse a Boston, y por aquel entonces no había ningún acosador.
Yo también tenía la culpa de esa soledad.
Cuando Frankie me dijo que sentía que no tenía a nadie de su lado, que el mundo le había dado la espalda, sentí una impotencia desesperante.
El día que anunció la mudanza, supe que algo le pasaba. También descubrí que me pasaba algo a mí. Era difícil de explicar, a día de hoy aún me cuesta. Puede que incluso más que entonces.
Quizá no era el mejor momento, pero las ganas de corregir los errores se habían duplicado después de oírla decir que se sentía como un segundo plato.
—¿Te acuerdas de Archer? —le pregunté.
Frankie seguía descolocada. Se había quedado boqueando como un pececillo. Estaba muy mona. Quería besarla, pero, si lo hacía, ahí sentada en el jacuzzi , con el pelo un poco mojado y varias gotas de agua chorreándole por la piel, olvidaría mi propósito.
—Te llevó al baile de graduación —continué—. Quería pedirte salir esa noche. Para ser novios. Un día mencionaste de pasada que te preguntabas por qué nunca lo había hecho. Creías que no le gustabas lo suficiente.
Sacó una mano del agua y se la llevó a la cara, pensativa.
—Me acuerdo, sí. Más o menos. Aunque tampoco es que aquello me rompiera el corazón. ¿A qué viene este tema ahora?
—Porque yo sé por qué. Fue porque le dije que no lo hiciera.
—Saqué un brazo y lo apoyé sobre el borde del jacuzzi .
Me recosté, poniéndome cómodo. Tenía tantas cosas reprimidas que me sentaba bien poder sacarlas al fin—.
Le dije que, si se atrevía a acercarse a ti, se las vería conmigo, con Ric y con Leo.
Frankie se enderezó.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque ese imbécil se jactó ante sus colegas de haber llegado a la tercera base contigo.
—Pero no dijo ninguna mentira —admitió Frankie con un leve bufido—. Nos habíamos besado. Y quizá le dejé tocarme el culo. ¿Qué más te daba que fuera un capullo?
—Te merecías algo mejor que un adolescente salido.
—Todos los adolescentes están salidos. ¿Por qué te importaba que él lo estuviera?
—Porque debería haber sido yo quien te llevara al baile de graduación.
Frankie volvió a quedarse boquiabierta.
—Quería ser yo, Frankie.
Ella se estremeció. A pesar de estar metida en un jacuzzi calentito, todo su cuerpo se sacudió con fuerza.
Le cogí las manos y la acerqué a mí. Al diablo con el plan.
Necesitaba tocarla. Hacer que desapareciera lo que fuera que significaran esos temblores.
Le rodeé la cintura con un brazo y la moví hasta que quedó sentada sobre mis piernas.
Ya estaba empalmado, pero al entrar en contacto piel con piel la erección se intensificó.
—Mi panadería —le dije mientras le colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja—, El Panadero Nocturno, se llama así por ti.
—¿Qué? —balbuceó—. Pero si... Pero si así es como te llamábamos todos.
—Pero fue invención tuya. Me llamaste así una mañana, después de que me pasara toda la noche cocinando cosas porque no podía dormir.
Me lo dijiste en la puerta de tu casa. —La abracé con más fuerza—.
Cogiste el bagel de la caja, le diste un mordisco mientras me mirabas a la cara y luego soltaste un gemido.
Se convirtió en rutina durante unas cuantas semanas.
Yo te traía cosas que había preparado por la noche y tú me llamabas «el panadero nocturno».
Luego se les pegó a Ric, a Leo y a todos los demás.
Pero era algo nuestro. Yo era tu panadero nocturno, y tú me mirabas como si fuera lo mejor que había cruzado el umbral de tu puerta solo porque te llevaba pan y bollería recién hechos.
—Le puse la palma de la mano entre el cuello y los pechos—. Era algo nuestro.
—Turner... —susurró—, ¿qué estás haciendo?
—El día que aparecí en Boston —continué—, no fue porque me hubiese enviado Ric. Él solo me comentó que estabas triste y que lo habías llamado llorando, y cuando quise darme cuenta estaba llamando a tu puerta.
Frankie cerró los párpados, como si quisiera luchar contra ese recuerdo.
—Debería haberte dejado entrar. Dios, llevo meses sintiéndome fatal por ello.
—Me alegro de que no lo hicieras —admití—. Creo que en ese momento no era consciente de lo importante que era ese día, de lo revelador que fue que hiciese aquello. No fue hasta que volví a Portland y hablé con Mia cuando empecé a darme cuenta de lo que sentía por ti.
Sus preciosos ojos se llenaron de lágrimas.
Le di un besito en el hombro.
—Casi rompimos aquella mañana, después de intentar ir a verte.
Mia me sentó y me dijo que ella sabía que ninguna relación era perfecta y que el primer amor te marca, pero que no tiene por qué durar para siempre.
Decidí pasar página y luchar por aquella relación, porque ella se lo merecía.
Yo también me lo debía a mí mismo. Sin embargo, después de ese día, no tardé en abrir los ojos.
Tras decir aquello me quedé en silencio.
Ambos nos quedamos escuchando el burbujeo del agua durante un rato.
Mia siempre había sido muy amable y un amor de persona.
No me arrepentía de haber estado con ella.
En todo caso, me arrepentía de haberle hecho daño.
Ella me había enseñado mucho sobre mí mismo.
En cierto modo, me había enseñado el camino para volver a Frankie.
—¿Sabes si me odia? —me preguntó Frankie.
—Te echa de menos —le dije con sinceridad.
—El primer amor —murmuró después de un momento—. No lo entiendo. No puede ser verdad. Es imposible.
—Me permití enamorarme de Mia porque sabía que no podía tenerte a ti, Frankie.
Cerró los ojos y los labios, apretándolos con fuerza.
—Te escuché decirlo un día —le expliqué.
Sentí el dolor que transmitía mi voz—. Ella te preguntó si yo te gustaba, si había algo entre nosotros.
Tú estabas en la cocina haciendo palomitas y yo acababa de salir del baño.
Me detuve en seco. Quería escuchar tu respuesta.
Le dijiste que yo no era tu tipo, que nunca seríamos más que amigos, y la animaste a probar suerte conmigo.
Cuando Frankie abrió los ojos y vi su expresión, sentí que se me rompía el corazón.
—Porque le gustabas, Turner —dijo con la respiración agitada—. No paraba de decir lo mucho que le gustabas, que había sido amor a primera vista. Oí un ruido en el pasillo y pensé que era Ric volviendo con más cerveza para la noche de pelis. Nunca pensé que tú...
Le di un beso en la comisura de los labios.
—No te culpo a ti. Me culpo a mí. Por dar por buenas unas palabras que escuché de casualidad. Ya no era un niño, debería haberlo sabido.
Se le saltó una lágrima y se mezcló con el agua que se le condensaba en la mejilla.
—Esas palabras no iban dirigidas a ti —insistió Frankie. Se movió para poder mirarme a los ojos—. Si me hubieras preguntado, no te habría dejado escapar. Te habría dicho que quería estar contigo. Que eras mío antes que de cualquier otra persona.
Algo me retumbó en el pecho.
—Repítelo.
Tragó saliva. La tristeza que se aferraba a su expresión se evaporó, sustituida por necesidad y determinación.
—Eras mío antes que de cualquier otra persona.
—Y tú nunca serás una persona horrible, invisible o sin importancia para mí. —Cerré los ojos y presioné mi frente contra la suya—. Eres lo contrario a eso. Te quise antes que a nadie y te sigo queriendo ahora. Siempre fuiste tú. ¿Lo entiendes?
Un suave suspiro salió de sus labios y me rozó la boca.
Solté un profundo gruñido. Y entonces la besé. Tomé lo que era mío. Por fin. Tomé aquello que había anhelado, soñado y esperado durante tanto tiempo.
A ella se le escapó un suave gemido. Y eso no debería haber provocado la reacción que provocó en mí. Era desproporcionada, teniendo en cuenta la vulnerabilidad del momento. Sin embargo, causó una avalancha.
Sin siquiera tener tiempo de pensarlo, mi cuerpo se movió hacia delante, la agarré del cuello, inclinándole la cabeza hacia atrás con el pulgar, exigiéndole a sus labios que me dejaran entrar.
Nuestras lenguas se rozaron, después se entrelazaron, cada vez con más intensidad.
Era muy consciente de que ella estaba casi desnuda y yo no llevaba nada puesto.
Me había estado conteniendo para dejar espacio a las palabras.
Podríamos haber seguido hablando durante horas, pero quizá Frankie tenía razón: esta era nuestra nueva normalidad.
Podíamos sanar así, desnudos, mostrándole lo que su presencia me provocaba, haciéndole entender que ella siempre había sido la primera para mí.