Siempre serás mía 10. Frankie #2
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10. Frankie #2

—No justifica lo que voy a contarte, pero espero que lo haga más comprensible.

¿Recuerdas esas cartas de las que te he hablado?

Me alegraba recibirlas. Incluso hubo una época en que las esperaba con ilusión, Turner.

Me gustaba saber que le importaba a alguien justo cuando sentía que nadie creía en mí.

Cuando ni yo creía en mí misma. Ese hombre prendió fuego a un cobertizo y lo único que podía pensar era: «Espero que no lo pillen.

A ver cuándo me llega la siguiente carta, así sabré que sigue libre».

Y eso es... —Se me cerraron las cuerdas vocales por un instante y tuve que respirar hondo para poder seguir—.

Por eso digo que estoy trastornada. Toda esta situación me ha jodido el cerebro.

Es más, he llegado a meter una de sus cartas en la guantera por si la necesitaba.

La culpa de que me haya seguido hasta aquí y de que esté dejando mensajes en los espejos y jugando con nosotros es mía. Porque yo se lo he permitido.

Por la cara que tenía Turner, parecía que le hubiera dado un puñetazo.

Sentí un nudo en el estómago que me dejó un sabor amargo en la boca.

—Todo esto es culpa mía —repetí—. Y siento que ahora te hayas visto involucrado en este lío. Solo espero que no pienses que soy completamente imbécil porque de verdad que lo siento mucho y...

—Deja de disculparte, por favor. Solo... para un segundo.

Tragué saliva, con el pecho convulso por lo rápido que me latía el corazón. Esperé a que Turner hablara. A que se recompusiera después de lo que le acababa de decir.

—Nada de esto es culpa tuya —dijo al fin—. Nada. Y... es que, joder, no me puedo creer que hayas pasado por esto. Me siento tan... impotente. Tan... furioso. Creo que necesito un minuto.

—Por supuesto —murmuré sintiendo cómo me invadía el miedo—. Tómate el tiempo que necesites. Lo entiendo perfectamente.

—No, no lo entiendes. No puedes porque soy incapaz de verbalizar lo que quiero decir. No encuentro la manera de hacértelo entender y... —Negó con la cabeza.

Antes de que Turner pudiese acabar la frase, escuchamos el sonido de una notificación en mi móvil, que estaba en el mueble de la entrada.

Ambos nos tensamos.

Volvió a sonar. Y otra vez. Y otra.

Nos levantamos y cruzamos los pocos metros que nos separaban de la entrada.

Lo cogí con Turner a mi espalda, alerta, moviendo la cabeza de un lado a otro.

Ya había revisado la habitación entera dos veces, incluso había colocado una silla contra la puerta.

Dudé, pero decidí desbloquearlo. Solo era un teléfono.

Ese tío no podía hacernos daño a través de un teléfono.

—Es mi agente —dije con un suspiro de alivio, relajando los hombros. Miré a Turner—. Solo quiere saber cómo estoy.

Turner no parecía muy aliviado.

—¿Quieres llamarla? Puedo salir al solárium y dejarte un poco de intimidad.

—¿Al solárium?

—Supongo que antes era una especie de terraza en la azotea. —Se encogió de hombros—. No hay posibilidad de que alguien pueda saltar desde una habitación contigua. Lo he comprobado, te lo prometo.

—Te creo. No te lo preguntaba por eso, tranquilo. Y... no hace falta que te vayas. Solo quiere saber cómo estoy porque se ha enterado de que han cancelado la convención. Probablemente debería haberme puesto yo en contacto con ella. Le responderé con un mensaje y ya, dame un segundo.

Turner se rascó el cuello y esa figura de tinta negra en el dorso de la mano me distrajo, como siempre.

—Aun así, creo que mejor si te espero fuera. Voy a comprobar por tercera vez que no haya nadie escondido dentro del jacuzzi ni nada por el estilo. Necesito sentirme útil.

Puse los ojos como platos mientras él se daba la vuelta.

—¿Hay jacuzzi ?

—Estamos en la suite nupcial —dijo girando la cabeza con un tono un poco amargo—. Creía que te lo había mencionado.

Cuando me reuní con Turner en el solárium, estaba volviendo a colocar la cubierta del jacuzzi en su sitio.

No era un espacio grande, solo lo suficiente para acomodar un par de sillas en un rincón y una pequeña plataforma en el otro, donde estaba instalada la bañera de hidromasaje. Todo estaba protegido por una estructura de cristal curvada que hacía que pareciera un invernadero.

Un invernadero que había sobrevivido a una tormenta de nieve y que apenas se mantenía en pie bajo una tonelada de nieve.

Me abracé el abdomen.

—Conque la suite nupcial, ¿eh?

Turner se enderezó y se volvió hacia mí, limpiándose las manos en los vaqueros.

—Era la única que quedaba libre. —Fruncí el ceño, pero él habló antes que yo—. ¿Te sientes rara por alojarte en una suite nupcial conmigo? ¿Porque Mia y yo casi nos casamos?

Me sonrojé. Sentía que me lo preguntaba solo porque yo le había dicho que no sabía si podía ser su segundo plato.

—No sé qué decirte.

—¿Qué tal si pruebas con la verdad?

—Es que...

—Entonces empezaré yo —dijo dejando caer ambas manos a los lados—.

Cuando ayer llegué a la habitación y vi esto, pensé en ti.

Te imaginé aquí. Fantaseé sobre la posibilidad de ir a tomar una copa contigo al bar y acabar trayéndote aquí arriba.

En ese momento no había ninguna tormenta de nieve ni ningún psicópata, y tú no me habías dicho aún que te sentías tan sola.

Solo de pensarlo me dan ganas de romper esta pared de cristal de un puñetazo.

La sangre que se había acumulado en mis mejillas se extendió hacia abajo.

—Me habría encantado —admití—. La parte de darle un puñetazo al cristal igual no, porque toda esa nieve probablemente nos caería encima, pero lo demás sí.

Curvó la comisura de los labios para formar una sonrisa que se desvaneció enseguida.

—Supongo que ahora ya no podemos hacerlo realidad, ¿no?

Esta situación se sale de lo común y me sabe mal forzarte a escucharme hablar de sentimientos.

Siento que estoy poniéndote aún más presión y eso me convierte en parte del problema.

Te mereces cosas que no puedo darte, Frankie.

Como reescribir el pasado. Las palabras no bastan para eso, y por primera vez son lo único que tengo.

—No me estás forzando a nada —lo corregí mientras daba un paso más hacia él—. Tú no eres parte del problema.

Turner asintió, pero notaba que no me creía. Por primera vez en todo el fin de semana, parecía... derrotado. Como si tuviese el corazón roto.

Y eso me rompió el corazón a mí también.

En parte me sentía responsable. Ninguno se atrevía a decir de frente lo que sentía.

Él seguía siendo demasiado cauteloso y yo seguía complicándolo todo al no poder superar el pasado.

Y al soltarle bombas emocionales que no se esperaba.

No podía cambiar lo que aún sentía por él ni el lío en el que nos habíamos metido, pero, uf, estaba agotada de tanto pensar.

La expresión del rostro de Turner también me devastaba y quería hacerla desaparecer.

Me apetecía dejarle demostrar lo que sentía, como me había dicho antes. Me apetecía que esto se pareciera mínimamente al escenario que me había descrito hacía unos minutos.

Quizá no podíamos ser los Frankie y Turner que yo soñaba, pero podíamos ser los Frankie y Turner que él se había imaginado.

Los que tomaban una copa, tonteaban, subían a su habitación y quizá se besaban; sin cargas, acosadores ni confesiones deprimentes.

Los que podían hablar y bromear como si nada los hubiera alejado.

Ni siquiera ellos mismos.

—¿Crees que funciona? —le pregunté a Turner.

Él arqueó las cejas con gesto interrogativo.

—Hace un frío que pela aquí fuera —aclaré—. Me encantaría continuar la conversación en el jacuzzi . Sé que igual es mala idea y que es un escenario cliché en el que ser asesinada, pero...

—Frankie —me advirtió Turner—. No hagas bromas con eso, por Dios.

—Venga ya, Reecitos. Mis traumas, mis chistes.

Entrecerró los ojos.

—¿Qué pretendes?

—Tener un poco de normalidad. Pero con un toque nuevo.

Nos lo merecemos. Aunque llamarte por tu apodo de la infancia probablemente no ayude.

—Me aclaré la garganta y lo miré fijamente a los ojos—.

Turner Reece, quiero desnudarme contigo y que nos metamos en este jacuzzi .

¿Puedes comprobar si funciona antes de que me empiece a desvestir?

No sé qué parte de mi discursito cutre al más puro estilo «solo se vive una vez» fue la que lo convenció para volver a subirse a la plataforma de madera, pero el caso es que funcionó. Se inclinó hacia la pared y pulsó un botón.

Se escuchó un zumbido eléctrico y retumbante.

Turner se giró hacia mí con una sonrisita.

Mucho mejor así.

Sin pensarlo demasiado, me quité el jersey y lo dejé en una de las sillas. Hacía mucho frío y no llevaba camiseta debajo, solo el sujetador. Las capas no habían sido una prioridad al salir corriendo de mi habitación tras el incidente del espejo.

Turner no se quejó. De hecho, se quedó mudo.

Me observó con los labios entreabiertos y alternando la mirada entre mi rostro y mis pechos.

Eso también me gustaba. Mucho.

Además, tuve una abrumadora sensación de déjà vu , como si esto ya hubiera pasado, como si él y yo ya hubiésemos estado aquí antes: yo quitándome la ropa y Turner completamente desconcertado.

—¿Reecitos? —lo llamé. El déjà vu me había dejado atontada.

Sus ojos marrones volvieron a fijarse en los míos y salió de su ensimismamiento.

—¿Qué tal si te limitas a llamarme Turner? Al menos hasta que encontremos un apodo que no sea tan juvenil y transmita una energía más del estilo «fóllame a cuatro y hazme tuya».

Casi me arrodillo frente a él de lo cachonda que me puso con esa frase.

Nunca había dicho algo tan obsceno, y eso que ya me había susurrado alguna que otra cochinada la noche anterior y aquella mañana.

¿Todo esto era consecuencia de estar viviendo una situación peligrosa?

¿De estar en pelotas en un lugar con poca intimidad sabiendo que esto seguramente acabaría en sexo? ¿El frío nos hacía ser más imprudentes?

—La cubierta —dije. Prefería no averiguarlo. Me desabroché los vaqueros, me quité las botas y empecé a bajarme los pantalones. Cuando ya estaba en bragas, me di cuenta de que Turner no se había movido—. Turner...

De repente se abalanzó sobre mí y me echó sobre su hombro.

Solté un grito de protesta. Él se paseó un momento por el solárium, cuyos cristales empezaban a empañarse, y luego me bajó pegada a su cuerpo hasta colocarme sobre la punta de sus botas.

—¿Era necesario? —dije echando la cabeza hacia atrás.

Él sonreía.

—He visto una oportunidad y he decidido aprovecharla.

—¿Esa oportunidad soy yo?

—Sí, la mejor oportunidad de mi vida.

Mi corazón dio un vuelco y luego comenzó a latir más rápido. Me puse de puntillas y le di un beso en la mandíbula. Luego me bajé de sus botas.

—La cubierta sigue ahí —susurré.

—Cierto —contestó con una sonrisa tímida. El Turner tímido era aún más atractivo que el normal. Y eso es mucho decir. Se dio la vuelta, quitó la cubierta y volvió a girarse hacia mí—. Su baño está listo, princesa.

Arrugué la nariz.

—Prefiero que sigamos con el «cariño», creo. «Frankie, cariño», si es posible.

Antes de que pudiera responderme, me acerqué al borde y empecé a desabrocharme el sujetador, me bajé los tirantes por los brazos y me metí en el agua caliente y burbujeante sin romper el contacto visual.

El gruñido de Turner fue tan potente que lo sentí en mi vientre.

—¿Eso que he visto es tinta? ¿En tu piel?

Lo era. Justo entre mis pechos. Un tatuaje tan pequeño que me sorprendió que lo hubiera visto. Tan pequeño que le había pasado desapercibido hasta ahora, cuando me había quitado el sujetador.

—Es posible. Solo hay una forma de averiguarlo.

Una sonrisa pícara se apoderó por completo de él.

Era bonita. Arrogante. Peligrosa. Lo más alejado de la normalidad. Quizá esa era la mejor manera de establecer las nuevas reglas que ahora la definían.

Él se quitó el jersey por la cabeza con un movimiento rápido.

Una amplia extensión de piel cubierta de tinta negra se reveló ante mis ojos para mi uso y disfrute.

No solo podía admirar los tatuajes, también su espalda ancha, los pectorales cubiertos de vello y ese seductor rastro que trazaba una línea hasta su cremallera.

Turner Reece siempre me había parecido un caramelito, pero verlo así, desnudándose para mí, superaba todas las expectativas.

—No debería seguirte el juego —dijo con voz ronca. Y sentí que había sido más una reflexión interna que algo que quisiera expresar en voz alta—. No es seguro estar aquí. Pero creo que me voy a morir si no entro en este jacuzzi contigo.

Volví a mirarlo a los ojos y me encontré con dos pozos color chocolate contemplándome. Abrí la boca para replicar, pero sus manos me distrajeron.

Con dedos decididos, se desabrochó el botón de los vaqueros y, cuando esa maravillosa polilla sobrevoló la cremallera y la bajó, sentí que toda yo me sonrojaba.

Turner estaba empalmado. Tenía la polla grande y dura, y el contorno de esta se tensaba visiblemente contra los calzoncillos.

Tragué saliva. Turner debió de verlo, porque se apresuró a quitarse las botas mientras se acariciaba a través de la tela.

Al verlo, la necesidad se apoderó de mí.

Los pantalones descendieron por esas piernas robustas por las que siempre había sentido debilidad, y pensé en lo curioso que era que no tuviera ningún tatuaje ahí.

«¿Cómo es posible?», quería preguntarle.

«Cuéntame todos tus secretos». Pero entonces se bajó los calzoncillos.

Turner Reece, el hombre del que había estado enamorada toda mi vida, estaba completamente desnudo. Ese hombre alto, grande, tatuado y con la polla dura estaba de pie delante de mí.

—Adoro esta nueva normalidad —susurré, sintiendo que iba a desintegrarme en ese jacuzzi si no lo tocaba pronto.

—Y yo adoro cualquier normalidad en la que tú estés incluida —dijo él—. Te quiero, Frankie. Siempre te he querido.

La conmoción hizo que todo a mi alrededor se congelara.

«Te quiero, Frankie».

«Siempre te he querido».

Turner se sumergió en el jacuzzi con un movimiento ágil, sin apartar los ojos de mí en ningún momento.

—Sí, cariño, lo has oído bien. Estoy enamorado de ti.