Siempre serás mía 10. Frankie
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10. Frankie

Frankie

Cuando se me ocurrió por primera vez la idea de Lobos de noche , quise ponerme a prueba.

Los escritores suelen hacerlo de vez en cuando a lo largo de su carrera. No siempre. Y desde luego no todos.

Algunos prefieren empezar con calma. Completar un manuscrito ya es bastante difícil de por sí, pero si es un debut la presión se duplica. Si, por casualidad, logras superar ese bache, luego te espera un campo minado de desafíos.

Por desgracia, yo empecé con ambición. Y digo «por desgracia» porque me volví loca redactando ese primer borrador y la docena que vinieron después.

Estuve a punto de abandonar tantas veces que a menudo me preguntaba cómo había logrado concluir una saga de seis libros, independientemente del éxito que hubieran tenido las últimas entregas.

La ambición provenía de las ganas de ponerme a prueba.

De desafiar los límites de los géneros, de la moral, del crimen y, sí, también del amor.

Por eso creé un triángulo amoroso entre mis personajes.

Los triángulos te hacen preguntarte de qué lado estás, cuál es tu bando.

Si están bien construidos, te van empujando de un lado a otro sin que te des cuenta.

Te hacen amar y odiar a los personajes por estar de acuerdo y en desacuerdo con cómo actúan, y te hacen plantear cómo actuarías tú si estuvieras en su lugar.

Incluso yo, que soy quien orquestó la historia, sentí que iba cambiando de bando.

El bueno. El malo. El héroe. El villano. ¿La prota debería elegir o está mejor sola?

Lo más divertido es que hay muchas reglas no escritas.

Como que es el villano quien se debe quedar con la chica.

O tal vez el héroe, porque es a él a quien querrías presentar a tus padres en el mundo real.

Los villanos adorables solo existen en la ficción.

Pero, ay, qué sexi es escapar a un mundo en el que alguien está dispuesto a romper todas las reglas por ti.

Al final me decidí después de escribir varias versiones de Miel oscura .

La chica se quedó con Elliot. Enzo era un asesino.

La mayoría pensó que fue una decisión predecible y aburrida.

Algunas noches pienso que ese fue el punto en el que todo empezó a ir cuesta abajo.

No se puede jugar con las expectativas de los lectores.

Son una bestia indomable. Imprevisible. Despiadada.

Aunque lo cierto es que las cosas habían empezado a ir mal unos cuantos libros antes.

Quizá el problema era que no era tan lista como creía.

Quizá los lectores vieron venir ese final tan soso.

Quizá la Frankie que fue elogiada por varios editores cuando presentó la saga años atrás había perdido su chispa. Quizá nunca llegó a tenerla.

En el primer borrador de Miel oscura , Eden acababa con Enzo. Y no porque hubiese conseguido cambiarlo; ella lo amaba por su oscuridad, no a pesar de ella.

Al igual que Eden, yo siempre había sentido debilidad por Enzo y las grietas negras que lo conformaban. No es tarea fácil pasar seis libros construyendo a un villano y no encariñarte de él. Por eso me desafié a mí misma y le arrebaté a Eden.

Me arrebaté a Enzo.

Porque en la vida real yo tampoco había conseguido al hombre que quería.

Una mano me acarició el hombro, aliviando parte del peso que llevaba ahí acumulado.

—¿A cuántas revoluciones te va la cabeza?

—Parece la rueda de un hámster dopado con esteroides.

Turner extendió una mano por el lateral de mi cuello. Parpadeé varias veces mientras una deliciosa corriente se extendía por mi columna.

—¿Es la primera vez que utiliza el nombre de Enzo?

Bajé la vista hacia el papel que tenía en las manos. Había un listado de nombres tachados, excepto uno.

Enzo Romano.

Junto a él había un número de teléfono. El mío.

Suspiré. Era todo tan enrevesado que me dolía la cabeza.

—Sí. Nunca antes lo había hecho. Todo esto es nuevo. Cuando te dije que pensaba que era inofensivo, lo decía de verdad. Nunca me había enviado imágenes ni había utilizado los nombres de mis personajes para intentar jugar conmigo de esta manera.

Porque así es como me sentía.

Como si estuviese jugando a un juego del que yo no conocía las reglas.

Lo único que sabía era que nos había asignado un papel a cada uno: a mí, a Turner y a él mismo.

Este hombre, este acosador, ya no se escondía detrás de regalos y cartas en apariencia inofensivas. Estaba aquí, en Vermont, porque yo se lo había permitido. Yo también era un monstruo, igual que Enzo.

—Hay algo que no te he contado —solté.

Turner enarcó un poco las cejas y luego frunció el ceño. Estábamos en su habitación, considerablemente más grande que la mía, sentados en un sofá Chesterfield. Ya habíamos traído todas mis cosas.

—Es culpa mía —continué—. Debería haber sabido que era peligroso. Que esto podía pasar. No sé cómo no me di cuenta. Cómo no vi que esto no era normal y...

Unas manos suaves pero firmes se aferraron a las mías.

—No es culpa tuya —dijo—. Cuéntame bien toda la historia, desde el principio. Quiero saberlo todo.

Exhalé con fuerza mientras mi inquietud iba en aumento.

—Me ha escrito cartas. Un montón. Y largas.

Turner se quedó muy quieto, pero después me agarró las muñecas y empezó a acariciarme para reconfortarme y animarme a continuar.

—¿Qué decían esas cartas?

—Muchas cosas —respondí con sinceridad—.

No eran cartas de amor ni nada de eso, sino más bien cartas de admiración.

Algunas estaban un poco desordenadas, parecían neuróticas.

En retrospectiva, debería haberme preocupado más, pero.

.. —Negué con la cabeza—. No sé cómo decirlo sin parecer una persona horrible. Una enferma. Una trastornada.

—No eres ninguna de esas cosas. Ni una trastornada, ni una enferma, ni una persona horrible.

Solté una risa débil.

—Me he pasado años infundiendo terror a estos personajes, Turner. Escribiendo escenas de asesinatos con detalles gráficos. Jugando con la moralidad y tratando de darle un toque sexi.

—Lo que escribes no determina quién eres. Que hayas creado escenas feas, sangrientas y retorcidas no significa que debas identificarte como tal. Tienes un montón de cualidades buenas. Y, de todas formas, lo macabro también puede ser bello. En la oscuridad también hay esperanza.

—Eres... —Dejé la frase en el aire. «Por Dios, Turner.

¿Dónde coño has estado este último año? ¿Qué te impedía estar conmigo, recordándome todas estas cosas?

¿Qué te impedía amarme?». Tragué saliva y luego confesé algo que nunca había dicho en voz alta—: Sé que sonará absurdo, pero siento que el mundo me ha decepcionado.

Que me ha abandonado. No solo me siento sola, sino como si me hubiese vuelto. .. invisible.

—Frankie...

—Yo soy en parte responsable —continué, porque necesitaba sacarlo de una vez por todas—.

Me he culpado mucho por ello. Escribir es un trabajo muy solitario, y lo entiendo.

Siempre supe que era así. Pero al menos tenía a mis lectores.

A mis personajes. A mi equipo. A mí misma.

Parecerá una tontería, pero sentía que, mientras tuviese esas cosas, tampoco estaba tan mal.

Él asintió y esta vez me dejó seguir hablando sin tratar de interrumpirme.

—Por eso pensé que mudarme a Boston no sería un problema.

Pero en los últimos meses, desde que salió Miel oscura , lo que empezó como un miedo irrelevante se convirtió en la confirmación de que ya no tengo esas cosas.

Que me habían dado la espalda porque ya no valía lo suficiente.

Porque ya no merecía la pena luchar por mí.

El rostro de Turner se contrajo por la preocupación, pero no dejó de mover los dedos.

—Ni siquiera sé si seré capaz de escribir más libros —admití con un suspiro tembloroso—. Siento que ha perdido el sentido. Ni mi editora cree ya en mí.

Adoptó una expresión de sorpresa.

—No están interesados en que escriba más libros —continué antes de que dijera nada.

En ese momento no podía escuchar la lista de cosas buenas sobre mí que sabía que iba a soltarme.

Aún no. No antes de que supiera toda la historia—.

Deberías haber visto la reacción que tuvieron en la editorial cuando compartí mis nuevas ideas.

Digamos que no les entusiasmaron, por decirlo de alguna forma.

Sentí como si me estuvieran haciendo un favor al dejarme seguir publicando con ellos.

—Cerré los ojos por un instante, recordando el día que mi agente me llamó para decirme cuál era la oferta de la editorial.

Era ridícula. Me sentí una fracasada—. No soy una persona orgullosa, no era una cuestión de ego.

Pero el mundo me estaba gritando que no era lo bastante buena.

Que no me querían. La acogida de un libro o el funcionamiento de la industria no tienen por qué definirte como escritora, pero. ..

—Pero es imposible no sentir que es así —terminó él por mí.

—Sí. No les culpo. Ni a ellos ni a nadie. Pero esa situación me hizo sentir como si estuviera desapareciendo. Como si me estuviera volviendo invisible. —Se me quebró la voz y me di unas palmaditas en el pecho—. Como si ya no fuera importante.

—Frankie, cariño... —volvió a intentar Turner.

Lo detuve con un movimiento de cabeza.