9. Frankie #3
Este hombre iba a acabar conmigo. Ahora lo único en lo que podía pensar era en esos lomos en su estantería.
¿Se refería a la del salón o a la del dormitorio?
¿Y de qué casa? ¿En el piso que había alquilado con Mia o en otro sitio?
Se me secó la garganta. Había tantas cosas de las que aún no habíamos tenido tiempo de hablar. ..
—¿Quieres que te los firme? —le pregunté para no entrar en temas más peliagudos.
—Me encantaría —admitió, todavía con aire serio pero decidido—. Aunque ese no es el motivo por el que he venido a Vermont. A esta convención.
El corazón volvió a latirme con fuerza, como cada vez que tocábamos el tema de nuestra relación. Me quedé callada.
—Tenía un discurso preparado, ahí donde me ves —continuó—. Me lo aprendí de memoria.
—¿Y qué decía?
Empujó la silla hacia atrás, se acercó a mí y apoyó las manos en los reposabrazos de la mía. Se inclinó, lo que me obligó a echar la cabeza hacia atrás para mirarlo.
—Que me muero de ganas de besarte. Que odiaba haberte perdido. Que eres preciosa. Que quería que me firmaras los libros. Que te había echado de menos. Y que quería que volvieras a ser mía.
Eso era... lo que siempre había querido escuchar. Excepto por un detalle casi imperceptible que lo cambiaba todo.
—Nunca fui tuya —le dije en un arrebato de sinceridad—. No puedes recuperar algo que nunca reclamaste como tuyo.
—Es de lo que más me arrepiento en esta vida.
Me quedé inmóvil. Lo único que podía hacer era mirarlo mientras su presencia invadía todo a mi alrededor.
—Turner —murmuré—, no bromees sobre este tema, por favor.
—Nunca bromeo sobre las cosas importantes.
«Te digo que importas porque es la verdad y punto». Eso era lo que me había dicho hacía un rato.
—Yo me tomo muy en serio las palabras —logré decir. Se inclinó aún más, arrinconándome en esa silla—. Y las que acabas de decir cargan con mucho significado.
Bajó la cabeza hasta que nuestros labios se rozaron. Sin apartarse, giró la cara para que su boca me recorriera la mandíbula en dirección a la oreja.
—Lo sé.
Pero ¿de verdad sabía cuánto significaban?
Me reí. Era una risa extraña, entrecortada.
Me aferré al jersey de lana que le cubría el pecho en un gesto parecido al de la noche anterior. Él volvió a mirarme a los ojos.
Me miró como si esperara a que terminara de romperme en mil pedazos para poder recomponerme.
Tiré del jersey, rogándole con la mirada que no me llevara al límite. Si me obligaba a abrirme así, todo saldría a la luz. Lo que llevaba dentro acabaría derramándose y ensuciándolo todo. Sentía la necesidad de advertírselo.
—No sé si puedo hacerlo —susurré—. No sé si voy a poder pasar por alto que hayas tardado tanto tiempo en darte cuenta de que querías estar conmigo. Ahora te arrepientes, sí, pero... No sé si voy a ser capaz de aceptar ser tu segundo plato.
—No eres un segundo plato, Frankie —replicó con un tono más suave que parecía más bien una súplica.
Gentil pero inquebrantable. Igual que él—.
Soy consciente de que llego tarde, pero necesito que me permitas corregir mis errores, por favor.
Déjame demostrártelo. Quiero compensártelo.
Te prometo que lo haré. Por favor, cariño. ..
Se me escapó un sollozo entrecortado.
Turner respondió con un beso. Y cuando otro sonido de derrota volvió a brotar de mí, me separó los labios y me besó con más intensidad.
Al principio creo que para dejar clara su postura y respaldar sus palabras, pero luego aquel beso se convirtió en una plegaria, en un acto de consuelo que abría la puerta a algo más.
—Te lo demostraré —me dijo al apartarse—. Haré lo que haga falta. Vine aquí para recuperarte, y eso es lo que pienso hacer, ¿me oyes?
Estaba aturdida.
Desorientada por ese beso.
Desconcertada por las palabras de Turner.
Abrí los labios y juro por Dios que era para preguntarle «¿Cómo?», pero entonces me vibró el móvil.
Ambos miramos hacia donde estaba, sobre mi regazo, y vimos que la notificación era una solicitud de airdrop.
—Frankie... —dijo Turner con un tono de advertencia.
Pero yo ya lo estaba cogiendo y pulsando aceptar.
La imagen se descargó y apareció en pantalla.
Éramos nosotros, yo sentada y Turner de pie justo donde estaba, apoyado en la silla, inclinado sobre mí. Y venía con una frase que se había añadido en letras rojas:
«Elliott y Eden sentados en un árbol. BESÁNDOSE».
Me quedé sin aire. Turner se enderezó mientras soltaba varios insultos y yo me levantaba. Me colocó detrás de él y giramos en círculo.
—Tranquila —me dijo abrazándome con fuerza—, estás a salvo, solo es una foto.
Asentí, aunque intuía que él también era consciente de que no era solo una foto. Era una imagen de nosotros de hacía unos segundos, enviada a mi móvil.
El acosador nos estaba observando. Y quería que lo supiéramos.
Alguien carraspeó a nuestro lado.
Los dos nos sobresaltamos.
—Les pido disculpas por interrumpirlos —dijo un hombre, tan sorprendido como nosotros. Era otro empleado del hotel, aunque con este no habíamos hablado nunca—. Por fin tenemos la información que nos pidió, señora Rossi.
Nos entregó un sobre.
—Gracias —murmuró Turner.
Esperé a que le dijera algo sobre la foto, pero no lo hizo.
Y yo tampoco. ¿Qué podía hacer la dirección del hotel?
Sharon lo había dejado muy claro: la policía no podía venir y, dado que no había constancia de ninguna denuncia previa, probablemente pensaban que se trataba de una broma o de una escritora con mucha imaginación.
Nos quedamos mirando a aquel hombre mientras se alejaba con aires de disculpa, ajeno a lo que acababa de suceder, y, cuando desapareció tras la puerta del patio, los dos nos quedamos quietos un momento, sin decir nada.
Turner seguía abrazándome y yo seguía dejándole.
Sabía que aún debía de estar escudriñando el entorno en busca de mi acosador.
Y sabía que yo estaba posponiendo lo inevitable: abrir ese sobre y añadir una pieza más al rompecabezas que nunca había pedido resolver.
—Turner —lo llamé. Él volvió a centrar su atención en mí. Primero me miró a los ojos y después desvió la vista hacia el sobre. Esperó a que verbalizara qué era lo que necesitaba de él. Al parecer, esto lo había desconcertado tanto como a mí—. Llévame a tu habitación. No quiero abrir esto aquí.