Siempre serás mía 9. Frankie #2
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9. Frankie #2

Intenté que se me ocurriera algo ingenioso o divertido como respuesta, pero no hubo suerte.

Si él quería recoger mis cosas, no se lo iba a impedir.

Sin instrucciones. Algo raro en mí. La idea de que Turner fuera a ver mi ropa interior debería haberme hecho entrar en pánico.

Supongo que, teniendo en cuenta que había metido la mano por debajo de mis bragas aquella misma mañana, tampoco era para tanto.

Además, estábamos ocupados lidiando con una crisis.

Una crisis del tipo «hay un acosador en este hotel».

Potencialmente.

O casi seguro.

Santo cielo, mi vida se había convertido en una trama de libro.

Tenía la cabeza hecha un lío. Probablemente más que mi corazón.

La convención se había cancelado, mi carrera estaba en las últimas, alguien me dejaba mensajes escritos en el espejo y Turner, el hombre del que estaba enamorada desde que tenía memoria, también estaba presente.

Iba besándome la mano y los labios, haciéndome tener orgasmos y diciéndome cosas como «eres mi ejemplo a seguir», «eres preciosa» o «vamos a poder con todo», y yo. .. yo estaba a punto de hiperventilar.

Se me había acelerado la respiración, mi cerebro iba a cien por hora y...

—Oye —dijo Turner, deteniéndonos mientras el caos del vestíbulo continuaba a nuestro alrededor. Me puso las manos en las mejillas—. No voy a dejar que te pase nada. ¿Me oyes? Dime que confías en mí.

—Confío en ti.

Eso se quedaba corto. Lo amaba.

Se quedó mirándome como si pudiera verlo, como si hubiese oído esas dos palabras que tenía en la punta de la lengua.

Una parte de mí me impulsaba a decirlas, a soltarlas ahora que podía.

Las había estado guardando durante tanto tiempo que estaba agotada.

Pero no lo hice. A pesar de todo, mi corazón magullado y maltrecho no podía evitarlo.

No sabía si amarlo era suficiente. No sabía si iba a ser capaz de pasar por alto todo lo que había precedido a ese fin de semana.

Me sentía egoísta por pensar en mi corazón en lugar de en todo lo demás. Rozaba lo ridículo.

No obstante, la alternativa me parecía tan peligrosa como el giro que había tomado la situación después de aquel mensaje en el espejo.

Estaba más que claro que a día de hoy Turner me deseaba. Y yo lo deseaba también, pero desde siempre. Sin embargo, una vez que saliéramos de esta burbuja alpina con un toque siniestro, iba a tener que hacerle una pregunta, y no estaba segura de si soportaría saber la respuesta.

«¿Por qué ahora, Turner?».

Me había tenido ahí siempre y no se había fijado. Debería haber sentido alegría por el hecho de que al fin lo hubiese hecho, igual que cuando me besó.

Pero no podía.

Porque no podía dejar de pensar que no había sido su primera opción.

Y no sabía si eso tenía arreglo.

—¿Quieres que nos sentemos con ellos?

Volví a centrar mi atención en Turner, cuya pregunta me había pillado desprevenida.

—¿Con quiénes?

—Con ese grupo de autores —dijo señalándolos con un movimiento de cabeza—. Los que has saludado antes. No has parado de echar miraditas a su mesa desde que se han sentado.

No era consciente de que me había pasado un rato escaneando el patio donde habíamos salido a que nos diera el aire. Bueno, al menos el trozo que se había salvado gracias a un porche de metal.

Me costaba quitarme de la cabeza la sensación de que había alguien observando.

Observándome a mí. A los dos. A todo el mundo, de hecho, aunque ahí fuera solo estuviésemos unas pocas personas repartidas en grupitos dispersos.

Había una pareja acurrucada en una tumbona, tapados con una manta, bebiendo cócteles.

Dos de los organizadores de la convención que habían llegado el día anterior se habían acomodado junto a una de las estufas exteriores que el personal nos había encendido.

También había un hombre con un forro polar naranja sentado solo, leyendo un ensayo.

Y luego estaba la mesa de detrás de Turner.

—Hemos coincidido en un par de convenciones —dije en voz baja—. Nos seguimos en redes sociales y hemos intercambiado comentarios, me gustas y algún mensaje de vez en cuando, pero no somos amigos como tal.

Los miró con el ceño fruncido.

—¿O sea que no te caen bien?

—Ah, no, no es eso. Me caen genial —aclaré—, lo que pasa es que ellos son amigos en la vida real.

En plan amigos de verdad. Quedan y tienen relación más allá de las redes sociales y los eventos literarios.

Yo no tengo ese tipo de vínculo con ellos.

Intenté formar parte de su grupo una vez, pero.

.. —Dejé la frase en el aire con una punzada de vergüenza a la que estaba empezando a acostumbrarme y que me hacía temblar la voz—.

No pasa nada. Me caen bien y yo también les caigo bien a ellos. Tenemos buen rollo y son gente maja.

—Si fueran tan majos, te habrían invitado a unirte a ellos. O se habrían acercado y te habrían ofrecido sentarte con ellos. Estáis todos aquí atrapados y ya no hay ninguna convención a la que asistir.

—Pero estoy contigo. No estoy sola.

—¿Y si estuvieras sola? Acabas de decir que intentaste unirte a su grupo una vez. Por cómo se te ha quebrado la voz, imagino que la cosa no fue bien.

Solté una risotada.

—Somos adultos. No tienen por qué esforzarse en hacerme sentir cómoda. Esto no es el instituto. No pasa nada.

Turner chasqueó la lengua. No parecía convencido.

—¿Qué otros escritores y escritoras son tus amigos, entonces? Creo que nunca te lo he preguntado y me interesa. Así puedo leerme sus libros también. Apoyarlos y eso.

Ay... Qué amable por su parte, la verdad. Muy propio de Turner.

—No tengo ningún grupo de amigos como tal —dije, aunque deseaba que mi respuesta hubiese sido otra.

Me obligué a sonreír—. Soy amiga de algunas personas sueltas, pero voy más bien por libre.

Y no pasa nada. Estoy bien así. De todas formas, puedo recomendarte algunos libros, sé de unos cuantos autores que te encantarán.

—Y si tuvieras ese grupo —insistió, negándose a dejar el tema—, ¿harías un esfuerzo por que la persona que no deja de mirarte de reojo se sintiera incluida?

Apreté los labios.

—Es difícil saberlo.

—A mí no me lo parece. Te he visto hacerlo varias veces en el pasado.

Cuando vino ese chico alemán de intercambio, lo invitaste a sentarse con nosotros todo el semestre.

Vosotros dos erais los únicos de primer año que os sentabais en una mesa de los de último curso.

Incluso le ibas traduciendo las tonterías que soltaba tu hermano, lo cual no era tarea fácil.

—Hubo una pausa—. También fuiste la que presentó a Mia al resto del grupo cuando se mudó a la ciudad.

Así que no, no creo que sea difícil saberlo.

Apuesto a que tú sí harías un esfuerzo para que esa persona se sintiese incluida.

—Puede ser —murmuré, dejando de lado la incomodidad que me provocaba la mención de Mia—. Pobre Fritz. Nunca supe por qué al final dejó de sentarse con nosotros.

—Porque se sentía intimidado.

—¿Tú crees?

—Lo sé. Fui un poco cabrón con él.

—No, qué va, tú nunca eres un cabrón con nadie.

—Con él sí.

Arqueé las cejas.

—¿Por qué ibas a ser un cabrón con Fritz?

—Porque le gustabas. Y eso no me parecía bien. Era alemán.

—¿Les tienes manía a los alemanes? —le pregunté con un resoplido—. ¿Desde cuándo? Tus pretzels están para chuparse los dedos.

—Bueno, vale —concedió inclinando la cabeza—. No les tengo manía a los alemanes, solo a Fritz. Iba detrás de ti y era muy evidente. No se cortaba ni estando Ric y yo al lado.

Puse los ojos en blanco.

—Yo no lo recuerdo así.

Turner echó otro vistazo a la mesa que tenía detrás y al cabo de un momento volvió a mirarme a mí con expresión decidida.

Como si hubiera concluido que mi intento de excusarlos no le bastaba, por muy plausible que fuera.

Decidió que sí, que había intentado hacerme amiga de ellos y había fracasado.

Que ellos tenían su grupo y yo no formaba parte de él, y que eso no les quitaba el sueño porque ¿quién necesitaba más amigos cuando ya tenían un montón?

Que hacer amigos de adulto era un rollo, pero hacerlos en el trabajo siendo una autora que básicamente solo existía en redes sociales era aún peor.

Que en todas las profesiones, en todos los géneros literarios y en todas partes se formaban grupitos y que yo tenía algo que, por lo que sea, hacía que no encajara en ninguno de ellos.

Incluso mi editora había tenido dificultades para encajar mis libros en un género.

Demasiado picantes para ser thriller , pero no lo bastante para ser suspense romántico.

Demasiado sangrientos para ser thriller , pero no lo bastante para ser de terror.

Demasiado adultos para el mercado juvenil, pero demasiado juveniles para el mercado adulto.

—Ojalá pudieran ver lo que veo yo cuando te miro —soltó de repente.

—¿A qué te refieres?

—A que eres divertida, inteligente y leal hasta decir basta. Eres el tipo de persona con quien cualquiera querría compartir mesa el resto de su vida.

—Turner —susurré—, no puedes decir esas cosas.

—¿Porque al oírlas te arrepientes de haberte ido de Portland?

—Porque me dan ganas de volver, pero han cambiado demasiadas cosas y ya no sé si me sentiría en casa.

—Claro que sí —replicó acercándose al borde de la silla—. Yo mismo me aseguraré de ello.

Cerré los párpados, negué con la cabeza y me eché a reír con lágrimas en los ojos.

—Eso es...

—Muy directo, lo sé. No es ningún secreto que soy una persona directa. Antes te gustaba eso de mí.

—Y todavía me gusta —dije con un suspiro. Cualquier intento de resistencia a admitir mis sentimientos se tambaleaba ante sus palabras—. Es una de las cosas que más me gustan de ti.

Eso solo consiguió envalentonarlo más.

—Tengo tus libros en mi casa.

—Creía que habías dicho que preferías escuchar audiolibros.

—Sí, pero me gusta ver tu nombre en los lomos. Así tengo un pedazo de ti en mi casa, conmigo.