Siempre serás mía 9. Frankie
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9. Frankie

Frankie

Turner no me soltaba la mano.

Desde que habíamos salido corriendo de aquella habitación, yo detrás de él, no me había soltado en ningún momento.

Si no era cogiéndome de la mano, era apoyando la palma en mi espalda.

O rodeándome la cintura con el brazo. O rozándome la mejilla con los nudillos.

O apoyando su rodilla contra la mía, como hacía ahora que estábamos sentados.

Era abrumador. En el mejor sentido de la palabra.

Sharon, la recepcionista, reapareció ante nosotros y se sentó en el escritorio de la salita a la que nos habían llevado para discutir aquel asunto tan delicado. Llevábamos allí una hora, y Sharon se había pasado la primera mitad disculpándose profusamente.

—Siento mucho haberles hecho esperar —dijo—, es que hoy es todo un poco caótico.

La buena noticia es que por fin nos hemos puesto en contacto con la policía de Manchester.

La mala es que la única carretera que nos conecta con la ciudad aún sigue cortada por la nieve.

Igual que todos los demás accesos a Manchester, así que.

.. —Se aclaró la garganta antes de esbozar una sonrisa forzada—.

Nos aconsejan que actuemos con extrema precaución hasta que puedan, eh.

.., investigar el allanamiento y determinar si supone una amenaza real.

—¿Una amenaza real? —repitió Turner con la misma voz calmada con la que había hablado en todo momento. Algo me decía que le estaba costando mucho mantener esa serenidad—. ¿En qué situación podría no considerarse una amenaza real?

Sharon se puso pálida.

—Solo les estoy transmitiendo lo que ha dicho la policía, señor Rossi.

Sentí la necesidad de corregirla, pero me contuve. Que creyera que estábamos casados era el menor de mis problemas.

—Gracias —dije al ver que Turner se había quedado petrificado a mi lado.

Sabía que esa quietud significaba que su cabeza estaba en otra parte, cavilando—.

Se lo agradecemos. Entiendo que unas palabras escritas en un espejo quizá no justifiquen una expedición de emergencia después de una tormenta de nieve, pero le prometo, Sharon, que ese mensaje no estaba ahí anoche. Me di un baño. Lo habría visto.

El rostro de Sharon se puso aún más pálido.

Parecía desbordada, y me sentí fatal por ella.

El hotel estaba cubierto de blanco, al igual que toda la zona.

Ninguno de los empleados podía entrar ni salir, lo que debía de ser horrible para los que se habían quedado atrapados sin poder ir a casa.

A la pobre le tocaba lidiar también con el tema de la convención, ya que ninguno de los asistentes iba a poder llegar.

Y de repente aparecíamos nosotros con una nueva complicación, quizá la peor de todas: había un acosador entre los huéspedes.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Turner posó los labios en mi sien sin previo aviso.

Era increíble lo mucho que eso me tranquilizaba. Lo mucho que él me tranquilizaba. Saber que estaba conmigo me impedía sucumbir ante el pánico.

—Alguien ha entrado en la habitación —dijo Turner en voz baja, serio. Después inhaló lentamente—. Es una amenaza real. Nadie debería ponerlo en duda.

—El hotel tampoco duda de ninguno de ustedes, señor Rossi —intervino Sharon—.

En todo caso, estamos consternados por el hecho de que esto haya ocurrido en nuestro establecimiento, pero lo único que podemos hacer por ahora es disculparnos, como ya hemos hecho, e intentar que su estancia sea lo más cómoda y segura posible.

—Alzó las manos hacia el teclado a su derecha—.

Lo primero que vamos a hacer es asignarles una nueva habitación, así que si pueden. ..

—No será necesario —interrumpió Turner—. Nos trasladaremos a la mía. Reservé otra habitación para darle una sorpresa a Frankie este fin de semana.

Sharon levantó las manos del teclado y las juntó delante de ella.

—De acuerdo. En cualquier caso, no duden en cargar a su habitación cualquier comida o bebida que pidan durante su estancia. Correrá a nuestro cargo.

«Su estancia» era una forma curiosa de referirse a esta experiencia.

Más bien parecía una cárcel en la que me había metido yo solita.

Bueno, en la que nos habíamos metido los dos, Turner y yo.

Junto con todos los demás huéspedes, claro.

Por Dios, cómo se podía ser tan tonta. No podía controlar el clima, pero ¿cómo pude pasar por alto la posibilidad de que arrastraría a un psicópata conmigo?

A mi lado, Turner emitió un sonido. Lo miré y vi que ya me estaba observando.

Tenía el entrecejo tan arrugado por la preocupación que se me revolvió el estómago.

Le sonreí y él lo frunció aún más. No se había tragado esa sonrisa.

Más bien al contrario, apuesto a que me podía leer la mente y sabía lo cagada que estaba.

Se volvió hacia Sharon.

—¿Tienen raquetas de nieve? —le preguntó.

—Señor, se lo ruego... —empezó a advertirle Sharon con ojos alarmados.

—Podría ir a pie —insistió él girándose hacia mí—. Contigo a cuestas.

—Señor Rossi —exclamó la recepcionista con voz aguda.

Los ojos de Turner permanecieron fijos en mí, al igual que los míos en él, mientras ella continuaba—: La nieve tiene varios metros de profundidad.

Nos han aconsejado que permanezcamos a cubierto.

Le ruego que se quite de la cabeza hacer lo contrario.

Las ventiscas como esta son poco frecuentes, pero no sería la primera vez que se cobran una vida.

Soy de esta zona, sé de lo que hablo. Las autoridades pertinentes están trabajando para restablecer. ..

Sharon siguió hablando, pero yo dejé de escucharla.

Lo único que podía hacer era mirar a Turner, que me observaba como si realmente estuviera considerando emprender esa travesía.

De hecho, sabía que hablaba en serio. Conocía esa expresión.

Si Sharon ya estaba entrando en pánico, solo le faltaba tener que lidiar con un huésped abriéndose camino hacia Manchester conmigo a cuestas.

—No —susurré. Y entonces, sin pensarlo, acorté la pequeña distancia que nos separaba y le di un beso.

El contacto de nuestros labios fue breve y totalmente inapropiado, pero surtió efecto. Turner se derritió en mis brazos.

—No —repetí ahora que tenía su atención—. Nos quedaremos aquí, como acaba de decir Sharon. Esperaremos a que despejen las carreteras y llegue la policía. Y entonces podrás sacarme de aquí.

Turner cerró los párpados brevemente, como si todavía estuviera un poco desconcertado. Asintió.

—A casa —murmuró—. Te sacaré de aquí y te llevaré a casa.

—Sí —respondí. Aunque no estaba segura de adónde se refería con «a casa».

—De acuerdo. Está bien, puedo esperar.

Me invadió una sensación de alivio, pero enseguida fue sustituida por la culpa. Y el miedo. Si Turner, o cualquier otra persona, acababa herido por mi culpa, no creo que pudiera vivir con ello.

—Menos mal —dijo Sharon desde el otro lado del escritorio. Y antes de que pudiera añadir nada, alguien entró corriendo a la sala.

La mujer nos saludó con un breve movimiento de cabeza, se disculpó y luego puso una mano sobre el hombro de Sharon.

Intercambiaron unas palabras en voz baja y luego las dos parecieron llegar a una conclusión.

—Lo lamento de nuevo, pero tengo que ocuparme de algunos asuntos —dijo Sharon, levantándose—.

Como se pueden imaginar, el personal del turno de mañana no ha conseguido llegar, pero voy a pedirle a alguien que localice la lista que les mencioné anoche por teléfono.

Normalmente recibimos muchas solicitudes para eventos como este, sobre todo si son convenciones de libros.

La información sobre el regalo de la señora Rossi tiene que estar apuntada en algún lado.

No sé si les va a servir de ayuda, dado que solo podré darles un nombre y un número de teléfono, pero es lo único que puedo ofrecerles por ahora.

—Gracias —dijo Turner al ver que yo no decía nada. Para ser sincera, me sentía incapaz. ¿Un nombre y un número de teléfono? Era una buena noticia, pero me daba la sensación de que iba a vomitar de la ansiedad.

Sharon hizo un gesto con la mano, invitándonos a irnos con ella.

—Es lo menos que puedo hacer, además... —Negó con la cabeza y empezó a caminar a nuestro lado—.

Les agradecería que mantuvieran este tema entre nosotros para no asustar innecesariamente al resto de los huéspedes, teniendo en cuenta las circunstancias.

—Empujó una puerta que separaba las oficinas traseras del vestíbulo principal.

La expresión de Sharon se transformó y una brillante sonrisa le iluminó el rostro—.

Estoy trabajando con los organizadores de la convención para difundir la noticia de los eventos cancelados de hoy, pero les informaremos sobre el programa del domingo a medida que avance el día.

Y, señor Rossi —añadió entre dientes—, por favor, permanezca dentro del recinto.

Hay una zona del patio que no está cubierta de nieve gracias a un porche, por si necesita salir a tomar el aire, pero le ruego que no salga del hotel. Gracias.

Y con eso se dio la vuelta y desapareció en el caótico vestíbulo.

—¿Quieres comentar la jugada? —preguntó Turner a mi lado mientras me ayudaba a esquivar a una pareja de ancianos y a un hombre que parecía equipado y listo para aventurarse hacia la nieve.

—La verdad es que no.

—Vamos a ver el patio —propuso agarrándome la mano. Se la llevó a los labios y el beso me calentó la piel—. Estoy un poco agobiado aquí dentro. Después iré a recoger tus cosas y te trasladaremos a mi habitación.

—Puedo recogerlas yo —me quejé, un poco como acto reflejo.

Él me apretó los dedos.

—También puedes sentarte y observarme mientras lo hago yo. Incluso te permitiré darme instrucciones.