Siempre serás mía 8. Frankie #2
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8. Frankie #2

—Tenía quince años —murmuré con un suspiro—.

Y Ric me soltó que para conseguir eso primero tenía que aprender a escribir mi nombre.

Me enfadé tanto que subí a mi habitación y empecé una novela en la que el villano se llamaba Alaric.

Tenía una personalidad repulsiva y una verruga en la nariz. —Resoplé—. Solo era una niña.

Turner esbozó una sonrisa, como si le gustara escuchar la parte que no había podido ver por haberse quedado abajo con mis hermanos.

—¿Quieres oír lo que pensé ese día y que debería haber dicho antes de que Ric metiera la pata? —No esperó a que respondiera—. Pensé: «Joder, todo lo que tiene de guapa lo tiene también de valiente».

Noté que se me había secado la boca y cualquier atisbo de nostalgia se desvaneció. Si aquel día me hubiera dicho esas palabras, me habría desmayado ahí mismo. Le habría confesado que estaba enamorada de él. Le habría pedido que se casara conmigo.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque, a diferencia de ti, soy un cobarde.

Tragué saliva.

—No lo eres. Tú también perseguiste tu sueño, igual que yo.

—Llevar El Panadero Nocturno no es mi sueño, solo algo que me gusta hacer. Acabo de empezar hace poco a perseguir sueños y no creo que se me dé muy bien. Tú eres la valiente aquí. Mira lo que has conseguido.

«¿Por qué?», quería preguntarle. «¿Cuáles son los sueños que persigue Turner Reece?».

Pero la pregunta me parecía... tan delicada. Tan vulnerable. Como si preguntarlo me fuera a poner en un aprieto a mí y no a él. ¿Y si Turner le daba la vuelta a la tortilla y me obligaba a confesar que yo seguía dejando escapar mis sueños, ya fuera por no estar a la altura o por renunciar a ellos?

—Si fuera tan valiente —dije negando con la cabeza— no estaría postergando levantarme de la cama, abrir las cortinas y descubrir si todo está cubierto de nieve.

Si fuera tan valiente como tú dices, no estaría deseando que así fuera, que la convención se cancelara y que no pudiera descubrir que, efectivamente, ni yo ni mis libros le importamos ya a nadie.

—Claro que importas.

Suspiré.

—Gracias por intentar animarme.

—No estoy intentando nada —replicó. Me agarró la mandíbula con suavidad pero con firmeza, aguantándome la mirada—. Te digo que importas porque es la verdad y punto, Frankie Rossi.

Las emociones resurgieron, pero con ellas también la necesidad de esconderlas.

—Turner...

—No. No me digas que no importas, porque desde el día que decidiste cuál era tu sueño has sido mi ejemplo a seguir, ¿vale?

Algo se agitó en mi pecho, provocándome un cosquilleo en el estómago.

Las lágrimas volvieron a brotar y sentía que me iba a explotar el corazón.

—Lo tuyo no es solo escribir libros —continuó—.

Incluye muchas otras cosas. Incluye exponerte a la opinión pública, no solo tus palabras, sino toda tú.

Adoptas una posición vulnerable en todos los sentidos.

—Apretó la mandíbula un instante—. Cuando firmaste el contrato del primer libro y todos volamos a Nueva York para asistir al evento, estaba aterrado, Frankie.

Petrificado. Creo que estuve horas callado, sin decir nada.

¿Qué era eso de tener que ir a ver cómo te exponías ante docenas de personas?

¿Y si te hacían daño? ¿Y si algún idiota soltaba un comentario o hacía algo hiriente?

¿Y si la ocasión no estaba a la altura de tus expectativas y te decepcionabas?

¿Y si te lo tomabas como algo personal o te responsabilizabas de lo sucedido?

No podía hacer nada para protegerte. Y eso me mataba.

—No tenía ni idea de que te sentías así. De haberlo sabido no te habría soltado aquello de que dejaras de actuar como si me estuvieran enviando a una misión espacial en lugar de a un evento literario —respondí con la voz temblorosa por la emoción.

—Dijiste lo que tenías que decir. Y esos miedos de los que me hablas los llevo conmigo desde entonces.

Es humano tener miedo, Frankie. Lo importante es que encontraste el valor para hacerlo.

Con ese libro y con todos los que vinieron después.

Y sigues haciéndolo al venir hasta aquí para demostrar lo que crees que necesitas demostrar.

Así que sí, eres valiente. Siempre lo has sido. Y para mí siempre serás importante.

Este hombre... Era imposible no quererlo. Hacía que fuera imposible.

«Quiero quedarme contigo para siempre», pensé. «No quiero estropear lo nuestro por culpa de mis traumas», y lo pensé tan alto que me dio miedo que él lo oyera.

—Te he echado de menos, Turner. Un montón.

Me atrajo hacia su pecho, rodeándome con los brazos.

—Me alegro de que me hayas echado de menos, cariño. Me alegro mucho.

¿Podía intentar ser valiente? ¿Podía intentar ser un poco como esa chica llena de esperanza y sin un ápice de miedo? ¿El ejemplo a seguir de Turner?

—Abramos esas cortinas —le dije al oído—. Luego reevaluaremos la situación. Juntos.

En un torbellino de manos y sábanas, Turner se puso de pie conmigo en brazos. No sé ni cómo lo hizo. Me llevó hasta la ventana y me dejó sobre la moqueta.

—Estamos bien —dijo antes de darme un beso en la nariz—. No importa lo que haya ahí fuera. Vamos a poder con todo.

Me encantó que usara el plural de esa manera. Me hacía sentir que todo iba a salir bien si estaba con él.

—De acuerdo —respondí con un gesto de asentimiento. Entonces agarré una de las gruesas cortinas y la aparté hacia un lado.

Había nieve.

Mucha nieve. Por todas partes. Cubría los árboles, las laderas y los puntos de referencia que rodeaban la propiedad.

—Hora de darte un baño —se apresuró a decir Turner antes de que yo pudiera procesar que esto lo cambiaba todo—. Vamos a meterte en la bañera mientras yo hablo con recepción. Te encanta esa bañera, ¿recuerdas?

No esperó a que respondiera, me cogió de la mano y me llevó al cuarto de baño.

Abrió el grifo y puso el agua lo más caliente posible.

El vapor comenzó a llenar el espacio, adhiriéndose a mi piel y haciendo que la suya brillara.

Su camiseta estaba en algún lugar del suelo de la habitación, por lo que me fijé en que también llevaba muchos tatuajes nuevos en la espalda.

Era arte. Como lo que yo hacía en mis libros, con mi escritura.

Dejaba pequeños pedazos de mí en cada página.

¿Iba a ser capaz de volver a hacerlo? ¿Se había cancelado la convención? ¿Estábamos atrapados aquí con...?

—Estamos bien —repitió Turner—. Me tienes aquí y vamos a lidiar con esto juntos.

Sentí que me había quedado sin aliento. Asentí con la cabeza.

—Si puedes llamar a recepción para preguntar, te lo agradeceré.

—Por supuesto —respondió antes de darme un beso y salir del baño.

Me pareció una acción de lo más natural. Ese beso lo mejoró todo por unos instantes.

Solté aire por la boca y, cuando me di la vuelta, me encontré con mi reflejo en el espejo.

Tenía los labios un poco hinchados y el pelo revuelto, lo cual debía remediar antes de meterme bajo el chorro de agua.

Eché un vistazo a mi alrededor para buscar el cepillo que había sacado de la maleta el día anterior.

Una vez localizado, volví a ponerme frente al espejo, con la mano en alto y lista para desenredar los nudos.

Pero entonces el cepillo cayó al suelo.

Cualquier sensación de calma que Turner me había infundido se desvaneció.

Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron, se congelaron, y la forma en que grité el nombre de Turner eclipsó cualquier grito de los que se pueden escuchar durante una película de terror.

De repente aparecieron sus brazos, me agarró de los hombros y un segundo después estaba detrás de él.

No me preguntó qué pasaba.

Porque lo veía.

Estaba ahí mismo, en el espejo.

ME HAS TRAICIONADO, MI DULCE EDEN. No sabía si él, igual que yo, reconocía esas palabras.

Aunque, en el fondo, eso no importaba.

Alguien había entrado mientras dormíamos.

Y había dejado un mensaje en el espejo.

Un mensaje que solo podía ser para mí.

Ya que yo era la persona que había escrito esas seis palabras en uno de mis libros.