8. Frankie
Frankie
Madre del amor hermoso.
El hombre del que llevaba enamorada toda la vida acababa de darme un orgasmo increíble. Dos, de hecho.
¿Era preocupante que quisiera alzar los brazos y dar una vuelta triunfante por la habitación?
Probablemente sí. Me sentía como si me hubieran devuelto al pasado, a aquella versión más joven de mí misma que se habría puesto a dar volteretas ante la perspectiva de que Turner Reece la besara.
Porque Turner Reece me había besado. Además de haberme dado dos orgasmos. También me había empotrado contra la pared. Me había metido mano en la cama. Me había dejado meterle mano a él. Me había dicho que era preciosa.
«Preciosa».
Tenía un espejo y dos ojos con los que verme reflejada, así que sabía que fea no era. Tenía mis defectos, como todo el mundo, pero era consciente de que se me podía considerar objetivamente guapa. Sin embargo, Turner nunca lo había reconocido en voz alta. De haber sido así, lo recordaría.
«Yo tampoco quiero ser tu amigo. A menos que podamos ser el tipo de amigos que se besan».
¿Cómo habíamos llegado a esto? Al ver a Turner en el vestíbulo no me imaginaba que íbamos a acabar en la cama juntos. Jamás hubiese dicho que iba a acabar besándolo, ya fuera para callarlo o por cualquier otra razón.
Mi cuerpo estaba relajado, aunque también agotado tras los orgasmos.
Mi corazón en cambio latía con fuerza. Se me acumulaban las preguntas en la cabeza.
Había conseguido distraer a Turner dos veces para posponer la conversación que sin duda debíamos tener.
No obstante, ahora me parecía vital tenerla.
También me parecía vital reconocer la realidad.
No solo la de dentro de esta habitación, sino también la de afuera.
Los orgasmos eran un buen remedio para olvidar el tema del acosador o el hecho de que la tormenta de nieve quizá había impedido que la gente llegara a la convención.
Y creo... Creo que una parte de mí era muy consciente de ello.
Tan consciente que había sabido dejar atrás todas esas cosas durante la noche anterior y aquella mañana para vivir el presente.
Para poder sentirme feliz, querida y deseada como no lo había sentido en mucho tiempo.
Estaba bastante segura de que Turner se había dado cuenta. Lo más probable era que hubiese optado por no decir nada precisamente por eso.
Se me encogió el corazón al recordar la pregunta que me atormentaba: ¿qué significa esto?
Turner, siempre tan perspicaz, me rozó la mejilla con la nariz para reclamar atención.
—¿Mhm? —murmuré con una sonrisa, recostándome sobre su pecho, sin importarme la confusión que reinaba en mi cabeza.
No habíamos salido de la cama. No nos habíamos duchado, ni cepillado los dientes, ni movido lo más mínimo, excepto cuando él se había levantado a coger su camiseta para limpiarme primero a mí y luego a sí mismo.
—¿Te apetece que hablemos? —me preguntó en voz baja.
Abrí la boca, pero luego me lo pensé mejor. Era una cobarde, no había otra explicación.
—La verdad es que no.
—No hace falta que hablemos de nosotros, aunque me gustaría —propuso—. Pero me prometiste que volveríamos a evaluar la situación por la mañana.
—No recuerdo haber dicho tal cosa. De hecho, lo que sí recuerdo es que me dijiste que era decisión mía.
—He cambiado de opinión.
Me aparté de él y me apoyé en un codo. Por la cara que había puesto, casi parecía que estuviese haciendo pucheros. Era tan gracioso ver a un hombre adulto con mullet y bigote haciendo pucheros... Y era tan bonito que dicho hombre fuese Turner.
—¿Sobre qué, para ser exactos? —le pregunté, haciéndome la tonta.
—Sobre la posibilidad de quedarnos —dijo con total seriedad—. No quiero quedarme. Y además creo que deberíamos irnos antes de que el tiempo empeore y nos quedemos atrapados aquí. No puedo... —Dejó la frase a medias con un bufido.
—¿No puedes...? —insistí con una sonrisa burlesca.
Turner frunció el ceño.
—No puedo permitir que te hagan daño, Frankie. Nunca, pero menos aún ahora que he sentido lo que es tenerte en mis brazos.
Mierda.
Uf.
Por si no era obvio, ahora quedaba clarísimo que todavía estaba enamorada de Turner Reece.
Nunca había dejado de estarlo.
Ojalá hubiera sido una revelación, pero no. Era como si una carga del pasado se hubiera vuelto el doble de pesada.
«¿Por qué ahora, Turner? ¿Cómo es posible que no me vieras en ningún momento antes de este fin de semana?
». No entendía por qué no podía permitirme dejarme llevar ahora que estaba empezando a comprender que él me veía de otra manera.
¿Acaso era porque había sufrido durante tanto tiempo que no sabía hacer otra cosa?
¿Estaba tan amargada por el rumbo de mi carrera laboral que me sentía incapaz de aceptar algo tan maravilloso?
¿Estaba tan avergonzada por el asunto del acosador que ni siquiera sabía expresar en voz alta cómo me hacía sentir?
¿Me podía permitir ser el segundo plato del hombre al que yo siempre había amado?
Con un suspiro, me dejé caer de espaldas. Las lágrimas se me acumularon en los ojos. Otra vez. Madre mía, no me podía creer que fuera a llorar delante de Turner por segunda vez en cuestión de horas. Normalmente no era tan llorona.
—Frankie, cariño —dijo al darse cuenta. Era tan extraño oírle llamarme así y al mismo tiempo era tan... natural. Como si fuera lo correcto. Como si fuera algo que debería haber empezado hace mucho—. ¿Qué te pasa? Cuéntame.
—Todo —respondí reprimiendo la abrumadora emoción. Parpadeé mirando al techo para darme un momento y luego giré la cabeza para mirarlo. Parecía devastado. Detestaba verlo así—. Estoy aterrorizada, Turner.
Él asintió, con esos ojos color chocolate fijos en mí. Me estaba dando espacio para hablar.
—Hay algo en mí que está mal —solté de un suspiro—.
Porque debería haber permitido que me sacaras de aquí anoche.
Debería habértelo pedido yo misma, de hecho.
O haberme quedado en Boston. Pero no lo hice.
Igual que no quiero abrir las cortinas y ver qué tiempo hace hoy.
Igual que no quiero hablar de ese hombre que me persigue, porque estoy tan. .. perdida.
Él reflexionó sobre mis palabras antes de hablar.
—¿Cuáles son esos motivos? —preguntó al fin—. Los que son tan importantes como para que tuvieses que acudir sí o sí a la convención y por los cuales no puedes irte.
Eso era lo que yo le había dicho la noche anterior.
Se acordaba. Porque me había escuchado. Porque le importaba.
Puede que no siempre hubiese estado enamorado de mí, pero siempre se había preocupado por mi bienestar.
Y yo echaba muchísimo de menos esa parte de nuestra amistad.
Echaba de menos tener a alguien con quien hablar, con quien desahogarme.
—Las cosas no me van bien —le dije con un hilo de voz.
Me moría de vergüenza. Una parte de mí aún sentía que debía impresionar a este hombre—.
De hecho, van fatal en cuanto a ventas se refiere.
Básicamente, llevo un tiempo luchando para salvar el pellejo.
Y necesitaba esta convención para demostrar algo.
La expresión de Turner pasó de la sorpresa a la preocupación.
—¿ Miel oscura ?
Era mi último libro. La última entrega de la saga Lobos de noche , que ya no era un éxito de ventas.
—Fue un fracaso total. Un desastre.
—Frankie —comenzó a decir mientras se acercaba a mí. Esa polilla que tanto me gustaba se posó sobre mi abdomen—, eso...
—Deberías haberlo visto, Turner —le interrumpí agarrándole la muñeca.
Aferrándome a ella como si fuera el salvavidas que tanto había anhelado esos últimos meses—.
Había un montón de sillas vacías en la presentación del libro.
Ni siquiera sé cómo lo hice, no recuerdo nada de lo que dije ese día.
Lo único que recuerdo es que me costó mantener la compostura ante las pocas personas que habían acudido.
Solo pensaba en que no me podía permitir ser una llorica y hacer el ridículo delante de mi publicista, mi editora y mi agente.
Ni tampoco delante del público, por reducido que fuera.
¿Quién coño se pone a llorar por unas sillas vacías?
Entonces me puso la mano en la mejilla, me echó la cabeza hacia atrás, me miró a los ojos y me besó. Fue el beso más apasionado que me habían dado nunca.
—No eres una llorica. Por mucho que algún día llores porque algo te molesta, no lo eres.
Se me escapó una risa extraña.
—Puede que tengas razón. O puede que no y que yo sea más sensible de lo que crees.
—¿Y qué si eres sensible? —dijo rozándome el labio inferior con el pulgar antes de bajar el brazo—. No lo digas como si fuera algo malo.
—Pero es que lo es. Significa que dejo que las cosas me afecten, que me hagan daño. Significa que me avergüenzo de haber publicado un libro malo a pesar de haberle dedicado tanto esfuerzo. Significa que me duele decepcionar a la gente que antes me adoraba.
Él negó con la cabeza.
—No. Significa que eres valiente, Frankie. Significa que eres la persona más valiente que conozco por hacer lo que haces a pesar de saber que puedes salir lastimada.
—Eso... —Era una forma preciosa de expresarlo—.
Eso es una visión idealizada de mí. De lo que escribo.
No soy valiente. Solo son libros. No debería desesperarme porque alguien diga que no he aportado nada al género o que con el primer libro tuve un golpe de suerte que no se va a repetir o que nunca habían tenido tantas ganas de que se acabara un libro como cuando leyeron Miel oscura .
Debería ser lo bastante fuerte como para no dejar que me afecte.
—No te das cuenta, ¿verdad? —preguntó negando con la cabeza—.
¿Recuerdas cuando decidiste dedicarte a escribir?
Ese día ya sabías que ibas a conseguir tu propósito.
Irrumpiste en casa después del instituto y conseguiste que todo el mundo dejara lo que estaba haciendo para escuchar cómo proclamabas que ibas a escribir el mejor libro de la historia.