Siempre serás mía 7. Turner #2
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7. Turner #2

Sorprendida, Frankie abrió mucho los ojos y la boca por un instante, antes de empezar a recorrerme el torso con la mirada de forma errática.

—Los tatuajes —susurró con ojos frenéticos—. Hay muchos nuevos. Son preciosos. Estás...

—A tu merced —dije agarrándole la cara con las manos y acercándola a mi boca—. Pienso repetírtelo un millón de veces —le susurré contra los labios—. ¿Te apetece ver cómo me corro?

Frankie asintió, reanudando el movimiento con las manos y moviéndose sobre mí como si también quisiera encontrar alivio a tanta presión.

La ayudé a moverse con las manos aún en sus caderas, besándola con intensidad, respondiendo a sus caricias con embestidas más fuertes, permitiendo que me empujara por el precipicio al que ya no podía aferrarme más.

—Joder —maldije contra su boca, cada vez más y más y más cerca, hasta que me rompí en mil pedazos—. Dios... Frankie, eres perfecta.

Su cuerpo se relajó sobre el mío, montándome con suaves gemidos mientras ella también tenía un orgasmo y yo me limitaba a abrazarla. La mantuve allí, sobre mi pecho, sintiendo su peso sobre mí como si estuviese en el cielo.

—Creo que no soy el único que está a merced del otro —murmuré al cabo de un momento, con aires de suficiencia.

—No me quejo —respondió ella con una risita.

Echaba de menos ese sonido. Más que a nada en el mundo.

Quería volver a escucharlo. Incliné la cabeza y le di un beso entre el cuello y el hombro.

Ella ahogó un grito y, cuando volví a hacerlo, se rio.

Eso me animó a llenarla de besos por todas partes.

Cuello, hombros, cabeza, cara. Y cuando vi que por la posición en la que estábamos no podía llegar más lejos, le di la vuelta, invirtiendo la posición para tener más acceso.

La risa de Frankie se desvaneció, y la mía también.

Ese fuego al que estaba empezando a volverme adicto se reavivó en sus ojos, que iban de los míos a mi boca.

Le di un beso suave y me regocijé cuando noté que se derretía contra mí. Le acaricié la mandíbula con la palma de la mano y luego bajé por el cuello, el pecho y el vientre. Con un movimiento, tiré del borde de su camiseta y ella asintió. La ayudé a quitársela.

Verla allí, en sujetador, con el pelo esparcido sobre la almohada en la que había dormido, era el tipo de imagen por la que uno lucha toda la vida. El tipo de imagen que se guarda para siempre.

—Eres preciosa —le dije—. ¿Te lo he dicho alguna vez?

Ella negó con la cabeza.

—Anoche fue la primera. Antes de que me besaras.

—Lo he pensado en tantas ocasiones que tengo la sensación de habértelo gritado una infinidad de veces.

Noté que le empezaba a temblar el labio inferior, pero sabía que no era por miedo o tristeza. Era por la emoción del momento. Y sospechaba que también por algo que aún no se había decidido a contarme.

Le di un apretón en la cadera antes de soltarla. «Quiero tocarte a todas horas», parecía decir. Ella asintió de nuevo, como si entendiera que ese gesto significaba algo más que las ganas del momento.

Mi corazón se aceleró ante aquella posibilidad, mis dedos se impacientaron.

Fui minucioso mientras le cubría la barriga, la cintura, los costados y el contorno de los pechos con caricias ligeras.

A pesar de las ganas, me tomé mi tiempo, viendo cómo ella se impacientaba cada vez más.

Y solo cuando soltó un gemido en señal de queja, me permití descender la mano por su vientre.

—Abre las piernas —le dije. Frankie levantó las rodillas y las separó—. Buena chica.

Metí la mano por debajo de sus pantalones cortos y me encontré con la ropa interior empapada. Soltó otro increíble gemido.

La posesividad se apoderó de mí.

—Todo esto es mío. Solo mío. Quiero oírte decirlo.

—Todo esto es tuyo —susurró.

La respiración de Frankie era superficial, su pecho subía y bajaba a gran velocidad. Iba a correrse tan rápido... Me resultaba difícil tener paciencia y provocarla como quería.

Le aparté la tela de las bragas con cuidado y su cuerpo se curvó inmediatamente hacia mí.

—¿Vas a dejar que te pruebe? —le pregunté, observando su rostro de cerca.

—Por favor —susurró—. Si no lo haces...

—Con mucho gusto.

Metí dos dedos dentro de ella sin ningún esfuerzo. Estaba muy mojada, y la forma en que se le contorsionó el rostro de placer me despertó un instinto animal.

—Di mi nombre —le exigí mientras colocaba el pulgar sobre su clítoris.

El gemido que soltó fue tan intenso, tan exquisito.

.. Pero no era mi nombre—. Vamos, cariño.

—Sentía que estaba tan apretadita, tan cerca, mientras movía la cadera al ritmo de mi mano—.

Di mi puto nombre mientras notas cómo muevo los dedos dentro de ti, Frankie. Quiero oírlo alto y claro.

Los espasmos se apoderaron de su cuerpo mientras se corría gritando mi nombre.

«Qué maravilla», pensé.

Haría cualquier cosa por volver a escuchar ese sonido. Todos los días. Estaba dispuesto a lo que fuera para mantenerlo a salvo en algún lugar de mi interior. Y para mantenerla a salvo a ella. A mi lado. Para siempre.

No había nada que no estuviese dispuesto a hacer por Frankie Rossi.