Siempre serás mía 7. Turner
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7. Turner

Turner

Estaba pilladísimo.

No, mejor dicho: iba a casarme con esta mujer.

Aún había que concretar los detalles, pero sí, iba a casarme con Frankie Rossi.

Quería darle mi apellido. Tomar el suyo. Me daba igual.

Era capaz de suplicarle, de pasarme toda la vida arrastrándome si hacía falta.

Lo de la noche anterior no había hecho más que reafirmar la intención con la que había venido a Vermont.

Pero es que ahora que había probado su boca, ahora que me había empapado los vaqueros de aquella manera, ahora que me había pedido que fuera más duro con ella, ahora que la había visto responder a mi tacto tal y como había soñado. ..

No creía posible que las cosas pudieran volver a ser como antes.

Desde luego, no podía volver a una realidad en la que Frankie no era mía.

Después de haber estado abrazado a ella toda la noche, viéndola dormir con una leve sonrisa en el rostro y los labios hinchados, sentía una necesidad imperiosa de conquistar cada rincón de su cuerpo. Y de suplicarle que conquistara el mío.

Quizá fuera todo el tema del acosador, que alimentaba mi instinto de protegerla.

Sin duda me había alterado, me había vuelto un poco imprudente, y a ella la había empujado a bajar la guardia.

Pero, por Dios, me había pasado la vida autoconvenciéndome de que no podía estar con ella, de que Frankie no me quería, y mira dónde me había llevado eso.

«Si la tocas, te arranco las pelotas».

Esas fueron las palabras exactas de Ric.

Me las dijo cuando no éramos más que dos críos que no sabían una mierda sobre las consecuencias que podían tener ultimátums como ese.

Fue su primera y última advertencia. Teníamos veintiún años y estábamos borrachos, en una de las fiestas a las que Frankie se había apuntado porque íbamos nosotros.

Ella me había prometido que no bebería para poder conducir a la vuelta, y yo había cedido.

Como siempre hacía cuando se trataba de ella.

Estaba guapísima esa noche. Llevaba una de esas camisetas de un grupo de música que tanto le gustaban metida por dentro de una falda tan corta que solo de verla se me aceleraba el pulso.

Nunca la había visto bailar así, sonriendo, dando vueltas, con los brazos extendidos bajo una bola de discoteca hortera que uno de nuestros amigos había colgado en un sótano asqueroso.

Parecía tan libre, tan sobrenatural... Era como una luz que quería alcanzar a pesar de saber que me iba a quemar.

No era la primera vez que pensaba en ella de esa manera.

Sin embargo, era la primera vez que Ric me pillaba mirándola así.

Mi mejor amigo se dio cuenta de lo que pasaba en cuanto me vio la cara.

Nunca quise culparlo. Ni siquiera ahora.

Frankie Rossi estaba fuera de mi alcance, fuera de mis límites.

Por eso no me había pillado antes de aquella noche.

Había sido capaz de mantener mis sentimientos a raya como si mi vida dependiera de ello.

Tres años no es una gran diferencia de edad ahora, pero en la adolescencia la cosa cambiaba.

Ese día acababa de graduarse del instituto.

Por el amor de Dios, tenía toda la vida por delante y yo solo era un panadero de metro ochenta y pico, cargado de sueños y sin un rumbo claro.

Nunca me había sentido inferior por no ir a la universidad como Ric o por tener que trabajar en turnos de noche mientras ahorraba dinero para la panadería.

Siempre había estado satisfecho de ser quien era, o del hombre en el que me estaba convirtiendo, pero eso no significaba necesariamente que fuera adecuado para Frankie Rossi.

La advertencia de Ric fue el recordatorio perfecto.

Justo cuando mi corazón empezaba a retorcerse ante aquel recuerdo agridulce, Frankie se movió.

Soltó un pequeño suspiro y se dejó caer sobre mi pecho, calentando la tela de la camiseta que me había obligado a mí mismo a ponerme para dormir. Lo mismo con los vaqueros: estaban desabrochados, pero en su sitio.

Bajé la mirada y la vi mover el brazo sobre mi estómago, con los dedos agarrados al algodón que me cubría el torso mientras murmuraba algo.

Teníamos tanto de qué hablar. Había tantas cosas que deberíamos haber discutido antes de que la empotrara contra esa pared y le comiera la boca.

Y, sin embargo, me moría de ganas de volver a besarla.

De cubrirle la cara, el cuello y los hombros de besos.

De quitarle el pijama y seguir bajando por el resto de su cuerpo.

La noche anterior apenas había podido explorarla, contemplarla, tocarla, y mi paciencia me estaba pasando factura ahora que se había hecho de día.

Ella pasó una pierna por encima de la mía, acercándose un poco más y quejándose cuando el edredón se interpuso entre nosotros. Con una sonrisa, le rodeé la cintura con el brazo y la atraje hacia mí, ayudándola a conseguir lo que quería.

Mi nuevo sonido favorito salió de su boca. «La de locuras que haría por esos gemidos...», pensé. Locuras de verdad. Como dejar de lado el sentido común. Y, si se animaba a deslizarme por debajo de la camiseta esos peligrosos dedos que tenía ahora sobre el abdomen, estaría un paso más cerca.

Nada más pensarlo, lo hizo.

Se me escapó una exhalación temblorosa ante aquel contacto, y, para más inri, ella soltó otro de esos gemiditos.

—Frankie..., ¿qué haces, cariño?

Su única respuesta fue seguir con ese tortuoso recorrido por mi piel.

Me rozó la cadera con los dedos, sin prisa.

Luego se desvió hacia un lado, siguiendo la cinturilla de los pantalones.

Se detuvo en el ligero rastro de vello que conducía a mi ombligo.

Jugó con el botón, ya desabrochado, y luego coqueteó con la parte superior de la cremallera.

Joder.

Ya la tenía dura como una piedra.

—Deberíamos hablar —dije, más para mí mismo que para ella. Había tanto que decir, tanto que explicar. Ya consideraba que había ganado el premio gordo después de que me dejara besarla sin exigirme todas las respuestas que le debía—. Anoche no terminamos la conversación.

Ella trazó un círculo ligero como una pluma sobre mi piel, y con la palma de la mano me rozó el miembro por encima de los vaqueros. La madre que me...

—Yo creo que hablamos mucho —dijo con un tono juguetón. Inclinó la cabeza hacia atrás y luego apoyó la barbilla en mi pecho, tal y como había hecho en lo que parecía una eternidad, aunque solo había sido la noche anterior. Tenía una sonrisa pícara, de las que te dejan sin aliento.

«¿Querrá casarse conmigo? ¿Me permitirá hacerla mía?».

—¿Ves? —dijo Frankie al no recibir respuesta por mi parte—. ¿Quién necesita palabras?

Yo no. O sí. O...

Metió la mano por dentro del pantalón y me agarró la polla por encima de los calzoncillos.

No pude evitar alzar un poco la pelvis mientras soltaba una palabrota.

—¿Bien así? —me preguntó con la respiración acelerada—. Anoche no... no llegué a tocarte.

Hice presión contra su mano.

—¿Tú quieres?

Ella asintió.

—Pues soy todo tuyo.

Su agarre se volvió más firme, arrancándome un gemido por el puro placer que me recorría el cuerpo entero.

Las sábanas que se habían amontonado a la altura de la cintura se deslizaron hasta los pies, y entonces empezó a mover la mano.

Solo subió una única vez, con convicción, de la base a la punta, mordiéndose el labio con cara de concentración.

Joder. No iba a aguantar nada y menos si...

Ella me pasó la pierna que tenía entre mis rodillas por encima de los muslos, quedando a horcajadas sobre mí.

Con esa misma concentración que me hacía sentir en la cima del mundo, me la soltó y agarró la cintura de los pantalones.

Alternó la mirada entre el evidente bulto que se apreciaba bajo los vaqueros y mis ojos, y me soltó el labio inferior con un chasquido.

Apreté la mandíbula para aguantar las ganas de gritarle que me quitara la ropa y me tocara de una vez.

—Hazlo —dije entre dientes.

Ella tiró de la cremallera y bajó la áspera tela. Luego agarró el elástico de los calzoncillos y también me los quitó, devorándome con los ojos como si estuviera desenvolviendo un regalo.

Me sentí tan indigno... Al fin y al cabo, mi mayor regalo era ella.

—Dilo otra vez —me pidió tras tragar saliva—. Llámame «cariño». Dime que eres todo mío.

Inspiré y la agarré de las caderas, sujetándola para que no se alejara de mí.

—Soy todo tuyo, cariño. Si me quieres, soy tuyo.

Los ojos de Frankie se llenaron de una emoción tan poderosa como la lujuria que le calentaba la piel.

Como si estuviera eufórica y aterrorizada a la vez.

Como si quisiera deleitarse en ese momento y disfrutarlo antes de que se esfumara.

Más palabras brotaron de mi boca con la intención de tranquilizarla, de guiarla, de exigirle que me saboreara y que me hiciese lo que quisiera.

Quería eliminar ese rastro de miedo de sus ojos.

Pero en ese momento me volvió a agarrar la polla y todo pensamiento racional se esfumó.

Empezó a mover la mano con entusiasmo. Iba subiendo a lo largo de mi miembro, rozando la punta con el pulgar cada pocos segundos. Se me nubló la vista y una maldición tras otra se me escapó de los labios.

—Uf, me encanta —me oí decir con voz ronca.

Volvió a mordisquearse el labio como antes.

Todo su cuerpo adquirió un precioso tono rosado, como si me hubiera pasado horas acariciándola con la boca.

Me moría de ganas de hacerlo. Lo necesitaba—.

Hazlo un poco más fuerte. No tengas miedo de ser brusca. Me gusta.

Frankie gimió, acercó la otra mano y se tomó mis palabras al pie de la letra.

Exhalé con fuerza, eché la cabeza hacia atrás y empujé las caderas contra su mano. Madre mía. Joder. Estaba más que listo para dejarme llevar, para correrme sobre su vientre mientras ella me observaba. Me incorporé, me quité la camiseta y me dejé caer sobre la cama.