6. Frankie #2
Algo peligroso se derritió dentro de mí. Le di un besito en la barbilla. Luego en la mandíbula. Luego en el cuello. Le di tiempo para que se recuperara porque sentía que lo necesitaba. Como si él también pensara que esto era demasiado para asimilarlo. Le mordí la parte baja del cuello.
Turner exhaló con el pecho temblando.
Tener tanto poder sobre él era algo nuevo para mí, así que decidí explorar otras zonas.
Deslicé las manos por su pecho, dejando que mis uñas le arañaran la piel a través de la tela.
Cuando llegué al dobladillo de la camiseta, las metí por debajo.
Turner contuvo el aliento al sentir el contacto, pero no se movió.
Yo seguía clavada contra la pared, atrapada por su cuerpo, y, aun así, sentía que lo tenía completamente a mi merced.
Apoyé las palmas sobre su piel. Estaba tan calentita, tan suave, tan firme.
.. Las deslicé por los costados sin quitarle la camiseta, solo tocándolo.
Sintiéndolo. Como si fuéramos dos adolescentes provocándonos mutuamente.
Cuando volví a ponerlas a la altura de su estómago y las deslicé hasta la cintura de los vaqueros, Turner masculló una palabrota que me hizo sonreír.
—Eres tan bonita... —susurró.
Mi sonrisa se desvaneció. La sinceridad en su voz me hizo sentir muy vulnerable.
Volví a ponerle las manos en la nuca y lo atraje hacia mi boca. Esta vez fui yo quien le dio un morreo mientras él gruñía. Luego me devolvió el entusiasmo moviendo su cuerpo contra el mío para que mi peso descansara más sobre su muslo.
«Jo-der, qué gusto».
Arqueé la espalda y, en respuesta, él deslizó la mano por debajo de mi camiseta. El placer se disparó al sentir el contacto de sus dedos sobre mi piel mientras me subían por el costado. Se detuvieron cuando encontraron el sujetador, y en ese momento me arrepentí de habérmelo dejado puesto.
Me incliné hacia su mano, animándolo, incluso susurré un «sí».
Gemí cuando subió un poco más el pulgar y tiró del fino encaje.
Se me puso la piel de gallina, lo cual me hizo estar más sensible.
Me rozó un pezón con el dedo a la vez que me inclinaba la cara para besarme más apasionadamente, y yo me derretí contra él.
Mecí las caderas como respuesta.
Así que él lo volvió a hacer, pero un poco más fuerte.
Gemí contra su boca sin dejar de moverme sobre su muslo. Aquello me estaba resultando tan placentero... Necesitaba más fricción. Necesitaba que la intensidad se mantuviera. Necesitaba...
—Úsame —me dijo. Su voz sonaba ruda, como si le raspara la garganta al hablar—. Quiero ver cómo te corres.
Hubo un momento de vacilación. De nerviosismo. Había estado yendo en piloto automático y ahora estábamos cambiando la marcha.
—Quiero que te corras así —añadió acercando los labios a mi oído. Su aliento me hacía cosquillas en la piel y la sensación de tenerlo tan cerca me confundía los sentidos. Cerré los párpados. Me mordisqueó el lóbulo de la oreja—. Te prometo que te devolveré el favor más tarde.
La imagen que se formó en mi cabeza me excitó aún más. Porque significaba que esto no se acababa, que tendría más Turner, más besos, más caricias, más de todo.
Empecé a mover las caderas con un claro objetivo en mente.
—Uf, joder —gemí. El pulgar de Turner reanudó las caricias bajo el sujetador mientras su boca iba recorriéndome la piel del cuello. Repetí el movimiento—. Dios, me encanta.
—Sigue —me dijo al oído, pero ese éxtasis que perseguía estaba tan a la vuelta de la esquina que me sentía torpe—. Un poco más fuerte —murmuró—. Ya casi has llegado, ¿verdad, cariño? Y ni siquiera te estoy tocando.
Tenía razón. Y si seguía llamándome así mientras le cabalgaba la pierna de esa manera, iba a acabar levitando.
Entonces me pasó un brazo por detrás de la espalda y tomó el control. Empezó a dirigir mis movimientos, exigiendo ese orgasmo.
Empecé a ver destellos con los ojos cerrados. Una ola de placer me recorrió el cuerpo, y después otra. Aquello era demasiado. Nunca había experimentado tal intensidad con nadie. Sentía que iba a implosionar y ni siquiera me estaba tocando.
—No puedo... —gemí—. Estoy cerca, pero...
—Sí que puedes —gruñó contra mis labios.
Bajó la otra mano hasta mi culo y me empujó hacia delante para presionarme contra su muslo en un ángulo diferente—.
No vamos a parar hasta que me empapes los pantalones.
Y te vas a correr así. Porque si tengo que ayudarte yo.
.. Si tengo que ayudarte, se acabó el juego.
Si tengo que ayudarte, voy a acabar tirándote sobre esa cama y haciéndote todo lo que siempre he querido hacerte.
El placer se extendió y culminó de una forma exquisita y tortuosa. Perdí la cabeza, abandoné el mundo terrenal y, durante una dulce eternidad, quedé exhausta en los brazos de Turner. Porque me había hecho llegar al clímax. Y me había besado. Me había dicho que era bonita.
Supongo que esto era la felicidad.
Un momento de puro placer.
Esto era lo que había esperado y anhelado durante tanto tiempo.
—Estás preciosa cuando te corres, Frankie —susurró—. Justo como siempre había soñado.
«Siempre».
Era una palabra curiosa.
Yo sabía que siempre lo había deseado, pero él a mí no.
Era imposible.
¿O no?