Siempre serás mía 6. Frankie
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6. Frankie

Frankie

«Pienso casarme con el amor de mi vida».

Lo había dicho con total certeza. Como si supiera quién era.

Yo, por mi parte, lo único que sabía era que iba a vomitar. Así de dolorosas me resultaban esas palabras. Si este hombre seguía hablando, no sabía cómo iba a aguantar. Cómo iba a reaccionar. No podía quedarme ahí sentada y hablar del amor de su vida mientras yo estaba mirando al mío a los ojos.

Porque él siempre había sido el amor de mi vida. Por más que intentara reprimirlo, olvidarlo, superarlo..., Turner seguía siendo mi primer amor. Mis sentimientos habían ido cambiando y evolucionando con el tiempo, pero, en esencia, siempre habían sido los mismos y jamás habían desaparecido.

Hubo momentos en los que me planteé la posibilidad de estar equivocada.

Dejé que un chico del colegio me diera el primer beso y perdí la virginidad con otra persona.

Había probado a salir con un par de tíos para darme a mí misma la oportunidad de buscar el amor, pero al final siempre acababa deseando que hubiera sido con Turner.

Anhelaba que él un día abriera los ojos y se fijara en mí.

Sin embargo, la vida se aseguraba de mantenerme humilde.

No podía permitirme ser una romántica empedernida.

En todo caso, lo único que podía hacer era. .. perder la esperanza.

Turner no estaba enamorado de mí. Ni siquiera antes de conocer a Mia.

De lo contrario, habría podido estar conmigo.

—Lo siento —susurré—. Necesito tomar el aire.

Es eso o... —Meneé la cabeza, incapaz de terminar la frase, antes de levantarme de la cama y pasar junto al hombre que me había parecido a la vez un purgatorio y un refugio, tratando de concentrarme en el sonido de mis pasos sobre la moqueta para no salir corriendo de la habitación.

—¿Es eso o qué? —preguntó Turner.

Me detuve.

—¿Es eso o qué? —repitió. Oí que se levantaba de la cama y caminaba hacia mí—. ¿Por qué necesitas tomar el aire, Frankie? ¿Qué es lo que te asusta tanto como para huir de mí otra vez?

Mis dientes empezaron a castañear. Era apenas un temblor ligero, pero marcaba el comienzo de algo. O el final. Me crucé de brazos para adoptar una postura defensiva. Me negaba a darme la vuelta.

—La razón por la que rompiste tu relación no me incumbe.

—Estoy haciendo que te incumba. Siguiente motivo.

—Esto no es ningún juego para mí, Turner.

—Mírame —dijo—. Mírame a la cara y dime si crees que estoy jugando.

Me giré hacia él. Tenía que hacerlo, sonaba tan... suplicante. Como si le fuera a romper el corazón si no lo miraba. Dio un paso decidido, acortando la distancia entre nosotros. Su cercanía era abrumadora. Como nunca antes. Cerré los párpados antes de hablar.

—Me fui para no arruinar nuestra amistad y poder al menos conservar los buenos recuerdos. Y eso es justo lo que estoy tratando de hacer ahora.

—¿Qué te hace pensar que se puede arruinar nuestra amistad? —preguntó con la voz quebrada.

Solté una risa ahogada y amarga.

—Pues que no quiero ser tu amiga. —A esas alturas ya me temblaba el cuerpo entero—. Y si no me aparto, te lo diré. ¿No lo entiendes? No quiero que seas nada mío, no...

Unas manos cálidas me agarraron las mejillas con una desesperación y una delicadeza imposibles. Como si estuviera furioso conmigo y a la vez temiera romperme en pedazos.

—Retira lo que acabas de decir.

Sentí una presión en los ojos. Las emociones me oprimían el pecho, la voz, la mente. Todo. Pero no iba a llorar. Ya había llorado suficiente.

—Es la verdad, Turner. Por eso me mudé a Boston. Para no tener que formar parte de tu vida nunca más. Para convertirme en alguien a quien conocías en el pasado y de quien guardabas buenos recuerdos.

—Pero tú formas parte de mi vida, Frankie —dijo presionando los dedos contra mi pelo e inclinándome la cabeza hacia atrás—. No me importa a qué ciudad del puto país te mudes. Siempre serás parte de mí.

—No lo entiendes —repliqué—. Y no pienso explicártelo. Deberías haberte dado cuenta, deberías haber visto...

Y en ese instante Turner me besó.

Acortó la distancia entre nuestras bocas y me besó.

El mundo se silenció cuando sus labios entraron en contacto con los míos y, durante unos segundos, todo mi ser se sumió en una pacífica calma. La mente, el corazón, las extremidades, el alma, todo se detuvo.

Turner Reece me estaba besando. Sus labios estaban sobre los míos y me besaba como si le fuera la vida ello, como si...

Un gemido resonó en mis oídos, devolviéndome a la realidad.

Era mío. Cualquier ápice de sorpresa que quedara en mi sistema se evaporó.

Le agarré las muñecas, incliné la cabeza hacia arriba y correspondí a ese beso con toda la felicidad que me invadía.

Estaba eufórica. Me temblaban hasta las rodillas.

—Joder —soltó Turner, apartándose para respirar. Su boca volvió a descender para besarme con pasión. Con más intensidad—. Joder. Te juro que no tenía pensado hacer esto. Tenía un plan, Frankie.

Yo estaba con la espalda apoyada en la pared detrás de mí y el cuerpo de Turner aprisionándome. Me había besado. Turner Reece me había besado. Y este hombre parecía irreal con los labios húmedos después de besarme.

—¿Tenías planeado besarme? —le pregunté al fin, sin aliento, tratando de volver a la realidad.

—Me moría de ganas desde el día que te vi por primera vez.

Mi corazón pasó a latir a toda velocidad.

—¿En serio?

—Si quieres puedo demostrártelo. Puedo demostrarte lo que significas para mí.

Le apreté las muñecas con más fuerza. Yo también quería que me lo demostrara. Tenía la piel tan suave y cálida, estaba tan guapo, era tan mío... No podía concentrarme. No podía pensar con claridad. Lo único que siempre había querido era estar con él. Y...

—Frankie, yo tampoco quiero ser tu amigo.

—Frunció el ceño al oír sus propias palabras y se me encogió el pecho—.

A menos que podamos ser el tipo de amigos que se besan.

—Cerró los ojos y negó con la cabeza—. Espera, no, no me estoy expresando bien —murmuró—.

Frankie, cuando te he visto en el vestíbulo, allí de pie.

.., por un segundo he pensado que eras un espejismo.

Sinceramente, lo último que se me ha pasado por la cabeza ha sido la amistad.

Lo único en lo que podía pensar era en esto, en acercarme a ti y comerte la boca, porque. ..

Me incliné hacia delante para silenciarlo con otro beso.

A la mierda.

A la mierda las palabras. A la mierda los pensamientos. A la mierda las explicaciones.

Lo único en lo que podía pensar era en esto. Turner quería besarme. Me deseaba. ¿Cómo iba a resistir las ganas de demostrarle que yo también llevaba toda la vida deseándolo?

Él soltó un gruñido y la presión de sus labios se volvió salvaje. Aleluya. Me puse de puntillas para que le fuera más fácil y él empezó a jugar con la lengua, rozando la mía con la suya. Ambos gemimos, o tal vez solo yo, pero ¿qué más daba? Turner Reece me estaba besando.

Soltó un par de improperios contra mi boca.

—Sabes a...

Lo volví a callar con otro beso. Me daba igual a qué sabía. Le solté las muñecas para agarrarlo de la nuca y me aferré a él, acercándolo más. Quería tenerlo lo más cerca posible porque, ¿y si se me escapaba? ¿Y si esta era la única oportunidad de tenerlo así?

Sentí que debía aprovechar el momento. Hacer que valiera la pena, por si no duraba.

Turner volvió a tomar aire, tratando de decir algo más. Era evidente que se estaba conteniendo.

Hablé antes que él:

—¿Lo dices en serio? —Frunció el ceño y entreabrió los labios, que ahora estaban aún más rojos—. ¿De verdad me deseas?

El sonido que salió de su garganta fue indescriptible.

—Te deseo tanto que siento que me voy a morir si no te tengo.

—Entonces demuéstramelo —susurré—. Deja de ir con pies de plomo y demuéstramelo.

Noté un tic en su mandíbula, como un signo de vacilación, quizá, o de advertencia.

Entonces me empezó a besar con una ferocidad que no estaba presente antes. Con una desesperación que me recordó el anhelo que yo misma había sentido durante tantísimo tiempo. Volvió a rozarme la lengua con la suya y yo solté un gemido. Bastante alto.

Él me deslizó una rodilla entre las piernas y las abrió con un movimiento rápido.

Contuve el aliento y aprovechó para darme un beso aún más apasionado.

Posó una de sus manos en mi cintura mientras la otra se deslizaba entre mi cabello para mantenerme donde él quería.

Se aferró a la camiseta que me había puesto para dormir, tirando de la tela con frustración.

Por mí, como si la partía por la mitad.

Soltó un gruñido que me hizo pensar que iba a hacerlo. Entonces empujó la cadera contra mí y toda la sangre de mi cuerpo descendió en dirección al mismo punto.

—¿Te sigue pareciendo que voy con pies de plomo, cariño? —preguntó contra mis labios. Inspiré con fuerza en lugar de responder con un sonoro «NO». Él descendió por mi mandíbula, mordisqueándome la piel—. Puedo hacerlo mejor.

Estaba deseando ver cómo.

Me pasó un brazo por detrás de la espalda y me levantó lo suficiente como para que mi peso recayera sobre esa pierna que había metido entre mis muslos. Su boca volvió a la mía con un ritmo lento. Se me escapó otro gemido.

Turner repitió el movimiento, como para asegurarse de que lo había hecho bien la primera vez.

La sensación fue increíble. Estaba tan necesitada, tan increíblemente cachonda, que me palpitaba todo el cuerpo. Me había convertido en un cable de alta tensión.

—Más —supliqué—. Por favor.

—Más —repitió él con rudeza. Estaba sin aliento. Sus ojos me recorrían por todas partes, como si esa palabra lo hubiera confundido. Como si no supiera qué hacer al respecto—. No me pidas que te dé más cuando quiero darte todo lo que tengo.