Siempre serás mía 5. F1rankie #2
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5. F1rankie #2

—Hay una tormenta de nieve —anunció apartando la gruesa cortina.

Era tarde y fuera estaba completamente oscuro salvo por las farolas del patio.

Las pobres a duras penas resistían las violentas ráfagas de viento—.

No saben con certeza cómo de grave será ni si las carreteras de la zona se verán afectadas, pero la recepcionista tiene esperanzas de que no sea nada demasiado desastroso.

Hay más mantas en el armario por si tenemos frío.

Asentí. Una tormenta de nieve. Una cosa más que no estaba en mi lista de pendientes este fin de semana. ¿Se iba a cancelar la convención? Eso me dejaría de nuevo en el punto de partida y nada de esto habría valido la pena.

—Frankie —me llamó Turner, todavía junto a la ventana—, ¿estás bien?

—¿Tu mujer? —le espeté en lugar de responder.

Él se encogió de hombros.

—¿Habrías preferido que dijera «mi amiga de la infancia a la que he echado muchísimo de menos y con la que estoy intentando reconectar este fin de semana»?

Mierda.

Me mataba que siguiera repitiendo lo mucho que me había echado de menos. En el mejor sentido posible. Pero también estaba la parte de reconectar. Lo cual me recordaba todo lo demás.

—Eso sería una explicación demasiado detallada incluso para mí —logré decir—. Pero gracias por hablar con recepción. No sé si yo habría podido hacer esa llamada. Creo que, si no te importa, voy a ponerme cómoda antes de que llegue el servicio de habitaciones.

Él asintió y yo cogí una camiseta y unos pantalones cortos de la maleta y me dirigí al cuarto de baño. Me detuve justo en el umbral al darme cuenta de algo.

—Oye, Turner.

—Dime.

—Te has olvidado de pedir un mando. Por si quieres volver a llamar y preguntar mientras me cambio.

Hubo una pausa. Luego dijo:

—Me he perdido todo un año de tu vida, Frankie. Lo último que quiero hacer mientras comparto habitación contigo es ver la televisión.

Los bocadillos de queso y ternera al estilo Filadelfia estaban increíbles.

Otra cosa increíble era mi capacidad para darle vueltas a la situación.

El rato entre que nos habían traído la cena y nos la habíamos zampado como si fuéramos unos muertos de hambre me lo había pasado repasando mentalmente todos los escenarios en los que este fin de semana podía salir mal.

¿O ya había salido mal? En fin, las posibilidades eran infinitas en cualquier caso.

Turner recogió el plato vacío de mi regazo y eso me hizo volver a la realidad.

—Pues sí que estaba rica la tarta, ¿eh?

—La tarta siempre está rica. Esta estaba excelente. ¿Por qué lo preguntas?

Estiró su largo brazo para colocar los platos en la mesita de noche. No tuvo que moverse siquiera para llegar y eso me dio envidia.

—Por la cara que has puesto mientras te la comías. Estabas muy mona.

Ese calorcito al que ya me estaba acostumbrando volvió a mi cara. No estaba preparada para que Turner me dijera esas cosas. Siempre habíamos tenido mucha cercanía, pero jamás había... flirteado conmigo. ¿Estaba flirteando?

—Es posible que este sirope de arce fabricado aquí en Vermont se haya convertido en mi cosa favorita del mundo mundial. ¿A ti qué te ha parecido la comida?

—Me ha encantado verte devorarla. Siempre comes como si nadie te estuviera mirando.

—Ja —contesté con ironía—. Muy gracioso. Y has esquivado mi pregunta. Eso significa que hay algo que no te ha gustado.

Él entrecerró los ojos.

—No, qué va.

—Claro que sí. Es el sibarita que hay en ti. Apuesto a que en tu cabeza le has puesto una nota a la cena. Antes eras muy dado a las críticas gastronómicas.

Se encogió de hombros.

Me apoyé sobre las manos e incliné la cabeza.

—¿Y bien? ¿Cómo calificarías la tarta? Yo le doy un millón de estrellas.

—Un sólido cuatro sobre cinco —respondió con un resoplido—. La masa está un poco demasiado húmeda para mi gusto.

—¿Y el bocadillo?

Exhaló.

—Estaba bien. No necesito puntuarlo.

—Ajá, conque el problema ha sido el pan. ¿Tan malo estaba?

Soltó una risa burlona, pero no dijo ni sí ni no.

—A mí me ha parecido que estaba delicioso —añadí para picarlo—. De hecho, es el mejor que he probado en mucho tiempo. No sé qué defecto le habrás podido...

—El pan era congelado, estaba demasiado tostado y tenía una forma demasiado alargada —espetó de la forma más adorable en que un tío de metro ochenta y pico con un mullet , tatuajes y bigote podría explotar—. Este tipo de bocadillos se debe preparar con pan recién hecho.

No pude aguantarme y sonreí, lo cual me hizo sentir rara.

Como si esa sonrisa me estuviera partiendo la cara y yo hubiese perdido práctica.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que habíamos tenido un momento así.

.. De hecho, había pasado mucho tiempo desde que había tenido un momento así con cualquier persona.

Era deprimente. No habríamos estado ahí, sentados sobre el edredón, cenando juntos, si no le hubiera contado a Turner lo del acosador.

Y si Turner no hubiera aparecido en Vermont, no habría estado sonriendo ante el arrebato que acababa de tener ni burlándome de él por ser un repelente cuando se trataba del pan.

Habría estado a solas, con la televisión de fondo, sin prestar atención. Me habría sentido... sola.

—En el año que llevo en Boston, solo he hecho dos amigos —dije sin pensar—. Me doblan la edad y son mis vecinos.

—¿Y te sientes sola? —preguntó él, expresando con facilidad el infierno de sentimientos que me ardía por dentro—. Siempre has valorado más la calidad que la cantidad.

—Creo que solo se han hecho amigos míos porque vivo sola y les recuerdo a una de sus hijas.

Tienen dos chicas y un chico; él es el mayor.

Es periodista. Por lo que me cuenta la señora Flanagan, está felizmente comprometido con una chica de Carolina del Norte, si no, nos habría presentado.

—Resoplé—. Según ella, soy demasiado guapa para pasarme el día en casa.

Lo más seguro es que le parezca triste que no tenga a nadie con quien salir. Ni siquiera como amigos.

—Tiene razón.

Suspiré.

—Sí, es un poco triste.

—No —dijo él con un movimiento de cabeza—. Eres guapa. Desprendes un brillo cegador cuando estás feliz. Eso es lo único que te mereces.

Abrí los labios y sentí que me ponía roja.

—Y en cuanto a su hijo —añadió—, me alegro de que ya haya encontrado a alguien, pero no sabe la suerte que tendría si pudiera salir contigo. La misma que si pudiera pasar un rato sentado a tu lado en casa, de hecho. Cualquiera que tenga ese privilegio se puede considerar afortunado.

El corazón me iba a cien por hora, latiendo en todas las direcciones posibles.

—¿Qué? —preguntó Turner con un tono chulesco, lo cual confirmaba que todo aquello solo eran imaginaciones mías—. ¿Crees que nunca me he fijado en que eres guapa? Eres una preciosidad, Frankie. Y estás buenísima.

—¿Perdón?

—Ya me has oído.

«Ya me has oído», dijo el muy cabrón, como si no acabara de soltar una bomba.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté con un hilo de voz.

—Romper todas las barreras que construiste al irte y que te empeñas en mantener.

—Eso... —Tuve que parar un momento antes de terminar la frase—. Eso está mal. Fatal. No puedes decirme que soy guapa. Que lo llevas pensando desde hace tiempo. Que te has... fijado. No puedes soltar estas cosas así sin más.

Pareció tomarse un momento para reflexionar mis palabras. Luego se encogió de hombros.

—Es posible que tengas razón, pero al menos estoy consiguiendo que hables del tema. De esto. De lo nuestro.

En mi mente empezó a formarse una maraña de pensamientos furiosos, incrédulos y, sí, también fantasiosos. Daban vueltas, mareándome, cuestionando qué podía significar todo aquello sin llegar a ninguna conclusión en apariencia... real.

—Yo... Me... —Se me quebraba la voz por la frustración—. Estabas comprometido, Turner. Con Mia. Mi amiga. No existe ningún «lo nuestro». Nunca ha existido.

—Soy consciente de que lo que te voy a contar ahora me convierte en un capullo —dijo con calma, sin inmutarse por la dureza de mis palabras—, pero prefiero no seguir ocultándotelo, ser claro contigo y humillarme si con eso consigo recuperar tu confianza.

—Lo miré con el ceño fruncido—. No debería haberlo hecho.

—Nos quedamos en silencio y habría jurado que se escuchaban los latidos de mi corazón.

Turner tragó saliva antes de continuar—: Le pedí matrimonio a Mia en un momento complicado, pero soy consciente de que eso no lo justifica.

Ojalá hubiese podido decir que no recordaba el día exacto en que se lo pidió, pero lo recordaba a la perfección porque habían dado la noticia durante una cena familiar, el día de Acción de Gracias.

—¿Complicado? No recuerdo nada fuera de lo normal, excepto que fue la Navidad antes de que el padre de Mia... —Me detuve.

—Ella no le dijo a nadie que estaba enfermo hasta después de Navidad —admitió—, pero ya lo sabía desde hacía dos meses. Fue bastante duro, Frankie. Cuando Mia se enteró del diagnóstico...

Algo dentro de mí se rompió en dos pedazos afilados.

—No tenía ni idea. Nunca me contó nada ni me dio a entender que estuviera pasando por algo así. ¿Eso significa que cuando todos nos enteramos...?

—Ella ya había tenido tiempo para asimilarlo —confirmó Turner—. Durante esos meses, yo era el único que lo sabía. Mia evitaba a todo el mundo para que nadie sospechara. Especialmente a ti.

Se me encogió el pecho.

—Debió de ser muy duro para ella pasar por eso. Y para ti verla afrontarlo.

—Lo fue. —Exhaló un suspiro—. Aunque ya sabes cómo es.

Al principio intentó fingir que no le afectaba, pero no pudo mantenerlo por mucho tiempo.

Cuando al fin asimiló que su padre tenía cáncer.

.., se sumió en un pozo de tristeza. Me mataba verla así.

Y me mataba que lo que más le molestaba era no poder darle a su padre aquello de lo que siempre habían hablado.

Turner se quedó en silencio un instante y yo contuve la respiración, puesto que sabía a qué se refería.

—Ella siempre ha sido una persona capaz de hablar con total libertad —continuó con una risa amarga—.

Como si las palabras no tuvieran límite, como si fueran inagotables.

Como si hablar no le hiciera daño a nadie.

Y yo siempre he sido todo lo contrario. Por mucho que intente expresar lo que pienso, las cosas importantes prefiero mostrarlas en lugar de contarlas.

—Ay, Turner... —susurré.

—Me dijo que le rompía el corazón que su padre fuera a morir antes de poder llevarla al altar. Y que él también estaba devastado.

Me quedé muy quieta. Muy callada. Era como si algo se hubiera desprendido dentro de mí con un gran crujido. Como si una parte de mi corazón se hubiera perdido.

Turner negó con la cabeza.

—No me mires como si lo que hice fuese algo honorable, porque mira cómo estamos todos ahora.

Al final le acabé rompiendo el corazón igual.

Su padre está en remisión, pero también siente pena por lo que ha pasado entre nosotros.

Y yo soy el único responsable. No fui capaz de cumplir mi palabra.

Siempre la cumplo, pero esta vez no pude. No lo hice.

—Eso no te convierte en el malo de la película —le dije.

Sentía la necesidad de protegerlo. Me daba lástima que todo el mundo hubiera acabado con el corazón destrozado, pero Turner no estaba teniendo en cuenta que él también había salido herido—.

Nadie es el malo. Así es la vida, y tú hiciste algo muy humano.

—Tampoco soy el héroe.

—¿Te sentiste bien cuando le pediste matrimonio y ella dijo que sí? ¿Te pareció lo correcto?

—Durante un tiempo, sí. —Su voz se llenó de dolor.

Remordimiento. Culpa. Odiaba que la vida los hubiera llevado por ese camino, pero no era justo que Turner se culpara de lo sucedido.

Todos cometemos errores—. Me sentí bien al hacerla feliz.

Al ayudar a la persona a quien quería y con quien tenía una relación a salir de ese pozo.

Mi labor era cuidar de ella, y me sentí bien al hacerlo.

Si es que no se puede ser un hombre más maravilloso...

—Esa era una gran responsabilidad. Aunque al final no funcionara, tu intención de ofrecerle algo que solo tú podías darle era buena. Antepusiste su felicidad a la tuya. Eso demuestra lo mucho que la querías.

Yo, por el contrario, había sido un monstruo egoísta.

Cuando, unas semanas después de anunciar su compromiso, nos contaron lo del padre de Mia, casi cambio mis planes de marcharme.

Pero Mia parecía haberse tomado la enfermedad de su padre tan bien y estaba tan centrada en hablar de todo lo que quería para esa boda que.

.. fue demasiado para mí. Por primera vez, sentí que tenía derecho a priorizarme, a diferencia de todas las otras veces en las que me había quedado callada.

Decidí creer que ella no me necesitaba y que, si alguna vez lo hacía, solo tenía que pedírmelo y yo estaría a su lado.

Que Ric o mamá me lo dirían y yo lo dejaría todo para volver a Portland si su padre empeoraba.

Pero su padre no empeoró y yo seguí necesitando la distancia.

Hasta que, de repente, un día me di cuenta de que ya no sabía cómo hablar con ella.

—Me ves con buenos ojos, demasiado —dijo Turner—. Antes siempre pensaba que ese era tu mayor defecto.

—Nunca dejaré de pensar que eres uno de los mejores hombres que conozco, Turner. Porque lo eres.

—Entonces, ¿qué es lo que hice para que te alejaras de mí?

Su pregunta me pilló tan desprevenida que di un respingo.

Insistió:

—¿Por qué dejaste de responder a mis mensajes y llamadas? ¿Por qué te fuiste sin despedirte de mí? ¿Por qué no abriste la puerta ese día que estabas pasándolo mal? Estaba convencido de que me necesitabas.

Me dolía el pecho, pero ahora era por unas razones completamente distintas.

—Es difícil de explicar.

—Inténtalo, por favor —me pidió—. Hazlo por mí, para que pueda entender qué es lo que tengo que arreglar.

Una oleada de emociones abrumadoras me subió por la garganta. No había nada que arreglar. ¿No se daba cuenta? Nunca había habido nada entre nosotros, nunca iba a haberlo, y menos ahora, después de todo lo que había pasado.

—No estás traicionando a Mia por hablar de lo nuestro o por estar en esta habitación conmigo —me dijo—. Y yo tampoco, Frankie. Por eso rompí con ella.

Todo mi cuerpo se paralizó. Mi mente, por otro lado, iba a mil por hora. Llenaba los vacíos, los espacios que Turner dejaba.

¿Lo había oído bien?

—Me siento lo bastante culpable por los dos, créeme. Pero no te equivoques, porque me alegro de que esas decisiones me hayan traído hasta aquí. Pienso casarme con el amor de mi vida, y esa persona no es Mia.