Siempre serás mía 5. F1rankie
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5. F1rankie

Frankie

Al final resultó que Turner hablaba muy en serio cuando dijo que iba a pasar la noche conmigo.

En mi habitación.

Y, por lo tanto, en mi cama.

Ojalá pudiera decir que me puse coqueta y empecé a pensar en todas las formas en que podríamos acurrucarnos como quien no quiere la cosa, pero estaba demasiado asustada para eso.

Le había dicho la verdad sobre los actos vandálicos y los regalos ocasionales que esa persona había dejado en mi puerta, pero no le había contado cómo me hacía sentir esa terrible experiencia.

Asustada, claro. Pero también dividida. Por alguna razón, mientras estaba en Boston me había resultado fácil racionalizarlo.

Quizá porque no había sucedido de golpe, sino gradualmente.

Pero ahora no podía dejar de pensar en la posibilidad de que esa persona me hubiera seguido hasta allí.

Que hubiese enviado cosas a mi habitación.

¿Cómo sabía el número? ¿La gente podía averiguar esas cosas con una sola llamada?

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Turner se dio cuenta.

Le dediqué una sonrisa tranquilizadora y él se la creyó. Entonces reanudó su tarea: buscar el mando a distancia de la televisión por su lado de la habitación. Tal y como le había pedido. Se suponía que yo debía hacer lo mismo en el otro lado, pero estaba resultando ser todo un reto.

La Frankie de dieciséis años estaría chillando.

La actual trataba de reducir los chillidos al mínimo.

La razón era que intentaba no pensar en el acosador ni en cómo Turner invadía mi espacio.

El momento de quitarse el jersey para quedarse con una camiseta de manga corta, blanca y ajustada había sido duro.

Y el de quitarse el cinturón me había provocado una sensación extraña.

Pero ¿qué le iba a hacer? Turner Reece siempre había sido alto, grande y robusto, y a mí siempre me había acelerado el pulso verlo.

Una parte muy primitiva de mí disfrutaba del hecho de que estuviera allí para protegerme.

La mayoría de la gente pensaba que era un matón.

Un hombre de aspecto rudo, con tatuajes y lo bastante grandote como para echar una puerta abajo, como había amenazado con hacer en el pasillo.

Y apuesto a que podría hacerlo si quisiera, pero Turner Reece era mucho más que eso.

Si te parabas a conocerlo, descubrías que tenía un lado tierno.

Era demasiado considerado, tranquilo y cariñoso para ser un matón.

De pequeño, por ejemplo, se le daban bien cosas que la mayoría de los chicos de su edad consideraban (erróneamente) propias de chicas, como la repostería, el arte o las manualidades.

Cualquier cosa excepto coser, para lo que no tenía paciencia y echaba la culpa al tamaño de sus dedos.

Ric tardó años en aceptar que Turner nunca iba a querer entrar en su equipo de hockey.

Y el hecho de que no hubiera sucumbido, ni siquiera por su mejor amigo, ni siquiera cuando su complexión y su capacidad para patinar sobre hielo le habrían garantizado un nivel de éxito por el que muchos entrenaban durante años, me había hecho quererlo el doble.

Porque, a pesar de ser tan joven, tenía una confianza en sí mismo que la mayoría de los chicos de su edad confundían con arrogancia.

La misma confianza que acababa de usar para decirme que pensaba recuperar su lugar en mi vida.

Francamente, era el peor momento posible para reavivar la amistad.

Lo más probable era que me resultara imposible, teniendo en cuenta lo que seguía sintiendo por él.

Pero al verlo allí, en la habitación, al haberlo abrazado, al haber confiado en él, una parte de mí quería intentarlo.

Quería darle lo que fuera que hubiera venido a buscar. A pesar de todo.

Era la misma parte de mí que habría aceptado ser la niña de las flores en su boda si me lo hubiera pedido.

Que alguien me diera el título de masoquista. Como escritora era un plus, pero para el día a día era un tormento.

—¿Ha habido suerte? —me preguntó Turner desde unos metros de distancia, devolviéndome al presente.

Cerré el cajón inferior de la cómoda y me volví hacia él.

—N-no... —Se había acercado. Incliné la cabeza hacia atrás y me sonrojé ante la repentina proximidad de su cuerpo—.

No ha habido suerte —aclaré con voz ronca, dándome cuenta de que él había fijado la mirada en mi boca.

Me humedecí los labios. Me sentía cohibida—.

Me temo que tendremos que pedir que nos den otro o tocará entretenerse de otra manera.

La mirada de Turner subió hasta mis ojos. Entrecerró los párpados.

—Hablando, por ejemplo —me apresuré a añadir—. O jugando a juegos de mesa. O... mirando la pared. En silencio.

Cosas seguras. Nada que tuviera que ver con hablar de mis sentimientos, de ese acosador o de la cama que íbamos a compartir.

Soltó un leve murmullo mientras levantaba la mano. Me rozó las puntas del cabello con la parte posterior de los dedos mientras seguía el movimiento con los ojos.

—¿Has traído alguno?

—¿Algún... qué?

Repitió el movimiento, inclinando la cabeza, concentrado. Se me puso la piel de gallina.

—Juego de mesa.

—No —susurré.

Volvió a mover la mano para acariciarme la frente, justo a la altura del flequillo. Vi que esbozaba una media sonrisa justo cuando me rozaba la sien con el pulgar.

—Eso nos deja con muy pocas alternativas.

Cerré los párpados.

Ni siquiera sabía de qué estábamos hablando.

¿Qué estaba pasando?

¿Qué significaba esa cuidadosa exploración de cómo se sentía mi cabello contra sus dedos?

¿Era una venganza por lo que le había hecho?

Me sentía como si estuviera en llamas, y eso que ni siquiera me estaba tocando de forma sugerente.

Esa parte de mí a la que le daba igual gritaba por salir del lugar donde la tenía contenida, poniendo a prueba los límites.

¿Y si abría los ojos y le contemplaba el rostro?

¿Y si le correspondía, fuera lo que fuera lo que estuviese expresando?

Dios, me moría de ganas. Porque él seguía jugando con mi cabello, rozándome la piel del cuello sin querer, y también la de la mandíbula y la de la sien, como si no tuviera nada mejor que hacer que acariciarme.

Choqué con la espalda contra el borde de la cómoda y el contacto me hizo abrir los ojos.

Y joder.

La cara de Turner. Sus ojos. Parecía embelesado.

De hecho, lo estaba.

¿Qué coño era esto?

Algo en mi pecho gritaba que reconocía esa mirada, la sensación de ser observada así, tan de cerca, por él.

Pero mi cerebro lo descartó como si solo fuera una fantasía, fruto de la esperanza, no un recuerdo.

Turner nunca me había mirado así. Como si estuviera conteniéndose para no. .. ¿Para no qué, exactamente?

Me aclaré la garganta. El sonido no lo sobresaltó ni lo disuadió, pero bajó la mano.

—Deberíamos llamar a recepción. Como hemos dicho antes. Ya estoy mentalizada, así que dejemos de posponerlo y preguntemos quién ha dejado esa nota. Y de paso les podemos pedir que nos den otro mando a distancia.

Asintió despacio, aún con esa mirada que había estado jugando con mis sentidos.

—Ya llamo yo —dijo apartándose. Por suerte. ¿O más bien por desgracia? Estaba confundida—. Prefiero que me lo dejes a mí, si no te importa.

Antes de que pudiera preguntarle por qué, ya estaba junto a una de las mesitas de noche, cogiendo el teléfono y marcando el número de recepción.

—Hola —dijo al cabo de un momento, volviéndose hacia mí—.

Soy de la 214. ¿Podría decirme quién ha mandado un regalo de bienvenida a la habitación?

—Una pausa—. Frankie Rossi. Forma parte del elenco de autores de la Convención de Novela Negra y Thriller, sí.

—Otra pausa—. La nota no estaba firmada y mi mujer no sabe quién la ha enviado.

Sentí que el corazón me daba un vuelco y abrí los ojos con sorpresa.

«Mi mujer».

¿Su mujer?

—Sí —dijo Turner, mirándome fijamente—. Tendrá que preguntárselo al personal del turno de mañana.

—Apretó la mandíbula mientras esperaba—.

Para serle sincero, Sharon, me inquieta un poco la idea de que el hotel permita que se entreguen cosas en las habitaciones.

Mi esposa quizá dirá que son «cosas que pasan» para quitarle importancia, pero yo no me tomo su bienestar y su seguridad a la ligera.

Me inquieta que esté demasiado expuesta.

Caminé hacia la cama como un zombi, analizando las connotaciones de todo lo que estábamos descubriendo.

—Estaría genial, Sharon —concedió Turner con tono distraído y la mirada fija en mí. Luego di por hecho que Sharon estaba hablando, porque él se quedó callado hasta que dijo—: ¿Dice que podemos pedir algo al servicio de habitaciones para compensar las molestias?

Estaba consultándome. Yo no tenía hambre, pero no recordaba haber comido nada desde la hora del almuerzo. Me encogí de hombros para confirmarle que me parecía bien cenar.

—No va a solventar mis preocupaciones, pero se lo agradeceríamos —dijo al teléfono—.

¿Dos bocatas de queso y ternera al estilo Filadelfia y tarta de manzana con sirope de arce?

—Arqueé las cejas con sorpresa. ¿Bocatas de queso y ternera en un pintoresco hotel de Vermont?

—. El chef es de Filadelfia —añadió. Eso me cuadraba más.

Turner me guiñó un ojo—. Sería perfecto.

Gracias y... —Frunció el ceño al recibir más información—.

Ah, bueno, tendremos que esperar y ver cómo va.

Esperemos que la cosa no vaya tan mal como parece. Gracias de nuevo. Buenas noches.

Lo observé mientras colgaba y se dirigía a uno de los ventanales.

—¿Pasa algo? —pregunté.