4. Turner #2
—Podría entenderlo si lo dijeran mis hermanos —respondió con una voz demasiado suave, como si estuviera cansada de discutir conmigo—.
Pero tú no eres mi hermano. Ni siquiera puedo considerarte ya mi amigo.
No tienes potestad para decidir cuándo debo irme de un sitio.
¿Y a qué viene esta actitud, por cierto?
Nunca te pones así. Es más bien propia de Leo.
O de Ric, si me apuras. No tuya. Tú nunca has intentado imponerme nada; siempre me has escuchado.
Tenía razón. Totalmente. Pero...
—Alguien te está acosando.
Frankie soltó una breve risotada.
—Soy escritora, no la presidenta de los Estados Unidos.
Además, ¿cómo sabes que no me lo estoy imaginando?
No conoces todo el contexto. Tengo una imaginación muy prolífera, así que podría haber sacado conclusiones erróneas.
Las cosas que me ha dicho nunca han sido amenazadoras.
Todo esto podría ser obra de un lector bienintencionado que ha querido darme una sorpresa y, sin querer, ha traspasado algunos límites.
No hay nada que indique que el acosador me ha seguido hasta Vermont.
Nada. Así que, ¿por qué no te planteas esa posibilidad?
Hubo un momento de silencio sepulcral.
Entonces me salió de dentro:
—Porque tu palabra me basta.
Frankie parpadeó con cara de asombro.
—No tienes por qué darme más explicaciones —continué—. A mí no. Si dices que hay un acosador, entonces es que hay un puto acosador. ¿Por qué no iba a creerte?
Sus ojos color avellana se prendieron en llamas antes de apagarse gradualmente.
Lo único que quedó después fue agotamiento.
Rendición. Abrí la boca para decir algo, pero le empezaron a temblar los labios y a castañearle los dientes.
Se llevó las manos a la cara, tratando de evitar que se esparciera lo que fuera que se estaba rompiendo. Pero no funcionó.
Se le escapó una lágrima que empezó a descender por su mejilla, y ya no pude contenerme más.
En un segundo pasé de estar junto a la cómoda a tenerla entre mis brazos.
Apoyó la frente en mi pecho y su aroma me inundó las fosas nasales.
Esa cercanía que nunca me había bastado cuando era adolescente, que no se correspondía con el tumulto que se desataba en mi interior cada vez que la tocaba, me hizo caer de rodillas de forma metafórica.
Por fin me estaba permitiendo sentirlo, y era la confirmación de todo lo que sospechaba.
Sabía que estaba jodido. Y era demoledor lo bien que me sentía al abrazarla después de tanto tiempo lejos de ella.
—No estoy llorando —murmuró entre hipos, sin que yo le preguntara—. No hace falta que me abraces.
—Me da igual.
—No soy una llorona —añadió—. Es solo que...
Mis manos empezaron a moverse por sí solas, acariciándole la espalda con las palmas, animándola, consolándola.
—Solo... ¿qué?
Se le escapó un sollozo.
—Es que te he echado mucho de menos.
Le salió otro sonido desgarrador, lo cual hizo que se me contrajera aún más el pecho.
Deslicé una mano por su cabello, acunándole la cabeza contra mi clavícula, sin saber cómo arreglar esta situación.
Lo único que podía hacer era abrazarla con todas mis fuerzas.
Quería aprovechar al máximo ese momento, y más después de haber visto lo alta que tenía la guardia cuando estábamos en el bar.
Ella alzó los brazos para agarrarse a mi jersey por la espalda y tirar con fuerza.
—No pienso irme a ninguna parte —le susurré. Nos íbamos meciendo de lado a lado, como había hecho solo unas pocas veces en el pasado. Aunque de una forma totalmente diferente—. Estoy aquí, Frankie, cariño. No pasa nada. Nadie te va a hacer daño.
Ese «cariño» se quedó flotando en el aire, resonando en mis oídos. Era la primera vez que se me escapaba, aunque no la primera que lo pensaba. Supuse que iba a quejarse o a preguntar por qué la había llamado así, que cómo me atrevía a referirme a ella de otra manera que no fuera por su nombre.
Sin embargo, lo único que pasó fue que se agarró con más fuerza a mi jersey de lana.
Los sollozos no cesaron, pero me proporcionaron una excusa para que siguiera en mis brazos.
Curiosamente, cuanto más tiempo pasábamos así, menos reconocía a la Frankie con la que había crecido.
Mis manos, brazos y pecho eran testigos de una serie de curvas a las que nunca me había permitido prestar atención.
Mi cerebro repetía el mantra con el que había venido a Vermont: «Arregla las cosas. Haz que todo vuelva a estar bien».
Pero ¿acaso había estado bien en algún momento?
No contaba con que tocarla así, y que ella me tocara a mí, descarrilaría mis planes tan rápido.
Abrazarla de aquella manera era como despertar de una pesadilla. Me hacía querer mantenerla así de cerca costara lo que costara. Madre mía, había tantas cosas que hablar antes de llegar a este punto. Había tantas cosas que debía explicarle. Tantas cosas que quería preguntarle.
—Creo que ya estoy mejor —murmuró Frankie.
Bajé la mirada y vi una leve sonrisa en su rostro. Tenía la barbilla apoyada en mi pecho y las mejillas sonrojadas, pero ya no había lágrimas. Estaba preciosa.
—No estás llorando.
—Me has placado con un abrazo para que dejara de llorar. Era lo menos que podía hacer.
—Has dicho que me has echado de menos —añadí sin miramientos. El rubor de sus mejillas se intensificó—. Yo también te he echado de menos, Frankie.
A diferencia de otras ocasiones en las que se lo había dicho, esta vez ella parecía estar de acuerdo con mi afirmación.
Eso me alegraba. Bueno, «alegraba» se quedaba corto.
Aún no había terminado de explicarle hasta dónde llegaban mis sentimientos.
Tenía que hablar con ella para que viera el panorama completo.
Para que tuviera todo el contexto. Era importante.
Y también teníamos que encargarnos de ese maldito psicópata.
—Estoy más asustada de lo que intento aparentar, Turner —dijo leyéndome el pensamiento—, pero no puedo irme. No puedo cancelar este evento. Lo digo en serio.
—Entonces cuéntame por qué. Y entre los dos discutiremos cuál es el mejor plan de acción.
—¿Entre los dos? La decisión es mía.
Ay, mi chica independiente. Me sacaba de quicio.
—Pero yo estoy aquí contigo. Y me has dado un susto de la hostia. Al menos finge que formo parte de esta conversación.
Ella resopló, pero lo hizo con una sonrisa. Una sonrisa auténtica.
Por fin. Por fin volvíamos a ser nosotros. Ya no estábamos andando con pies de plomo.
La solté a regañadientes, pero al bajar los brazos le agarré la mano. Tiré de ella hasta llegar al borde de la cama y, una vez allí, me arrodillé y me puse a desatarme los cordones de mi bota derecha.
—Em... ¿Qué haces? —preguntó mirándome.
—Estoy poniéndome cómodo —respondí pasando a la bota izquierda. Una vez terminé, me enderecé y dejé el calzado a mi lado—. ¿Quieres que te ayude con las tuyas?
Los ojos de Frankie se abrieron ligeramente. Solo un segundo. Luego se quitó las botas y las dejó junto a las mías.
Cuando me subí a la cama, ella me siguió y se sentó con las piernas cruzadas mientras yo apoyaba la espalda contra el cabecero.
Me miró con inseguridad.
—Lo primero que quiero decir es que no te va a gustar lo que te voy a contar.
—Eso lo tengo claro.
Frankie suspiró.
—Pues bien..., la primera nota que me dejó en la puerta era bastante inofensiva.
En mi cabeza sonó un chirrido como el de un disco rayado.
La madre que...
Un psicópata le había dejado cosas en la puerta de...
—¿Turner?
Me aclaré la garganta.
—¿Mhm?
La exhalación de Frankie fue más bien consciente que cautelosa, y eso me devolvió a la realidad.
—Ya sabía que esto era una mala idea.
—Trae el pie.
Me lanzó una mirada interrogativa.
—Trae el pie —insistí. Le di una de las almohadas para que apoyara la espalda y estuviera más cómoda—. Necesito algo en lo que concentrarme mientras hablas. Algo que hacer con las manos. Así que apoya el pie aquí y sigue hablando. Si me lo das me portaré bien. Por favor.
Le costó un poco, pero cogió la almohada y se reclinó mientras estiraba la pierna.
La agarré del tobillo y la acerqué más a mí. Ella soltó un gritito que me obligué a ignorar.
—No hay mucho más que contar —dijo con un suspiro.
Empecé a mover los dedos, presionándole ligeramente el puente del pie, enfundado en un calcetín—.
Me deja regalos y mensajes con cumplidos, elogios y palabras sentimentales.
Resulta inquietante que se sepa de memoria lo que pido en el restaurante chino o que me deje flores en el buzón o en el felpudo de vez en cuando.
Aunque, claro, son cosas sobre las que he hablado en redes, en entrevistas y en sesiones de preguntas y respuestas.
Me preocupé un poco cuando destrozaron el cobertizo de uno de mis vecinos después de que yo hiciera un comentario quejándome del mal olor de lo que fuera que guardaba dentro. Pero no fui la única.
«Es demasiado confiada», pensé mientras cambiaba los movimientos para masajearle el talón.
—¿Qué le hizo al cobertizo?
—Pues... le prendió fuego.
Detuve las manos. Y creo que también se me detuvo el corazón.
—¿Cómo sabes que fue él?
Abrió la boca un instante, justo cuando yo le clavaba un nudillo debajo del dedo gordo del pie.
Perdió el habla y verle la cara de placer fue como un rayo de esperanza en medio de aquella pesadilla.
—Lo confesó él mismo —respondió—. Hay que decir que había un alijo de drogas en ese cobertizo. Y palomas muertas. Ese vecino siempre me había dado mala espina, así que supongo que no hay mal que por bien no venga.
Se me revolvió el estómago y sentí unas ganas irrefrenables de sacarla de la cama, recoger sus cosas e ir a la comisaría más cercana. No me podía creer que no lo hubiera hecho ya. Bueno, sí que me lo creía. Imaginé que debía de ser muy difícil asimilar algo así cuando te sucedía a ti.
—Sabe dónde vives, Frankie. Ha provocado un incendio. Nunca me ha gustado que este trabajo te pusiera en el punto de mira. Ya sé que no estás tratando de restarle importancia, pero ¿qué más podría hacer para que te dieras cuenta de lo peligroso que es? Yo ya estaría aterrorizado.
—¿Qué se supone que debía hacer? —murmuró ella, como si realmente se lo estuviera preguntando—.
No podía permitir que esto me impidiera venir al evento.
De verdad que necesito participar en esta convención.
Es una mierda, pero tal vez debería aceptar que estas cosas son inevitables si publico con mi nombre real en vez de con un seudónimo.
Ahora ya no lo puedo cambiar. —Apreté la mandíbula con fuerza, rechinando los dientes en silencio—.
Y, oye, al menos no son cartas poniéndome a parir. Podría ser muchísimo peor, créeme.
Solté un gruñido.
—A mí me parece una situación bastante jodida de por sí.
—No es más que... un tío que está enamorado de mis libros y de mi imagen pública.
Frankie Rossi, autora del «escabroso fenómeno de suspense que hará que te enamores del asesino.
El retorcido triángulo amoroso que no sabías que necesitabas».
Solo habla de mis libros; significan mucho para él.
Lo noto por cómo se refiere a ellos. Incluso he llegado a. ..
Se detuvo.
—¿Incluso has llegado a qué? —la presioné. Algo me decía que no me iba a gustar cómo terminaba esa frase.
—A nada —murmuró. Retiró el pie con tanta rapidez que me pilló por sorpresa—. El masaje ha sido increíble, gracias.
—¿Cuánto sabe Ric?
—No tanto como tú.
Sin embargo, algo sabía. Y no me había informado. Tendría noticias mías después de este fin de semana.
—¿Y Leo? —quise saber—. ¿A quién más se lo has contado? ¿A alguien que también viva en Boston? ¿A tu agente? ¿A tu editora?
Ella negó con la cabeza.
—A nadie más.
—¿Por qué no?
—Tengo mis motivos —respondió encogiéndose de hombros—. Motivos importantes. Por eso no puedo cancelar la convención ahora que estoy aquí. Y por eso no pienso hacerlo. Me quedo.
Siempre había sido increíblemente testaruda.
—¿Así que solo lo sé yo?
Frankie asintió.
En cierto modo, me sentí honrado y afortunado por haber estado en el lugar adecuado en el momento adecuado. Pero supongo que las circunstancias no importaban. Mi única preocupación era la seguridad de Frankie.
Estaba claro que había cosas que no me estaba contando.
Esta historia tenía más capas, pero, por alguna razón, Frankie no confiaba lo suficiente en mí para explicármelo.
Y no la culpaba. Hubo un tiempo en el que teníamos esa confianza, pero ya no.
Si quería recuperarla, volver a ganarme todos esos privilegios, tenía que demostrarle que me lo merecía.
Que era digno de ella.
—En cuanto termine la convención, saldremos del hotel e iremos a la comisaría más cercana para denunciarlo —dije—. Luego se lo contaremos a tu agente y a tu editora. Y después de eso me dejarás llevarte a Boston, presentarás otra denuncia ahí si es necesario y buscaremos otro apartamento.
Algo pareció molestarla. Quizá pensaba que me estaba metiendo demasiado en sus asuntos, o no le gustaba la idea de dejar su coche en Vermont o de que yo formara parte de su vida después de ese fin de semana. No lo sabía, pero me daba igual, porque nada me parecía más importante que su seguridad.
Por suerte, ella aceptó con un seco:
—Vale.
—Vale —repetí—. Y una última condición.
—¿Qué? —preguntó con recelo.
—No esperes que me olvide de esto en cuanto lleguemos a Boston. He venido para quedarme, Frankie. Y no me refiero a esta noche o al fin de semana. Pienso recuperar mi lugar en tu vida.