Siempre serás mía 4. Turner
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4. Turner

Turner

«Llévame a tu habitación».

No era este el motivo por el que había imaginado decirle estas palabras a Frankie ese fin de semana.

Pero es que manda huevos.

¿Un acosador?

¿Un puto acosador?

Estaba a punto de perder los estribos. De hecho, quizá ya los había perdido.

Probablemente esa fuera la razón por la que no recuerdo ni un solo detalle desde el momento en que abandonamos el bar hasta el instante en que salimos del ascensor.

Solo que seguí a Frankie como un espantapájaros: rígido, en silencio, sin atreverme a moverme más de lo necesario.

Luchando contra mis instintos para no cometer una imprudencia como cargarla sobre el hombro y llevármela lejos de ese lugar.

Un acosador.

¿Cómo podía una de las personas más inteligentes, espabiladas y descaradas que conocía tener tantas dificultades para cuidar de sí misma?

Siempre me había traído de cabeza lo despreocupada que era.

Como esa noche, por ejemplo. Había tenido la osadía de sentarse en un bar a hablar conmigo y no empezar la conversación con un «por cierto, tengo un acosador».

En su lugar, había considerado que no hacía falta mencionarlo.

Había tenido fe en la situación igual que tenía fe en las personas.

Les entregaba su confianza y luego se quedaba esperando a ver si la traicionaban.

Y sabía que era así porque...

—Turner —dijo Frankie. La enfoqué con la mirada.

Estábamos en la puerta de su habitación y me miraba con incertidumbre.

Entrecerró esos ojitos color avellana. Su cabello corto y oscuro le enmarcaba la cara, de la que no había podido apartar la mirada en toda la noche.

Estaba tan guapa con flequillo...—. Turner.

—Dime.

—Estás apretando los dientes y me estás mirando muy fijamente. Me estoy asustando.

—Lo siento —murmuré. Sacudí el cuerpo, tratando de eliminar la rigidez—. ¿Mejor?

Me recorrió el cuerpo con la mirada.

—Bueno... Me recuerdas a aquella vez que Troye Hargrove me robó el zumo en el recreo y al día siguiente tú y Ric lo perseguisteis hasta su casa.

—Fui yo quien lo persiguió.

—Exacto. Y Troye se quedó traumatizado de por vida. ¿Alguna vez te ha perseguido un adolescente mucho más grande que tú durante un kilómetro y medio?

—Lo cierto es que no. Pero tampoco podía evitar ser más grande que la mayoría de los chicos del insti. Sin embargo, ese palurdo sí podía evitar meterse contigo. De ahí la persecución.

Frankie negó con la cabeza y sus rizos de color azabache siguieron el movimiento. Definitivamente llevaba el pelo mucho más corto. Me aterrorizaba y me encantaba que hubiera tantas cosas nuevas en ella.

—Antes de entrar prométeme algo.

—¿Quieres hacer el favor de dejar de trastear con la tarjeta y abrir la puerta?

—Solo si primero me prometes una cosa.

—Me encantaría, pero lo más probable es que acabe rompiendo esa promesa.

Soltó un suspiro.

—Eso no es que me dé mucha confianza.

—No —admití acercándome a la llave—, pero es la verdad. Porque vas a pedirme que no pierda los estribos al entrar en tu habitación, y el caso es que los he perdido hace rato; seguramente estén abajo en el bar.

Ella apretó los labios, formando una línea obstinada que me hizo fijarme en su boca durante un segundo más de lo necesario.

—No iba a pedirte eso.

—Genial. —Aparté la mirada de sus labios—. En ese caso, por fin podemos abrir esa puerta.

—Prométeme que no me obligarás a abandonar el hotel ni a cancelar lo de la convención de mañana.

Arqueé las cejas en respuesta.

—No puedo obligarte a hacer nada.

—Vale, o sea que no vas a convertir esto en un problema mayor de lo que es, ¿no? —continuó diciendo—. No puedo cancelar la convención. No puedo irme, ¿está claro? Ya sabía de la existencia de este... acosador y aun así he venido aquí este fin de semana.

Se me estaban a punto de cruzar los cables.

Tenía demasiadas preguntas. Volví a mirar la tarjeta que tenía en la mano y me pregunté si se enfadaría mucho si se la arrebataba. «¿Es mejor pedir perdón o pedir permiso?».

—¿Por qué te has quedado callado? —insistió mientras metía la mano con la que sostenía la tarjeta debajo del brazo—. Por cierto, vuelves a dar miedo.

Me inclinaba por pedir perdón. Aunque primero debía quitarle esa puñetera tarjeta, y no tenía claro si mi sistema estaba preparado para tener un forcejeo amistoso con ella. ¿Y si me la echaba al hombro?

—¿Hola? Deja de mantener contacto visual con la tarjeta y prométeme que no vas a montar un drama, por favor. Estoy dispuesta a suplicarte o sobornarte si es necesario. Solo dime qué hace falta para que no le des más importancia de la que tiene. Y deja de estar tan callado y de dar tanto miedo.

Incliné la cabeza mientras me acercaba a ella hasta que las puntas de mis botas tocaron las suyas.

—Tengo intención de darle muchísima importancia al tema y de montar un drama si lo veo conveniente.

—Pero...

Le puse una mano en la mejilla antes de que pudiera detenerme. Frankie contuvo la respiración, lo que hizo que mi corazón se acelerara.

—Si que esté callado en lugar de gritando lo furioso que me pone que haya una persona acosándote te asusta, te pido perdón.

¿Quieres que hable? Muy bien. Estoy a tres segundos de tirar esta puerta abajo.

Si prefieres ayudarme abriéndola tú para que después no tenga que darle explicaciones al personal del hotel, mejor, pero, si no, lo haré yo solo.

Las dos opciones me valen, siempre y cuando no nos quedemos más rato parados en este pasillo.

Frankie fue a decir algo, pero se quedó en el intento.

Tenía los labios entreabiertos y parecía que quería besarme y luego darme un puñetazo.

Francamente, habría estado dispuesto a aceptar lo que sea que hubiese querido darme.

—¿Y bien? —le pregunté—. ¿Qué opción prefieres?

Ella soltó un suspiro, luego se dio la vuelta y pasó la tarjeta por la cerradura.

—Está bien.

Cuando la puerta se abrió con un clic, no le di las gracias.

No estaba agradecido.

Esto nos había llevado una eternidad y yo tenía una puta misión que cumplir.

Una que comenzó rodeándole la cintura con un brazo y alzándola para poder colocarla detrás de mí, a salvo.

Ni siquiera su aroma, que también era nuevo (una mezcla de frutos rojos), ni el sonido que se le escapó, una especie de grito ahogado, me detuvieron.

—Quédate detrás de mí —le ordené.

—Ya he estado en la habitación —se quejó—. Dudo que haya alguien.

No podía estar más en desacuerdo.

—¿Dónde están los bombones y la nota?

—En la cómoda. Al fondo de la habitación, cerca de la ventana.

Entré con paso firme, haciendo ruido intencional al pisar sobre la moqueta.

Esperaba que no fuera necesario, pero, si por casualidad alguien se había escondido en la habitación de Frankie, quería que supiera que tenía compañía.

Recorrí la estancia, encendí todas las luces, abrí todas las puertas y no dejé ningún rincón sin revisar.

El armario, el baño, detrás de las cortinas, incluso debajo de la cama; todo ello mientras Frankie observaba en silencio.

No encontré nada, así que, cuando terminé la inspección, me dirigí a la cómoda.

Tampoco es que hubiera una sensación de alivio. La búsqueda había sido como un proceso de tensión que iba en aumento hasta culminar con los bombones y la nota, y me mataba ver lo inquieta que estaba Frankie.

Pero sabía que, si me acercaba a ella en ese momento y le ofrecía el consuelo que me moría de ganas de darle, perdería la concentración. Ya había estado todo el día en piloto automático solo de pensar que la iba a ver.

Agarré los objetos. La nota estaba escrita a mano y sin firmar, tal y como ella me había dicho. La caja contenía cuatro bombones cuadrados. No había marca. Ni sello de seguridad. Nada.

—¿Seguro que no te has comido ninguno? —La miré por encima del hombro. Dios, parecía tan abatida que era una tortura quedarme donde estaba en vez de acercarme a ella—. Puedes contármelo, lo sabes, ¿verdad?

—No te he mentido, si es eso lo que preguntas.

Me giré para mirarla de frente.

—No te estoy preguntando eso. Aunque sé que si me mintieras sería para protegerme. Y solo quiero que quede claro que no tienes por qué hacerlo.

Ella puso los ojos en blanco sin mucho entusiasmo. Su bravuconería se había desvanecido y, aunque me alegraba de que fuera así dadas las circunstancias, no me gustaba verla molesta.

—¿Protegerte de qué exactamente?

—De mí mismo. Porque si hubieras tocado o comido uno de estos bombones y estuviesen alterados con alguna sustancia, no perdería ni un segundo antes de ponerme a registrar este sitio de arriba abajo hasta encontrar al tío o la tía que los ha dejado.

Y después me aseguraría de que esa persona deseara no haberse atrevido a hacerte daño.

Aunque eso significara acabar en una celda al lado de la suya.

La expresión de Frankie se llenó de sorpresa y de... «Mierda». De ese fuego que siempre me había hecho creer que era capaz de mover montañas. Eso me recordó que cuidar de ella era un privilegio que había dado por sentado.

Tragó saliva antes de hablar.

—Eso no sería necesario.

—Lo haría de todos modos.

Exhaló un suspiro.

—No los he tocado. Lo juro. Y, por cierto, es un tío. El acosador. Es un hombre. Lo sé por los, eh..., mensajes y cosas que me ha ido dejando.

Mi instinto asesino hizo acto de presencia.

Juro que fue como si apareciera una mirilla en mi campo de visión, listo para disparar.

—Turner, recuerda lo que me has prometido.

Yo no había prometido nada.

—Da igual. Nos vamos.