Siempre serás mía 3. Frankie #3
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3. Frankie #3

Me recreé en la sensación que me provocaron esas palabras.

En la forma en que las decía. Como si estuviera dispuesto a inyectármelas en vena si me atrevía a cuestionarlas.

A lo mejor era hora de asumir que jamás iba a dejar este hábito.

Que siempre iba a querer lo mismo de Turner.

Que el tiempo y la distancia no habían cambiado nada.

A lo mejor necesitaba otra copa.

Agarré el vaso y me terminé lo que quedaba del negroni. Luego llamé al camarero, que acudió enseguida.

—Otra ronda, por favor. Y esta vez cárguela a mi cuenta. —Le di mi número de habitación—. Gracias.

—¿Así que esto es lo que vamos a hacer? ¿Emborracharnos? —preguntó Turner a mi lado—. No me malinterpretes, me alegra que quieras que sea yo quien te acompañe, pero solo por aclararlo.

—Pues sí —confirmé sin mirarlo. Estaba más frustrada conmigo misma que con él, pero, por Dios, ¿qué necesidad había de decirme que era especial?—. Estamos en un bar y, si algo ha quedado claro, es que ambos tenemos motivos para darnos a la bebida, así que eso es lo que vamos a hacer.

—De acuerdo. No seré yo quien te lo impida.

—Genial.

—Perfecto.

—Pues ya estaría —concluí con una sonrisa forzada que él solo llegó a ver de perfil—. En cuanto a lo de ponernos al día, creo que no se nos da del todo bien, así que igual deberíamos cambiar de tema y hablar... del tiempo. O del estado de las carreteras. Lo que más te apetezca.

—No me gusta hablar de cosas triviales. Nunca me ha gustado. ¿No te acuerdas?

—No —mentí. Claro que me acordaba. En el pasado, soltaba preguntas o datos improvisados cuando estábamos en un evento social y teníamos que enfrentarnos a grandes cantidades de charlas triviales.

Los decía con cara seria y Turner me seguía el rollo mientras la gente nos miraba con cara de no estar entendiendo nada.

Era una especie de broma entre nosotros.

El caso es que en esos momentos, después de que me soltara sin titubear que me consideraba «especial», no estaba de humor para bromas—.

Perdona, se me había olvidado por completo.

Turner soltó una risotada.

—Sé que vuelves a estar de coña, pero si quieres puedo fingir que me lo creo.

—No estoy de coña.

—Me conoces demasiado bien, Frankie.

Al final lo miré.

—La gente cambia.

—Puede ser, sí. Al menos en apariencia. Pero nosotros no. —Se dio una palmada en el pecho—. Esto de aquí no cambia.

—Eso... —empecé a decir. Sinceramente, me parecía un golpe bajo—. Eso no es cierto.

—Ahora pides cócteles sofisticados y llevas el pelo mucho más corto —replicó él—.

Te has hecho flequillo y te maquillas los ojos con algo que no sé cómo se llama, pero que hace que me resulte imposible apartar la mirada.

Lo estás pasando mal por algo y no me dices qué es.

Insistes en protegerme de la verdad antes que permitirme compartir parte de tu carga.

Me quedé atónita y con el pulso acelerado.

Nos sirvieron dos copas más, pero ninguno de los dos rompió el contacto visual.

Turner se acercó aún más, con cuidado, como si estuviera comprobando algo.

Entonces me llegó su aroma. No el de su colonia, sino el suyo de verdad.

Me rozó las rodillas con las piernas y yo las separé para hacerle sitio.

No era la primera vez que experimentaba tanta cercanía con Turner, pero ahora era diferente.

La forma en que se inclinaba demostraba cierta intimidad, aunque mezclada con cautela. Sentí que me faltaba el aire.

—Yo tampoco he cambiado por dentro, Frankie —me dijo, y el susurro de sus palabras me rozó la piel—. Sigo siendo el mismo, lo único que ahora estoy tratando de corregir mis errores.

—¿Cómo? —susurré.

Me rozó el hombro expuesto con el dorso de sus dedos y sentí cómo una oleada de escalofríos se esparcía desde ese punto. Contuve el aliento.

—El cómo no importa. Lo que importa es el porqué.

—¿Por qué, entonces? ¿Por qué intentas corregir tus errores?

Su lengua captó mi atención al humedecerse el labio inferior. Me pregunté si sabría a negroni. A la amargura del Campari. Me pregunté si, inclinándome un poco, llegaría a olerlo en su aliento.

—Un día me encontré en la peluquería, sentado en una silla, mirando un reflejo completamente nuevo.

No recuerdo haberle pedido un mullet a Johnny, pero cuando quise darme cuenta ya estaba hecho.

Era la primera vez en mucho tiempo que cometía una imprudencia.

Y también la primera vez que lo hacía por mí mismo. Me sentí liberado.

—Un corte de pelo postruptura —señalé en voz baja—. Te queda bien.

Él soltó un murmullo y lo siguiente que dijo me despertó cosquillas en los labios.

—¿Lo piensas de verdad?

Era una sensación embriagadora tener al alcance de la mano algo que había deseado durante tanto tiempo.

Sentí que por fin podía cogerlo. Quizá eso fue lo que me llevó a alargar la mano y tocarle el pelo.

Quizá esta nueva cercanía me había envalentonado.

En el pasado nunca me habría atrevido a tocarle el pelo a Turner sin una excusa.

Ahora no tenía ninguna más allá del deseo de sentirlo entre mis dedos.

Su cabello era supersuave. Y aquel gesto fue un acto igual de inocente que un primer beso.

Era una exploración. Una teoría que se ponía a prueba.

Dejé caer la mano por un lado de su cabeza y luego deslicé los dedos entre los mechones más largos de la parte posterior.

Sentía el calor que su piel emitía como si fuera un horno.

Turner soltó un suspiro y entrecerró los párpados.

—Es tan agradable como esperaba —dije sin pensar.

No sabía lo que estaba haciendo. No recordaba de qué estábamos hablando. Solo podía pensar en cómo me sentía: con el corazón acelerado, eufórica... Y en cómo me miraba Turner, con los ojos recorriendo mi rostro y los labios entreabiertos con fascinación.

—Frankie —dijo con la voz más tierna y cercana con la que jamás me había hablado. Tragó saliva de nuevo y finalmente fijó su mirada en la mía—. ¿Por qué no abriste la puerta ese día? ¿Por qué no quisiste verme?

La pregunta me cayó como un cubo de agua fría.

Aparté la mano y la dejé en el escaso espacio que nos separaba. Toda yo me sonrojé.

—No quiero hablar de ese día.

Las mejillas de Turner también estaban rojas, pero, a diferencia de las mías, no era por la sorpresa ni por la vergüenza.

—Entonces dime cómo arreglarlo. Porque hubo un tiempo en el que siempre abrías la puerta si era yo quien llamaba, y no sé cómo volver a ese punto.

Me acomodé mejor en el taburete, tratando de recuperar el aire que a duras penas me llegaba a los pulmones.

—No tienes que arreglar nada. No hay nada que arreglar. Ese día me sentía sola y estaba triste, y Ric no debería haberte enviado. Me daba vergüenza que te hubiese hecho venir, por eso no abrí la puerta. Pero debería haberlo hecho. Fue de mala educación por mi parte y te pido disculpas.

Turner procesó mis palabras en silencio. Concentrado. Como si hubiera una clave escondida en alguna parte.

—No sé si dices eso para que yo me sienta mejor o para sentirte mejor tú. —Negó con la cabeza—. Antes se me daba muy bien distinguirlo. Me atrevería a decir que mejor que a nadie.

—Tienes que dejar de decir estas cosas.

—¿Por qué?

Cerré los párpados.

—Porque hacen que me arrepienta de haberme ido de Portland.

—Me dio rabia que te fueras —dijo con la voz más tensa—. Me dio rabia tener que ver cómo metías toda tu vida en bolsas y te marchabas. Me dio rabia no haber hecho nada para detenerte.

—¿Por qué dices eso?

—Porque debes oírlo. Y porque quiero decirlo. Necesito que sepas cuánto te he echado de menos desde ese día y lo egoísta que me siento por decirlo ahora, después de tanto tiempo.

Exhalé un suspiro y me quedé con la boca medio abierta.

Quería decir algo, cualquier cosa, pero mis dientes empezaron a castañear. No podía hablar y tuve que centrarme en disimular el ruido.

Era una de mis peculiaridades.

Me pasaba cuando sentía que estaba a punto de suceder algo importante. Me ponía a temblar y siempre comenzaba por los dientes, luego se extendía por el pecho antes de apoderarse de toda la caja torácica. Los llamaba Los Puñeteros Temblores.

Mi cuerpo entró en ese estado cuando escribí la palabra «Fin» en el primer manuscrito de la saga y cuando me ofrecieron mi primer contrato editorial. También aquella noche, tiempo atrás, cuando Turner me dio un beso en la frente mientras yo fingía estar dormida.

Mis hermanos nos habían dejado solos y estábamos sentados en el sofá, tan cerca que nuestras caderas se rozaban.

Turner había puesto una película de terror y, mientras nos reíamos de lo malos que eran los efectos especiales, me había pasado un brazo por encima de los hombros y me había acercado más a él.

Estábamos muy cerca. Tan cerca que sentía su pecho contra mi hombro.

Tan cerca que la parte superior de mi cabeza encajaba a la perfección con la curva de su brazo.

Tan cerca que, cuando nos quedamos en silencio, me percaté de que él estaba librando una batalla.

No paraba de desviar la mirada de la televisión a mi cara y de mi cara a la televisión.

Se pasó tanto rato así que al final se dio cuenta de que me había dado cuenta.

Se sonrojó y yo también, y entonces sonrió y yo le devolví la sonrisa.

Estaba tan segura de que quería besarme que casi implosiono.

Me pasé ciento ochenta minutos al borde de ese precipicio.

Los temblores iban cada vez a peor, hasta tal punto que Turner acabó echándome una manta encima.

Cuando me di cuenta de que los créditos estaban a punto de aparecer en pantalla y Turner no iba a besarme, me forcé a esconder ese torbellino de decepción y vergüenza en un cajón lo más profundo posible y cerré los ojos.

Los labios de Turner me rozaron la frente y entonces supe que debería haberme lanzado yo.

Nunca debí fingir que me había quedado dormida para evitar un posible momento incómodo.

Dejé escapar la oportunidad y lo único que me quedó fueron un montón de «y si.

..». ¿Y si me hubiera besado? ¿Y si eso hubiera sido el comienzo de algo?

¿Y si simplemente lo que pasaba era que él tenía dieciocho años, estaba cachondo perdido y era a mí a quien tenía más a mano?

¿Y si yo me hubiera lanzado y él me hubiese hecho una cobra? ¿Y si me lo había imaginado todo?

No tuve agallas de averiguarlo. De dar el paso. Ni siquiera de preguntar.

Igual que en ese momento.

Ese momento en el bar del hotel era importante. Trascendental. Algo capaz de cambiarme la vida, como aquel otro. Pero, a diferencia de la Frankie del pasado, que no era más que una adolescente enamorada, la de ahora no se veía capaz de encajar un posible rechazo.

Turner Reece me estaba diciendo que me había echado de menos, que le daba rabia que me hubiera ido, que ya no formara parte de su vida, y eso se podía interpretar de muchas formas, sobre todo porque ya no estaba comprometido con Mia.

¿Y si mi deseo de conseguir aquello que siempre había querido me nublaba la razón?

¿Y si lo único que quería decir era que había echado de menos a su amiga Frankie Rossi?

No podría soportarlo. Y menos ese fin de semana, en el que ya me sentía lo bastante frágil.

Así que...

Así que me levanté de un salto. Fue un movimiento tan brusco que Turner tuvo que apartarse para dejarme espacio.

—Esto no ha sido una buena idea —dije.

Turner asintió, moviendo la cabeza con lentitud y rigidez, como si hacer ese gesto tan simple le costara un esfuerzo insoportable.

—Lo... lo siento, Turner. Nos vemos mañana. Gracias por los bombones y por la nota, pero no puedo hacerlo. Este fin de semana no.

Él frunció el ceño.

—¿Qué bombones? ¿Qué...? —Exhaló un suspiro de frustración—. ¿Qué nota, Frankie?

—La que has mandado a mi habitación.

—Yo no he mandado nada.

—Pero...

—Me encantaría atribuirme el mérito, créeme, pero no he sido yo. ¿Qué te ha hecho pensar que sí?

—La nota decía «Por el tiempo perdido». Y no estaba firmada. Pensé que... Da igual.

—No, no da igual —replicó—. Porque querías que esa nota fuera mía.

Me puse roja como un tomate.

Turner continuó, imperturbable. Había algo que le preocupaba.

—¿Podría ser de un ex? ¿De un amigo? ¿De alguien que conozcas y que vaya a asistir a la convención?

—No lo creo, no.

—¿Es posible que sea de algún fan? ¿Te has comido los bombones? Dime la verdad, no pasa nada si lo has hecho, pero necesito saberlo.

—No —respondí algo molesta—. ¿Y por qué pareces dispuesto a hacerme un lavado de estómago si te llego a responder que sí?

—Porque lo haría.

—Turner —resoplé—, deja de preocuparte. No hace falta ponerse como si hubiera alguien por ahí tramando...

Mi voz se apagó gradualmente.

«Joder. Mierda».

—Frankie —dijo, y su expresión alarmada le hizo parecer aún más grande—, empieza a hablar. Ya.

Sopesé la posibilidad de mentir, pero lo conocía demasiado. No iba a dejarlo pasar.

—¿Recuerdas que antes te he preguntado si te había enviado Ric?

—Sí.

—Bueno, pues es que justo acababa de contarle que es posible que, eh... Que tal vez... Que cabe la posibilidad de que uno de mis lectores tenga ciertas tendencias acosadoras. Por eso...

—Frankie. —Tenía la mandíbula tensa y se había puesto blanco como la leche—. Llévame a tu habitación.