3. Frankie #2
—¡Qué guay! —exclamé, y lo pensaba de verdad—. Es increíble. Aunque siempre supe que triunfarías.
Se le iluminó la expresión por un momento, pero no duró mucho. Enseguida se volvió... sombría y apagada.
—¿Qué pasa? —le pregunté preocupada—. Cualquiera que te viera la cara pensaría que lo que me acabas de contar es una desgracia. A pesar de que entiendo que todo gran avance en una empresa pequeña y de barrio viene de la mano de mucho estrés. ¿Es eso lo que te preocupa?
Turner se encogió de hombros sin dar ninguna respuesta. Luego desvió la mirada, dando el tema por zanjado.
Hundí los hombros. Antes la conversación entre nosotros era fluida.
Más que con cualquier otra persona, a decir verdad.
Nunca había sido muy comunicativo, pero siempre le había gustado hablar conmigo sobre El Panadero Nocturno.
Siempre se había sentido cómodo con ese tema de conversación, y por eso lo había sacado.
Ahora parecía más bien sombrío. ¿Estaba divagando demasiado?
¿Le estaba haciendo demasiadas preguntas?
Hasta ahora nunca había supuesto un problema, con él no sentía la necesidad de encajar en el molde de ser una borde, reacia a hablar de sentimientos, ni una divagadora excéntrica.
Podía ser ambas cosas porque él era coherente por los dos.
Era mi apoyo.
Sin embargo, en ese momento no lo estaba siendo.
No es normal dejar una nota como esa en la habitación de alguien y luego cerrarse en banda cuando intentan darte lo que has pedido.
Aunque tampoco es normal darle la espalda a una amistad duradera como yo lo había hecho.
Pero, volviendo a lo mismo, si había dejado esa nota y esos bombones, era por algo.
Estaba hecha un lío. Y era el momento ideal para zanjar el tema, decir lo que tenía que decir y volver a mi cuarto.
—¿He metido la pata? —pregunté en vez de soltar lo que pensaba—. Quizá no debería haber sacado el tema del estrés ni haberte preguntado si estabas pasando por un mal momento.
Turner giró la cabeza en mi dirección. Me aguantó la mirada durante un largo instante.
—No has dicho nada malo.
—Entonces, ¿qué pasa? Pensaba... pensaba que querías que nos pusiéramos al día. Que querías hablar. Por eso he bajado. De lo contrario, no habría salido de mi habitación. Créeme, abandonar esa bañera me ha quitado años de vida.
—Odias que se te arruguen los dedos.
—Si luego tengo que escribir sí, pero ahora mismo no es el caso.
—¿No estás escribiendo nada?
Opté por ignorar su mirada de preocupación.
—Sé que hoy he estado un poco rara, pero... tampoco hace falta que seas un capullo como hace un momento.
Turner parpadeó y luego soltó una carcajada.
—¿Me acabas de llamar «capullo»?
—Es posible —contesté encogiéndome de hombros.
Él negó con la cabeza, con una sonrisa que le dibujaba arrugas alrededor de la boca.
—Madre mía... Estoy fastidiando el momento.
No era cosa suya. Los dos lo estábamos fastidiando. Y esos últimos cinco segundos habían sido la interacción más normal que habíamos tenido en todo el día. No sabía si lo que quería era volver a la normalidad, pero esa situación al menos sabía cómo gestionarla.
Relajé los hombros y sentí un alivio en el pecho.
—¿Qué es exactamente lo que crees que estás fastidiando, Turner Reece?
—Esto. Lo nuestro. Hasta a mí mismo. Este cóctel, por ejemplo. Es amargo y sabroso y me encanta. Pero joder, Frankie, es fuerte. Yo sé por qué estaba bebiendo antes de que llegaras, pero me pregunto por qué has considerado que tú necesitabas beber algo así. ¿Te hace falta para hablar conmigo?
—Beber en compañía suele ser una actividad social. Y nosotros estamos socializando. Mi elección de cóctel no tiene por qué significar nada.
—Puede, pero no tener la certeza me está volviendo loco.
—Bueno, pues deja de darle vueltas porque no, no necesito alcohol para hablar contigo —le dije por instinto, en un nuevo intento por protegerlo de mí y de mis sentimientos—. Nunca lo he necesitado. Como bien has dicho, antes éramos amigos.
—Ya —murmuró—. ¿Por eso estamos fingiendo que este último año nunca ha existido?
Sentí cómo se me subían los colores a la cara. Turner parecía más confundido que frustrado. Una parte de mí quería darle una explicación, pero no sabía por dónde empezar. No se me ocurría nada. Como cada vez que me decía a mí misma que se lo debía.
—¿Tú por qué bebes? —dije para esquivar su pregunta—. Has dejado caer que tenías una razón.
Me lanzó una mirada que decía: «¿En serio, Frankie?».
—¿Es por Mia? ¿Por la ruptura? Sería comprensible.
—No es por Mia.
—¿Le pasa algo a Marcia? ¿Por eso has venido? ¿Para decírmelo en persona?
—¿Qué? No. No le pasa nada a mi madre.
—Entonces, ¿qué sucede? ¿Por qué estás...?
—Porque verte me ha puesto nervioso, joder.
Se me aceleró el corazón.
Él aflojó la mandíbula, lo que hizo que me diera cuenta de lo apretada que la tenía.
—Porque me daba miedo que nos pasara exactamente lo que nos está pasando.
Por un instante, solo fui capaz de quedarme mirándolo. Sus palabras me habían impactado, sí, pero sus ojos y la forma en que me miraban también. Había algo distinto. No sabía qué ni por qué, pero Turner irradiaba una cierta... vulnerabilidad. Algo nuevo en él.
Me despertó la curiosidad. Y también me hizo sentir fatal.
Aparté la mirada.
—Lo entiendo. Creo que... —Hice un gesto con la mano para señalar a nuestro alrededor—. Si de por sí ya estaba un poco nerviosa antes de verte, encontrarnos justo aquí ha sido la guinda del pastel.
—¿Te refieres a encontrarnos en el bar de un hotel? —dijo él de broma.
—En una convención —aclaré con una leve sonrisa, volviendo a mirarlo a los ojos—. Con todo lo que eso conlleva: firmas, charlas... Así que supongo que no todo es culpa nuestra.
Turner se inclinó un poco más hacia mí sin levantar el codo que tenía apoyado en la barra. Lo hizo con naturalidad, pero se le notaba el interés. Como si le hubiera puesto delante una zanahoria, pero no quisiera comérsela demasiado rápido.
—¿Qué pasa con esta convención? ¿Por qué te hace sentir así?
—No es solo esta. Son todas.
—¿Por qué? Nunca has tenido problemas para participar en eventos públicos.
Solté una risa amarga.
—Sabrías por qué si hubieses estado en la presentación de mi último libro.
Fue casi imperceptible, pero la distancia entre nosotros era tan mínima y yo lo estaba mirando tan de cerca que fue imposible no notar cómo se encogía.
—No te lo estoy echando en cara —añadí. Y es que era verdad—.
Simplemente, esta es mi realidad ahora. Las cosas han cambiado.
Te lo explicaría con más detalle, pero es una larga historia que se remonta un poco en el tiempo, y no creo que Marcia te haya enviado a Vermont para escucharme hablar de mis traumas.
Él frunció el ceño y sus ojos marrones se llenaron de... Uf, en ese momento ni siquiera era capaz de identificarlo. Este Turner era diferente al que había dejado atrás hacía trece meses.
—Cuéntamelo igual.
—No creo que quieras escucharlo.
—Permíteme decidir a mí qué es lo que quiero —replicó con ese tono sereno que transmitía tanta confianza.
Mi corazón se aceleró—. Quiero saber la historia.
También quiero que me eches en cara no haber ido a la presentación.
Me lo merezco. Podría haber ido, pero decidí no acompañar a Ric a Nueva York.
—Estabas pasando por una ruptura. Y además.
.. —«No tenías motivos para asistir después de que te hubiese echado de mi vida», pensé.
Me encogí de hombros—. Da igual. Ric tampoco vino al final, pero lo entiendo.
No puedo esperar que mi familia lo deje todo cada pocos meses para venir a verme responder las mismas preguntas y firmar los mismos libros. Solo es trabajo.
—¿Qué quieres decir con que Ric tampoco fue? Me dijo que...
—Creía que era mejor no hablar de mi hermano.
Y, de todas formas, no importa. Nadie de mi familia pudo asistir a ese evento, ni a algunos otros, y eso no me supone ningún problema.
Siendo realista, dudo que mis hermanos y mis padres hayan leído nada de lo que he escrito más allá del primer libro de la saga.
Creo que mi abuela es la única. Y no pasa nada. Como he dicho, solo es trabajo.
Turner se quedó mudo un instante y pensé que quizá yo había hablado de más. De hecho, era lo más probable. Entonces soltó:
—Estás de coña.
—¿Qué?
—Que debes de estar de coña.
Resoplé.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué?
Se inclinó sobre mí, como si el simple hecho de pedirle que se explicara le tocara la moral.
—Porque tu trabajo es importante. Para tus lectores y para ti. Y querer compartir esos momentos con alguien es normal.
Joder.
Joder, joder, joder.
Sentí una presión en los ojos.
No iba a llorar. No podía. Me negaba a decirle que últimamente sentía que no tenía a nadie.
Ni a mi familia, que estaba ocupada con sus vidas; ni a Mia, con quien ya no sabía cómo hablar; ni a los compañeros del sector, que ya no creían en mí; ni a mis lectores, que habían perdido el interés; ni a él, a quien había renunciado porque no podía tenerlo como yo quería.
Solo quedaba mi agente. Y la adoraba, pero..., uf. Era la única, y algunos días no tener a nadie más me hacía sentir... invisible.
Solté un suspiro.
—Mi oficio no me convierte en alguien especial. Solo soy escritora. Es un trabajo como cualquier otro.
Turner bajó la cabeza lentamente para acercarla más a la mía, como si quisiera asegurarse de que lo escuchara bien.
Sentí que mi cuerpo le gritaba que me tocara.
Que me hiciera sentir vista. Como en los viejos tiempos.
Como si se hubiese reactivado un mal hábito que creía haber dejado, recordándome que, a pesar de todos mis intentos, no se había ido a ningún lado.
—Frankie —tragó saliva—, para mí siempre has sido especial.