3. Frankie
Frankie
No tardé nada en localizar a Turner cuando volví a bajar.
Estaba sentado en un taburete de la barra. No había nadie más y parecía un faro en medio de un mar de muebles de estilo alpino y asientos tapizados.
Me había llevado horas reunir el valor necesario para abandonar la seguridad de mi habitación. Para cuando finalmente me quité la bata del hotel y me puse unas mallas, un jersey de punto con hombros descubiertos y mis Dr. Martens, desgastadas pero infalibles, el sol ya se había puesto.
Temía haber llegado demasiado tarde y que, a pesar de que la noche apenas había empezado, como el tiempo no invitaba a salir del hotel, Turner se hubiera marchado ya a dormir.
Una parte de mí esperaba que así fuera.
De esa manera, no habría tenido que llevar a cabo mi plan: bajar al vestíbulo, hablar con él, darle las gracias por los bombones y decirle que no podíamos ser amigos.
Sin embargo, ahí estaba. Con un jersey color crema en lugar de la misma camisa de franela verde y los mismos vaqueros oscuros y gastados que llevaba siempre. Estaba sentado con el cuerpo ligeramente inclinado hacia un lado para acomodar las rodillas.
Probablemente debería haberme sorprendido lo vacío que estaba el bar, teniendo en cuenta que estaba a punto de celebrarse una convención de libros.
¿Ese sitio no debería estar ya a rebosar?
Supongo que sí, pero me parecía irrelevante porque en ese momento lo único de lo que era capaz era de gritarle a mi corazón que se calmara mientras me dirigía hacia Turner.
Su pelo parecía revuelto, rebelde, y me hizo preguntarme qué le estaría pasando por la mente.
¿Estaba pensando en la ruptura? ¿En el desastroso reencuentro que habíamos tenido hacía unas horas?
Llevaba las mangas del jersey remangadas, aunque de una forma descuidada, como si lo hubiera hecho distraído.
No era propio de él. Turner se movía por la vida con intención.
Alargó la mano hacia el vaso que tenía delante y la dejó caer al ver que estaba vacío.
¿Cuánto tiempo llevaba allí?
El suficiente para terminarse una pinta de cerveza, como mínimo.
Me pregunté si me estaría esperando, matando el tiempo.
Pero ese pensamiento se fue tan rápido como vino y, acto seguido, lo que sentí fue pena.
Mi cuerpo recordaba lo que seguía a ese tipo de especulaciones.
No era justo para nuestra amistad, porque, a pesar de que habíamos tenido una gran relación, me había decepcionado demasiadas veces. Sobre todo al final.
Mucho antes de eso, me consolaba el simple hecho de verlo.
De tenerlo en mi vida. De saber que yo era alguien especial para él, aunque no exactamente como yo quería.
Yo era la única persona a quien le confiaba las cosas que le preocupaban.
También era la primera a quien le enseñaba sus nuevos tatuajes.
Al parecer, mi cuerpo también recordaba eso, porque cuando quise darme cuenta los estaba buscando con la mirada.
Tenía el gato negro en el antebrazo. Y la minúscula pero reconocible barra de pan que siempre me había hecho reír. Estaba la polilla, batiendo las alas sobre el dorso de su mano. Ese era su primer tatuaje y, hasta el día de hoy, mi favorito. Y, vaya, también había tinta nueva.
Turner no siempre me había contado el significado de sus tatuajes, como es el caso del de la polilla, y eso que le había preguntado un millón de veces, sobre todo por ese. Pero siempre significaban algo.
Cada nuevo tatuaje estaba relacionado con un evento importante para él, y yo no sabía qué significaba esa daga. Ni siquiera sabía que había una daga ahí hasta ese momento.
Sentí una punzada de tristeza.
Turner giró la cabeza por encima del hombro, como si, de nuevo, pudiera sentir que lo estaba observando. Abrió los ojos con sorpresa al encontrarse con los míos y se levantó del taburete tan rápido que casi lo tira al suelo.
—Hola —dije deteniéndome a su lado—. Otra vez.
Esos ojos marrones que me resultaban tan familiares me recorrieron el rostro, bajaron hasta las botas y volvieron a subir poco a poco.
—Estás aquí de verdad.
—Sí. De hecho, te estaba buscando. Así que, a menos que ya hayas terminado y quieras marcharte, me encantaría tomar una copa contigo y charlar un rato, si te apetece.
Inmediatamente alargó el brazo para arrastrar un taburete.
—Siéntate, por favor.
Se me escapó una risa oxidada al tomar asiento.
—Esto es nuevo. Creo que nunca antes me habías acercado una silla así. De hecho, recuerdo que más bien hacías todo lo contrario.
—¿Estás insinuando que no tengo modales?
Me encogí de hombros, observando con júbilo la diversión que se reflejaba en su expresión.
—Estoy insinuando que, en ocasiones, sufro episodios de estrés postraumático relacionados con sillas y música.
Turner suspiró.
—Era un idiota, debería haber tenido más cuidado contigo.
—Bueno, si mal no recuerdo, no eras el único idiota. Y tú obviamente ya has superado esa fase, pero Ric... Intentó jugármela con eso mismo las Navidades pasadas. La abuela casi lo estrangula con un paño de cocina.
Turner frunció el ceño, como si ese comentario le resultara desagradable en lugar de divertido, que era lo que yo pretendía.
—Mejor que no hablemos de Ric —dijo—. Él no está aquí. Podemos hablar de cualquier otra cosa. O... podemos simplemente charlar, como tú has dicho.
Esa respuesta había sido un poco incoherente, sobre todo viniendo de Turner. Pero no podía culparlo; reencontrarse con alguien después de mucho tiempo a veces es incómodo. Y yo tenía el corazón en un puño por lo cerca que estábamos.
—Trato hecho —acepté—. ¿No te vas a sentar conmigo?
—Estoy bien así.
—Bueno, pues pidamos algo —dije apartando la mirada de una rosa de tallo largo que asomaba por debajo de su manga y haciéndole una señal al camarero.
Ese tatuaje sí que lo tenía fichado. Se lo había hecho después de mudarse de casa de su madre.
Significaba un nuevo comienzo. El camarero se acercó enseguida—. Yo quiero un negroni, por favor. Y...
—Yo lo mismo —terminó Turner por mí—. Sí, que sean dos, y añádalos a la cuenta de mi habitación, por favor.
—Gracias —dije mientras el camarero se alejaba. Me volví hacia Turner—. Recuerdo que eras un amante de la cerveza. De la artesanal. De microdestilería, a ser posible. Aunque creo que el negroni te pega.
Frunció los labios durante un instante y eso me distrajo, porque su bigote hizo el mismo movimiento. Me parecía injusto que le quedara tan bien, igual que el corte de pelo que llevaba.
—¿Me pega? —preguntó—. ¿Por qué?
—Porque no es tan popular como un gin-tonic, pero también es amargo.
Porque tiene un sabor intenso y con matices, con lo cual, si lo pruebas y te gusta, ya no hay vuelta atrás.
Es una bebida a la que siempre vuelves. Sólida.
—Su mirada reflejó sorpresa y algo más, algo a lo que no sabía ponerle nombre—.
En mi cabeza tenía mucho más sentido —añadí un poco sonrojada—.
Supongo que es difícil de expresar con palabras.
Incluso para una escritora. O especialmente para una escritora.
En fin. El caso es que me encaja que alguien como tú elija una bebida como esta. Nada más.
—A mí me parece una forma estupenda de expresarlo. Aunque lo cierto es que no tengo ni idea de si es así. Solo lo he pedido porque quería probar algo que te encanta.
Sentí que un calor me invadía por dentro.
—¿Cómo sabes que me encanta? Podría haber dicho lo primero que se me ha pasado por la cabeza.
—Tus labios. —Levantó la mano para señalarse con el índice el lado derecho de la boca, y con el movimiento pareció que la polilla hubiese echado a volar—. Te has mordido el labio inferior justo aquí. Sueles hacerlo cuando pides algo que te apetece mucho.
Me quedé boquiabierta.
Intenté hablar, pero no me salieron las palabras.
No me esperaba que dijera eso. Fue como un latigazo emocional.
Por suerte, justo en ese momento aparecieron dos vasos delante de nosotros, lo que me proporcionó la excusa perfecta para no darle más vueltas. Cogí el negroni y le di un trago más largo de lo necesario, pensando que un poco de valor del que proporciona el alcohol me iba a venir de perlas.
—¿Cómo estás? —le pregunté mientras dejaba el vaso sobre la superficie de caoba—. Aparte de ese asunto personal sobre el que no hace falta hablar, ¿cómo va todo? ¿Qué tal el trabajo? ¿Y Portland? ¿Y tú en general?
Turner bebió mucho más despacio que yo y, cuando dejó el vaso, lo hizo con cara de preocupación.
—¿Tan mal? —dije para picarlo—. ¿O es que no estás de humor para responder a la metralleta de preguntas que te he hecho para ponernos al día?
—Esta bebida es exactamente como la has descrito —respondió mirándome—. Palabra por palabra. Hacía mucho que no probaba algo tan rico.
Me reí.
—¿Por eso frunces el ceño?
—Frunzo el ceño porque ahora estoy bastante seguro de que siempre pensaré en lo que dijiste cada vez que me tome uno de estos. Y todavía no sé si eso es bueno o malo.
El corazón me dio un vuelco.
Turner 2 – Frankie 0.
No era ningún juego, pero definitivamente estaba perdiendo.
Hice chinchín con mi vaso contra el suyo, y el tintineo del cristal sonó como un estruendo en aquel bar vacío.
—Bueno, pues brindemos por ampliar tus horizontes alcohólicos. Salud.
—Salud —repitió, aunque, a diferencia de mí, no se llevó el vaso a los labios.
Ignorando el ardor del alcohol que estaba bebiendo demasiado rápido, me recoloqué sobre el taburete, enderecé la espalda y volví a un tema seguro.
—Háblame de El Panadero Nocturno.
Su respuesta fue breve:
—La panadería va bien. Me mantiene ocupado.
—Estás haciendo eso con la voz. Lo que haces cuando te pasas de humilde.
Suspiró.
—Ahora tengo una lista de espera. De clientes potenciales.
Arqueé las cejas. Qué agradable sorpresa. Luego le indiqué con el dedo que continuara. Había más.
—¿Y?
—Y esos clientes potenciales están repartidos por todo el estado, no solo en el área de Portland.