Siempre serás mía 2. Frankie #2
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2. Frankie #2

—Eso es... es maravilloso, Turner. Me alegro de que por fin hayas entrado en razón y te hayas unido al lado oscuro. No todos pueden decir lo mismo.

—Para que conste, les envío recomendaciones a tus hermanos todas las semanas. Incluso conseguí sobornar a Ric para que se uniera a un club de lectura virtual conmigo. Con Leo no ha habido tanta suerte. Se limita a reaccionar a mis mensajes con el emoji del pulgar.

—Suena muy propio de Leo. Aunque lo del club de lectura no suena propio de Ric. Me sorprende que aceptara. ¿Sigue activo ese club? Me pregunto por qué no me lo habrá contado. Creo que es lo lógico teniendo en cuenta que su hermana es escritora.

—Bueno, seguramente sea porque lo dejó al mes de empezar.

Puse los ojos en blanco.

—¿Intentó arreglar algo que ya funcionaba bien y lo invitaron a marcharse?

—No solo «algo» —dijo riéndose entre dientes—.

Todo. Incluso empezó a tomar notas cuando nos reuníamos para hablar de las lecturas.

Hacía comentarios sobre la eficiencia de los miembros a la hora de leer y su participación en los debates.

Todos se sintieron insultados, incluido yo, y al final hubo una revuelta.

Solté una carcajada.

—Si alguien puede llevar a la comunidad más pacífica y serena del mundo al borde de la rebelión, es Ric.

Turner sonrió.

Su sonrisa era grande, bonita y no del todo relajada, pero casi. Me encantaba verlo sonreír. También me encantaba ser la responsable de que lo hiciera.

Antes me sonreía así de vez en cuando. Sin motivo alguno. Incluso cuando no era más que la hermana pequeña de Ric. Nunca importó que yo fuera tres años más joven o que él ya tuviera un mejor amigo.

Ahora sé que no significaba nada, que solo era la sonrisa que compartes con alguien con quien tienes complicidad por haberos criado juntos. Sin embargo, una parte de mí siempre mantuvo la esperanza. Al menos hasta que apareció Mia y la introduje en nuestro círculo.

Esa esperanza se esfumó en cuanto los vi tener su primera cita. No obstante, mis sentimientos por Turner permanecieron enterrados en lo más profundo de mi ser.

Pensé que con el tiempo y la distancia se aplacarían. Que se irían reduciendo hasta que ya no los sintiera. Pero ahora que lo miraba, con su cabello castaño revuelto, sus ojos amables y su espalda ancha, sonriendo como me sonreía antes, no estaba tan segura de que hubiera funcionado.

Los sentimientos parecían seguir ahí, esperando a que brotara esa absurda esperanza que creía haber reducido a la nada.

Pero no podía brotar. No debía permitirlo. Y menos este fin de semana.

Ya era suficiente con tener que fingir que no estaba a punto de derrumbarme. Que los cimientos en los que me sostenía no estaban temblando. Que mi carrera no estaba al borde del colapso y que no me afectaba el irónico hecho de ser una autora fracasada con un acosador.

Ahora, encima, Turner estaba presente. Con el corazón roto tras cancelar la boda y buscando.

.. ¿qué? ¿Ponernos al día? ¿Conseguir que alguno de los autores invitados le firmara un libro?

¿Exigir una explicación de por qué dejé de contestarle las llamadas?

¿Despejarse? ¿Verme sucumbir ante la presión por tener que afrontar que Frankie Rossi es un completo fracaso?

Hay que joderse. No creía estar preparada para nada de eso.

—Frankie —dijo. Volví a centrarme en él. Su sonrisa había desaparecido—, si no te parece bien que haya venido...

—Qué tontería —interrumpí, optando por hacer lo mismo de siempre—.

Tú necesitas distracción y a mí siempre me alegra verte, así que no le des más vueltas.

Seguro que te lo pasas genial en la convención.

Y, por favor, dile a Marcia que me alegro de que pensara en mí.

Ah, y que ha tenido una suerte increíble.

Esos sorteos son tan difíciles de ganar que mucha gente los considera un mito.

—Solté una risa que se notó que era forzada—.

En fin. Voy al baño mientras tú te registras y demás.

Ha sido un viaje largo y necesito refrescarme la cara, pero nos vemos por aquí, ¿vale? Muy bien, adiós.

Me costó alejarme de Turner porque su cara daba a entender que sabía perfectamente lo que estaba haciendo (huir, otra vez) y que quería detenerme.

Aun así, cogí mi equipaje y me dirigí al baño tan rápido como pude.

La alternativa era demasiado arriesgada. La verdad podía salir a la luz y dudaba que él quisiera oír que no, no me parecía bien que hubiera venido a la convención con la entrada que le había tocado a Marcia.

Sobre todo porque él era la última persona sobre la faz de la Tierra que quería que me viera fracasar.

El chico que nunca me había correspondido.

El chico al que había renunciado.

El chico al que una parte de mí todavía quería impresionar.

Ahí estaba.

La bañera con patas.

En toda su gloria.

Tan bella y acogedora como me la había imaginado, solo que más grande. Mucho más grande. Lo suficiente como para que cupieran dos como yo. O yo y todo mi equipaje, lo cual era mucho decir.

Resoplé, abrí el grifo y me aseguré de que el agua estuviera lo más caliente posible.

—Tú y yo vamos a hacernos amigas enseguida —prometí—, pero primero...

Mientras se llenaba la bañera, volví donde había dejado la maleta para deshacerla y coger la ingente cantidad de artículos de baño que había traído conmigo. Ese era mi plan desde el principio, pero después de encontrarme con Turner... necesitaba más que nunca desconectar la mente.

Al volver del baño del vestíbulo del hotel, ya no había ni rastro de él en recepción.

No estaba orgullosa de haber huido de esa manera, ni de los minutos que precedieron a la huida, pero no podía borrar y reescribir, como hacía en mis libros.

Era un giro inesperado en mi arco narrativo y tenía que aceptarlo.

Por eso me prometí que nunca más le haría algo así.

Le habían roto el corazón, por el amor de Dios. Puede que cancelar la boda hubiera sido una decisión conjunta, pero eso no significaba que no le hubiera dolido, ni a él ni a Mia.

Se me encogió el pecho al pensar que ellos habían pasado por ese momento tan duro y yo ni siquiera me había enterado.

Desde que me había alejado, sentía culpa por la forma en que lo había hecho, y ahora esta culpa parecía duplicarse.

Era extraño, porque ni siquiera era capaz de sentir alivio.

En ese momento me pregunté: ¿cómo me sentiría si Turner no llegase a casarse?

¿Cómo me sentiría si hubiese sido él quien hubiera decidido no seguir adelante con la boda? ¿Cómo me sentiría si hubiese sido Mia?

La respuesta era: exactamente igual. No cambiaría nada.

Porque yo siempre había estado ahí y él nunca me había visto como algo más que una amiga.

Y yo ya no podía seguir siendo solo eso.

Aun así, me molestaba no haber sabido nada de la ruptura.

¿Por qué nadie me lo había contado? Es verdad que en los últimos tres meses había estado muy ocupada preparando un lanzamiento, el de la última entrega de Lobos de noche , la serie que me había hecho famosa.

Y que luego me sumí en un pozo de tristeza por la mala recepción que había tenido.

Me había aislado un poco, lo admito, pero tampoco es que no hubiese contestado al teléfono cuando me llamaban.

Había respondido a todos los mensajes de ánimo y felicitación el día que se publicó.

Le había enviado una nota de voz a Leo cuando llegaron las flores que me había enviado.

También había respondido a la foto que Ric me había enviado con uno de mis libros en la mano después de encontrarlo en el aeropuerto.

Incluso había hablado hoy con él durante casi una hora.

No obstante, a nadie se le había ocurrido decirme que Turner y Mia habían roto.

¿Era por la forma en que me había ido? ¿O porque sospechaban la razón por la que me había marchado?

Sentí que me subían los colores y me di cuenta de que llevaba un rato delante de la maleta, perdida en mis pensamientos. Cogí mi gran neceser y negué con la cabeza.

No importaba. Que yo lo supiera o no, no cambiaba nada. Turner y Mia ya no estaban juntos. Marcia había enviado a su hijo a una convención de libros para ayudarlo a superar el desamor, o algo así. Y para verme, aunque seguía sin entender por qué. ¿Por qué querría...?

—Basta —espeté.

Necesitaba dejar de pensar.

Con el neceser bien sujeto contra el pecho, cogí el segundo neceser, más pequeño, que contenía todos mis aceites esenciales, y me encaminé hacia el baño. Me detuve al recordar la aplicación de mindfulness que había descargado precisamente para este fin.

Mindfulness . Meditación. Algo para ralentizar el ritmo de pensamientos.

Haciendo malabarismos con los neceseres en un brazo, cogí el móvil y me dirigí al tocador que había en la esquina de la habitación, donde había dejado la bolsa con los auriculares.

La decoración de la habitación era tan acogedora como la del vestíbulo, y quizá el deseo de llenar la bañera me había distraído al llegar, ya que se me habían pasado por alto algunas cosas.

Una de ellas era un impresionante mapa antiguo de Manchester, Vermont, enmarcado y colgado de la pared.

A mi padre le habría encantado. La otra era una cajita colocada junto a una nota encima de la cómoda.

Me fijé en el trozo de papel. Parecía arrancado de un bloc y decía:

Por el tiempo perdido.

Estaba escrito a mano. Y sin firmar. La caja era pequeñita, no ponía ninguna marca, y, cuando le quité la tapa, vi que dentro había cuatro trufas de chocolate bien colocaditas sobre cuatro lechos cuadrados.

No eran perfectas, y el hecho de que todas fueran similares pero no idénticas me hizo pensar que eran caseras.

—¿Turner? —pregunté en voz alta.

Nunca se había considerado un pastelero ni un experto en el arte del chocolate, pero mi mente se lo imaginó en su cocina, vertiendo chocolate sobre un molde.

Al fin y al cabo, Turner era panadero. Los panaderos suelen hacer dulces también.

Y, aunque él dirigía un negocio especializado en pan de masa madre (riquísimo, por cierto) con el que abastecía a los restaurantes pijos de la zona de Maine, no resultaba raro que se dedicara a preparar otras cosas en su tiempo libre.

¿Era este el caso?

¿Le había pedido al personal del hotel que me dejaran esto en la habitación mientras él se registraba y yo me escondía en el baño?

—Por el tiempo perdido —leí, esta vez en voz alta.

La culpa volvió a invadirme, lo que me llevó a dejar la nota sobre la cómoda.

Una emoción familiar me oprimía la garganta, pero me di la vuelta con los neceseres, el móvil y los auriculares, y regresé al cuarto de baño.

Vertí mi mezcla favorita de aceites esenciales en el agua y añadí gel para que se formara espuma.

Después dejé la ropa en el suelo de baldosas.

No fue hasta que mi cuerpo estuvo completamente sumergido en el agua hirviendo que me permití reconocer qué era lo que me provocaba ese nudo que sentía al respirar.

Esperanza.

Una absurda y rid?cula esperanza.

Brotando de mi absurdo y ridículo fuero interno.

«Por el tiempo perdido».

Noté que algo me revoloteaba en el estómago.

—Ay, no —murmuré.

Y entonces sumergí la cabeza bajo el agua perfumada.