Siempre serás mía 2. Frankie
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2. Frankie

Frankie

«¿Otra vez te ha enviado mi hermano?».

No fui consciente de lo que estaba preguntando hasta que las palabras salieron de mi boca.

Me puse roja como un tomate.

—Olvídalo, estoy...

—No —dijo Turner con firmeza. Aunque no en un tono cortante. Él nunca era cortante a pesar de que tenía una voz seria y profunda. Bajó la mano—. ¿Por qué iba a enviarme Ric?

Era una buena pregunta. Turner siempre hacía buenas preguntas.

Me había metido en un lío por segunda vez en lo que iba de día.

También había pasado por alto los conceptos del espacio y el tiempo, dado que en los pocos minutos que había tardado en ir del coche hasta ahí era imposible que mi hermano hubiese enviado a alguien desde Maine hasta Vermont para protegerme de un acosador.

El caso es que tampoco habría sido la primera vez que mi hermano enviaba a alguien en una misión de rescate.

Y que ese alguien era Turner.

Mi mente revivió un recuerdo de aquel día, unas semanas después de instalarme en el nuevo apartamento.

Yo, con el rímel corrido por toda la cara de tanto llorar.

El mejor amigo de mi hermano llamando a la puerta, pidiendo que lo dejara entrar.

Sentí náuseas. Todavía me odiaba a mí misma por cómo traté a Turner aquella noche.

Por cómo reaccioné después de que viniera en coche hasta Boston y se presentara en mi puerta sin avisar.

Aunque mi reacción actual tampoco era mucho mejor.

—Perdona —dije exhalando un largo suspiro—. ¿Podemos...? ¿Podemos borrar todo este último minuto y volver a empezar? Me harías un favor.

Turner permaneció inmóvil durante unos largos segundos. Estaba pensando. Probablemente tratando de encontrarle el sentido a este desastre de reencuentro. Me mentalicé mientras él se apartaba ligeramente, solo unos centímetros. Esa sonrisa casi imperceptible volvió a su boca.

Y entonces dijo:

—Frankie, hola. Te he echado de menos.

Me fallaron un poco las rodillas.

De forma literal.

Por eso me fui. Por ese «Frankie» saliendo de sus labios, con ese tono grave, por ese «te he echado de menos», otra vez. También fue el hecho de que repitiera las mismas palabras exactas que había dicho hacía un momento.

No optó por empezar con otra cosa como «Hola, Frankie. ¿Qué tal?». Turner Reece era demasiado seguro y coherente como para cambiar las palabras que ya había decidido decir.

Esta era una de las cosas que más me gustaban de él.

—Hola —susurré con una sonrisa que esperaba que ocultara ese último pensamiento—. Yo también me alegro de verte, Turner. Estás estupendo, como siempre.

—Tú también estás estupenda. Como siempre, pero diferente. Mejor.

Mi sonrisa se tambaleó y noté que se me aceleraba el corazón ante aquel cumplido. Turner no era un hombre que los soltara con facilidad.

—¿Qué te trae por Vermont? No me esperaba verte aquí, como creo que es evidente.

—Ya —respondió tragando saliva—. Pues eres tú la que me trae por aquí. Y yo también me alegro de verte. De hecho, me moría de ganas.

Solté una risa extraña y opté por ignorar ese comentario también.

—¿Has venido por la Convención de Novela Negra y Thriller?

Turner asintió sin mucha convicción.

—¿Mia está contigo? —me obligué a preguntar.

Mi voz sonaba tranquila, casi alegre. Como si esa pregunta no significara nada.

Como si no notara un dolor desgarrador en el pecho mientras la formulaba—.

¿Ha sido idea suya? Imagino que no se ha podido resistir al ver las posibilidades que ofrece la zona para ir de excursión a congelarse el culo.

Se pasa el día... —Hice una pausa—. Se..

. pasaba el día suplicándome que la acompañara a disfrutar del aire libre, así que no me sorprendería.

Apuesto a que sigue igual. —Me aclaré la garganta tras tomar la decisión de no seguir por esa línea—.

Vermont es muy bonito en invierno. O eso me han dicho.

A Mia le encantará. A ti también. Y a mí, supongo.

Turner se quedó mirándome en silencio y, por un instante, quise que me tragara la tierra. Sobre todo después de esa conversación. Nunca en mi vida me había puesto tan nerviosa hablando con Turner, y él debía de estar pensando lo mismo.

Pero lo único que dijo fue:

—¿Mia?

—Sí, ya sabes, la chica de ojos azules, pelo largo, castaño rojizo, risa estridente y con un anillo en el dedo.

Por cierto..., ¿cómo van los preparativos para la boda?

Ric no me cuenta gran cosa últimamente, está muy ocupado.

Y Leo..., bueno, ya sabes cómo es Leo. La última noticia que tengo fue de mi madre hace meses y me dijo que estabais buscando un espacio para celebrarla.

Turner entreabrió los labios antes de volver a apretarlos, formando una línea fina como el papel que resaltaba aún más su bigote.

Nunca me habían gustado los hombres con barba, pero me había encantado ese bigote desde que había decidido dejárselo hacía unos años.

Lo único malo era que, en ocasiones, ocultaba su expresión facial, ya de por sí poco reveladora. Como en ese momento.

—¿Turner? —insistí.

—Cancelamos la boda —dijo finalmente—. Hace tres meses. ¿No lo sabías?

Durante un instante solo hubo silencio.

Pesado, denso. Tanto que me empezaron a zumbar los oídos.

Habían cancelado la boda. Hacía tres meses.

Y yo no me había enterado.

No tenía ni idea. Ni la más mínima sospecha, de hecho. Nadie me había dicho nada. Ni mamá, ni Ric, ni Turner, ni Mia, porque me había alejado de todos ellos y les había cerrado la puerta a que me informaran de este tipo de cosas.

—No te creo —exclamé. Sin darme ni cuenta, alargué la mano y agarré a Turner del brazo—. No puede ser. No tenía ni idea. Dios mío. Lo siento muchísimo, Turner. ¿Qué pasó?

Sus mejillas recuperaron el color. Bajó la mirada hacia donde mi mano se aferraba a su camisa de franela.

Entonces me di cuenta de que había pasado mucho desde la última vez que lo había tocado.

Y de que probablemente no debería estar tocándolo ahora.

Aflojé los dedos y, justo cuando iba a soltarlo, me detuvo.

La polilla de tinta que le decoraba la piel de la mano estaba justo encima del dorso de la mía, y verla ahí me trajo una sensación que había echado de menos.

—Tranquila —dijo.

Pero era imposible estar tranquila. Me estaba tocando, tenía los dedos entre su brazo y su palma y me sorprendió que mi cuerpo siguiera reaccionando así ante su presencia.

Como si me dieran una descarga eléctrica.

Como si experimentara un corte en la línea temporal. Como si acabara de recuperar el pulso.

—¿Qué pasó? —le pregunté de nuevo, levantando la mirada hacia él.

—Cancelamos la boda —repitió.

Esperé a que añadiera algo más y, como no lo hizo, sentí la necesidad de decir:

—Lo siento mucho. No hace falta que hablemos de ello si no quieres. No debería haberte preguntado. Ni haberte presionado para que me dieras detalles.

—¿Por qué?

—Porque no es asunto mío.

«Yo decidí que no iba a ser asunto mío», pensé.

—Antes las cosas que me pasaban sí eran asunto tuyo —dijo Turner—. Y Mia era tu amiga.

«Antes tú también eras mi amigo», quise decirle. «¿No es ese precisamente el problema?».

Pero no tenía sentido insistir en algo que no iba a cambiar nada.

En el fondo, yo solo era una chica que se había enamorado de un chico y ese chico nunca me había correspondido.

Al menos no como yo quería. Solo habíamos sido amigos.

Buenos amigos. Amigos desde pequeños. Pero Turner nunca había sido mío.

Lo había compartido con Ric y con Mia y, en un momento dado, tuve que renunciar a él, porque una cosa era tener esperanzas de acabar con el mejor amigo de mi hermano (y mío) y otra era estar enamorada de un hombre que se iba a casar.

Trece meses y ciento sesenta kilómetros después, allí estábamos.

Dos personas que antes formaban parte de la vida de la otra, como él había dicho, y que... aún no se soltaban.

Retiré la mano de un tirón.

—Entonces..., ¿de verdad has venido hasta aquí para asistir a una convención de libros?

—Es cosa de mi madre —me explicó siguiéndome la mano con la mirada mientras me la metía en el bolsillo del abrigo. Se volvió a rascar el cuello—. Ganó un sorteo. Probablemente debería haber empezado por ahí.

—¿Un sorteo?

—Sí, y el premio era este. Una entrada para la Convención de Novela Negra y Thriller de Vermont.

Vio que estabas en la lista de autores y participó en un sorteo de Facebook.

Era como una oferta especial que incluía alojamiento en este hotel.

Pensó que sería una buena idea dármela a mí para que viniera a verte.

—Qué detalle por su parte. —Era todo un detalle, sí.

Y también un indicativo de que Turner debía de estar pasándolo mal por la ruptura si Marcia, de entre todas las opciones posibles, lo había enviado a una convención literaria.

También me hizo preguntarme por qué Marcia había considerado que era buena idea que su hijo viniera a verme—. Espero que te ayude a desconectar.

—He empezado a leer por placer. Ya sé que estarás pensando que nunca me has visto coger un libro, pero los audiolibros me han cambiado la vida. Ahora me los pongo en el curro y ya no sé trabajar si no tengo uno de fondo.

—Vaya, eso son muchas horas. Si no recuerdo mal, te pasabas el día trabajando.

—Aún lo hago —respondió con un gesto de asentimiento—. Aunque ahora cierro la puerta con llave. Paso demasiado tiempo con los auriculares puestos, cualquiera podría entrar y, si estoy en la cocina, no me enteraría.

Una imagen mental me asaltó sin previo aviso.

Turner en su estudio-panadería, El Panadero Nocturno, al amanecer, cubierto de harina hasta los codos, con las manos ocupadas amasando mientras una de las historias que yo he creado le hace compañía.

Aunque no había dicho en ningún momento que fueran mis libros los que se ponía para trabajar. Y no podía dejarme llevar por esa idea.

Me aclaré la garganta.