1. Frankie #2
En cuanto entré vi las gruesas vigas de madera, los ventanales y no una, sino varias chimeneas repartidas por toda la planta baja.
Desde ahí también se veía la zona del bar, un salón con sillas y mesas y al menos dos rincones de lectura.
Todo el mobiliario y los acabados desprendían un aire rústico, y cada rincón estaba acompañado por una decoración alpina acogedora y atemporal.
Parte del calor que sentía en la piel se extendió a mi estómago, y me reconfortó pensar que, si las habitaciones eran la mitad de bonitas, tendría un lugar bastante agradable donde refugiarme del horror de las firmas a las que no vendría nadie.
Un lugar con una bañera con patas donde ahogar las penas.
Con un gesto de asentimiento para aferrarme a esa idea, apreté con fuerza el asa de mi maleta de mano y me dirigí hacia la recepción.
La cola de huéspedes no era larga. Solo había una mujer de mediana edad con el pelo rubio pollo que se estaba registrando, un hombre con ropa técnica de montaña hojeando la cesta de folletos y otro hombre esperando a unos metros del mostrador.
Ese último era bastante corpulento, con una melena ondulada de color chocolate y un corte tipo mullet , hombros anchos y piernas robustas, de las que van acompañadas de unos buenos muslos.
Mis ojos, hambrientos de contacto humano tras varias semanas escondida, le dieron un repaso a su trasero. Pocas cosas me llamaban tanto la atención como una figura de espalda ancha y unos pantalones bien rellenos.
No alcanzaba a verle la cara, pero, cuando quise darme cuenta, mi cerebro ya estaba dibujando las partes ocultas. Ojos amables. Sonrisa tímida. Barba de tres días. Sin duda, unos cuantos tatuajes debajo de la franela y los vaqueros.
Una sensación de pesadez que me resultaba muy familiar me invadió el pecho y me hizo reaccionar. Tenía que dejar de hacer eso. De buscar cosas que no tocaban.
Sacudí el cuerpo, decidida a desviar la atención hacia otro lado. Cualquier otro lado. Pero el hombre se movió antes de que pudiera hacerlo. Giró la cabeza, lo justo para que su barbilla sobresaliera por encima del hombro. Como si hubiera notado que alguien lo observaba.
El estómago me dio un vuelco al ver esa barbilla.
«No», pensé. «No puede ser. Es...».
Su cuerpo continuó girándose hacia mí sin darme tiempo para prepararme.
Por un momento, lo único que pude hacer fue quedarme mirándolo. Estaba paralizada. Y no por vergüenza, sino por algo muchísimo peor: porque le conocía.
Turner Reece me sonrió como si no hubiera pasado el tiempo, y, por un instante, casi le devuelvo la sonrisa.
Por un instante, me perdí un poco en esos ojos marrones que siempre me habían mirado como si fuera especial.
Por un instante, me permití contemplar la leve curva de sus labios y pensar: «Guau».
Pero todo se esfumó enseguida.
Principalmente porque yo quise que fuera así. Había aprendido a descartar ese tipo de pensamientos. No me quedaba otra.
Turner se dio cuenta. Su sonrisa se desvaneció.
Alzó esa gran mano cubierta de tinta negra como el cielo a medianoche y se la llevó a un lado del cuello.
Movió los dedos para rascarse. Es curioso cómo puedes alejarte físicamente de la vida de alguien y no por ello dejar de conocerlo como si lo hubieses parido.
O de tener el instinto de apaciguarlo cuando está inquieto.
Turner lo estaba. Esa forma de rascarse que la mayoría habría pasado por alto lo delataba.
Igual que la arruga que se acababa de formar entre sus cejas.
—Frankie —dijo. De repente lo tenía justo delante. ¿En qué momento se había acercado?—. Hola.
Mi memoria no le había hecho justicia a su voz. Ni un ápice. De lo contrario, habría estado preparada. No habría sentido que esas dos palabras me transportaban al pasado, a un vacío. No me habría quedado desorientada pensando: «Joder, verte me pone tan triste y tan contenta a la vez...».
—Hola —dije con voz ronca.
Se pensó sus siguientes palabras antes de decir:
—Te he echado de menos.
No pude evitar tambalearme.
Era lo peor que podría haber dicho. No porque a mí me costara escucharlo o decirlo, sino porque había una docena de razones por las cuales yo también, pero no tenía el valor de pronunciar ninguna de ellas en voz alta.
—Yo... —balbuceé.
«Yo también te he echado de menos», podría haber dicho.
«Cuánto tiempo. ¿Cómo estás?».
«¿Cómo has sabido que era yo quien estaba observándote?».
«¿Has sentido la misma punzada que yo al verme? Como si te dieran un puñetazo en la mandíbula. O un golpe en el corazón».
«¿Recuerdas aquella vez que me diste un beso en la frente porque me había quedado dormida sobre tu hombro después de emborracharme? Esa fue la primera y última vez que tus labios tocaron alguna parte de mí que no fuera la mejilla».
«¿Vas a darme un beso en la mejilla?».
Pero no dije ninguna de esas cosas. Era evidente que no se me daba bien expresar sentimientos, así que apreté los labios con fuerza para impedir que todo aquello saliera.
Por eso me fui de Maine. Por eso, cuando Turner apareció en Boston...
Di un respingo al darme cuenta de algo.
Turner se percató y alzó el brazo hacia mí.
Antes de que su mano me alcanzara, dije:
—¿Otra vez te ha enviado mi hermano?