Siempre serás mía 1. Frankie
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Siempre serás mía

Siempre serás mía

Por Elena Armas

© inepub.com

1. Frankie

Frankie

—Puede que tenga un acosador. Y no en plan sexi.

Hubo un segundo de silencio.

Y entonces la voz de mi hermano, con una calma fingida, inundó el coche a través del altavoz del móvil.

—¿En qué mundo puede ser sexi tener un acosador?

Suspiré.

—¿De verdad quieres saberlo? No pasas suficiente tiempo en internet como para...

— No . Por Dios, Frankie, claro que no quiero saberlo. ¿Qué te hace pensar que sí?

—No sé, has preguntado.

—Pero... —Se calló y soltó un resoplido—. ¿Has dicho «acosador»? ¿Va en serio o es una bromita de las tuyas para tomarme el pelo?

No era una broma. Tampoco era mi intención soltarlo así sin más, pero me había pasado todo el viaje a Vermont pensando en ello. No en que «puede» que tuviera un acosador, como le había dicho a Ric, sino en que estaba casi segura de que era así.

—Sí —mentí—. Es broma, perdona. ¿Qué tal por Brasil? —pregunté para cambiar de tema—. ¿Te dejan tiempo libre para salir de las instalaciones y explorar los alrededores? ¿O ni siquiera vas a intentar negar que eres un adicto al trabajo al que no le importa dónde lo destinen?

—No te desvíes del tema.

—No me estoy desviando del tema. Me interesa tu vida. Tu trabajo. Y Brasil.

Ric soltó una carcajada fuerte, cortante y, francamente, aterradora; una de esas que te indican que tu hermano mayor no va a dejarlo estar.

—Cuéntame más sobre ese acosador —insistió—. No me estabas tomando el pelo, así que ni lo intentes.

—¿Que no intente qué?

—Desviarte del tema. Venga, ahora en serio, cuéntame.

—«Acosador» quizá sea una palabra muy fuerte —me resigné a responder—. No debería haberla usado. Probablemente sea arrogante por mi parte suponer que tengo uno. Solo es un lector muy entusiasta que se ha sentido más identificado de lo normal con mis libros y me envía mensajes y cosas así.

—¿A qué te refieres con «cosas así»?

A dejarme regalos en el buzón o en la puerta de casa. Tampoco es que sean regalos raros. En general son cosas bonitas, excepto por un incidente que hubo la semana pasada, pero sí. Basándome en la reacción que Ric había mostrado hasta ahora, no tenía claro que fuera buena idea admitirlo.

—Regalos —dije optando por una verdad a medias—. No es que sea algo inaudito entre los escritores.

—¿A tu domicilio particular?

—Bueno...

—Joder, Frankie —se quejó—. Dime que ya has denunciado a ese tío.

—No es para tanto. —Esta vez era una mentira en toda regla. Sí que me parecía para tanto. Estaba asustada. Indecisa. Por demasiadas razones—. ¿Y cómo sabes que es un tío?

—¿No lo es?

Miré la guantera, recordando lo que había decidido traer conmigo por razones que no estaba preparada para analizar.

—Sí.

—Joder, Frankie —repitió—. No puedes soltar algo así y luego decir que no es para tanto. Sí que lo es. Y más para mí, que soy tu hermano mayor. Eres mi responsabilidad.

Tenía razón, pero...

—Eres el hijo mediano —dije en voz baja—.

Si acaso, puedes elegir con qué responsabilidades quieres cargar.

Así que omite esta. De verdad que no es para tanto.

Además, no era mi intención contártelo. Se me ha escapado y he optado por darte la oportunidad de aconsejarme qué hacer. Ahora me arrepiento.

Se escuchó un extraño gruñido desde el otro lado de la línea.

—¿Qué opina la editorial al respecto? ¿Ellos no pueden hacer algo para encontrar a ese hombre y hacer que pare? Al fin y al cabo eres su autora, trabajan para ti, ¿no?

—Uy, no. El sector editorial no funciona así.

Tampoco iba a decirle que los de la editorial no podían hacer nada sobre un problema del que no tenían conocimiento. Al igual que no iba a decirle que esa editorial ya no era mi editorial.

—En fin, cuéntame cosas de Brasil. ¿Hace calor? —quise intentar de nuevo.

Hubo otra pausa y entonces dijo:

—Se acabó. Voy a llamar a Leo.

Solté un bufido.

—¿A Leo? ¿En serio? ¿Vas a jugar la carta del hermano mayor? ¿Qué tal si también se lo cuentas a mamá y papá? Y a la abuela, ya que estamos. O...

Me contuve para no decir el nombre del mejor amigo de Ric. El nombre del chico que también había sido mi mejor amigo. Me habría traído recuerdos que no estaba dispuesta a afrontar en ese momento.

Ric dudó, como si estuviera valorando la posibilidad de decirme algo, y finalmente se decantó por insistir con lo que ya había dicho.

—Leo debería saberlo. Al menos él está en el mismo país que tú. Podría ir a por ti. Eres nuestra hermana pequeña.

Apreté los dientes. Aunque apreciaba la voluntad de querer pasar inmediatamente a la acción porque era la más pequeña y la única mujer de tres hermanos, no podía permitirlo.

Y no porque creyese que podía manejarlo yo sola (llevaba semanas intentándolo y no se me había dado muy bien), sino más bien porque me estaba dando cuenta de que contar la situación implicaba admitir un montón de mierda que llevaba tiempo manteniendo en secreto.

Nadie de mi entorno sabía nada del acosador, al igual que nadie sabía que mi carrera como autora de Lobos de noche , la «novela del momento, un romance sangriento y sensual cargado de suspense», citando a los medios de comunicación que antes tanto me adoraban, estaba llegando a su fin.

Y sí, era consciente de la ironía que se escondía tras el hecho de que estos dos acontecimientos tuvieran lugar al mismo tiempo.

Sin embargo, yo solo estaba a cargo de las reglas de los universos que creaba.

En el mundo real hacía lo que podía para apañármelas con las cartas que me habían tocado.

Mis siguientes palabras fueron poco convincentes, pero es que estaba agotada.

—Si hubiera querido que alguien viniera a rescatarme, habría llamado a Leo, no a ti. Te lo he contado con la esperanza de poder mantener una conversación normal de tú a tú.

Siguieron unos segundos de silencio, hasta que Ric soltó:

—¿No has dicho que se te había escapado?

«La madre que lo...».

—No me puedo creer que te haya llamado porque te echaba de menos. Voy a colgar.

—¡Espera! —exclamó—. Vale, está bien, no se lo contaré a Leo si me prometes que vas a denunciar ahora mismo a ese tío.

Y que me vas a llamar si sucede algo mínimamente fuera de lo normal.

Si no recibo un mensaje tuyo cada pocas horas, enviaré a Leo a buscarte dondequiera que estés.

Ya sea Vermont, Boston o la luna. ¿Entendido?

—Entendido.

—Vale. Ahora comparte tu ubicación conmigo.

—Ni hablar. Estaré en el Hotel Red Maple —le dije mirando por la ventana.

Se me hizo un nudo en el estómago al pensar en lo que me esperaba tras aquellas puertas.

La Convención de Novela Negra y Thriller de Vermont solía ser un evento tranquilo y poco multitudinario, pero se había convertido en un referente en el género.

El cartel de ese año era una pasada y las entradas se habían agotado.

Al día siguiente todo aquello estaría lleno de gente.

La pregunta era si alguna de esas personas iba a venir por mí.

Volví a mirar el salpicadero, donde estaba el móvil—.

Está a las afueras de Manchester, bastante cerca de las Green Mountains.

Búscalo en Google como una persona normal.

Ric murmuró una queja ininteligible y luego añadió:

—Conque me echabas de menos, ¿eh?

Su pregunta me pilló desprevenida a pesar de que yo misma lo había dicho hacía un momento.

Sí, lo había echado de menos. Había echado de menos a todo el mundo desde que me había ido de Maine hacía trece meses.

Lo que pasa es que... no se me daba bien admitirlo.

Era capaz de crear todo tipo de relaciones ficticias como si fuera lo más natural del mundo, pero siempre se me había dado fatal comunicar mis propios sentimientos.

La última vez que lo intenté, acabé llorando por teléfono.

—Tengo que irme —murmuré—. Hay una bañera de esas con patas esperándome en el hotel. He llegado un día antes a la convención para asegurarme de que me daban una habitación que la tuviera. Así que nada, disfruta de Brasil.

—Frankie, ten cuidado, ¿vale? Sé que eres una mujer independiente y emancipada y todo el rollo, pero que ahora seas famosa y tengas éxito a mí me da igual. Sigues siendo mi hermana pequeña.

Apreté los ojos con fuerza. Nunca me había considerado famosa, pero era cierto que había tenido éxito.

No obstante, ahora solo era una escritora decadente con una carta de su acosador en la guantera del coche.

—Tranquilo, todo irá bien —logré decir—. Pero vale, te lo prometo.

—Estoy orgulloso de ti, Frankie.

No me podía creer que el capullo de mi hermano fuera a hacerme llorar.

—Ay, por favor, Ric. Te voy a colgar.

—¿Es que uno ya no puede decirle a su hermana lo que siente? —refunfuñó—. Por cierto, yo también te quiero.

Se me encogió el pecho.

—Eres un cursi.

—Y tú una borde. Pero aun así te quiero y...

—Basta. Adiós —lo interrumpí justo antes de pulsar el botón de colgar.

Indignante. No podía permitirme derrumbarme tan pronto.

Ni en todo el fin de semana.

Enderecé los hombros, abrí la puerta de golpe, salí y.

.. «¿Qué cojones es esto, Vermont?». Una ráfaga de viento helado me golpeó la cara, dejándome sin aliento.

Miré a mi alrededor y vi unas nubes oscuras asomándose por las colinas cubiertas de pinos y abetos.

La cosa pintaba mal, pero no me había pasado cinco horas en el coche para venir a relajarme junto a una piscina.

Estábamos a finales de otoño. Así que, con toda la rapidez que me permitían mis manos y pies helados, saqué el equipaje del maletero y corrí hacia el hotel.

Creo que todas las personas que habitaban el estado de Vermont oyeron mi suspiro de alivio cuando las puertas del Red Maple se cerraron detrás de mí.

En ese sitio no solo se estaba increíblemente calentito en contraste con el infierno glacial de afuera, sino que, a diferencia de mi último libro, el hotel estaba totalmente a la altura de las expectativas.