Epílogo. Tres años después.
Epílogo
Tres años después...
—Recuérdame otra vez por qué estamos haciendo esto.
Miré a Turner desde la entrada de nuestra casa.
—Porque la alternativa era un vuelo de hora y media, y tú consideras que es demasiado arriesgado a pesar de que el médico ha dicho que no había ningún problema —contesté.
Turner refunfuñó.
—Prefiero ser yo quien decida qué es o no es un problema para mi mujer embarazada y mi hijo nonato. De hecho, creo que lo mejor sería no salir de casa.
—Vaya, qué sorpresa. —Me apoyé una mano en la cintura—. No me había enterado de que te habías licenciado en Medicina mientras bajabas las escaleras. No me puedo creer que me haya perdido la ceremonia de entrega de la bata blanca de mi marido.
Turner entrecerró los ojos y dejó caer las maletas a sus pies de forma dramática. Sonreí. Sus labios también se curvaron en una mezcla de diversión y lujuria que me resultaba muy familiar. En dos zancadas se colocó frente a mí y, con un rápido movimiento, acercó la boca a mi oreja.
—Debería follarte hasta que dejaras de ser tan descarada —murmuró—, pero, si empiezo, nunca saldremos de esta casa.
Me reí, un poco turbada.
—Conque admites que estás siendo sobreprotector y que deberíamos irnos.
Él soltó un gruñido, mientras me mordisqueaba el lóbulo de la oreja y me rodeaba la barriga de embarazada con el brazo.
—Gracias —murmuré, más que contenta de tenerlo tan cerca—, me encanta tener la razón.
Turner se rio con voz grave.
—No he admitido nada.
—Venga ya, a estas alturas hablo con fluidez el idioma de los maridos gruñones. Ese ruido significaba «Está bien, vale, puede que sea un cascarrabias». Y ese mordisquito significaba «Caray, Frankie. Siempre tienes razón».
Turner soltó un bufido.
Le di un beso en la barbilla.
—Todo irá bien —le aseguré, esta vez más seria—. Solo son cinco horas en coche. Haremos paradas para que pueda estirar las piernas. Y, cuando lleguemos a Nueva York, dejaré que me mimes y me prohíbas salir de la cama hasta que esté completamente descansada.
Un tenue sonido de aprobación salió de la boca de mi hombre, pero aun así dijo:
—No sé. Es que ¿por qué tenemos que ir?
—Confirmamos que asistiríamos hace semanas.
—Pasé la boca por ese lugar que tanto le gustaba, justo debajo de la oreja.
Le di un beso y él suspiró—. Y Lucas se puso muy contento cuando le dijiste que iríamos a celebrar el aniversario de su restaurante.
Rosie me dijo que te llama «su amor imposible», ¿lo sabías?
Esa sonrisa tímida que le daba un aire tan juvenil y adorable hizo acto de presencia. Me recorrió la espalda con las manos hasta llegar a mi culo. Le dio un apretón.
—Lucas es buena gente.
Casi tres años atrás, Turner había rechazado la oferta de Lucas de colaborar en su restaurante de Nueva York.
Durante un tiempo me culpé por ello, pero a esas alturas ya había aceptado la decisión.
Mi proceso de recuperación no había sido fácil, que digamos, y aún continuaba yendo a terapia, pero había conseguido comprender que estaba bien aceptar (e incluso esperar) ciertos sacrificios por parte de las personas que te querían.
Al igual que estaba bien hacerlos por aquellos a los que querías.
Después de lo que pasó en Vermont, necesitaba volver a casa con Turner, pero no a la de Boston, sino a Portland, a Maine.
En retrospectiva, ahora sabía que también me habría recuperado si nos hubiéramos mudado a Nueva York, aunque quizá me habría llevado más tiempo.
Con Turner a mi lado, habría sido capaz de salir del agujero en el que estaba desde cualquier lugar del mundo.
Por suerte, no había sido necesario. Habíamos tomado la decisión juntos de quedarnos en Portland.
Y había sido acertada. A Turner no le había importado aparcar la idea de asociarse con Lucas, y habíamos decidido que, si alguna vez se volvía a presentar la oportunidad, íbamos a hacer las cosas bien.
El Panadero Nocturno prosperaba, independientemente de dónde estuviéramos.
Mis ventas se dispararon después de que el ataque saliera en las noticias.
La autora de novelas policíacas y de suspense cuya vida se había convertido en uno de sus libros vendió muchos ejemplares, tal y como Peter había previsto.
El dinero que cobré por los derechos de autor posteriores no se tocó en mucho tiempo.
Me parecía mal sacar provecho de algo tan doloroso y traumático para los dos.
Peter no falleció por la caída. Nos enteramos de que había muerto poco después por inhalación de humo y quemaduras provocadas por el incendio que él mismo había provocado, pero eso no impidió que nos siguiéramos sintiendo responsables.
Turner tenía razón, sobrevivir a ese día había sido muy duro.
Algunos días pensaba que nunca iba a ver la luz al final del túnel.
Y sabía que algunos también eran muy chungos para Turner. Pero lo habíamos conseguido. Juntos.
Doné parte del dinero que había ganado con Lobos de noche a una organización benéfica que financiaba la investigación de enfermedades mentales y, con el tiempo, aprendí a dejar de cargar con la culpa.
Porque había sido de Peter. Y en parte también de este mundo y de cómo estaba montado.
Yo no podía evitar que titulares como ese vendieran libros.
Usamos la otra parte del dinero para comprar una casa. Una casa grande de dos plantas donde empezar una nueva vida.
El día que nos mudamos, Turner me pidió matrimonio. Rodeados de cajas y rincones vacíos, entre el eco de nuestras risas, se arrodilló y me pidió que pasara el resto de mi vida con él.
Como si hubiera otra alternativa que quisiera vivir.
Hubo más risas, besos y llantos. Y justo en ese momento supe que iba a ser capaz de sobrevivir a cualquier cosa que la vida me deparara.
Por fin tenía el refugio que siempre había deseado.
Un remanso de seguridad en el que esconderme de la realidad cuando esta se volvía insoportable.
Y no era por la casa, el anillo ni lo que vino después.
Era por el hombre con el que compartía mi vida.
El que siempre había formado parte de mi familia y con el que estaba empezando a crear una nueva.
—¿Dónde se ha ido esta cabecita? —me preguntó Turner en voz baja, devolviéndome al presente. Tenía mucho tacto a la hora de hablarme cuando me distraía.
Mi marido, siempre tan atento y observador.
—Estaba recordando el día que me pediste matrimonio. Fue precioso.
—El mejor día —dijo besándome la punta de la nariz—. Empatado con el día que recogimos a Charlie de la protectora. Y solo superado por el día en que te vi caminar hacia el altar. Lloré como un bebé. Me muero de ganas de volver a hacerlo cuando por fin pueda tenerlo en mis brazos.
Tenía la mano sobre mi barriga. Me la tocaba siempre que tenía oportunidad.
—Quizá deberíamos llevarnos a Charlie a Nueva York —dije—. Ahora me siento mal por dejarlo aquí.
Turner ladeó la cabeza mientras me observaba.
—Si de verdad es lo que quieres, podemos pasar a recogerlo por casa de Ric, pero que sepas que le vas a romper el corazón a tu hermano.
El año pasado Ric había aceptado a regañadientes cuidar durante un fin de semana al cachorro que habíamos adoptado y acabó enamorándose por completo de él.
—Tienes razón —me reí—. Estoy casi segura de que tiene varias actividades programadas para hacer juntos. Vi su calendario y te juro que había un espacio de dos horas reservado para «Tiempo de calidad con Charlie» el sábado. Me pregunto qué harán.
—Prefiero no saberlo.
—Mi hermano necesita encontrar un hobby. ¿Y si le compramos una máquina de coser como la mía?
Él se rio.
—Tu máquina tiene cien años. Y no creo que él disfrute tanto como tú de tener que arreglarla. No tiene paciencia. La tirará por la ventana antes de aprender a zurcir un calcetín.
Parte de mi proceso había consistido en buscar algo que fuera solo para mí.
Resultó que la vieja máquina de coser de Mia era la respuesta.
Las cosas entre nosotras ya no eran como antes, y probablemente nunca volverían a serlo, pero habíamos tenido una conversación que llevábamos mucho tiempo posponiendo.
Habíamos llorado, nos habíamos abrazado y habíamos hecho las paces con el pasado.
Ninguna de las dos podía cambiarlo. Y nos habíamos echado mucho de menos.
Al igual que habíamos reparado nuestra relación, aunque no del todo, también habíamos arreglado la vieja máquina de coser.
Costó lo suyo y tuvimos que vernos cientos de tutoriales en YouTube, pero al final se consiguió.
Ahora, cada vez que mi mente se iba a un lugar oscuro, me sentaba frente a la máquina y cosía.
Turner se consideraba el tío más afortunado del mundo, según sus propias palabras, desde que había empezado a hacerle ropa a medida y delantales bordados con el nombre de su negocio.
—Muy bien —dijo mi marido dándome un último beso y volviendo a coger las maletas—. Última oportunidad para quedarnos en casa.
—Buen intento —le dije con un empujón juguetón—. Cuanto antes salgamos, antes llegaremos. Además, si te portas bien y sales de casa en los próximos dos minutos, te contaré lo que he escrito esta semana. Incluidos los giros argumentales.
La expresión le cambió de golpe. Mi marido sonrió como siempre hacía cuando le hablaba de lo que escribía. Había tardado más de un año en volver a escribir y, aunque ahora lo hacía, las cosas habían cambiado. Ya no hacía giras ni me exigía tanto a mí misma. Escribía porque me hacía feliz.
Escribía de forma egoísta.
Como aquel día en que por fin cogí el portátil y abrí un documento en blanco.
Había sido un día raro, no recuerdo los detalles, solo que estaba triste y enfadada después de mucho tiempo sin sentirme así.
Ni siquiera la máquina de coser o un paseo con Charlie habían apaciguado aquella extraña agitación.
Necesitaba esa felicidad, esa sensación de plenitud que solo las palabras podían proporcionarme.
Cuando quise darme cuenta, Turner había llegado a casa y me había encontrado en la oficina inmaculada que habíamos mantenido intacta desde que nos mudamos.
Recuerdo que me sonrió y cerró la puerta en silencio.
Ese día estuve horas allí sentada. Y lo mismo durante el resto de la semana. Lo que escribí era una bazofia y acabó siendo reescrito o descartado, pero es lo que tienen los nuevos comienzos, que a veces son caóticos. No tienen por qué ser perfectos. Basta con que existan.
En cierto modo, ese fin de semana en Vermont había sido un nuevo comienzo.
Había sido aterrador y trágico, y estaba muy lejos de ser perfecto, pero también había sido maravilloso y liberador, y me había permitido sacar unos sentimientos que llevaban años enterrados.
Me preocupaba tanto que ese fin de semana marcara un antes y un después en mi carrera, que ahora me fascinaba ver hasta qué punto había sido así.
Tal y como temía, me había estrellado y consumido hasta que ya no quedaban más que escombros.
Pero Turner había estado allí conmigo. Para mí. Para recoger los pedazos y juntarlos cuando yo no podía.
Y hoy, el chico del que llevaba toda la vida enamorada y que me había correspondido seguía a mi lado para recordarme que de los escombros también surgen cosas bellas.
Que, pase lo que pase, yo siempre seré su luz. Y él será la mía.
Que por mucho que a veces mi mente se escape, él siempre estará ahí para mantenerme unida a la preciosa familia que estamos creando.
No me soltará. Nunca. Y yo a él tampoco.
FIN