Siempre fuiste tú 35
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Charles llegó a Bermont cuando las tres en punto ya se habían deshecho bajo una lluvia fina. El carruaje apenas se había detenido frente a la escalinata cuando vio a un lacayo cruzar el vestíbulo con la prisa contenida de quien no desea alarmar a los demás.

Había dejado a Emma con Elizabeth y las niñas en el salón azul, prometiéndole que volvería antes de que oscureciera.

La promesa le pesaba ahora en el pecho. Desde que Emma le había permitido acercarse de nuevo, Charles se había acostumbrado a medir sus actos con una cautela que antes no poseía: no desaparecer sin decir adónde iba, no tomar decisiones por ella, no exigirle confianza antes de merecerla. Subió los escalones de dos en dos.

—Charles —lo llamó Annabella desde una puerta entreabierta.

La encontró sentada junto al umbral de un pequeño salón. Tenía a Lilian acurrucada contra el pecho y una mano tranquila sobre el cabello de Renata, que lloraba en silencio junto a ella. Wendy dormía en brazos de su nodriza, ajena todavía a la tormenta que había caído sobre la casa.

Charles se agachó frente a las dos niñas.

—¿Qué ha ocurrido?

Annabella alzó la vista. La pena le había borrado cualquier rastro de su humor habitual.

—Gregory ha perdido el control.

Katherine apareció detrás de ella, con el rostro tenso y los rizos rojos desordenados por la prisa.

—Renata entró en el despacho —dijo en voz baja—. Le preguntó por su madre. Gregory le gritó que se marchara.

Charles cerró los ojos un instante. Renata tenía los mismos ojos oscuros de Clare y la misma forma delicada de sostenerse las manos cuando estaba asustada.

Era demasiado fácil imaginar qué había visto Gregory al alzar la mirada; demasiado fácil comprender que el dolor, cuando se quedaba sin salida, terminaba golpeando la puerta equivocada.

—¿La tocó? —preguntó Charles.

—No. Jamás —respondió Katherine, rápida—. Pero la niña está aterrada. Y él... no parece él.

Charles apoyó una mano en Renata sin obligarla a mirarlo.

—Lo sabe —murmuró—. Mañana le dolerá haberle hablado así.

—No estoy segura de que mañana baste —replicó Katherine, mirando hacia el pasillo que conducía al despacho—. No es sólo el whisky. Está roto, Charles. Se le nota en los ojos.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, afiladas e inútiles.

—¿Y Clare? —preguntó él por fin.

Katherine se cruzó de brazos.

—No la encontramos, seguimos una pista hasta los muelles. Un capitán de barco aseguró que partió hace poco. Dejó una carta.

Charles sintió que se le enfriaban las manos.

—¿Para Gregory?

—Eso creíamos. —Kathe sacudió la cabeza—. No la abriste.

—No.

—No vuelvas a guardar nada que deba saber alguien más, ni siquiera por misericordia. Ya sabes lo que hacen los secretos en esta familia.

No había crueldad en su tono.

—Lo sé —dijo Charles—. Hablaré con él.

—Yo mantendré a las niñas aquí —respondió Katherine—. Y no lo dejes solo con otra botella.

Charles intentó sonreír, aunque no le salió.

—Haré lo posible.

—Eso dices siempre, primo.

La frase le rozó una herida vieja. Charles asintió de todos modos y se dirigió al despacho.

El olor lo alcanzó antes de que abriera la puerta: alcohol derramado, leña húmeda, cera consumida.

Las cortinas estaban cerradas y la luz de la chimenea recortaba la figura de Gregory ante el fuego.

Tenía una copa en una mano y el hombro rígido, como si su cuerpo entero se preparara para recibir otro golpe.

—Hola, hermano —dijo Charles.

Gregory no se volvió.

—No vine a conversar.

—No me importa. Dime lo que tengas que decir y vete.

Charles cerró la puerta sin hacer ruido. No quería acorralarlo, pero tampoco iba a dejarlo solo con la rabia.

—La encontramos... o, al menos, encontramos noticias de ella.

La mano de Gregory se tensó sobre el cristal.

—¿Dónde está?

—No lo sé con certeza. Dicen que tomó un barco.

Gregory soltó una risa seca, sin humor.

—Claro que lo hizo.

—Dejó una carta.

Esta vez el mayor giró la cabeza. Sus ojos, normalmente serenos, parecían opacos.

—Dámela.

Charles llevó la mano al bolsillo interior de su abrigo y extrajo el sobre. Sólo entonces leyó el nombre escrito con la letra inclinada de Clare.

Para Charles Donovan.

Gregory lo vio también. El aire pareció cambiar de peso.

—¿Es para ti? —preguntó.

—No lo sé.

—Qué conveniente. —La risa que siguió fue peor que un grito—. Primero la quisiste. Luego la dejaste de querer. Ahora se marcha y te escribe a ti. Siempre hay una puerta abierta para ti, ¿verdad, Charles?

—No voy a discutir contigo.

—Porque no puedes negarlo.

Charles tragó saliva. No era el momento de defenderse. No después de todo lo que le había hecho a su hermano sin medir consecuencias.

—Voy a leerla —dijo—. Si no quieres escuchar, me iré. Pero no volveré a ocultarte algo que te pertenece.

Gregory le dio la espalda.

—Léela de una vez.

Charles rompió el sello con cuidado. Acercó la carta a la luz.

Querido Charles:

No sé cómo escribirle a Gregory sin que se rompa del todo, y quizá sea una cobardía pedirte que hagas de intermediario. Aun así, sé que escuchará si tú pronuncias las palabras.

Gregory: no he partido porque te desprecie ni porque nuestras hijas me sean indiferentes. Me marcho porque me he convertido en alguien a quien ya no reconozco. He vivido con una tristeza que primero oculté, después negué y, al final, dejé que gobernara cada cosa que hacía.

Hace unos días perdí la paciencia con Renata. La asusté. La lastimé con mis manos y con mi voz. No hay justificación para ello. Desde entonces no puedo dejar de pensar que mis hijas merecen una madre distinta de la mujer en la que me he convertido.

No te pido perdón ahora. No lo merezco, y tampoco quiero que uses esta carta para absolverme. Sólo te pido que no hagas de nuestras niñas una extensión de tu rabia contra mí. Son tuyas. Son inocentes. Ámalas sin reservas, incluso en los días en que su rostro te recuerde al mío.

Me marcho con ayuda de alguien que me llevará lejos de Londres. No quiero que me busques todavía. Necesito recibir auxilio, entender qué me sucede y aprender a no hacer daño. Cuando pueda escribir sin miedo y sin mentiras, lo haré.

Gracias por las cosas buenas que sí me diste. Lamento profundamente no haber sabido cuidarlas.

Clare.

Charles dejó de leer. El silencio posterior fue tan hondo que el crujido del fuego pareció una intrusión.

Gregory no se movió.

—No es una Donovan —dijo al fin, muy quedo.

—Greg...

—No es una Donovan. —La voz le subió por el pecho, áspera—. No deja a sus hijas. No deja su casa. No huye con otro hombre como si todo lo demás no importara.

—No sabemos lo que ocurrió con ese hombre.

—¿Y eso debería consolarme?

Charles bajó la carta.

—No. No debería.

Gregory se volvió hacia la mesa y volcó la copa. El cristal golpeó el suelo, se quebró, y una esquirla le abrió la palma. La sangre apareció con una violencia limpia, roja sobre la piel pálida.

—Gregory.

—Déjame.

—No.

Charles tomó un paño del aparador y le sujetó la mano. Gregory intentó apartarse, pero la fuerza se le había ido de los hombros. Por un segundo pareció un niño exhausto, no el hombre que todos acudían a buscar cuando algo se derrumbaba.

—No me mires así —murmuró.

—¿Cómo?

—Como si aún pudieras salvarme.

Charles apretó el vendaje con firmeza.

—No puedo salvarte de esto. Pero puedo quedarme hasta que deje de sangrar.

Un golpe leve en la puerta interrumpió el momento.

—¿Puedo pasar? —preguntó Emma desde el otro lado.

Charles abrió los ojos. La alarma le cruzó el cuerpo.

—Emma, no deberías estar de pie.

—No te he pedido permiso, mi lord.

Antes de que él pudiera discutir, la puerta se abrió. Emma entró despacio, apoyada en el brazo de Elizabeth. Llevaba un chal oscuro sobre los hombros y el cansancio dibujado bajo los ojos; aun así, había algo resuelto en su expresión.

Elizabeth se quedó junto al marco.

—No pude detenerla —dijo, sin la menor intención de disculparse.

—No hacía falta —respondió Emma.

Gregory miró a la rubia con una mezcla de desconcierto y cansancio.

—No necesito una lección, Emma.

—Qué pena —contestó ella, aunque su voz no fue cruel—. Porque acabo de subir dos escaleras de más para dártela.

Charles estuvo a punto de reír, pero el gesto murió antes de nacer. Emma se acercó a Gregory con una prudencia que él no esperaba. No se sentó a su lado ni lo tocó. Se limitó a hablarle desde una distancia que respetaba el dolor de ambos.

—Las niñas están llorando —dijo—. No porque sepan todos los detalles, sino porque entienden que algo se ha roto y no saben si tú también te vas a romper con ello.

Gregory apretó la mandíbula.

—No las abandonaré.

—Entonces demuéstraselo esta noche. No mañana, no cuando hayas dormido, no cuando se te haya pasado la furia. Esta noche.

—No puedo verlas.

—No te estoy pidiendo que les expliques el mundo. Te estoy pidiendo que las abraces. Que les digas que no hicieron nada malo. Que no son responsables de que su madre se haya marchado.

El rostro de Gregory se endureció, pero la mirada se le quebró.

—Renata se parece demasiado a ella.

—Sí —dijo Emma con suavidad—. Y también se parece a ti. ¿No lo ves? Tiene tu forma de plantarse cuando tiene miedo. Lilian se ríe igual que tú cuando está nerviosa. Wendy aún no sabe nada de ninguno, y por eso necesita que no conviertan esta desgracia en recuerdo.

Gregory se sentó lentamente en el borde del sofá. La herida de la mano había dejado de sangrar, aunque el vendaje ya estaba manchado.

—Soy un idiota.

—A veces —aceptó Emma—. Pero eso no te releva de ser padre.

Charles la miró. En sus palabras había una verdad que también lo alcanzaba a él: ni el arrepentimiento, ni el deseo, ni los grandes juramentos sustituían los actos repetidos de cada día.

—No sé si puedo perdonarla —dijo Gregory.

—No tienes que hacerlo hoy —contestó Emma—. Ni siquiera tienes que decidirlo hoy. Pero no uses a tus hijas como castigo para ella ni como prueba de tu dolor. No les quites a su padre sólo porque su madre se ha ido.

Gregory levantó la vista.

—Son mías.

—Sí. Son tuyas.

Él cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, la furia había cedido un poco a algo más triste y humano.

—Las veré.

Emma asintió.

—Primero un baño y mañana un médico para esa mano.

—¿Ahora das órdenes en mi casa?

—En cualquier casa donde haya una niña llorando, sí.

Katherine, que había permanecido callada en el pasillo, dejó escapar una risa ahogada. Gregory la oyó y, por primera vez en toda la tarde, una sombra de vergüenza cruzó su rostro.

—Llévame a las niñas después —dijo a Charles.

—Después de que te limpies —intervino Emma.

—Después de que me limpie —repitió Gregory, derrotado.

Charles se acercó y le ofreció el hombro. Gregory aceptó el apoyo sin protestar. Mientras salían, Emma se quedó en el despacho, con una mano apoyada en el vientre y la otra sobre el respaldo del sofá.

El silencio la alcanzó de golpe.

No aprobaba lo que Clare había hecho. No podía imaginarse dejando a Sean, ni dejando a la criatura que llevaba dentro. Pero recordaba, con una incomodidad que no quiso nombrar, la mirada perdida de Clare los últimos meses, la rigidez de sus manos, los silencios que nadie había tomado en serio.

No saberlo no la hacía menos responsable de lo que había ocurrido. Sólo volvía todo más triste.

—Estás agotada —dijo Charles detrás de ella.

Emma dio un pequeño respingo y luego frunció el ceño.

—Eres muy silencioso para un hombre de tu tamaño.

—Lo siento.

Él se acercó, pero no la tocó hasta que ella alargó una mano hacia él. Charles la tomó con cuidado, como si el permiso fuera un objeto frágil.

—¿Es cierto? —preguntó.

—¿Qué parte?

—La parte en la que dijiste que viviríamos contigo y con Gregory... si él no podía ser padre de las niñas.

Emma bajó la mirada, avergonzada por lo mucho que aquella frase había dejado ver.

—No iba a dejar a tres niñas solas en una casa llena de adultos que han olvidado respirar.

—No era eso lo que pregunté.

El silencio se volvió dulce, incómodo.

—Sí —dijo ella por fin—. Era cierto.

Charles la miró como si acabara de recibir una gracia imposible.

—Emma...

—No lo conviertas en una ceremonia, por favor.

—No puedo evitarlo.

Ella sonrió apenas.

—Te perdono por no saber qué hacer con la felicidad.

Charles soltó una risa temblorosa, apoyó la frente contra la suya.

—No quiero que vuelvas por miedo a estar sola.

—No volveré por miedo —dijo Emma—. Volveré porque aún te amo. Y porque estoy cansada de construir murallas que también me dejan fuera de mi propia vida.

Él cerró los ojos. No la besó. Esperó. Emma fue quien redujo la distancia y rozó sus labios con los de él. Fue un beso breve, quieto, más parecido a una promesa que a una absolución.

Cuando se separaron, Charles seguía sosteniendo su mano.

—No quiero regresar a lo de antes —dijo Emma.

—Lo que tú necesites.

—No. Lo que construyamos los dos. Sin secretos. Sin decidir por mí. Sin convertir el amor en una deuda que alguien deba pagar.

—Sí.

—Y no me llames loca cuando tenga miedo.

—Nunca más.

—Ni uses a Sean para obligarme a quedarme.

—Jamás.

—Ni me escondas una carta importante.

—Nunca.

Emma respiró hondo. La casa de Bermont seguía llena de llanto, de pasos apresurados y de una tristeza que no podía resolverse en una noche. Pero, entre todo aquello, encontró un lugar pequeño donde apoyar los pies.

—Bien —dijo—. Entonces podemos intentarlo.

Charles levantó la cabeza, incapaz de ocultar la esperanza.

—¿Vamos a casa?

Emma sonrió; no como antes, no con la ingenuidad que había perdido, sino con una calma nueva, más consciente de sí misma.

—Sí —respondió—. Vamos a casa.