Siempre fuiste tú 36
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Desde que habían vuelto a compartir la misma casa, Emma despertaba con una calma que le resultaba casi sospechosa.

Aquella mañana abrió los ojos entre los brazos de Charles, con la mejilla apoyada sobre su pecho y el rumor constante de su respiración bajo la oreja.

Afuera, Londres amanecía gris y húmedo; una llovizna fina empañaba los cristales y, desde la calle, subía el ruido lejano de ruedas sobre adoquines.

La felicidad, sin embargo, tenía una arista que no conseguía ignorar. Mientras ella volvía a permitirse reír con Charles y esperaba a la criatura que crecía bajo su corazón, Gregory se encerraba cada vez más en un silencio imposible de atravesar.

Emma se volvió despacio y, con la yema de los dedos, dibujó una línea distraída sobre la tela de la camisa de dormir de su marido. Charles abrió los ojos al momento y cubrió su mano con la suya.

—¿Todo bien?

—Sí. Solo estaba pensando en la velada de esta noche. ¿Crees que Gregory irá?

Charles soltó el aire por la nariz, sin apartar la vista del dosel.

—No lo sé. Últimamente siento que hablo con una puerta cerrada.

—Todos estamos igual. No es para menos, no sé cómo ayudarlo.

—No podremos salvarlo por él. Lo único que podemos hacer es dejarle claro que no está solo cuando decida volver a nosotros.

Emma asintió. No le gustaba esa respuesta, quizá porque era cierta.

Después de la partida de Clare, le resultaba más fácil respirar; se avergonzaba un poco de admitirlo, pero no podía negarlo.

Aun así, cuando pensaba en las tres niñas, en el vacío que una madre dejaba incluso desde lejos, algo se le encogía bajo las costillas.

—Nos quedaremos en Londres hasta que nazca la niña, ¿verdad?

Charles sonrió contra su cabello.

—¿Por qué estás tan segura de que será niña?

—Porque ya me da batalla como una Donovan.

—Una niña sería perfecta.

—Lo mismo digo yo.

La puerta se abrió con una lentitud teatral. Por la rendija asomó una cabecita rojiza, coronada por un nido de rizos rebeldes, y un pijama demasiado grande que arrastraba por el suelo.

—¿Puedo? —preguntó Sean, aunque ya tenía un pie dentro.

Emma y Charles rieron al mismo tiempo. El pequeño trepó por el borde de la cama y se instaló entre ambos con la autoridad de un soberano diminuto.

—Buenos días —murmuró Charles, rodeándolo con un brazo.

—¿Vamos a la fiesta?

—Esta noche —respondió Emma, besándole la sien—. Pero primero desayunarás como un hombre civilizado.

—¿Con chocolate?

—Con huevos, leche y algo de chocolate. El orden de los factores importa mucho cuando una tiene tres años y demasiado criterio propio.

Sean pareció considerar la negociación. Finalmente asintió, satisfecho, y se dejó abrazar por los dos.

La velada de Lady Crossart comenzaba después de la cena.

Era una presentación íntima, pensada para señalar la entrada de su hija menor en la vida social londinense: música de salón, una mesa de naipes para los mayores, flores blancas en los jarrones y una sucesión de madres vigilantes que observaban a sus hijas como si la temporada fuera una batalla diplomática.

Emma se vistió con una seda verde grisácea, de corte alto y sobrio, que dejaba espacio a la curva redonda de su embarazo. Charles tardó más de lo debido en anudarle los guantes; no porque fueran difíciles, sino porque parecía decidido a conservar sus manos entre las suyas.

—No tienes que mirarme como si fuera a desaparecer —le susurró.

—No desapareces. Huyes con bastante elegancia.

—Y tú me encuentras con una obstinación irritante.

—He aprendido de la mejor.

La sonrisa de Emma fue breve, pero verdadera. Charles se la guardó como una victoria silenciosa.

El salón de Lady Crossart ardía de luz. Las lámparas de gas convertían los espejos en estanques dorados; un cuarteto de cuerda interpretaba un vals suave junto a las ventanas, y el aire olía a cera, perfume de violetas y champaña.

Allí estaban los Bermont, reunidos con esa facilidad que siempre tenía algo de ejército y algo de carnaval.

Blake llegó primero, envuelta en un vestido de seda azul tinta que hacía más claros sus ojos. Se inclinó ante Emma con una elegancia impecable y, apenas terminó el gesto, se volvió hacia Charles con una sonrisa peligrosa.

—Tío Charles, hoy conoceré a lord Calder Hillenburg.

Charles, que acababa de llevarse una copa a los labios, tosió con tal violencia que el vino amenazó con traicionarlo.

—¿A quién?

—A Calder Hillenburg —repitió Blake, complacida con el efecto que producía—. Dicen que por fin ha vuelto a Inglaterra.

—¿Sabe tu padre que tienes esa intención? —preguntó divertida.

—Por todos los santos, no. Padre creería que quiero fugarme con él.

—No exageres —murmuró Charles, todavía recuperando el aliento.

—Tío, tú eres el menos indicado para hablar de exageraciones.

Sophia apareció a su lado con una copa de limonada y una expresión de quien acababa de unirse a una conspiración.

—No sé por qué Blake se cree con derechos exclusivos. Quizá él me prefiera a mí.

—Tienes dieciséis años —dijo Archibald, llegando por detrás con una severidad que imitaba demasiado bien a los adultos.

—Mi madre se casó a los diecisiete.

—Eso no vuelve razonable la prisa.

Elizabeth, que había oído la discusión desde unos pasos atrás, cerró su abanico con un golpe seco.

—Nadie va a hacer planes matrimoniales esta noche. Ni por un título ni por una cara bonita. Las jóvenes presentes decidirán por sí mismas a quién quieren conocer, y punto.

Sophia bajó la mirada durante medio segundo.

Luego sonrió, porque aquella era exactamente la respuesta que esperaba.

El pequeño grupo se dispersó cuando Andrei apareció con la seguridad de alguien que ya había provocado tres escándalos antes del postre.

Adam lo interceptó con una sola mirada, y el muchacho levantó ambas manos.

—Juro que esta vez no he hecho nada.

—Lo dices con demasiada práctica —replicó Adam.

—Fui al Reform Club con Archibald, pero fue por cultura.

Archibald, que hasta entonces había guardado un prudente silencio, soltó un suspiro resignado.

—Yo lo invité. Pensé que impediría que fuera solo.

—No lo impediste —dijo Emma, con una pequeña risa.

—No —admitió Archibald—. Pero intenté que no lo expulsaran.

Katherine defendió a su hijo con el entusiasmo de siempre, Adam fingió indignación y el resto de la familia se acomodó alrededor del espectáculo.

Por un momento, Emma sintió que el mundo podía volver a ser ligero.

Entonces el maestro de ceremonias golpeó el suelo con su bastón.

La conversación se deshizo poco a poco, hasta quedar suspendida entre las lámparas y la música.

—Lord Calder Hillenburg.

La sala entera giró hacia la entrada.

Calder avanzó con una seguridad que no era arrogante, pero sí difícil de ignorar.

Vestía de negro, con un chaleco gris perla y una corbata cuidadosamente anudada; era joven, alto, de hombros firmes y una calma extraña en la mirada.

Sus ojos, dorados bajo las luces del salón, parecían conservar algo del humo y de los muelles.

Elizabeth dejó escapar un sonido apenas audible.

—No puede ser.

Katherine apretó el brazo de Annabella.

—¿Lo están viendo?

—Es imposible no verlo —murmuró Marinett.

Blake y Sophia se miraron por encima de los hombros de los mayores. Las dos sonrieron apenas, como si una competencia recién hubiese obtenido rostro, voz y apellido.

Charles tardó un instante más que el resto en comprender. Después dejó de mirar al recién llegado como al heredero de Bermont y lo vio como al hombre de la cantina: el capitán de los ojos color miel, el que había entregado la carta de Clare con una sonrisa insolente.

—El capitán —dijo, muy bajo.

Calder volvió el rostro hacia ellos. Reconoció a Charles de inmediato.

No mostró los dientes al sonreír, pero el gesto contenía una cortesía que no alcanzaba a ser bienvenida.

Luego inclinó la cabeza, lenta y deliberadamente, como si saludara a una tripulación enemiga desde la cubierta de otro barco.

—¿Qué demonios hace aquí? —murmuró Charles.

—No creo que haya venido a pedir permiso —dijo Emma, sin apartar la vista de Calder.

Thomas, hasta entonces silencioso, endureció la mandíbula. Robert, a su lado, se quedó inmóvil de una forma que Emma había aprendido a reconocer: era la quietud de los hombres que ya habían entendido algo y no querían decirlo en voz alta.

—¿Lo conoces? —preguntó Elizabeth.

—Espero que no —respondió Thomas, sin mirar a nadie—. De verdad espero que no.

—¿Por qué? —insistió James.

Thomas intercambió una mirada breve con Robert y Asher. Los tres parecieron recordar una misma cosa, una palabra o una noche que no estaban dispuestos a explicar delante de esposas, hijos y curiosos.

—¿Recuerdan al pájaro fuera del nido? —dijo por fin Thomas.

Robert cerró los ojos un instante. Asher dejó la copa sobre una mesa.

—No aquí —murmuró Robert.

Charles los miró con frustración.

—Eso no significa nada para el resto de nosotros.

—Mejor que siga así por el momento —contestó Thomas.

Calder continuó avanzando entre los invitados.

Las cabezas se inclinaban a su paso; algunas madres ya calculaban alianzas, otras lo estudiaban con cautela.

Él, sin embargo, no parecía impresionado por el brillo de los candelabros ni por los susurros que despertaba.

Su mirada recorrió el salón con la paciencia de quien ha vivido demasiadas cosas lejos de allí para dejarse seducir por una sala llena de seda.

Emma sintió el impulso de tocar la mano de Charles. Lo hizo. Él entrelazó los dedos con los suyos sin mirar hacia abajo.

—No me gusta esto —admitió ella.

—A mí tampoco.

—¿Porque es el hombre de la cantina?

—Porque no sé por qué Thomas le teme.

Emma miró a Calder de nuevo. La velada seguía, el cuarteto retomaba el vals y las sonrisas de sociedad intentaban salvar las apariencias.

Pero algo se había desplazado en el aire.

Era una corriente fría bajo las lámparas, una promesa de que la calma de las últimas semanas había sido apenas una tregua.

Apretó la mano de Charles un poco más fuerte. Él se inclinó para besarle la sien.

—Pase lo que pase, no estarás sola.

Emma no respondió de inmediato. Después de tanto tiempo, le creyó lo suficiente para apoyar la cabeza un instante contra su hombro.

Al otro lado del salón, Calder Hillenburg alzó la vista y se encontró con los ojos de Thomas. No hubo saludo entre ellos. Solo un reconocimiento breve, oscuro, imposible de fingir.

Y Emma comprendió, con una certeza que le heló la nuca, que la verdadera historia de aquel heredero apenas estaba empezando.