Siempre fuiste tú 34
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Cinco semanas después de la llegada a Londres, el embarazo de Emma había dejado de ser un secreto incluso para los ojos menos observadores.

La curva suave de su vientre se dibujaba bajo los vestidos de lana fina y seda mate que elegía para salir, y Sean había desarrollado la costumbre de apoyar la mejilla allí antes de dormir, como si quisiera saludar a la criatura que todavía no conocía.

Los parientes franceses se habían despedido poco a poco, con besos ruidosos, promesas de cartas y carruajes cargados de baúles.

En la ciudad quedaban los irlandeses, los Bermont más cercanos y una inquietud que nadie conseguía nombrar.

Charles, por su parte, había convertido la paciencia en una disciplina: visitaba a Emma casi todos los días, escribía cartas que ella respondía con dos líneas y soportaba con dignidad que esas dos líneas lo hicieran sentir como un colegial reprendido.

A veces le llevaba flores. Otras, noticias de Sean, aunque ella siempre insistía en que el niño no era una contraseña para entrar en la casa.

Había tardes en que Emma lo hacía reír desde el jardín y otras en que le negaba el paso con una frialdad que le cerraba la garganta.

Charles aceptaba ambas cosas. No era una penitencia que pudiera medir; era la consecuencia de haber herido a la mujer a la que quería.

Aquella tarde saltó la baja barda de ladrillo de los Sellers con menos elegancia de la que habría admitido ante nadie.

Cayó sobre el césped húmedo y, al incorporarse, descubrió que Emma ya lo esperaba sentada junto al arriate de lavanda.

Llevaba una capa color crema sobre el vestido azul grisáceo y tenía las manos entrelazadas sobre el vientre.

No se sobresaltó. Ni siquiera sonrió.

—Esperaba que vinieras —dijo—. Sígueme.

Charles se sacudió una brizna de hierba del chaleco y la siguió sin preguntar.

La casa estaba extrañamente silenciosa; los hermanos menores de Emma habían salido con su padre y la señora Sellers había ido a visitar a una vecina enferma.

Solo quedaban el olor tenue del té enfriado en la sala y el crujido de la escalera bajo los pasos de Emma.

Ella entró en su dormitorio, cerró la puerta y se sentó en el borde de la cama.

Charles permaneció de pie unos segundos, confuso por la gravedad con que lo miraba.

Había aprendido que, en Emma, el silencio casi nunca era vacío: era pensamiento, miedo o una decisión que todavía no se atrevía a pronunciar.

—¿Y bien? —preguntó ella al fin.

—No sé qué esperas que diga, pensé que querías enseñarme algo.

—Depende de lo que digas.

Charles dejó escapar una respiración corta. Se sentó a una distancia prudente, con los antebrazos sobre las rodillas.

—¿Quieres que vuelva a decirte que te amo? Porque puedo hacerlo. Siempre puedo hacerlo.

—Hoy no me sirve oírlo —respondió Emma con honestidad, no con crueldad—. Necesito saber qué harás cuando sea incómodo amarme. Cuando me enfade. Cuando no quiera perdonarte. Cuando te pida una verdad que te avergüence.

El rostro de Charles perdió el gesto ligero. La miró como si cada palabra encontrara un lugar preciso donde doler.

—Te diré la verdad. Aunque me deje mal. Aunque tenga miedo de perderte por ella.

Emma se puso de pie. El embarazo la obligaba a moverse con más cautela, pero la inquietud de sus manos no había cambiado. Dio dos vueltas por la habitación, rozando con los dedos el respaldo de una silla, la madera del escritorio, el borde de la cómoda.

—Estoy cansada, Charles —susurró—. Cansada de pensar que debo vigilar cada habitación, cada carta, cada vez que alguien pronuncia el nombre de Clare. Cansada de querer creer en ti y sentir que, si bajo la guardia, volveré a hacerme daño.

Él se levantó también, aunque no intentó tocarla.

—No tienes que vigilarme. No deberías tener que hacerlo nunca.

—Sean te necesita. Esta criatura también te necesitará. Y yo... —Emma apretó los labios, vencida por la verdad— yo también te necesito. Eso es lo que me enfurece. Que todavía te necesite.

La esperanza cruzó el rostro de Charles, pero no la confundió con perdón. Se quedó quieto.

—No me debes una vuelta a casa por necesitarme —dijo—. Ni me debes perdón porque yo haya aprendido tarde, quiero estar contigo. Quiero ser el hombre al que puedas llamar sin preguntarte qué oculta.

Emma alzó los ojos. Había cansancio en ellos, sí, pero también una ternura que no había desaparecido pese a todo.

—Yo tampoco hice todo bien —dijo—. Te castigué a propósito. Te hice sentir que no había lugar para ti, porque era más fácil herirte antes de que pudieras herirme otra vez.

—No pongas al mismo nivel tu miedo y mi traición —la interrumpió Charles, con una suavidad firme—. Pudiste ser cruel a veces; sigues teniendo derecho a haber estado herida.

La frase la detuvo. Emma bajó la mirada y una lágrima silenciosa le resbaló por la mejilla.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó.

—Lo que tú decidas. Pero, si me preguntas qué quiero, quiero que vuelvas. No como una mujer derrotada ni porque todos esperan que lo hagas. Quiero que vuelvas si podemos construir algo distinto: sin secretos, sin que nadie te haga dudar de tu lugar junto a mí, sin pedirte que dejes de ser tú.

—Tendremos condiciones —advirtió Emma, y por primera vez asomó una sombra de humor en su voz.

—Tendremos las que necesites.

—No más conversaciones privadas con Clare. Ni cartas, ni favores, ni silencios disfrazados de prudencia. Si ella intenta buscarte, me lo dices. Y no abandonaré mis visitas al hospital, ni mis escritos, ni mi vida por estar casada contigo.

—No te lo pediría y prometo que no habrá más secretos entre.

Charles tomó aire, como si la siguiente pregunta fuese más peligrosa que cualquier amenaza que hubiera enfrentado en Irlanda.

—¿Volverías a Longford conmigo? ¿Como mi esposa, pero también como Emma Sellers, con todo lo que eres?

Ella estuvo a punto de responder. Lo vio con una atención dolorosa: las pecas dispersas sobre el puente de su nariz, el cabello cobrizo desordenado por el viento del jardín, los ojos azules que, por una vez, no le exigían nada. Emma abrió la boca.

—Charles...

—¡Emma! ¡Charles!

La voz de Elizabeth subió desde la escalera con un quiebre de pánico. Charles se volvió de inmediato. Su prima apareció en el umbral sin sombrero, con los guantes mal puestos y el pecho agitado por una carrera que no había terminado.

—Es Gregory —dijo—. Ha salido armado. Habla de encontrar a un hombre y retarlo. No escucha a nadie.

Emma palideció.

—¿Por Clare?

Elizabeth asintió. La respuesta fue suficiente.

—¿Dónde está? —preguntó Charles, ya de camino a la puerta.

—En Bermont. Katherine intenta contenerlo, pero ha sido inútil. Dicen que el hombre con el que Clare se reunía es un tipo peligroso, un capitán de muelle o algo peor.

—Yo voy contigo —dijo Emma, tomándose del poste de la cama para incorporarse.

Charles se detuvo y volvió hacia ella. El miedo en su rostro no era condescendencia; era una súplica agotada.

—No. No porque no pueda necesitarte, sino porque esta vez necesito que te cuides. Estás embarazada, Emma, y esto puede ponerse feo. Quédate con Elizabeth. Te buscaré en cuanto sepa que Gregory está a salvo.

Emma quiso discutir. La antigua impulsividad le subió a la garganta; sin embargo, vio la urgencia en los ojos de él y recordó el peso de la vida que llevaba dentro.

—Vuelve —dijo, igual que había dicho en el campamento, aunque ahora su voz era menos desafiante y más vulnerable.

—Siempre volveré a ti.

Charles salió de la casa sin esperar el carruaje.

Corrió hasta Bermont, atravesando dos calles húmedas y un tramo de parque donde las ramas desnudas arañaban el cielo de Londres.

Cuando llegó, encontró a Gregory al pie de la escalinata principal, con el abrigo abierto, un estuche de pistolas en la mano y la mirada vacía de quien ya ha tomado una decisión terrible.

Katherine, Giorgiana y Annabella se mantenían cerca, sin atreverse a tocarlo. La abuela Violet observaba desde el vestíbulo con una mano sobre el pecho.

—Greg —llamó Charles.

Su hermano levantó el rostro. Había rabia, sí, pero debajo de ella había algo peor: una humillación tan honda que parecía haberle borrado el color de la piel.

—No te metas —dijo Gregory—. No es asunto tuyo.

—Eres mi hermano. Siempre será asunto mío si vas a salir con un arma para que alguien muera.

—Se fue —murmuró Gregory. Apretó el estuche hasta que los nudillos se le volvieron blancos—. Se fue sin despedirse de las niñas. Se fue con una maleta y una carta para mí, como si diecisiete años de vida compartida pudieran caber en un pedazo de papel.

Charles se acercó despacio.

—¿Sabes a dónde?

—A un pub del mercado. El cochero la siguió hasta que perdió el rastro. Hay un hombre. Eso dicen todos. Un marinero, un capitán.

—Gregory, no puedes ir allí a exigir un duelo. Eso no es honor. Es rabia, y la rabia no te devolverá nada.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que acepte que mi esposa se ríe de mí?

—Quiero que pienses en Renata, Lilian y Wendy. Ya bastante han perdido hoy. No las dejes también sin padre por una pelea ilegal con un hombre que quizá ni siquiera respete una regla.

Gregory miró hacia la ventana, donde se adivinaban las sombras de sus hijas al cuidado de una niñera. La furia no se apagó, pero vaciló.

—Dile que no vuelva a esta casa sin avisar —dijo al fin, con voz rota—. Dile que su abogado se pondrá en contacto con ella. Y dile que las niñas no son moneda para ninguna venganza.

—Se lo diré.

Gregory cerró el estuche de las pistolas con un golpe seco y lo dejó en manos de Katherine.

—No lo dejes solo esta noche —dijo Charles a su prima en voz baja—. Y alejen las armas. Si bebe, que no beba sin alguien cerca.

Katherine asintió. No hizo bromas. Esa ausencia de humor fue más alarmante que cualquier grito.

Con la dirección que le había dado el cochero, Charles pidió un caballo y cruzó Londres hacia las callejuelas cercanas al mercado. El aire olía a carbón mojado, vino derramado y pescado del río. Las lámparas de gas hacían brillar los charcos con un amarillo turbio.

La taberna no parecía una guarida de romance, sino un lugar de paso: marineros, cargadores y hombres que hablaban bajo para no ser oídos.

Charles desmontó, dejó el caballo al cuidado de un muchacho y empujó la puerta.

Varias miradas se volvieron hacia él. Un hombre se puso de pie demasiado deprisa.

Otro acarició, sin disimulo, la culata de un arma.

—Busco a Clare Donovan —dijo Charles, sin elevar la voz.

—¿Y tú quién eres para pedir nombres aquí? —gruñó alguien.

Antes de que la tensión creciera, un hombre de hombros anchos y ojos color miel atravesó el local. No vestía como un caballero, pero tampoco como un borracho. Llevaba el aplomo de quien mandaba allí sin necesidad de gritar.

—Déjenlo hablar —ordenó. Luego miró a Charles—. ¿Qué desea?

—A mi cuñada. Han dicho que estuvo aquí.

El hombre sostuvo la mirada con calma.

—Estuvo. Se marchó hace un par de horas. Y dejó esto para quien viniera a buscarla.

Sacó un sobre sellado del bolsillo interior de su abrigo. En el frente, con la letra contenida de Clare, estaba escrito: «Para Gregory».

Charles lo tomó, pero no rompió el sello.

—¿Se fue sola? —preguntó.

El capitán —porque eso parecía ser— sonrió apenas.

—No es mi costumbre contar los pasos de una mujer adulta. Y no es asunto suyo, aunque lleve un título.

Charles sintió que el enojo le tensaba la mandíbula. No dio un paso más. No podía convertir la desesperación de Gregory en otra violencia.

—Gracias por entregar la carta.

—No ha sido un placer, pero ha sido suficiente —repuso el hombre, llevándose un puro apagado a los labios—. Ahora váyase. Hay puertas por las que un caballero no gana nada al entrar.

Charles volvió a la calle sin responder. La neblina se espesaba sobre los tejados y el sobre pesaba más de lo que podía pesar un trozo de papel. En su interior podía haber una explicación, una despedida o una herida nueva para su hermano. No le correspondía leerlo.

Montó de nuevo. Mientras el caballo avanzaba hacia Bermont, pensó en Emma: en el «Charles...

» que ella no había llegado a terminar, en las condiciones que le había puesto, en la confianza frágil que apenas empezaba a ofrecerle.

Nada de lo ocurrido esa tarde podía usarlo como excusa para olvidarse de ella.

Primero entregaría la carta a Gregory. Después volvería con Emma, cumpliría su promesa y escucharía, por fin, lo que ella había querido decirle.