Siempre fuiste tú 33
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Clare caminaba por los corredores de Bermont con una serenidad que no sentía.

A su alrededor, la casa respiraba una vida prestada: puertas que se abrían y cerraban, risas de niños en los pisos altos, el tintinear lejano de una bandeja de té.

Nadie parecía reparar en ella. Después de varios días de visitas, conversaciones a media voz y planes familiares, aquella discreta desatención se había convertido en la única libertad que poseía.

No podía llamarse desdichada sin mentir.

Gregory era un hombre bueno; jamás la había humillado, jamás le había negado lo necesario, jamás había convertido la casa en un lugar de miedo.

Pero su bondad no bastaba para llenar los silencios.

Había temporadas en que él pertenecía tanto a sus tierras, a sus cuentas y a las obligaciones de su título que Clare sentía que ella y las niñas vivían a la orilla de una vida en la que nunca eran del todo convocadas.

Tampoco ayudaban las miradas. En Irlanda, cada visita de una dama mayor parecía traer consigo la misma pregunta, pronunciada o no: ¿cuándo llegará el hijo varón?

, ¿cuándo dará a la familia la seguridad de un heredero?

Genoveva había aprendido a disimular mejor sus exigencias y la abuela de Gregory, a suavizar sus palabras; aun así, Clare reconocía la compasión en el modo en que la observaban.

La compasión, podía herir con la misma precisión que el desprecio.

Emma no tenía la culpa de haber dado a Charles un hijo ni de ser recibida con entusiasmo por quienes la rodeaban.

Clare lo sabía. También sabía que aquella certeza no impedía el veneno pequeño y vergonzoso de la comparación.

Emma entraba a una habitación y las personas parecían recordar que era posible reír.

Francisco la trataba como a una hija. Gertrudis la reprendía como si fuera una nieta propia.

Incluso Genoveva, que no regalaba afecto a nadie, había empezado a buscarle la mano cuando hablaban de los niños.

Clare no la odiaba. La había querido demasiado tiempo para reducirla a una rival.

Pero le dolía mirarla y recordar todo lo que había perdido de sí misma intentando ser suficiente para otros.

Londres, con su neblina, sus carruajes y su multitud indiferente, le ofrecía al menos una ilusión: allí podía caminar sin que cada rostro conociera su historia.

Esa tarde dejó a las niñas con su nodriza, se envolvió en una capa de lana verde oscura y pidió un coche pequeño.

No llevaba las joyas que solía usar en las recepciones ni el sombrero florido que tanto le gustaba a Renata.

Solo un velo discreto, guantes grises y una inquietud que no conseguía aquietar.

El carruaje la dejó cerca de Covent Garden.

El mercado hervía de ruido: ruedas de carros sobre los adoquines húmedos, pregones, canastas de fruta, flores apiladas en cubos de agua y el olor mezclado de tierra, cáscara de naranja y carbón.

Entre los criados que compraban para las grandes casas, una mujer cubierta por un velo podía pasar desapercibida durante unos minutos.

Clare se aferró a esos minutos como si fueran un salvoconducto.

Caminó hasta una calle lateral donde la piedra conservaba el frío de la mañana.

Allí había una casa de bebidas de fachada estrecha, con un letrero gastado que apenas se leía desde la distancia.

Clare no entró por la puerta principal. Dio dos golpes suaves en una puerta lateral, esperó el roce de un cerrojo y desapareció dentro sin volver la vista.

No buscaba una aventura que la hiciera sentirse joven ni el escándalo por el escándalo.

Buscaba algo mucho más peligroso: la sensación de que alguien la veía sin pedirle que fuese esposa, madre, nuera o respuesta a una expectativa.

Cada vez que entraba allí se prometía que sería la última.

Cada vez salía con esa promesa más débil.

—¿La han visto? —susurró Katherine desde detrás de un puesto de manzanas y naranjas.

—La vi entrar —respondió Marinett, inclinándose apenas para mirar la puerta—. No sé qué hace una dama sola en una calle como esta.

—No saquemos conclusiones —dijo Annabella, aunque tenía el ceño fruncido—. Puede que haya venido a hablar de asunto privado.

—¿A una casa de bebidas escondida tras un mercado? —Giorgiana apretó los labios—. Gregory merece algo mejor que rumores.

Elizabeth miró a sus primas con inquietud. —Clare no es una desconocida. Y una mujer puede estar desesperada sin ser cruel. No sabemos nada todavía.

—Precisamente por eso no deberíamos estar aquí —dijo Marinett.

—Pues ya estamos —replicó Katherine—. Esperaremos a que salga.

Clare abandonó el local unos minutos después.

Caminaba con la cabeza baja y las manos escondidas en el pliegue de la capa.

No vio a las cinco mujeres cuando se ocultaron entre dos carros de verdura.

Tampoco vio que, al doblar la esquina, Katherine ya estaba avanzando hacia la puerta lateral con una decisión que ninguna de las demás alcanzó a detener.

—Kate, no entres —pidió Annabella, sujetándola por el brazo.

—Solo quiero saber con quién ha hablado. Si no hay nada, nos vamos y olvidamos esto.

—¿Y si sí hay algo? —preguntó Elizabeth.

Katherine no contestó. Empujó la puerta y entró.

El aire del interior estaba cargado de cerveza, madera húmeda y humo viejo.

No era un sitio para cinco mujeres de su posición, y todas lo supieron en el instante en que las conversaciones del salón bajaron de volumen.

Algunos hombres levantaron la mirada; otros fingieron no haberlas visto.

Detrás del mostrador, un tabernero de hombros anchos siguió secando un vaso sin mostrar sorpresa.

—Esto es una estupidez —murmuró Marinett, con la mano cerrada sobre el brazo de Annabella.

—Entonces no te alejes de mí —respondió Katherine, sin apartar los ojos del salón.

Un hombre se desprendió de la penumbra junto a la barra.

Era alto, vestía un abrigo oscuro de buen corte y tenía los ojos de un ámbar inusual, casi dorados bajo la luz amarillenta de las lámparas.

No parecía pertenecer del todo al lugar, pero se movía como alguien a quien nadie se atrevería a cuestionar.

—Señoritas —dijo con una inclinación leve—. Me temo que han tomado una puerta equivocada.

Elizabeth forzó una sonrisa. —Eso parece. Ya nos retirábamos.

—No exactamente —intervino Giorgiana antes de que nadie pudiera detenerla—. Buscamos a una mujer de cabello castaño, de mediana estatura. Salió hace un momento.

El desconocido la observó sin prisa. No había amenaza en su expresión, solo una calma que resultaba todavía más incómoda.

—La señora que describen ya se ha marchado —respondió—. Y no me corresponde explicar con quién habló ni por qué vino.

—Un matrimonio podría estar en peligro —dijo Katherine, incapaz de ocultar el ardor de la indignación.

El hombre dejó la copa sobre el mostrador. —Entonces harían bien en no convertir una sospecha en una sentencia. Las vidas no se arreglan con una cuadrilla de espías, por muy bien vestida que esté.

Giorgiana dio un paso hacia él, ofendida. —No somos espías.

—Me alegra oírlo. Porque los secretos que se persiguen por curiosidad casi siempre terminan devorando a quien los persigue.

Annabella, que había guardado silencio, tomó la mano de Giorgiana. —Vámonos. No tenemos prueba alguna y no ayudaremos a Gregory inventándole una desgracia.

Las cinco salieron con más prisa de la que habrían querido admitir. El murmullo de la taberna volvió a levantarse a sus espaldas. En la calle, el cielo de Londres se había vuelto color plomo y el mercado ya empezaba a recoger sus toldos. Ninguna habló durante varios pasos.

—No sabemos nada —dijo Elizabeth al fin.

—Sabemos que Clare esconde algo —respondió Katherine.

—No. Sabemos que Clare estuvo preocupada y que habló con alguien —corrigió Annabella—. Hasta que no exista algo más, no le debemos a Gregory una acusación. Le debemos prudencia.

Giorgiana no dijo nada. Le dolía pensar que la mujer de su primo pudiera buscar fuera de su matrimonio aquello que no encontraba dentro. Pero le dolía aún más que la culpa de Clare fuese ya tan visible que cualquiera pudiera aprovecharse de ella.

Al atardecer, Charles volvió a Bermont después de pasear con Emma y Sean por el parque.

Sean había perseguido hojas secas con la seriedad de un explorador, Emma había aceptado que Charles le acomodara la manta sobre los hombros y, cuando el niño se distrajo con un perro, ella incluso le permitió un beso rápido en la mejilla.

Para Charles, aquel gesto mínimo había sido una victoria silenciosa.

No porque creyera que lo perdonaba, sino porque empezaba a sentir que no le cerraba la puerta en la cara.

Subía los escalones del jardín cuando estuvo a punto de tropezar con Clare. Ella estaba sentada sola en un banco, con los guantes torcidos en el regazo y el rostro pálido. La misma mujer que en las cenas cuidaba cada gesto parecía deshecha por dentro.

—Clare —dijo Charles, deteniéndose a una distancia prudente—. ¿Te encuentras bien?

Ella soltó una risa breve, sin alegría.

—No. Y me temo que hace tiempo que no puedo responder que sí.

Charles se sentó al otro extremo del banco.

—¿Ha ocurrido algo con las niñas?

—No. Las niñas están bien. Gregory también. Ese es el problema: todos están bien y yo soy la única que parece incapaz de estarlo.

—No eres una mala persona por sentirte perdida.

Clare se volvió hacia él. Tenía los ojos húmedos y una vergüenza tan desnuda que Charles apartó la mirada un instante, no por indiferencia, sino para darle el pudor que ella parecía haber perdido.

—Soy una mala mujer, Charles. Por lo que le hice a Emma. Por haber dejado que Gregory viviera entre medias verdades. Por buscar consuelo donde no debía.

—¿Quién es? —preguntó él con cautela.

Clare cerró los ojos. —No importa quién sea. Importa que yo permití que entrara en mi vida cuando debía haber hablado con mi esposo, pedido ayuda o tenido el valor de admitir que estaba rota.

Hubo un silencio largo. En la casa, alguna puerta se cerró y el sonido de los niños llegó amortiguado desde el otro lado de los cristales.

—Charles —dijo ella al fin—, ¿todavía me quieres?

Él respiró hondo antes de contestar. —No de esa manera.

Clare se estremeció, aunque no pareció sorprendida.

—¿Alguna vez me quisiste?

Charles sostuvo la mirada sobre los setos oscurecidos del jardín.

—Creí que sí. Ahora sé que confundí demasiadas cosas: la costumbre, la rivalidad con Gregory, el deseo de que alguien me eligiera y el miedo de reconocer lo que sentía por Emma. Eso no te honra ni me honra a mí. Solo explica por qué hice daño.

—¿Dices que nunca fui amor?

—Digo que no supe amar bien. Y que te usé, aunque no fuera consciente de ello, como una respuesta a cosas que ni siquiera entendía de mí mismo. No quiero volver a esconderme detrás de esa confusión.

Clare apretó los labios.

—Siempre hablas de Emma con tanta facilidad.

—Porque al fin he dejado de negarlo. La amo. La amo desde hace más tiempo del que me atreví a admitir, y por eso mismo no puedo volver a sentarme contigo en secreto, ni ofrecerte palabras que te hagan esperar algo que no existe.

Ella miró sus manos.

—Es afortunada.

—No. No mientras yo siga dándole razones para desconfiar. Emma no ha ganado nada por mi arrepentimiento; yo todavía debo demostrarle que puede sentirse segura conmigo.

Clare levantó la vista, como si aquellas palabras le dolieran y le revelaran una posibilidad que nunca había considerado.

—¿Y yo qué hago con todo esto?

—Habla con Gregory. Busca a alguien que pueda ayudarte sin pedirte que te escondas. No tomes decisiones por miedo o desilusión. No le debes a nadie desaparecer para que los demás estén en paz.

—Puedo resolverlo —dijo, aunque su voz no sonó convencida.

—No tienes que resolverlo esta noche.

—Tal vez ya sea demasiado tarde para eso.

Caminó hacia la casa sin mirar atrás. Charles permaneció junto al banco, con una inquietud nueva clavándosele bajo las costillas.

Por primera vez entendió que la culpa de Clare no era solo un recuerdo incómodo entre ellos; era una puerta abierta a algo que ninguno de los dos alcanzaba todavía a ver.