Siempre fuiste tú 32
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Charles no había creído capaz de sentir celos de aquella clase.

No eran los celos fáciles, los que se resuelven con una broma entre hombres o con una copa demasiado llena, sino una punzada sorda que le subía por el pecho cada vez que veía a Emma reír con alguien más.

Se avergonzaba de ello. Después de todo lo que le había hecho, no poseía ningún derecho sobre su atención o su alegría.

La temporada londinense acababa de despertar de nuevo entre carruajes, salones iluminados y ramos de flores tempranas que perfumaban las entradas de las casas de Mayfair.

Emma, tras diez días de luto por Mary, había decidido volver a dejarse ver.

No lo hizo con ligereza ni con olvido: llevó un brazalete negro bajo el guante, guardó una cinta oscura entre los pliegues del vestido y, aun así, sostuvo la cabeza con la misma elegancia obstinada que tanto desconcertaba a quienes la conocían.

Estaba hermosa. No porque el embarazo la hubiera vuelto dócil o frágil —Charles sabía que nada en Emma se sometía tan fácilmente—, sino porque la vida le salía por los ojos.

Vestía seda color ciruela, de corte amplio y sobrio, y la curva ya visible de su vientre hacía que las damas mayores la miraran con ternura y que los jóvenes caballeros recordaran, demasiado tarde, que lady Longford no era una mujer a la que se pudiera tratar con superficialidad.

Charles se mantenía cerca sin invadirla.

Le ofrecía agua de jengibre cuando el salón se calentaba demasiado, buscaba una silla cuando alguien intentaba retenerla de pie y hacía callar, con una sola mirada, a cualquiera que insinuara que una mujer encinta debía encerrarse de inmediato en su habitación.

Para el resto de los invitados parecía el retrato de un esposo atento.

Emma, en cambio, lo miraba a veces como si hubiera adquirido un criado personal demasiado alto, demasiado pelirrojo y empeñado en obedecer órdenes sin que se las pidieran.

Aquella noche, mientras ella conversaba con una viuda joven sobre una novela francesa de moda, Charles se refugió un momento junto a sus primos.

William, James, Robert, Adam y Gregory se habían reunido cerca de una chimenea, con vasos de clarete y esa expresión de hombres que saben que tienen material suficiente para mortificar a los suyos.

—Mirad quién decidió concedernos unos minutos —dijo William al verlo aproximarse—. El conde de Longford, héroe de guerra, terror de sus soldados y recadero oficial de su esposa.

—No soy su recadero —repuso Charles, aunque al mismo tiempo se acomodaba la bandeja con dos galletas de avena y una taza de tisana que Emma le había pedido cinco minutos antes.

James levantó su copa.

—Entonces eres un hombre de una devoción singular.

—Es un hombre que por fin comprendió que las consecuencias no se discuten —dijo Robert, con la serenidad glacial que hacía que sus frases resultaran más afiladas de lo que eran.

Charles exhaló por la nariz, resignado. —Gracias, Robert. Tu compasión me sostiene.

—No pretendía ser compasivo. Pretendía ser preciso.

Adam observó a Emma al otro lado del salón. —Ella está en su derecho de hacerte trabajar. No por crueldad. Por memoria.

Gregory, que había guardado silencio, apoyó una mano en el hombro de Charles. —Y tú estás en tu derecho de demostrarle, con paciencia, que has entendido. No con discursos. Con hechos.

Charles asintió. Era exactamente lo que intentaba hacer.

Aun así, cada vez que veía a Emma sonreír a un hombre ajeno a la familia, algo pequeño y miserable se le apretaba por dentro.

Ella no coqueteaba; simplemente era Emma: viva, ingeniosa, generosa con quienes la escuchaban.

La culpa era suya por haber descubierto tarde lo insoportable que resultaba estar lejos de esa luz.

—¿Aún no has avanzado nada? —preguntó William, bajando la voz.

—No como quisiera.

—Eso significa que no te ha perdonado —dijo James.

—No, y no le pediré que lo haga antes de estar lista. —Charles miró hacia su esposa—. Lo único que deseo es que no piense que debe protegerse de mí para estar en paz.

William arqueó una ceja, pero no bromeó esta vez. —Bien. Esa es la primera frase sensata que te oigo decir en meses.

—El listón era bajo —murmuró Charles.

—Extremadamente bajo —confirmó Robert.

Al otro lado del salón, un caballero de cabellos castaños se inclinó para recoger un abanico que Emma había dejado caer.

Ella se lo agradeció con una sonrisa, y el hombre dijo algo que la hizo reír con la cabeza echada hacia atrás.

Charles se tensó por puro instinto; después se obligó a respirar.

No era un asunto suyo. La risa de Emma no era una deuda que le perteneciera cobrar.

—Ve con ella —ordenó William, divertido otra vez—. Antes de que inventes una tragedia nacional alrededor de un abanico.

Charles le dirigió una mirada, tomó la taza de tisana y cruzó el salón.

—¿Han terminado de convertirte en entretenimiento? —preguntó Emma cuando lo vio acercarse.

—Mis primos sostienen que mi caída moral es un asunto de interés.

—Me alegra que tengas apoyo —dijo ella con una dulzura tan inocente que Charles reconoció la burla antes de que terminara de hablar. Le entregó la taza. —¿Cómo te sientes?

Emma llevó una mano a su vientre y lo miró de lado. —Mejor que hace una hora. No me he desmayado, no he vomitado y no he asesinado a ningún caballero. Considero que es una velada exitosa.

—Es tarde. Podríamos volver a casa cuando quieras.

—No voy a desaparecer de una habitación cada vez que alguien teme por mí, Charles. El doctor me pidió descanso, no exilio.

—Lo sé. —Él bajó la voz—. No quiero esconderte. Solo quiero que estés cómoda.

Emma lo estudió durante un instante, como si tratara de encontrar la trampa en aquella frase. Después bebió un sorbo de la tisana y apartó la mirada. —Entonces deja de preguntarlo cada quince minutos.

—Haré el esfuerzo.

—Harás más que el esfuerzo.

Antes de que Charles pudiera responder, Katherine apareció a su lado y le arrebató la taza vacía de las manos. —Vete.

—¿Perdona? —Charles la miró con cansancio.

—Las mujeres necesitamos hablar con Emma. Tú necesitas dejar de rondar como un halcón culpable.

—No rondo.

—Rondas —intervino Elizabeth, acercándose con varias mujeres de la familia—. Y, francamente, lo haces con poca gracia.

Emma intentó no sonreír, pero la comisura de los labios la traicionó. Charles alzó ambas manos, vencido.

—No os tardéis demasiado. —Miró a Emma—. Si necesitas algo, estaré con los demás.

—No necesito que me vigiles —replicó ella, aunque su tono perdió parte de la aspereza.

—Lo sé. —Charles inclinó la cabeza y se retiró sin añadir nada más.

Las primas guiaron a Emma hacia un pequeño gabinete contiguo, apartado de la música y de los invitados más curiosos.

Allí había sillones bajos, una mesa con limonada, confites de violeta y un ramo de peonías que empezaba a inclinarse bajo el peso de las flores.

Emma se sentó con cautela. La fatiga le había llegado de pronto, silenciosa como siempre, y no quería dar a nadie el gusto de verla admitirlo.

Elizabeth se acomodó frente a ella. —No vamos a interrogarte por placer. Pero necesitamos preguntarte algo.

—Esa frase nunca anuncia nada bueno.

—¿Qué esperas de nosotras respecto de Charles y Clare? —preguntó Giorgiana con una franqueza que las demás parecieron agradecer.

Emma bajó los ojos hacia la taza. —Nada. No quiero que el problema se convierta en un bando familiar ni en una conversación de salón. Charles es vuestro primo. Clare es la esposa de Gregory. No os pediré que odiéis a ninguno por mí.

—No se trata de que nos lo pidas —dijo Katherine—. Se trata de que te queremos y no queremos actuar como si nada hubiese pasado.

—Ya pasó —respondió Emma, pero la respuesta le salió demasiado rápida, demasiado tensa—. Y ahora intento decidir qué hacer con ello.

Annabella le tomó la mano.

—Entonces no te obligaremos a decidir esta noche.

Alice, que hasta entonces había permanecido muy quieta, miró hacia la puerta antes de hablar. —He oído algo sobre Clare.

Todas volvieron la cabeza hacia ella.

—No sé si es cierto —se apresuró a añadir Alice—. Y no debería repetir rumores. Pero han sido demasiadas personas, en demasiados sitios, diciendo lo mismo.

—¿Qué cosa? —preguntó Emma, aunque la boca se le había secado.

—Que la han visto hablar con un hombre en un pasaje detrás de Covent Garden. No una vez. Varias. Siempre con discreción, siempre lejos de la vista de Gregory.

Giorgiana palideció. —Eso no significa que haya una aventura. Puede ser un asunto de negocios. Puede ser alguien que pide ayuda.

—Por supuesto —dijo Alice—. Puede ser cualquier cosa. Por eso no quería mencionarlo sin pruebas.

—Gregory no merece otra mentira —murmuró Marinett.

—Nadie merece una mentira —repuso Emma, y la frase quedó suspendida entre todas como una cuerda tensa.

Katherine se inclinó hacia delante. —¿La creéis capaz?

—Creo que está perdida —dijo Annabella con tristeza—. No es lo mismo, pero tampoco es poca cosa.

Emma sintió que el salón se volvía más estrecho.

La posibilidad de que aquel hombre fuese Charles se instaló en su pensamiento con una facilidad monstruosa.

No importaba que él estuviera casi siempre a su lado, no importaba que dijera que la amaba, no importaba que ella quisiera creerle.

La desconfianza no necesitaba pruebas para despertar: le bastaba una grieta.

—No voy a participar en esto —dijo, poniéndose de pie—. No quiero perseguir a nadie. No quiero enterarme de otra cosa que termine por destruir lo poco que queda.

—Nadie te pide que persigas a nadie —dijo Elizabeth con suavidad.

—Pero lo estáis pensando.

Katherine no negó. —Pensamos averiguar si el rumor es verdad antes de que se convierta en veneno. Sin irrumpir en ninguna casa, sin leer cartas ajenas y sin hacer una escena. Solo saber.

—¿Y si no queréis saber por Gregory? —preguntó Emma—. ¿Y si queréis saber por curiosidad?

La pregunta dejó a las mujeres en silencio. Katherine fue la primera en bajar la mirada.

—Tal vez haya una parte de ambas cosas —admitió—. Pero no queremos hacerte daño, Emma.

Emma respiró despacio.

—Entonces no me digáis nada hasta estar seguras. No rumores. No suposiciones. No más fantasmas.

Annabella asintió.

—Prometido.

Aunque no dijo que ayudaría, Emma entendió por las miradas compartidas que las primas no abandonarían el asunto.

La conocía demasiado bien: Katherine jamás toleraba una injusticia que pudiera llevar un nombre y Giorgiana no descansaría si pensaba que Gregory corría peligro.

Emma no tenía fuerzas para detenerlas. Tenía aún menos fuerzas para escuchar el resultado.

—Me voy a casa —dijo, antes de que alguien pudiera retenerla.

Charles la encontró en el vestíbulo, con el abrigo sobre los hombros y los dedos enguantados apretados alrededor del bolso. No le hizo preguntas delante de todos. Simplemente pidió el carruaje, ayudó a Emma a subir y se sentó frente a ella, dejándole la distancia que ella parecía necesitar.

Durante el trayecto, la ciudad desfiló detrás de los cristales: faroles húmedos, ruedas de coche sobre piedra, ventanas iluminadas que parecían pequeñas islas en la niebla. Emma no dijo una palabra. Charles tampoco. Cada pregunta le parecía una invasión, cada silencio una piedra más entre ambos.

Cuando el carruaje se detuvo frente a la casa de los Sellers, Emma permaneció sentada unos segundos.

—Charles —dijo por fin.

—Sí.

—¿Podrías quedarte en casa unos días?

Él se quedó inmóvil.

—¿Aquí?

—Aquí. En la casa. No quiero que salgas por las noches ni que desaparezcas sin decirme a dónde vas. No quiero encontrarme imaginando cosas cada vez que alguien pronuncia el nombre de Clare.

Charles no se defendió. No se ofendió.

—Puedo hacerlo.

Emma lo miró con desconfianza.

—¿Sin quejarte?

—No será un castigo si sirve para que puedas descansar. Y no voy a fingir que tu miedo es irracional cuando fui yo quien lo sembró.

Ella tragó saliva.

—No sé cuánto durará.

—No necesito una fecha. Solo necesito que me digas qué te hace sentir segura.

Emma apartó la vista. La respuesta más honesta era que no sabía si nada podía volver a hacerla sentir segura, pero no quiso decirlo.

—Esta noche quédate —murmuró—. En el salón. Sean está dormido arriba y… no quiero estar sola.

Charles suavizó la voz.

—Me quedaré.

—No pienses que es un triunfo.

—No lo pienso. Es una oportunidad de no fallarte esta vez.

Emma bajó del carruaje sin contestar. Charles la siguió hasta la puerta, pero se detuvo cuando ella se volvió hacia él.

—¿Por qué haces todo esto? —preguntó ella, casi en un susurro.

El rostro de Charles se quedó muy quieto. La noche le daba un aire cansado, más humano que el conde impecable que había cruzado el salón horas antes.

—Porque te amo, Emma. Y porque no quiero que el amor vuelva a ser una palabra que te lastime cuando viene de mí.

Ella sintió un escalofrío y, antes de que él pudiera leerlo en sus ojos, se giró hacia la puerta.

—Buenas noches, Charles.

—Buenas noches, mi vida.