Siempre fuiste tú 31
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Charles llegó a Bermont cuando el reloj del vestíbulo acababa de dar las tres.

La tarde londinense era de un gris opaco; la lluvia, todavía indecisa, oscurecía los cristales altos de la mansión y dejaba en el aire el olor mineral de las piedras mojadas.

Violet había citado a toda la familia a esa hora y, aun así, él había ido y venido desde la casa de los Sellers durante casi quince días.

Había prometido a Emma que no permanecería en Londonderry ni buscaría a Clare a solas.

Esta vez, una promesa no era una frase útil para calmarla: era la única clase de reparación que podía ofrecerle.

Visitaba a Sean a diario, jugaba con él en el jardín y aceptaba, sin protestar, que Emma estuviera presente en cada conversación, cada paseo y cada despedida.

Ella lo observaba con la cautela de quien ha visto una puerta cerrarse sobre sí demasiadas veces.

Charles la comprendía. No había derecho a exigirle confianza cuando él mismo había sido quien la quebró.

Y aunque echaría de menos quedarse a solas con su hijo, no se le ocurriría usar al niño como una manera de obligar a Emma a acercarse.

Sean no era una llave para abrir ninguna puerta; era su hijo, y también el de ella.

Hablaban poco. Casi siempre de la salud de Emma, de los mareos, de las comidas que conseguía tolerar o de las nuevas palabras que Sean inventaba.

Charles se marchaba de aquellas visitas con la impresión de que su esposa estaba a una distancia absurda, como si la tuviera ante los ojos y, sin embargo, perteneciera a otro país.

Extrañaba sus noches, la costumbre de sentirla dormida junto a él, el peso confiado de su cuerpo cuando el sueño la vencía.

Más que tocar el vientre que crecía bajo los vestidos de luto, deseaba que Emma volviera a permitirle estar cerca sin tensarse.

—¡Tío Charles!

La voz lo sacó de sus pensamientos. Blake Collingwood apareció al final del corredor con un libro bajo el brazo y una expresión de triunfo.

Era alta, de cabello oscuro y ojos azules, con la misma elegancia peligrosa de Katherine y la misma calma estratégica de Adam.

A diferencia de su hermano Adrien, Blake no necesitaba levantar la voz para que la gente hiciera lo que ella quería.

Bastaba con que inclinara la cabeza y formulara una pregunta como si ya conociera la respuesta.

—Blake —saludó Charles, besándole la frente—. ¿Dónde se ha escondido el resto de la tribu?

—No lo sé. Busco a Sophia y a Ashlyn desde hace diez minutos, pero parecen haber desaparecido en una cortina o debajo de algún sofá. —Lo miró con descaro afectuoso—. ¿Y la tía Emma?

—Con su familia.

La muchacha guardó silencio un instante, observándolo con una atención demasiado adulta para su edad.

—¿Sigue enfadada contigo?

Charles soltó una breve risa sin humor.

—Tiene razones para estarlo.

—Cómprale joyas —propuso Blake—. Funciona todo el mundo.

—Con Emma no, a ella no se la recupera con una caja de terciopelo.

—Entonces es de las que piensan —dictaminó—. Qué complicado.

—No tienes idea.

—¿Flores?

—Las agradecería, pero no harían la diferencia.

—¿Cartas?

Charles la miró con más seriedad.

—Tal vez. Acciones, sobre todo. Emma quiere saber que puede creer lo que digo antes de escuchar otra palabra bonita.

Blake asintió lentamente, como si la respuesta tuviera algún valor que ella pensaba conservar para más tarde.

—Eso me parece justo. —Después sonrió—. Y tú, tío, te ves muy viejo cuando te pones tan trágico.

—Gracias por tu compasión.

—De nada. Es mi don.

Charles se rio de verdad aquella vez. Se inclinó a su altura, aunque Blake ya no era una niña pequeña, y le acomodó con cuidado un mechón de cabello detrás de la oreja.

—No te apresures en crecer.

—No prometo nada —respondió ella, con una dulzura que no lograba engañarlo—. Pero puedo fingirlo mientras te convenga.

En el fondo del pasillo, un reloj dio otro cuarto de hora.

Charles recordó por fin dónde debía estar.

Se despidió de Blake con una caricia breve en la cabeza y siguió hacia el antiguo salón de estudio del abuelo.

La puerta de roble estaba cerrada; al abrirla, encontró una estancia demasiado silenciosa.

No había risas, ni quejas, ni el tintinear de copas.

Solo el crujido del fuego y el olor oscuro del cuero viejo.

Violet estaba sentada en el sillón más cercano a la chimenea, recta a pesar de los años, con una carpeta de documentos sobre las rodillas. A su alrededor se encontraban Katherine, Elizabeth, Annabella, Marinett y Giorgiana; también sus esposos, Gregory y Clare. Ninguno parecía dispuesto a bromear.

—Vaya —dijo Charles, intentando aliviar el ambiente—. Qué reunión tan animada.

—Llegas tarde —repuso Violet, sin severidad, pero sin sonreír.

—Media hora. Creí que sobrevivirían.

—No se necesita más tiempo para que una noticia cambie el aspecto de una casa —dijo Elizabeth, con los brazos cruzados.

Charles dejó de sonreír. Tomó asiento junto a Gregory y miró la carpeta de cuero.

—¿Qué ocurre?

Violet pasó los dedos por el borde de las hojas antes de hablar.

—Se trata del ducado de Bermont y de la propiedad vinculada a él.

El silencio se volvió más denso.

—El abuelo dejó previsto, en las cartas de creación y en el fideicomiso de la familia, quién debía sucederle si su línea directa no producía un heredero varón. Ustedes conocen esa cláusula; quizá no quisieron recordarla.

—¿Existe de verdad alguien con mejor derecho que nosotros? —preguntó Katherine, con la incredulidad teñida de furia.

—No mejor derecho —corrigió Violet—. Un derecho distinto, establecido antes de que ninguno de ustedes naciera. El heredero de la rama Hillenburg es Calder Hillenburg.

Charles frunció el ceño.

—¿El nieto de la hermana del abuelo?

—El mismo. Su madre murió hace años; su padre lo apartó de la familia cuando era joven.

El abuelo se ocupó de que recibiera educación y una renta modesta.

Calder estudió un tiempo en los Estados Unidos y después se dedicó al comercio.

Según las cartas que me han llegado, ha hecho fortuna por sí mismo entre Boston, Nueva York y varios puertos europeos.

—¿Y ahora decide venir a reclamar lo que no ha cuidado nunca? —preguntó William.

—Ahora viene a asumir lo que legalmente le corresponde —dijo Violet, sin elevar la voz—.

No ha sido una decisión repentina, ni un despojo.

Bermont fue suyo desde el momento en que el abuelo dispuso la sucesión; yo solo he conservado la casa y las tierras mientras él terminaba su formación y elegía volver.

—Esta es tu casa —dijo Elizabeth, apretando la mandíbula.

La abuela levantó la vista hacia ella. Por un instante, la tristeza le suavizó el rostro.

—Ha sido mi hogar, no es lo mismo, hay una propiedad en Canterbury a mi nombre, una casa luminosa que vuestro abuelo escogió para mí cuando aún creíamos que tendríamos una vejez tranquila y aburrida. Viviré allí. No voy a quedar abandonada ni sin techo, Lizzy.

—Canterbury está demasiado lejos —murmuró Katherine.

—Está a una jornada de tren, querida. No en la luna.

Annabella tomó aire, como si tratara de encontrar una frase razonable antes de perderla por completo.

—¿Y quién es exactamente Calder? Porque, con todo respeto, nadie aquí lo conoce.

—Tiene veintidós años —contestó Violet—. Es joven, sí. También es el tipo de joven que ha sostenido su propio negocio, que habla tres idiomas y que no ha pedido nada a esta familia desde que aprendió a valerse por sí mismo.

—Eso no significa que sepa cuidar Bermont —dijo Gregory.

—Ni que no sepa hacerlo —replicó la abuela—. Os pido que no lo juzguéis antes de verlo cruzar esa puerta.

—No lo llamaremos usurpador delante de él, al menos —dijo Charles, seco.

—Charles.

—He dicho que no lo llamaremos delante de él.

Algunas sonrisas aparecieron pese a la tensión. Violet dejó escapar un suspiro cansado; conocía demasiado bien a sus nietos para esperar obediencia inmediata. Cerró la carpeta, pero no la apartó de sus manos.

—Hay algo más. Calder llegará al final del verano. Antes de tomar posesión formal, desea conocer a la familia y revisar las cuentas con los administradores. Le he respondido que será recibido con cortesía.

—Cortesía —repitió Katherine—. Qué generosos somos.

—Y también le he dicho que esta no es una casa de hostilidades. Ni él viene a comprarnos afectos ni vosotros vais a perder vuestro lugar como familia por la llegada de un primo.

Giorgiana, que había permanecido callada, alzó una ceja.

—Abuela, llevas toda la tarde dando vueltas alrededor de algo. ¿Qué más has pensado?

Violet sonrió con una chispa de travesura que todos reconocieron demasiado tarde.

—He pensado que sería inteligente permitir que los jóvenes de la familia se conozcan. Nada de compromisos. Nada de acuerdos hechos sobre la cabeza de nadie. Pero tampoco voy a fingir que las alianzas familiares carecen de importancia en nuestro mundo.

Katherine se puso de pie de golpe.

—No. No vas a convertir a mi hija en una pieza de tu tablero.

—Jamás lo haría —dijo Violet, firme—. Blake decidirá por sí misma, como también lo harán Sophia, Aine, Ashlyn y cualquier otro muchacho o muchacha de esta casa. Solo os pido que no les enseñéis a despreciar a un hombre antes de conocerlo por el apellido que trae.

—Mi hija no está disponible para que nadie la considere una posibilidad —insistió Elizabeth, protectora.

—Y nadie la ha considerado así. Respira, Elizabeth. No he enviado anillos ni anunciado bodas.

—Aún —murmuró William.

La abuela le lanzó una mirada reprobatoria.

—No me ayudes, William.

—No lo intentaba.

Mientras los adultos discutían, al otro lado de la puerta se había formado una conspiración mucho más ruidosa.

Ashlyn tenía una oreja pegada a la madera; Sophia y Blake se inclinaban junto a ella; Adrien fingía que solo pasaba por allí, y Archibald, sentado contra la pared con un libro abierto, hacía esfuerzos visibles por no escuchar.

—Dicen que la abuela se va —susurró Ashlyn, con los ojos enormes.

—Y que un primo estadounidense se quedará con Bermont —añadió Blake.

—No estadounidense —corrigió Archie sin levantar demasiado la voz—. Hillenburg. Estudió allí, no nació allí. Además, el ducado no era de la abuela. Ella vivía aquí por derecho de viudez y por la cláusula de administración.

Adrien lo miró con una mezcla de fastidio y admiración.

—¿Por qué sabes tanto de todo?

—Porque leo.

—Qué respuesta tan insoportable —dijo Sophia.

Blake volvió a acercar el oído a la puerta.

—También están hablando de que el hombre tiene veintidós años.

—¿Es guapo? —preguntó Sophia con interés inmediato.

—No pueden estar hablando en serio —masculló Archie, cerrando el libro—. Nadie sabe cómo es.

—Podría ser encantador —dijo Ashlyn.

—O un arrogante con bigote —repuso Adrien.

—Los bigotes no convierten a nadie en arrogante —dijo Sophia.

—No los mejoran —dictaminó Archie.

—¿Y si nos quiere casar a alguna? —preguntó Ashlyn, más alarmada que divertida.

Blake giró hacia sus primas y la expresión juguetona se le apagó.

—Entonces diremos que no. ¿No?

Hubo un breve silencio. Sophia asintió primero.

—Claro que sí. Yo no pienso casarme con nadie porque unos adultos hayan decidido que es conveniente.

—Nadie te obligará —dijo Archie, con un tono más grave.

—¿Y tú qué harás, primito? ¿Desafiar a un duque? —Blake le sonrió.

—Desafiaría a quien fuera por mi hermana.

Adrien dejó escapar una risa.

—Eso sí quiero verlo.

—También es mi hermana, idiota.

—Y mi prima —repuso Archie—. No te robes todo el mérito.

Un crujido de la puerta hizo que todos se dispersaran con una velocidad poco digna.

Ashlyn desapareció detrás de una cortina; Sophia corrió escaleras arriba; Adrien se alejó silbando con torpeza.

Blake permaneció apenas un segundo más, lo suficiente para oír la voz de Katherine al otro lado de la puerta.

—No aceptaré que alguien les siembre ideas a mis hijas.

—No hará falta sembrarles nada —respondió Violet—. Las muchachas tendrán ojos, juicio y voluntad propios. Y, por favor, no me hagas parecer una conspiradora cuando solo estoy intentando evitar que esta familia reciba a Calder con los cuchillos afilados.

Blake miró a Archie. Él fingió volver a leer, pero la expresión de ambos había cambiado. Ya no era solo una historia absurda de adultos: alguien desconocido estaba a punto de entrar en la casa que todos habían dado por eterna.

Dentro del estudio, Charles se quedó de pie junto a la ventana.

La lluvia había comenzado por fin; resbalaba en hilos finos sobre el jardín de Bermont.

Pensó en Emma, en Sean, en el bebé que ella protegía con tanta fiereza.

Las casas podían cambiar de dueño; los títulos podían obedecer escrituras antiguas y decisiones de muertos.

Pero una familia no era únicamente una herencia.

Era aquello que uno elegía cuidar cuando todo lo demás empezaba a moverse.

—Abuela —dijo por fin—, cuando Calder llegue, le daremos la bienvenida. Pero no le permitiré que te trate como si fueras una invitada en tu propia vida.

Violet lo miró con ternura.

—Eso, querido Charles, es todo lo que necesito escuchar.

Afuera, el cielo de Londres se cerró sobre Bermont. Y, por primera vez, la llegada de Calder Hillenburg dejó de parecer una incomodidad lejana. Se convirtió en una promesa de cambio que ninguno de ellos podría ignorar.