30 #2
—No confundas una puerta entreabierta con un perdón.
—No lo haré.
Charles dio un paso atrás.
—Me quedaré en casa de Katherine mientras estén aquí.
Emma frunció el ceño.
—¿Por qué no en casa de la abuela Violet, con los Bermont?
—Porque Clare estará en Londonderry. Y no quiero que se te ocurra que busco estar cerca de ella.
La explicación le produjo un dolor extraño. Era una concesión. Un acto de cuidado. Pero también le recordó que Clare existía en cada rincón de esa historia.
—No tienes que organizar tu vida entera alrededor de lo que yo sospecho -dijo, agotada.
—No la estoy organizando alrededor de tus sospechas. La estoy organizando alrededor de lo que quiero reparar.
Emma bajó la mirada.
—Eso llevará tiempo.
—Tengo tiempo —respondió Charles—. Y pienso usarlo bien.
No intentó besarla. No intentó tocarle las manos. Solo inclinó la cabeza y se despidió con una calma que le pareció más dolorosa que cualquier súplica.
—Hasta mañana, lady Donovan.
—Hasta mañana, Charles.
Él salió.
Emma permaneció en medio del salón, con Sean dormido en sus brazos y la carta de Mary abierta sobre el sofá.
Su cuerpo reaccionaba a la presencia de Charles con una crueldad que le daba rabia: el calor que había dejado su voz, el recuerdo de sus manos, la parte de ella que quería pedirle que no se fuera.
Pero la otra parte, la que había aprendido a sobrevivir sola, todavía temblaba al pensar en confiar.
—No deberías cargarlo, hija.
La voz de su padre la hizo girar. Él acababa de entrar al salón, más despacio que antes. Emma no alcanzó a responder cuando él se acercó y, con una delicadeza que no esperaba, tomó a Sean de sus brazos.
—Yo lo llevo a tu habitación —dijo—. Descansa un poco.
Emma lo miró, desconfiada.
—¿Sabes cuál es mi habitación?
El rostro de su padre se suavizó.
—La primera al final del pasillo. Junto a la ventana donde escondías tus cuadernos para que nadie leyera tus historias.
Emma no respondió. El recuerdo era demasiado preciso.
Lo dejó pasar.
Cuando volvió a estar sola, se dejó caer en el sofá y apoyó una mano sobre el vientre. Había pasado toda la mañana pensando en Mary, en Charles, en su padre, en las cosas que podían perderse sin aviso. Casi había olvidado que dentro de ella crecía otra vida.
—¿Quieres té? -preguntó su madre desde la puerta.
—No. Solo quiero pensar.
Su madre se sentó a su lado, sin tocarla hasta que Emma, por voluntad propia, dejó caer la mano sobre la suya.
—Mary estaba muy feliz con Frederick -dijo al cabo de un rato.
Emma levantó la cabeza.
—¿Quién era exactamente? ¿Dónde vive? ¿La amaba de verdad?
Su madre sonrió apenas.
—Era mensajero del telégrafo. Solía traer recados a la casa y acabó visitando más de lo que su trabajo exigía. Se conocían desde niños. Él la amó mucho, Emma. La cuidó sin tratarla como una carga. Va cada día al cementerio, a la misma hora.
—¿A qué hora?
—A las seis.
Emma miró hacia la ventana. La tarde empezaba a teñirse de violeta.
—Quiero hablar con él.
—Lo harás cuando estés preparada. No tienes que convertir hoy en una carrera de despedidas.
Emma asintió, aunque no estaba segura de poder esperar. Quería saber qué había visto Frederick en Mary. Quería oír de su boca que ella se había reído, que había elegido las cortinas de aquella casa pequeña, que había vivido algo más que enfermedad y prudencia.
—Charles también estuvo pendiente de la boda —añadió su madre con cuidado—. Lady Gertrudis lo ayudó a enterarse. Las Bermont se ocuparon de la ceremonia. No fue un favor pequeño.
Emma cerró los ojos.
—No lo convierte en inocente.
—No. Pero muestra que no es solo el hombre de la peor noche de tu matrimonio.
—¿Y qué hago con eso?
Su madre tardó en responder.
—Lo que tú decidas. No voy a decirte que una esposa debe volver porque el mundo lo espera.
El mundo puede ser despiadado con una mujer que se separa, sí; especialmente cuando hay títulos, hijos y dinero de por medio.
Pero no quiero que vivas con Charles por miedo a los comentarios ni por conveniencia.
Solo quiero que no confundas libertad con obligarte a no necesitar a nadie.
Emma la observó con cautela.
—Antes no hablabas así.
—Antes pensaba que la supervivencia bastaba. Ahora sé que sobrevivir sin afecto también puede parecerse a morir despacio.
Las dos guardaron silencio.
—Él puede volver a herirme -dijo Emma al fin.
—Sí.
—Puede mentirme. Puede elegir a otra persona. Puede fallarme de una forma que no pueda perdonar.
—También puede elegir no hacerlo -repuso su madre-. Pero esa decisión es suya, no tuya. La tuya será observar, poner condiciones, cuidar de ti y decidir hasta dónde puede entrar en tu vida.
Emma miró la carta de Mary.
—¿Crees que haya cambiado?
Su madre no respondió enseguida. Sabía que una mentira no serviría.
—Creo que ha hecho cosas que un hombre indiferente no haría. Creo que te ama. Y creo que amar no basta si no aprende a ser digno de tu confianza.
Emma soltó el aire. Era una respuesta incómoda, pero honesta.
—No sé si puedo creerle todavía.
—No tienes que hacerlo hoy.
Afuera, sus hermanos seguían mirando el cielo. El día se apagaba sobre los tejados mojados y, desde la habitación del fondo, llegó el murmullo somnoliento de Sean.
Emma llevó una mano a su vientre y la otra a la carta de Mary.
No tenía respuestas. No tenía un perdón. No tenía siquiera la certeza de saber qué quería.
Pero tenía tiempo. Y, quizá por primera vez, estaba dispuesta a usarlo sin huir de sí misma.