28
—No entiendo por qué teníamos que partir esta misma mañana —dijo Emma.
No miraba a Charles cuando habló. La frente descansaba contra el cristal frío de la berlina y, al otro lado, la campiña irlandesa corría bajo una llovizna gris: muros de piedra cubiertos de musgo, prados de un verde tan profundo que parecían guardar su propio resplandor, chimeneas bajas exhalando un humo de turba que el viento deshilachaba entre los setos.
El camino hacia Kingstown descendía lentamente hacia el mar.
Emma llevaba un vestido de merino negro, sobrio hasta la severidad, con el cuello y las mangas guarnecidos de crespón mate.
El velo, recogido sobre el pequeño sombrero, le rozaba las mejillas cada vez que la carroza se sacudía.
Aún no se acostumbraba a aquella negrura.
Le parecía que todo el mundo podía verla vestida de luto y, al mismo tiempo, que nadie alcanzaba a ver lo único que de verdad importaba: el hueco abierto detrás de sus costillas, la ausencia de Mary en el mundo.
Charles la observó durante un instante. Había aprendido, con los años, que el dolor de Emma tenía dientes cuando se sentía acorralado. No intentó tocarla de inmediato.
—Porque tu madre nos espera —respondió con suavidad—. Porque no debes pasar otra noche lejos de ella.
—Podría haber pasado una vida entera sin volver a oír esa frase —murmuró Emma.
A Charles le cambió el gesto. La mano que descansaba sobre su rodilla se cerró despacio.
—Lo sé.
Emma volvió la cara hacia la ventana. El cristal empañado le devolvió una sombra pálida, de ojos verdes demasiado abiertos.
En el reflejo también vio a Sean, sentado sobre sus piernas, ajeno a la gravedad de los adultos; tenía una migaja de pan pegada al abrigo y los rizos encendidos como cobre bajo la luz apagada de la mañana.
—¡Mamá! —exclamó el pequeño, estirando un dedo redondo hacia los juncos de una zanja—. ¡Mira el pajarito!
Cerca del agua, un martín pescador abrió las alas de un azul intenso y fugaz. Fue apenas un relámpago sobre el gris, una llamarada pequeña que desapareció antes de que Emma pudiera parpadear.
—Sí, mi cielo —dijo ella, abrazándolo con cuidado—. Es precioso.
Sean la miró, satisfecho de haberle mostrado aquel prodigio.
—¿Azul como mis ojos?
La risa de Charles fue leve, casi agradecida.
—No hay nada azul en Irlanda que no quiera competir con tus ojos.
El niño pareció considerar la afirmación con toda la seriedad de sus pocos años. Después apoyó la mejilla contra el pecho de su madre.
Emma cerró los ojos un instante.
Mary había tenido siempre una forma particular de encontrar belleza en las cosas pequeñas.
Habría dicho que el pájaro era demasiado hermoso para un día tan feo; habría insistido en que el azul se veía más vivo porque el cielo estaba triste.
Emma casi pudo oír su voz, clara y burlona, y aquella cercanía inventada le hizo daño.
Abrió los ojos de golpe.
—¿Te sientes mal? —preguntó Charles.
—Estoy embarazada, de luto y a punto de cruzar el mar de Irlanda —repuso ella—. Escoge una respuesta que te parezca convincente.
Charles inclinó la cabeza, aceptando el golpe sin defenderse.
—¿Quieres que le pida al médico que te dé algo para el mareo antes de embarcar? —ofreció amablemente.
Emma lo miró como si acabara de proponerle que bebiera veneno.
—Nada de brebajes del boticario.
—Son medicinas, Emma.
—Para mí son cosas extrañas que no pienso poner en mi cuerpo. Cuando esperaba a Sean aprendí a dominar los mareos.
Charles bajó la mirada hacia el vientre aún discreto de su esposa, apenas redondeado bajo el abrigo negro. La tristeza no había conseguido borrar por completo la ternura de su semblante.
—¿Y sobrevivirá nuestra hija?
Emma levantó la barbilla. Por primera vez aquella mañana, la sombra de una sonrisa se dejó ver en su boca.
—Nuestra hija es más obstinada que yo.
—¿Ya has decidido que será una niña?
—Solo una niña podría pelearme tanto sin haber nacido.
—¿Y en qué lugar dejas a nuestro hijo?
Emma miró a Sean. El niño parecía concentrado en contar las gotas de lluvia que se perseguían por el vidrio.
—En uno al que todavía puedo dominar.
—¿Como a mí?
—Exactamente como a ti.
Charles fingió meditarlo con gravedad. Luego se inclinó hacia ella, apoyando un codo sobre la rodilla.
—Mi amor, puedes hacer conmigo lo que se te antoje. Probablemente conseguirás que yo crea que fue idea mía.
El calor le subió a Emma hasta las mejillas, un calor incongruente, casi ofensivo, en medio de la pena que llevaba encima. Lo notó él; lo notó ella. Durante un segundo ninguno apartó la mirada.
—Más te vale —murmuró.
Charles soltó una carcajada baja. Emma quiso guardar aquel sonido.
Quiso envolverlo con el olor a cuero húmedo de la berlina, con el peso tibio de Sean sobre sus piernas, con la visión del paisaje irlandés que se alejaba detrás de ellos.
Desde que Mary murió, todos los momentos felices le parecían frágiles, como una copa de cristal sostenida con demasiada confianza sobre el borde de una mesa.
—Papá —dijo Sean—, tengo sed.
Charles se volvió hacia él enseguida.
—Lo siento, hijo. En cuanto lleguemos al puerto te daré agua.
—La quiero ahora.
Emma bajó la mirada. No era habitual que Sean usara aquel tono, pero los últimos días habían desordenado las costumbres de todos.
Había demasiados adultos hablando en susurros, demasiadas visitas que le revolvían el cabello y le ofrecían dulces para que no hiciera preguntas.
El niño no comprendía la muerte; solo comprendía que el mundo había perdido su manera habitual de girar.
Charles no alzó la voz.
—Los muchachos buenos no hablan así a sus padres. ¿Crees que te negaría agua si la tuviera?
Sean frunció el ceño. Luego bajó la vista.
—No. Pero tengo mucha sed.
—Lo sé. Y, por eso, te la daré en cuanto podamos bajar.
El niño mordió su labio inferior, avergonzado.
—¿Estás enojado conmigo?
Charles miró a Emma. Ella arqueó las cejas con una expresión que, aun triste, decía con claridad: ahora te toca a ti. Él tomó a Sean por los costados y lo sentó sobre sus propias piernas.
—No estoy enojado —le explicó, acomodándole el cuello del abrigo—. Escucha, pequeño. Vas a equivocarte muchas veces, como todos. A veces dirás cosas que no debes y otras harás daño sin querer. Pero siempre podrás venir a mí. Siempre.
Los ojos azules de Sean se alzaron hacia los de su padre.
—¿Aunque me equivoque mucho?
Charles le besó la frente.
—Aunque te equivoques mucho.
Emma apretó las manos sobre la falda. La respuesta le pareció tan hermosa que le dolió.
Mary no había tenido la oportunidad de equivocarse más; no tendría otro verano, ni otra discusión absurda, ni otra ocasión para volver a casa y decir que lo sentía.
La muerte no era solo la ausencia de una persona. Era la mutilación de todos sus futuros.
Al doblar la última curva, Kingstown apareció entre la bruma.
El puerto hervía de movimiento bajo un cielo bajo y plomizo.
Mozo tras mozo pasaba con baúles, sombrereras y maletas de cuero; marineros de rostro curtido tensaban cabos brillantes de lluvia; damas con velos sujetos bajo la barbilla protegían sus faldas del viento mientras los caballeros, enfundados en abrigos oscuros, procuraban que nada alterara la apariencia de su compostura.
Más allá, el vapor correo esperaba junto al muelle, con las paletas medio ocultas y una columna de humo negro que olía a carbón, sal y hierro caliente.
Sean abrió la boca con asombro.
—¡Barco!
—Sí, campeón —dijo Charles, estrechándolo contra sí—. Y lo verás de cerca, pero no pondrás la mano donde no debes.
Emma descendió de la berlina con una lentitud que no quiso admitir.
Sus botas tocaron el adoquín mojado y el estómago se le cerró de inmediato.
No era únicamente el bebé. Era el recuerdo de otros viajes, del mar desordenando el cuerpo, del sabor ácido en la garganta, de la indignidad de no poder sostenerse en pie sin ayuda.
Charles se detuvo al verla vacilar.
—¿Emma?
Ella respiró hondo. El olor del puerto le llenó los pulmones: sal, lana mojada, pescado, carbón. Por un momento, el mundo pareció inclinarse bajo sus pies.
—Estoy de maravilla —dijo, cerrando los ojos—. Llevar a una mujer embarazada y de luto a un vapor: una idea espléndida.
El rostro de Charles se suavizó. Con la mano libre le apartó un mechón de la sien, húmedo de llovizna.
—No te habría traído si no creyera que debías estar con los tuyos.
—Lo sé —respondió Emma, y aquella vez no había ironía en su voz—. Lo sé. Solo… no quiero llegar.
Charles la miró con una tristeza que ella tuvo que apartar los ojos.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo.
—No me pidas que me deshaga aquí, delante de la mitad de Irlanda.
—Jamás te lo pediría.
Ella dejó escapar el aire por la boca. Después apoyó la cabeza un momento contra el hombro de Charles. El abrigo de él olía a humo y a jabón, a ese aroma limpio que desde siempre le había hecho sentir que había un lugar adonde volver.
—Prométeme que no me dejarás sola en el camarote.
—No te dejaré sola.
—Sean no se quedará quieto ni un minuto. Mucho menos si descubre que Renata y Lilian han viajado también.
—Entonces nos quedaremos los tres contigo.
Charles alzó un poco el brazo con el que sostenía al niño.
—¿Verdad, campeón? Cuidaremos de mamá.
Sean negó con una decisión inmediata.
—No. Yo quiedo jugar.
La sonrisa de Emma apareció, pequeña y exhausta.
—No se le da bien obedecer.
—Lo ha heredado de ti.
—Qué alivio. Al menos ha heredado algo bueno.