27 #3
—Déjame terminar —dijo él, con calma—. Sabía que Charles evitaba Irlanda porque aquí vivíamos nosotros.
Sabía que tú, Clare, estabas sola más de lo que yo quería admitir.
Y pensé, equivocadamente, que tenerlos cerca obligaría a mi hermano a mirar la realidad: que una ilusión antigua no podía sostenerse frente a una vida verdadera.
Charles abrió la boca, pero Gregory levantó una mano.
—No te traje para que traicionaras a nadie. No te di permiso para besar a mi esposa ni para hacer de Emma una cubierta. Eso fue decisión tuya, de ambos. Pero sí forcé una situación que nunca debí forzar. Pensé que conocía a mi familia mejor de lo que la conocía.
Charles bajó la cabeza.
—No es tu culpa.
—No —dijo Gregory—. Pero es mi obligación reconocer mi parte.
El silencio se hizo pesado, pero no hostil. Era un silencio distinto al de los secretos: uno en el que por fin nadie intentaba esconderse detrás de una excusa.
—Siempre quisiste a Emma —continuó Gregory—.
Antes de casarte con ella. Antes de regresar a Irlanda.
Lo vi cuando alguien se burlaba de ella y tú perdías la paciencia; cuando se lastimó y fuiste el primero en aparecer; cuando otro hombre quiso cortejarla y tú fingiste que no te importaba mientras no podías dejar de mirarlo.
Charles se frotó la frente.
—No sabía lo que quería.
—Lo sé. A veces es más fácil enamorarse de una idea imposible que admitir que la persona que tienes delante puede cambiarte la vida.
Charles pensó en Emma dormida, abrazada a la manta. Pensó en su risa, en sus enfados imposibles, en la forma en que había pedido que se quedara sin permitirse pedir mucho más. Todo lo que tenía de ella era demasiado precioso para volver a tratarlo como algo seguro.
—La amo —dijo, sin mirar a ninguno de los dos—. Y he hecho cosas que le dan razones para no creerme. Pero voy a seguir intentándolo. No para que me perdone pronto. Para que, algún día, pueda mirarme sin esperar que la lastime.
Gregory lo observó durante un largo instante. Luego asintió.
—Eso es lo único sensato que te he escuchado decir en años.
—Qué conmovedor.
—No te acostumbres.
Charles se puso de pie. Ya no quería estar en aquel despacho. Necesitaba volver con Emma, pedir que llamaran al doctor, sentarse a su lado y dejar que el dolor llegara como tuviera que llegar. No podía apartarla de él. No podía arreglar la muerte de Mary con una promesa. Pero podía quedarse.
—Voy con ella.
Clare dio un paso hacia él.
—Charles.
Él se detuvo, sin mirarla.
—No vuelvas a poner a Emma en la posición de dudar de ti por una conversación que no puedes terminar. Ni de mí. Nada de reuniones a solas, ni de secretos, ni de puertas cerradas.
Clare asintió.
—No volverá a suceder.
Charles salió sin esperar una respuesta adicional.
Al regresar a la habitación, encontró las velas apagadas y el cuarto sumido en una oscuridad azulada. Emma estaba de lado, de espaldas a la puerta. Por un instante pensó que dormía. Se quitó las pantuflas y se acercó con cuidado, pero ella habló antes de que pudiera recostarse.
—Tardaste.
Charles cerró los ojos.
—Sí.
—¿Qué era tan urgente?
No había reproche en la voz de Emma. Había cansancio. Y quizá el deseo de creer que él haría aquello que había prometido: decir la verdad, incluso cuando la verdad fuera horrible.
Charles se sentó en el borde de la cama.
—Recibimos una carta de tu madre.
Emma se incorporó apenas. El sueño se le borró del rostro.
—¿De mi madre?
—Sí.
El silencio que siguió tuvo una forma precisa.
Emma lo miró y algo en sus facciones cambió antes de que él encontrara las palabras.
Tal vez fue la culpa en su mirada. Tal vez el hecho de que no hubiese encendido una vela.
Tal vez solo el instinto cruel de quien conoce demasiado bien a la persona que tiene enfrente.
—Es Mary —dijo ella.
Charles no respondió de inmediato. Se acercó, pero no la tocó.
—Emma...
—¿Es Mary? —repitió, esta vez con un hilo de voz.
Él asintió.
La respiración de Emma se quebró. No gritó. No se movió. Sus manos buscaron la manta, una y otra vez, como si necesitara aferrarse a algo que no pudiera desaparecer.
—¿Murió? —preguntó.
Charles sintió que la pregunta le atravesaba el cuerpo.
—Sí. Hace dos semanas.
Emma soltó el aire de golpe. Luego se dobló hacia adelante, abrazándose el vientre. Charles extendió una mano, pero se detuvo a mitad del movimiento.
—¿Quieres que te sostenga? —preguntó, con la voz rota.
Ella no contestó. Durante un segundo interminable, él creyó que lo echaría de la habitación. Después, Emma tomó su camisa con ambas manos y apoyó la frente contra su pecho.
Charles la rodeó con cuidado. No intentó tranquilizarla con promesas que no podían cumplirse. Solo sostuvo su cuerpo mientras ella lloraba por su hermana, por los años perdidos, por todas las veces que había querido escribirle y no encontró las palabras.
—Lo siento —murmuró él—. Lo siento tanto.
Emma apretó más la tela de su camisa. El llanto no cedió, pero tampoco lo apartó. En el corredor, alguien había enviado ya por el doctor. En la habitación, sin embargo, solo existían el temblor de Emma, el brazo de Charles alrededor de ella y el vacío inmenso que Mary había dejado al marcharse.
Por primera vez en mucho tiempo, Charles no intentó llenar ese vacío con una solución. Se quedó allí, exactamente donde Emma le había permitido estar.