Siempre fuiste tú 27 #2
84%

27 #2

Él reconoció a Clare antes de que la puerta se entreabriera.

—Clare —dijo, en voz baja—. ¿Qué sucede?

Ella no entró.

Sostenía una vela que dibujaba sombras cansadas en su rostro.

—Ven al despacho de Gregory. Él está conmigo. Es urgente.

Charles miró a Emma. Seguía dormida, aunque el ceño se le había fruncido un poco al oír voces.

—¿Está bien Gregory?

—Sí. Nadie está herido. Pero no puede esperar a la mañana.

Charles no quería moverse. Sabía lo que aquel cuadro podía parecer si Emma despertaba: Clare en la puerta, él saliendo detrás de ella, un secreto que se echaba a andar con pasos suaves por el pasillo. Todo lo que debía evitar. Emma abrió los ojos antes de que él pudiera decidir.

—¿Qué ocurre? —preguntó, todavía somnolienta.

Charles se incorporó lo suficiente para que ella lo viera.

—Clare dice que hay un asunto urgente. Gregory está en su despacho. No sé de qué se trata.

Emma miró hacia la puerta. Clare bajó la vista, incómoda.

—¿Te vas a ir con ella? —preguntó Emma.

—Voy a ir a ver qué sucede. Pero no voy a ocultarte nada. Cuando vuelva, te diré exactamente de qué se trata.

La mirada de Emma se volvió más nítida. Por un segundo, Charles temió que le pidiera quedarse. Habría elegido quedarse. Pero ella soltó la camisa que había sujetado entre los dedos y asintió despacio.

—Ve. Y regresa.

—Regreso.

Charles besó su frente. Luego se acercó a la puerta y habló con Clare sin bajar del todo la voz.

—No vuelvas a venir a esta habitación de noche si no es una emergencia. Emma no merece sentirse amenazada por una sombra en el umbral.

Clare palideció, pero asintió.

—Tienes razón.

El despacho de Gregory estaba iluminado por una sola lámpara de aceite. Olía a coñac, cuero y papeles viejos. Gregory permanecía de pie junto al escritorio, con un sobre abierto entre las manos; Clare estaba a un lado, pálida y con los ojos enrojecidos.

—Más vale que esto sea importante —dijo Charles.

Gregory no se ofendió.

—Lo es.

Le entregó primero una carta con el sello de Bermont. Charles reconoció la letra firme de lady Violet incluso antes de abrirla.

—Violet quiere que todos los primos se reúnan en Bermont cuanto antes —explicó Gregory—. Habla de asuntos familiares y de la administración de algunas propiedades. Insiste en que estés presente.

Charles leyó el texto a toda prisa.

—Eso puede esperar unas semanas. Emma no está en condiciones de viajar y no voy a abandonar a mi familia por una reunión.

—Estoy de acuerdo —dijo Gregory—. Esa no es la razón.

Clare tomó el segundo sobre. Tenía el borde gastado, como si hubiese pasado por demasiadas manos antes de llegar a Londonderry.

—La carta viene de la madre de Emma —dijo.

A Charles se le heló el pecho.

—¿Qué ha pasado?

Clare tragó saliva.

—Mary murió hace dos semanas.

El despacho quedó en silencio.

Charles miró el sobre, luego a Clare, luego a Gregory.

Fue incapaz de entender las palabras durante varios segundos.

Mary. La muchacha que había acompañado a Emma en los días más difíciles, la hermana que siempre aparecía con una observación aguda y una ternura silenciosa.

Mary, que había cargado con una vida difícil sin perder el sentido del humor.

—¿Cómo? —preguntó al fin.

—La carta no da muchos detalles —respondió Gregory—.

Dice que su salud empeoró de manera repentina.

La familia no supo cómo localizar a Emma cuando ella partió con Raj y luego fue al campamento.

La primera carta llegó tarde a Longford; después la enviaron aquí, pensando que Clare sabría dónde encontrarla.

Charles apoyó las manos sobre el escritorio. El sonido de su respiración se volvió áspero.

—¿Y cuándo la recibieron?

Clare cerró los ojos.

—Esta tarde.

—¿Y esperaron hasta ahora para decírmelo?

—Esperamos a que Gregory regresara —contestó ella—. Y porque no sabíamos cómo acercarnos a Emma sin ponerla en peligro. El doctor dijo que debía evitar sobresaltos.

Charles levantó el rostro. No gritó, pero su voz fue más dura.

—Un médico puede recomendar prudencia. No puede pedirnos que le robemos a una mujer el derecho a saber que su hermana ha muerto.

Gregory asintió con gravedad.

—Tienes razón. Ninguno de los dos quiere ocultárselo. Solo queríamos que fueras tú quien lo hiciera. Y que no estuviera sola cuando lo supiera.

Charles dejó caer el peso sobre una silla.

Por un momento no fue general, ni conde, ni el hombre que tenía respuestas para sus tropas.

Fue apenas el esposo de Emma, consciente de que, de todas las personas que podían sostenerla al recibir aquella noticia, él era quizá la que menos merecía su confianza.

—Voy a decírselo esta noche —dijo.

Clare abrió los ojos.

—Charles, quizá deberías esperar hasta el amanecer. Podríamos llamar al doctor Dellrie. Que esté cerca, por su embarazo.

—No la voy a dejar despertar mañana en una casa donde todos saben algo que ella ignora. Pediré que el doctor venga, sí. Pero no le mentiré ni una hora más.

Gregory se acercó y le puso una mano en el hombro.

—Hazlo con calma. Ella necesitará que le digas lo que sabes y que no intentes salvarla del dolor con frases vacías.

Charles soltó una risa amarga.

—Estoy aprendiendo que las frases vacías son lo único que sé decir cuando tengo miedo.

Clare lo miró con una tristeza menos egoísta que otras veces.

—También tienes que decirle que puede odiarte todo lo que quiera y que aun así no te vas a ir.

Charles levantó la vista. No respondió. No quería que Clare tuviera razón en nada, pero la tenía.

Gregory se sirvió un poco de coñac, aunque no bebió.

—Hay otra cosa que debo decirte antes de que vuelvas con Emma.

—¿Qué más podría faltar?

—Que sé lo de Clare.

Charles se quedó inmóvil.

—¿Desde cuándo?

Gregory soltó el aire por la nariz, con una sonrisa sin alegría.

—Desde antes de que tú creyeras que lo ocultabas bien. No todo. No cada detalle. Pero sí lo suficiente.

Clare se sentó despacio en uno de los sillones, como si aquella conversación le pesara sobre los hombros.

—Gregory...