27
Emma había recibido del doctor una lista de recomendaciones que, a sus oídos, sonaban como una condena elegante: descanso, comidas a horas regulares, menos trayectos en carruaje, nada de permanecer de pie durante demasiado tiempo y, sobre todo, ninguna emoción que hiciera trabajar de más a su corazón.
Había escuchado cada palabra con la espalda recta y una mano sobre el vientre. Luego había asentido, había prometido obedecer y, al volver a Londonderry, se había encerrado en su habitación como si el mundo entero fuese una escalera demasiado empinada.
Tres semanas después, aquella decisión le pesaba tanto como el miedo.
No era que el médico hubiera ordenado su encierro.
No le había prohibido leer junto a la ventana, ni conversar con Sean, ni tomar el aire en la terraza si el día era tibio.
Emma había sido quien convirtió la prudencia en una prisión.
Permanecía bajo las mantas durante horas, con un libro abierto sobre el regazo y los ojos recorriendo la misma línea sin retener una sola palabra.
A veces sostenía la pluma. A veces manchaba el papel de tinta. Pero no lograba escribir nada.
La habitación olía a lavanda, a cera de vela y a la lluvia que golpeaba el cristal.
Antes, aquel cuarto le había parecido un lugar hermoso; ahora le resultaba silencioso hasta el exceso.
Era demasiado grande para una sola persona y demasiado pequeño para todos los pensamientos que la perseguían.
Se llevó una mano al vientre, donde la vida apenas empezaba a dibujarse bajo la tela del camisón.
—No voy a fallarte —dijo—. Aunque me vuelva loca al intentarlo.
Por la tarde, Sean entró en la habitación con el paso vacilante de quien sabe que ha hecho algo prohibido, pero confía en que una sonrisa bastará para negociar el castigo. Llevaba un soldadito de madera en una mano y, en la comisura de los labios, una sombra oscura que solo podía ser chocolate.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó Emma, sin apartar la vista del niño.
Sean escondió las manos detrás de la espalda.
—Nada.
—Eso nunca es una buena respuesta cuando viene de ti.
El niño se acercó al lecho y apoyó la barbilla en el borde del colchón. Sus rizos rojizos le caían sobre la frente; sus ojos azules, tan parecidos a los de Charles, brillaban de satisfacción.
—Secreto.
La palabra le apagó la sonrisa a Emma.
Secretos. Durante demasiado tiempo, una sola palabra podía abrirle una herida.
Secretos entre Charles y Clare; secretos que todos parecían haber entendido antes que ella; secretos pronunciados en voz baja para evitar el escándalo, como si el silencio volviera inocente a quien lo elegía, pero Sean no tenía culpa de nada.
Era un niño pequeño, con chocolate en la boca y un ejército de madera escondido bajo la camisa.
—¿Un secreto? —repitió, procurando no endurecer la voz.
—No mentira —aclaró él, con suma seriedad—. Secreto.
Emma soltó una risa breve, a pesar de sí misma.
—Entiendo. Entonces no voy a preguntarte quién te dio chocolate antes de la cena.
El niño abrió los ojos, alarmado por la generosidad.
—¿No?
—No. Pero mañana tendremos una conversación con el culpable. Una conversación larga. Y quizá sin postre.
—¡No!
—Así aprende un hombre a medir las consecuencias de sus actos.
Sean trepó a la cama y se acurrucó junto a ella, todavía con el soldadito atrapado entre los dedos.
Emma lo rodeó con un brazo y cerró los ojos.
El olor a jabón, lana y cacao le devolvió por un instante una paz sencilla.
No había una guerra en el pasillo, ni cartas sin abrir, ni una cuñada al otro lado de la casa.
Solo Sean, tibio y pesado contra su costado, respirando con confianza absoluta.
Esa noche Charles llegó tarde. Había pasado la jornada entre la correspondencia de las tierras, una reunión con Gregory y varias visitas a hombres que aún se recuperaban de los enfrentamientos de los meses anteriores.
Cuando entró, no traía uniforme ni espada; solo una bata oscura sobre el camisón y el cabello aún húmedo de la ducha.
Se detuvo en el umbral, como siempre hacía desde que Emma había comenzado a marcar sus límites con más claridad.
—¿Puedo pasar? —preguntó.
Emma estaba recostada, con una novela cerrada sobre el pecho. Sean había sido llevado al cuarto de los niños hacía poco, después de exigir una segunda historia y luego una tercera.
—Ya estás dentro de mi habitación.
—No es lo mismo.
Ella lo miró. Había aprendido a notar cuándo Charles decía algo por costumbre y cuándo lo decía porque, de verdad, quería corregirse. Aquella pregunta le pertenecía a la segunda clase.
—Pasa —respondió, más bajo.
Charles cerró la puerta sin hacer ruido. Se acercó al lecho, pero no se sentó hasta que ella hizo un gesto hacia el borde del colchón.
—¿Cómo te has sentido hoy?
—Cansada.
—¿Comiste algo?
—Una sopa, pan y una conversación muy enérgica con Sean sobre los peligros del chocolate clandestino.
—Eso explica por qué Francisco ha estado sospechosamente silencioso desde la cena.
Emma arqueó una ceja.
—¿Fue tu padre?
—No he dicho eso.
—No hacía falta. Sean es incapaz de guardar un secreto de azúcar.
Charles sonrió, pero la sonrisa se fue apagando cuando la miró con más atención. Emma tenía sombras bajo los ojos; los dedos se movían inquietos sobre la cubierta del libro.
—No has escrito hoy —dijo.
—¿Ahora revisas hasta mis plumas?
—No. Solo te conozco.
Emma quiso responder con una burla, pero no tuvo fuerza. Miró hacia el fuego bajo de la chimenea y tragó saliva.
—No quiero que te vayas todavía.
Charles se quedó inmóvil.
—¿Quieres que me quede?
Ella asintió sin mirarlo.
—No tengo ganas de estar sola esta noche.
La expresión de Charles cambió con una delicadeza que la desarmó. No se mostró victorioso, ni demasiado contento. Solo tomó aire y aflojó los hombros, como si aquella confianza, pequeña y frágil, fuese algo que debía sostener con cuidado.
—Me quedo —dijo—. Todo el tiempo que quieras.
—No hagas de esto una costumbre.
—No prometeré eso.
Emma lo miró, ofendida por principio, pero una sonrisa involuntaria le torció la boca.
Charles se sentó más cerca. No la tocó todavía.
—¿Vas a decirme qué ocurre de verdad?
—Ya te dije. Estoy cansada.
—Sí. Pero no es solo eso.
Emma bajó la mirada. Durante días había ensayado respuestas para cualquiera que le preguntara.
El bebé. El cansancio. La falta de apetito.
El miedo a caer enferma. Ninguna explicaba por qué le costaba respirar cuando escuchaba la voz de Clare en el pasillo, ni por qué se quedaba quieta cuando Charles salía de la habitación, como si una parte de ella esperara verlo caminar hacia otro sitio.
—No quiero verlos juntos —dijo al fin.
Charles tardó un instante en comprender.
—¿A Clare y a mí?
—Sí. No quiero bajar, cruzarme con ella en el comedor y después ver cómo tú apareces por una puerta o le dices algo al oído.
Sé que parece una tontería. Sé que todos creen que debería superarlo porque ya me dijiste que todo terminó.
Pero no puedo fingir que no pasó. No quiero estar pendiente de cada mirada.
La voz se le quebró. Emma apretó los labios con rabia, como si el llanto fuese una traición de su propio cuerpo.
—No es una tontería —dijo Charles, muy despacio.
Ella levantó el rostro, desconfiada.
—No me digas que soy fuerte. No me digas que debo salir de estas cuatro paredes para demostrarlo. Estoy cansada de que ser fuerte signifique soportar todo sin que nadie se dé cuenta.
Charles inclinó la cabeza. La culpa le cruzó el rostro sin defensas.
—No iba a decirte eso.
—Lo has dicho antes.
—Lo sé. Y estaba equivocado. Ser fuerte no es obligarte a mirar algo que te ha herido, ni guardar silencio para que otros se sientan cómodos. No tienes que probarme nada, Emma.
Ella parpadeó. Las lágrimas se acumularon, pero esta vez no las evitó.
—Entonces, ¿qué se supone que hago?
—Hoy, nada —respondió él—. Hoy descansas. Mañana, si quieres, salimos solo tú, Sean y yo. O te quedas aquí y hacemos que te traigan el té al salón azul. O me echas de esta habitación y no vuelvo hasta que me llames. Dime qué necesitas, aunque sea algo pequeño.
Emma se limpió una mejilla con el dorso de la mano.
—Necesito que te quedes esta noche.
—Me quedo.
—Y que me abraces.
Charles no se movió de inmediato.
—¿Puedo?
Ella asintió.
Él se quitó la bata, apagó una vela y se recostó a su lado, dejando entre ambos el espacio suficiente para que Emma decidiera cuánto acercarse.
Fue ella quien giró de costado y buscó su pecho con la espalda.
Charles la rodeó por la cintura con un brazo suave, sin apretarla, y apoyó la mejilla sobre su cabello.
—Gracias —murmuró Emma.
—No tienes que darme las gracias por quedarme contigo.
—Aun así.
El silencio que siguió no fue incómodo. Afuera, la lluvia había cesado y el castillo respiraba con los ruidos mínimos de una casa antigua: una tabla que crujía, una corriente de aire en la chimenea, el repique distante de un reloj.
Emma fue relajándose poco a poco. Su espalda dejó de estar rígida contra el cuerpo de Charles; los dedos que mantenía junto al vientre se aflojaron sobre la manta.
—Charles.
—¿Sí?
—No vuelvas a irte sin decirme la verdad.
Él cerró los ojos.
—No lo haré.
—Aunque la verdad sea horrible.
—Sobre todo entonces.
Emma no respondió. Solo se acomodó un poco más cerca. Charles permaneció despierto más tiempo del que esperaba, vigilando la respiración de su esposa, no porque creyera que se rompería, sino porque era la única cosa en el mundo que le importaba más que dormir.
Fue cerca de la medianoche cuando oyó pasos en el corredor.
Se tensó al instante. No quería despertar a Emma. Había conseguido que conciliar el sueño le tomara más de una hora y sabía que cualquier sobresalto la devolvería a la inquietud.
Los pasos se detuvieron frente a la puerta. Tocaron dos veces, con la prudencia de quien conoce la gravedad de una interrupción nocturna.
—Charles —susurró una voz al otro lado—. Charles, por favor.