26 #3
—Buenos días, señor Hoftar. ¿Cómo amaneció?
—Con menos dolor, lady Emma. El té que hacen aquí sigue siendo un crimen, pero uno aprende a sobrevivir.
—Me alegra que sus prioridades estén claras.
Mientras revisaba el vendaje, Hoftar miró de reojo a Charles, que conversaba con un joven enfermero sobre una lista de provisiones.
—¿Es él? —preguntó el hombre en voz baja.
—Depende de a quién se refiera.
—El conde. El del uniforme. El que todos llaman Demonio cuando creen que no escucha.
—Escucha —dijo Charles desde atrás—. Pero he oído cosas peores.
Hoftar se quedó pálido. Emma alzó las cejas hacia su marido.
—Podrías intentar no aterrorizar a los pacientes.
—No estaba aterrorizado —aseguró Hoftar con poca convicción.
Charles se acercó, se inclinó hasta quedar a la altura del hombre y le extendió la mano para saludarlo.
—Charles Donovan. Espero que se recupere pronto, señor Hoftar.
—S-sí, milord. Gracias.
—Lady Emma me cuenta que sigue las indicaciones mejor que algunos oficiales. Eso ya es una hazaña.
Hoftar sonrió por primera vez. Charles se irguió, y Emma lo observó caminar hacia otra cama para ayudar a un enfermero con una bandeja de cuencos. No sabía que podía moverse por un hospital sin intentar gobernarlo todo. O quizá sí lo sabía y nunca había querido verlo.
Una hora más tarde, Emma estaba en el patio interior, repartiendo sopa a quienes podían sentarse al aire libre. Charles hablaba con dos veteranos junto a los rosales. Una enfermera joven, Jillian, se acercó a él con un rubor evidente y una sonrisa demasiado ensayada.
Emma no oyó las primeras palabras, pero vio la expresión de Charles: amable, distante, incómoda. Jillian le ofreció mostrarle el invernadero de plantas medicinales. Charles miró hacia Emma antes de contestar.
—Le agradezco, señorita, pero he venido a acompañar a mi esposa.
Jillian siguió la dirección de su mirada. Emma levantó la cuchara, saludando desde la mesa.
—No se deje engañar, Jillian —dijo con tono inocente—. Mi marido parece muy distinguido, pero suele pasar más tiempo discutiendo con mapas que disfrutando de una conversación.
Charles cerró los ojos un instante.
—Lady Emma.
—Estoy ayudando a la señorita a tomar una decisión informada.
Jillian se puso roja hasta las orejas.
—Yo no pretendía...
—Lo sé —dijo Emma, con gentileza—. Es una broma. No se alarme.
Charles se acercó a ella cuando Jillian se retiró con una reverencia.
—¿Te estás divirtiendo a mi costa?
—Un poco.
—Es cruel.
—Has sobrevivido a cosas peores.
Él bajó la voz.
—Y no me interesa ninguna otra mujer.
La ligereza del momento se quebró.
Emma dejó la cuchara sobre la mesa.
—No digas cosas que después tengas que demostrar.
—Entonces déjame demostrarlas.
Ella lo miró. En sus ojos había una mezcla imposible de ternura y cautela. Charles dio un paso más cerca, pero se detuvo.
—¿Puedo besarte? —preguntó.
Emma sintió que el aire se volvía escaso. Miró a los pacientes, a las enfermeras, al patio entero. Después señaló con la barbilla el corredor lateral, donde una hiedra cubría parte del muro.
—Aquí no.
Charles la siguió sin decir nada. Ya bajo la sombra de la hiedra, lejos de las miradas, Emma apoyó una mano en el pecho de él.
—Uno —advirtió.
—Uno —repitió Charles.
El beso fue breve, suave y deliberado. No hubo prisa, ni presión, ni la sensación de que una caricia podía arrastrarla hacia algo para lo que no estaba preparada. Cuando se apartó, Charles no intentó retenerla.
—Gracias —dijo él.
—No lo conviertas en una costumbre.
—Haré mi mejor esfuerzo por merecer otra ocasión.
Emma sonrió antes de que una punzada de cansancio le hiciera cerrar los ojos. Charles lo notó de inmediato.
—¿Te duele?
—No. Solo estoy cansada de estar cansada.
—¿Quieres sentarte?
—Sí. Pero no pongas esa cara. No me estoy muriendo.
—No pondría esa cara si de vez en cuando me permitieras ayudarte antes de que llegues al límite.
—Voy a considerarlo como una sugerencia razonable.
La enfermera Olga apareció por el pasillo, buscando a Emma.
—Lady Emma, el doctor Dellrie pregunta si puede verla un momento. Quiere comentar sus análisis y el plan de descanso.
Emma inhaló despacio. Charles se tensó.
—¿Quieres que entre contigo? —preguntó él.
La respuesta le pareció enorme para una pregunta tan sencilla. Emma se llevó los dedos al borde de la manga. Durante demasiado tiempo había llevado todo sola; ahora no sabía si permitir compañía era un riesgo o una forma de volver a respirar.
—No hoy —dijo—. Pero espera aquí.
Charles asintió.
—Aquí estaré.
Emma dio unos pasos, luego se volvió.
—Charles.
—¿Sí?
—Gracias por preguntar.
Él no sonrió con triunfo. Solo inclinó la cabeza, con una ternura que le resultó insoportable.
—Gracias por responder.
Emma entró al consultorio con la espalda recta y una mano protegida sobre el vientre.
Al otro lado de la puerta, Charles se sentó en el banco del corredor, aún con el abrigo sobre los hombros, y esperó.
Por primera vez desde que había regresado, no trató de alcanzarla.
Solo se quedó donde ella le había pedido que estuviera.