Siempre fuiste tú 26 #2
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26 #2

Emma dudó. Estaba acostumbrada a la soledad de sus recorridos, al silencio de la carroza, a escoger a quién atendía sin que nadie la vigilara.

Pero también le resultaba casi imposible decir que no cuando Charles la miraba de aquella forma: sin exigencia, sin juego, como si esperara de verdad su respuesta.

—Puedes venir. Pero no porque necesite escolta.

—Lo sé. Iré porque quiero estar contigo.

—Veremos cuánto te dura el entusiasmo cuando huelan a ungüento de alcanfor y sopa de cebada.

—He sobrevivido a un campamento de barro. Creo que podré con una sopa.

Emma se levantó. Aún le faltaba aire, pero no iba a permitir que lo notara. Charles dio un paso como si fuera a sostenerla; se detuvo antes de tocarla. Ella lo observó y, sin saber por qué, esa contención le dolió más que una caricia.

—No me voy a romper —dijo.

—No pienso que seas frágil. Solo quiero saber si necesitas algo.

—No sé pedirlo.

—Entonces practicaré esperar a que lo hagas.

Subieron al piso superior para que Emma cambiara su vestido de mañana por uno de lana azul ceniza y un abrigo ligero.

Charles la siguió hasta el pasillo, pero no entró a la habitación hasta que ella le hizo un gesto con la cabeza.

Ese detalle, tan pequeño, le resultó más desconcertante de lo que debía.

Mientras Emma se quitaba los pendientes frente al espejo, Charles permaneció cerca de la puerta, apoyado contra la madera.

—Gregory me felicitó hace un momento —dijo con cautela.

Emma dejó inmóvil una mano junto al cabello.

—¿Por qué habría de felicitarte?

—Porque mi madre, que no tiene talento para conservar una alegría dentro de sí, supo que estabas esperando otro bebé y se lo dijo. Gregory creyó que yo ya lo sabía.

Emma se volvió despacio.

—No lo sabías.

—No. Y no me alegra que me haya llegado por una conversación ajena. Me habría gustado que viniera de ti, cuando estuvieras lista.

—No estaba lista.

—Lo entiendo.

—No, no lo entiendes. Todo el mundo se entusiasma con un bebé hasta que es mi cuerpo el que se marea, el que se cansa, el que tiene que sentir miedo de que algo salga mal. Yo apenas podía creerlo. No quería que nadie lo convirtiera en una noticia de salón.

Charles bajó la mirada, luego volvió a buscarla.

—Tienes razón. No debió suceder así. Y no voy a pedirle al médico que me informe de nada. Quiero que me cuentes tú lo que quieras contarme, y cuando quieras hacerlo.

Emma lo estudió. Había aprendido a desconfiar de los discursos bonitos; Charles podía ser encantador con una facilidad irritante, pero aquella vez no parecía estar intentando ganar.

Parecía, sencillamente, avergonzado.

—Estoy de pocas semanas —dijo al fin—. El médico quiere que descanse. Dice que he estado demasiado alterada y que eso no ayuda.

—¿Te sientes mal ahora?

—Cansada, a ratos mareada y de mal humor, por si no te percataste.

Una sonrisa leve rozó la boca de Charles.

—He notado lo último. Me alegra que conserves algunas cosas.

Emma quiso replicar, pero terminó sonriendo también.

—No te confíes.

—Jamás.

En la escalera encontraron a Gregory, todavía con el abrigo de montar y una línea de polvo en los hombros. Abrazó a Charles con fuerza; el gesto tenía algo contenido, como si ambos supieran que en años anteriores habían dejado demasiadas cosas sin decir.

—Me alegra verte, hermano —dijo Gregory.

—Y a mí verte en una pieza.

—Los periódicos dicen que la agitación se ha reducido. Que las patrullas se retirarán pronto de los pueblos del norte.

—Eso espero. Quedan tensiones y mucha gente herida, pero al menos ya no hay combates abiertos.

Gregory asintió. Luego miró a Emma con una calidez que ella siempre le agradecía.

—Felicidades, querida. Cuídate.

Emma se puso colorada, irritada consigo misma por ello.

—Gracias, Greg.

Charles no miró a Clare ni buscó excusas. Simplemente se colocó al lado de Emma, no demasiado cerca, pero de un modo claro. Gregory pareció entender el gesto.

—¿Van a la ciudad? —preguntó.

—Emma va al hospital. Yo la acompaño.

—Entonces no los detengo. Y Emma… no te sobre esfuerces.

—Todo el mundo está conspirando para encerrarme en una cama.

—Hasta que aprendas que descansar no es rendirse —dijo Gregory.

La carroza los esperaba frente al pórtico. Frank, el cochero, sostuvo la puerta con una sonrisa respetuosa. Charles ayudó a Emma a subir, pero solo después de ofrecerle la mano y esperar a que la aceptara. Ella lo hizo, con un pequeño resoplido que intentaba fingir fastidio.

—Gracias, Frank —dijo Emma.

—A sus órdenes, mi lady.

—Cuide bien de ella —añadió Charles.

Emma asomó la cabeza por la ventanilla.

—No le haga caso. Frank me ha cuidado perfectamente sin que usted le dé instrucciones militares.

El cochero disimuló una sonrisa. Charles subió a la carroza y se sentó frente a Emma, no a su lado.

Al principio no hablaron. Afuera, Londonderry se deslizaba bajo una mañana opaca: muros de piedra húmeda, tenderos levantando cortinas, mujeres con cestas al brazo, niños descalzos corriendo junto a los carros de leche.

—¿Puedo tomar tu mano? —preguntó Charles.

Emma lo miró, sorprendida de nuevo por la pregunta.

—No.

—Está bien.

No insistió. Apoyó los antebrazos sobre las rodillas y miró por la ventana. Emma no sabía por qué esa aceptación sin pelea le parecía más difícil de soportar que sus viejas provocaciones.

—Podrías haber discutido —murmuró.

—¿Para qué? Dijiste que no.

—No estoy acostumbrada a que respetes un no tan deprisa.

Charles giró el rostro. La culpa se instaló entre ambos con una gravedad conocida.

—Lo sé —dijo, bajo—. Quiero que lo estés.

El carruaje dio un pequeño salto al pasar por una zanja. Emma se agarró al asiento. Charles se puso de pie por reflejo, pero volvió a sentarse al ver que ella no había perdido el equilibrio.

—No necesito que me vigiles cada minuto —dijo ella.

—No quiero vigilarte. Quiero cuidarte. Sé que todavía no sabes si puedes dejarme.

Emma desvió la vista hacia el cristal empañado.

—No hagas que suene tan sencillo.

—No lo es. Pero puedo hacerlo mejor que antes.

El hospital de la ciudad ocupaba un edificio antiguo, de piedra oscura, al que Emma había empezado a acudir mucho antes de quedarse en Longford.

El olor a jabón de carbol y caldo caliente la recibió en el vestíbulo.

Había enfermeras cruzando los pasillos con vendas, voluntarias distribuyendo mantas, niños esperando junto a madres agotadas y hombres que se recuperaban de heridas recientes, de accidentes de trabajo o de fiebres que nadie atendió a tiempo.

Emma se puso un mandil de lino sobre el vestido, se recogió el cabello bajo una cofia sencilla y se dirigió al pabellón de convalecientes. Charles la siguió a distancia, mirando todo con una atención que no parecía del todo cómoda.

—Aquí no hay niños —observó, al ver que ella preparaba una bandeja con vendas limpias.

—No vine solo por los niños.

—Lo sé. Olvido que no todo gira alrededor de lo que imagino.

Emma levantó la mirada.

—Eso sí es nuevo.

—Estoy lleno de novedades desagradables.

Ella disimuló una sonrisa y se arrodilló junto a una cama. El señor Hoftar, un hombre de barba cana con una pierna vendada intentaba acomodarse sin tirar el agua de su taza.