Siempre fuiste tú 26
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Emma despertó antes de que el sol terminara de abrirse paso entre la niebla.

Durante unos instantes permaneció inmóvil, mirando el dosel del lecho, mientras la luz gris de la mañana se filtraba por los pliegues de las cortinas.

La habitación de Longford olía a cera tibia, a lavanda seca y al humo remoto de las chimeneas.

Aun así, le pareció demasiado grande, demasiado silenciosa.

No era solo cansancio. El médico le había recomendado reposo, comida regular y pocas emociones; una receta razonable para alguien que no podía dejar de pensar.

Desde el anuncio de su embarazo, cada mareo o punzada en la espalda parecía tener el peso de una amenaza.

Y, desde el regreso de Sean, el miedo había aprendido a adoptar nuevas formas: una puerta que se abría sin aviso, una voz que subía de tono en el pasillo, el silencio prolongado de un niño que solía llenar la casa de preguntas.

Se llevó una mano al vientre, donde todavía no había más que una leve curvatura bajo el camisón.

—No empieces —murmuró para sí—. Hoy no.

La puerta se abrió con cautela. Una cabecita de rizos rojizos apareció al otro lado, seguida de unos ojos azules tan atentos que, por un segundo, Emma sintió que Charles estaba frente a ella.

—¿Mami?

Emma abrió los brazos.

—Ven aquí, duende.

Sean cruzó la habitación a pasos cortos y veloces. Se dejó atrapar, olía a leche, a manta limpia y a algo dulce. Demasiado dulce.

—¿No fuiste con el abuelo Francisco esta mañana? —preguntó Emma, besándole la sien.

—No.

—¿Y eso?

El niño se encogió de hombros, muy serio. Después enredó un dedo en un mechón de la madre, como si aquella explicación bastara.

—¿Ya desayunaste?

Sean asintió.

—Chocolate.

Emma cerró los ojos un segundo.

—¿Chocolate? ¿A esta hora? ¿Quién te dio eso antes de desayunar?

El niño sonrió con una expresión orgullosa.

—Secreto.

—Ah, claro. Un secreto. Eso lo mejora todo.

—No mentira —aclaró Sean, ofendido por la acusación—. Secreto.

La palabra le atravesó el pecho con una delicadeza cruel.

Secretos. Había vivido demasiado tiempo entre cosas que nadie pronunciaba, verdades que se protegían en nombre de la familia y de la paz, hasta que una tarde terminaban por romperlo todo.

Emma no quería que Sean aprendiera a callar para proteger a otros.

Pero tampoco iba a cargarlo con la amargura de los adultos.

Le lavó las manos en la jofaina, insistiendo en que el agua no era una nave donde se libraban batallas con jabón, y lo vistió con un pequeño chaleco de lana azul.

Luego llamó a la doncella para que le acercara un vestido sencillo de mañana: muselina crema, cuello alto y una cinta verde oscura a la cintura.

Nada que llamara demasiado la atención. No tenía energía para parecer una condesa; apenas reunía la necesaria para parecer despierta.

—Bajemos a conseguirte un desayuno de verdad —dijo, tomando la mano del niño—. Leche, huevos y pan. Nada de chocolate hasta que el sol esté bien despierto.

—¿Y después?

—Después negociaremos con el criminal que te lo dio.

Sean soltó una carcajada y salió de la habitación tirando de ella.

El comedor estaba cálido, iluminado por el fuego bajo de la chimenea y por el reflejo de la porcelana.

En la mesa había té, tostadas, arenques, fruta cocida y un pequeño plato de mantequilla recién batida.

También estaba Clare, sentada junto a sus hijas.

Renata y Lilian compartían una canasta de panecillos; Wendy dormía sobre el hombro de su nodriza, arropada en encaje blanco.

Emma se detuvo apenas un instante. Clare levantó los ojos. Ninguna de las dos sonrió.

—Buenos días —dijo Emma, con una cortesía tan cuidada que sonó casi como una puerta cerrándose.

—Buenos días, Emma —respondió Clare, suave.

Sean no esperó indicaciones. Trepó a una silla junto a Renata y, sin pedir permiso, intentó alcanzar un panecillo que estaba fuera de su alcance. La niña lo miró con una mezcla de paciencia y diversión.

—No, Sean. Primero el huevo —dictaminó Renata, como si llevara años criando niños.

—Huevo feo —protestó él.

—El huevo es bueno —intervino Emma, sentándose cerca—. Y la cuchara no es un cañón, pequeño lord Donovan.

Sean levantó la cuchara, la apuntó hacia el techo y soltó un sonido de explosión.

Renata se rio; Lilian la imitó. Por un momento la mesa dejó de ser un territorio hostil.

Solo era un desayuno con niños inquietos, tostadas demasiado quemadas y una nodriza que intentaba salvar el mantel de una mancha de mermelada.

Emma trató de comer. Untó una tostada con una capa fina de confitura de frambuesa, llevó un trozo a la boca y se obligó a masticar. El sabor dulce le revolvió el estómago. Bajó la mano antes de que Clare pudiera notarlo.

—¿No tienes apetito? —preguntó su cuñada, con voz baja.

—Tengo apetito. Pero mi cuerpo ha decidido llevarme la contraria.

Clare pareció a punto de decir algo más, pero el sonido de pasos precipitados en el pasillo interrumpió la conversación.

—¡Lady Emma! —gritó un lacayo desde la entrada—. ¡Lady Emma!

El tono hizo que Emma se pusiera de pie de golpe. El movimiento le sacó el aire. Se apoyó en el borde de la mesa, disimulando el mareo.

—Por Dios, hombre, deje de vociferar y dígame qué sucede.

El lacayo llegó sin aliento, con una mano en el pecho.

—El señor Donovan, mi lady. El conde… ha llegado.

Todo pareció inmóvil durante un segundo: el cuchillo de Clare suspendido sobre la mantequilla, Renata con la boca entreabierta, Sean mirando a su madre sin comprender por qué de pronto había dejado de hablar. Charles había vuelto.

Emma sintió primero alivio. Una oleada limpia, animal, tan intensa que le ardieron los ojos.

Después llegaron las demás cosas: el orgullo, la rabia, el recuerdo de los años perdidos, de las promesas hechas en una tienda de campaña, de los besos que todavía no sabía si perdonar.

Se sentó de nuevo, tomó un gajo de pera y lo llevó a la boca con una calma que no sentía.

—Entiendo —dijo—. Puede retirarse.

Clare se puso de pie.

—Emma, quizá deberías...

—¿Salir corriendo al vestíbulo? No, gracias. Ha vuelto de una campaña, no de la tumba. Sus piernas funcionan. Si quiere verme, sabrá dónde encontrarme.

No tuvo tiempo de arrepentirse de la frase. Unos minutos después, una voz masculina atravesó el corredor, primero contenida, luego quebrada por una risa infantil.

—¡Papi!

Sean saltó de la silla con tal impulso que la nodriza de Wendy se llevó una mano al pecho.

Charles apareció en el marco de la puerta con el abrigo oscuro todavía húmedo por el camino, las botas manchadas de barro y el cabello rojo peinado hacia atrás con menos disciplina de la que pretendía.

Se arrodilló justo a tiempo para recibir al niño.

—Ahí estás —dijo, rodeándolo con ambos brazos.

Sean se aferró a su cuello.

—Dijiste pocos días.

Charles cerró los ojos un instante y besó el cabello de su hijo.

—Lo sé. Te debo cuentos y una tarde entera de caballos de madera.

—¿Hoy?

—En cuanto tu madre lo apruebe.

Sean se volvió hacia Emma, convertido de pronto en un diplomático muy pequeño. Ella no pudo evitar sonreír.

—Después de comer. Si prometes acabar con todo.

—Prometo.

Charles levantó la mirada. Encontró la de Emma y el ruido del resto de la mesa pareció desvanecerse. No sonrió de inmediato. La observó con algo más sobrio, más cuidadoso; como si comprendiera que no había vuelto a una casa donde todo estaba intacto.

Saludó primero a las niñas, besándoles las frentes con afecto. A Clare le dedicó una inclinación breve y respetuosa.

—Clare.

—Charles. Me alegra que estés a salvo.

—Gracias. ¿Gregory está en el despacho?

—En las tierras del este. Regresará al mediodía.

Charles asintió. No hubo intimidad en el gesto, ni claves que Emma pudiera interpretar. Solo cortesía. Sin embargo, el corazón de Emma no se tranquilizó por eso; la desconfianza no desaparecía porque alguien aprendiera a comportarse bien durante una mañana.

Charles dejó a Sean junto a Renata y dio dos pasos hacia Emma. Se detuvo a una distancia prudente.

—Hola —dijo.

Emma clavó el tenedor en la pera.

—Hola.

Él sonrió apenas.

—¿Puedo abrazarte?

La pregunta la tomó desprevenida. No era el Charles que habría supuesto que una caricia le pertenecía. El silencio se alargó. Emma podía sentir a Clare contener la respiración al otro lado de la mesa.

—Un momento —contestó al fin.

Charles se inclinó y la rodeó con los brazos sin apretarla demasiado.

Ella tardó un segundo, quizá dos, pero terminó por apoyar la frente contra su hombro.

Olía a lluvia, cuero, jabón áspero y aire frío.

Olía a él. El alivio le produjo vergüenza, así que se apartó antes de que pudiera leerlo en su rostro.

—Has vuelto —dijo, como si fuera una acusación.

—Sí. Y no pienso marcharme otra vez sin una razón que pueda defenderte a la cara.

Emma levantó una ceja.

—Eso suena peligrosamente parecido a una promesa.

—Lo es.

Antes de que ella pudiera responder, Sean volvió a reclamar a su padre por el brazo. Charles se dejó arrastrar por el niño hasta la ventana para mirar los caballos en el patio. Emma aprovechó para recuperar aire. Clare se inclinó hacia ella.

—Voy a llevar a las niñas al cuarto de juegos.

Emma la miró. Clare no pidió nada, no intentó aprovechar el regreso de Charles para colarse en la escena.

Solo tomó las manos de sus hijas y se marchó con la nodriza.

Emma sintió una punzada incómoda: el recuerdo de la traición seguía ahí, pero también la evidencia de que las cosas habían cambiado.

No sabía qué hacer con ninguna de las dos.

Cuando el comedor quedó en silencio, Charles miró a Emma.

—Debería saludar a mi madre y Gregory cuanto antes.

—Deberías —dijo ella con suavidad seca.

—¿Y tú? ¿Qué planes tienes para hoy?

—Ir al hospital de la ciudad.

—¿A trabajar?

—A ayudar. Hay una diferencia.

—La hay. ¿Puedo acompañarte?