25 #2
—Nunca le dije lo último.
—No tenía que hacerlo. Te conoce desde siempre.
—Eso no lo hizo tratarme bien.
—No. Solo demuestra que fue más estúpido de lo que cualquiera imaginaba.
La frase, dicha con tanta cansada sinceridad, arrancó a Emma una risa pequeña. No era alegría. Pero tampoco era odio puro.
—No puedo perdonarte todavía —dijo.
—No te lo pediré.
—Y no volveremos a ser amigas como antes.
Clare tragó saliva.
—Tal vez no. Quizá eso también sea algo que deba aceptar.
—¿Qué harás?
Clare miró el camino.
—No lo sé. Por primera vez, quiero pensar una vida que no dependa de que un hombre me mire o me elija. Tal vez necesite estar sola un tiempo. Tal vez necesite aprender a hablar con Gregory sin esconderme detrás de una sonrisa. Pero no volveré a buscar a Charles. No quiero ser esa mujer.
La carroza se detuvo frente al pequeño hospital de caridad donde atendía el doctor Dellrie.
El edificio de ladrillo rojo olía a lluvia, desinfectante de carbolina y leña húmeda.
No era una casa de salud elegante; era un lugar sobrio, con corredores estrechos y enfermeras que caminaban deprisa entre pacientes de todas las edades.
Emma bajó primero. Clare la siguió sin intentar acercarse demasiado.
El doctor Dellrie era un hombre de cabello blanco, bigote corto y manos tranquilas.
Cuando supo el motivo de la consulta, no hizo comentarios imprudentes ni mostró la sorpresa que Emma temía.
Las invitó a pasar a un despacho privado, con una camilla cubierta por una sábana limpia, un escritorio de madera oscura y una estufa encendida que combatía el frío.
—Lady Longford —dijo con una inclinación respetuosa—. Cuénteme qué ha notado.
Emma se sentó. Clare permaneció a su lado, silenciosa.
—Cansancio, mareos, me falta el apetito algunos días. También me duele la espalda y estoy de mal humor con una facilidad alarmante.
El médico levantó una ceja.
—Ese último síntoma es bastante común en esta casa, según he oído.
Emma lo miró y, para su sorpresa, se echó a reír.
—No se lo diga a mi suegra. Ya cree que es una característica de familia.
El doctor sonrió apenas y tomó algunas notas.
—¿Ha tenido fiebre, sangrado o dolor fuerte en el bajo vientre?
—No.
—¿Vómitos persistentes?
—No. Náuseas, algunas mañanas.
—Bien. Haré una revisión prudente y hablaremos de descanso y alimentación. Por lo que me describe, no veo motivo para alarmarse antes de tiempo.
Emma se aflojó el corsé y se recostó en la camilla con la incomodidad de quien conoce el procedimiento, pero no deja de encontrarlo humillante.
El doctor actuó con corrección, tomando el pulso, palpando con cuidado y comprobando los signos que necesitaba comprobar.
Clare se mantuvo cerca de la ventana, mirando hacia afuera para concederle a Emma la mayor intimidad posible.
Al terminar, Dellrie se lavó las manos en una jofaina y secó los dedos con una toalla limpia.
—Mis felicitaciones, lady Longford. Todo indica que está usted embarazada.
Emma cerró los ojos un segundo. La noticia le llegó como una mezcla imposible de miedo, ternura y cansancio.
—¿Está todo bien?
—Por ahora no observo nada alarmante. Pero, después de un embarazo reciente, de viajes, tensiones y poco descanso, le conviene cuidarse más de lo habitual. Comer con regularidad, dormir cuanto pueda, evitar traslados innecesarios y no exigirse como si el cuerpo no tuviera memoria.
—Eso será difícil —murmuró Emma.
—Entonces empiece por aceptar ayuda cuando la necesite.
Ella abrió los ojos y miró a Clare sin querer. La otra mujer no desvió la mirada, pero tampoco intentó aprovechar el momento.
—Nada de alarmas —añadió el doctor—. Solo prudencia. Y, sobre todo, no se deje consumir por la preocupación. Los nervios y el agotamiento pueden volver más pesados los síntomas.
Emma asintió.
—Haré lo posible.
—Eso es todo lo que puede pedirle a una persona.
Cuando salieron, la lluvia había cesado. Las calles olían a piedra mojada, pan recién horneado y humo de chimenea. Durante unos pasos, caminaron en silencio.
—Lo siento por haber ido contigo —dijo Clare al fin—. Quizá necesitabas estar sola.
—No —respondió Emma, sorprendida de oírse—. Creo que no quería estar sola. Solo no quería estar contigo.
Clare aceptó la frase sin inmutarse.
—Es justo.
Emma miró el cielo gris sobre las casas de la ciudad.
—No sé qué hacer con todo lo que me dijiste.
—No tienes que hacer nada hoy.
—Eso mismo me dijo el médico.
—Parece que el hombre tiene mucho sentido común. Deberíamos desconfiar.
Esta vez la risa de Emma fue más clara, aunque breve.
La carroza las esperaba junto al borde de la acera. Antes de subir, Emma se volvió hacia Clare.
—No te perdono. No ahora.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero seguir convirtiendo cada encuentro en una guerra. Sean y tus hijas merecen algo mejor que eso.
Clare asintió, con los ojos húmedos.
—Haré lo que esté de mi parte.
—Y cuando Charles vuelva, tendrán que hablar con Gregory. Los dos. Sin medias verdades.
—Sí.
—No para que él te castigue. Para que pueda decidir qué hacer con su propio matrimonio.
Clare cerró los labios, como si aquella idea la aterrara más que cualquier grito.
—Tienes razón.
De regreso a Londonderry, Emma apoyó una mano sobre el vientre. Todavía no se notaba nada. Apenas era una posibilidad escondida bajo capas de tela, una vida pequeña que llegaba en el peor momento y, al mismo tiempo, en el único momento posible.
Pensó en Charles. En Sean. En las palabras que Clare había dicho. En el modo en que el amor podía parecer una casa y una herida a la vez.
Al llegar, el cansancio le cayó encima con una violencia inesperada. Subió a su habitación, se quitó los guantes, dejó el chal sobre una silla y se metió en la cama sin llamar a nadie.
Antes de cerrar los ojos, apoyó ambas manos sobre su abdomen y murmuró, con una mezcla de reproche y ternura:
—No pensaba tener otro hijo tan pronto, pequeño demonio. Así que más te vale dejarme dormir.
No sabía qué ocurriría cuando Charles regresara. No sabía si sería capaz de creerle ni cuánto tardaría en sanar una confianza rota.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que tuviera que decidirlo todo aquella noche.
A veces, sobrevivir también consistía en descansar antes de la próxima batalla.