Siempre fuiste tú 25
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Durante las dos primeras semanas en Londonderry, Emma hizo del arte de evitar a Clare una disciplina casi elegante.

No era difícil. La casa era demasiado grande; tenía corredores que olían a cera y turba, dos escaleras principales, un ala reservada a los niños y habitaciones donde una podía refugiarse con un libro y fingir que el mundo no existía.

Emma aprendió las horas en que Clare iba a ver a las niñas, los momentos en que Gregory volvía de las tierras y hasta el trayecto que Genoveva elegía para llegar al salón de té.

Bastaba con desviarse. Con sonreír. Con decir que Sean la necesitaba, que debía escribir una carta, que Gertrudis la esperaba o que la cena le había sentado mal.

Todo era preferible a quedarse a solas con la mujer que, durante tanto tiempo, había sido su amiga.

Pero aquella mañana no podía ocultarse.

Desde hacía días, el cuerpo le enviaba señales que conocía demasiado bien: el cansancio que se instalaba en los huesos antes del mediodía, una náusea discreta al oler el café, el dolor en las piernas después de subir una escalera y aquella irritabilidad absurda que hacía que un simple reloj demasiado ruidoso pareciera una ofensa personal.

No quería hacerse ilusiones. Tampoco quería admitir el temor que le producía confirmar la sospecha.

Frente al espejo, se ajustó los guantes de piel y comprobó que el chal de lana cubriera bien sus hombros.

El mayordomo le ofreció la capa oscura que había preparado para ella.

Afuera, una llovizna tenue empañaba los cristales y convertía los jardines en una extensión de verde profundo y piedra brillante.

—¿Vas a salir? —preguntó Clare desde el umbral.

Emma no se volvió de inmediato. Se concentró en prender el broche del chal, como si aquel gesto requiriera toda su inteligencia.

—Tengo algo que hacer.

—Quisiera hablar contigo.

La frase no era nueva. Clare la había pronunciado en el corredor, junto a la biblioteca, antes de las comidas y una tarde entera mientras Sean perseguía a Renata alrededor de una mesa de jardín. Emma siempre encontraba la forma de escapar.

Esa vez, sin embargo, Clare no sonaba suplicante. Sonaba cansada.

Emma giró la cabeza. Clare llevaba un vestido gris perla y el cabello recogido con una severidad que le endurecía el rostro. Parecía más delgada que antes. También parecía haber dormido poco.

—No hoy, Clare.

—Entonces te acompañaré.

Emma alzó una ceja.

—¿A dónde crees que voy?

—A donde sea que te lleve esa cara de quien ha decidido cometer una imprudencia sin avisar a nadie.

A pesar de sí misma, Emma soltó una risa breve.

—No tengo energía para discutir.

—Perfecto. Yo hablaré y tú me odiarás en silencio.

—No prometo la segunda parte.

La carroza aguardaba frente a la entrada. El cochero tenía el cuello del abrigo alzado contra la humedad y los caballos resoplaban vapor bajo las gotas finas de lluvia. Emma subió sin ayuda. Clare lo hizo tras ella y se acomodó frente a la condesa, con las manos sobre el regazo.

Durante unos minutos, solo se oyó el traqueteo de las ruedas sobre los adoquines.

—Vamos a ver al doctor Dellrie —dijo Emma al fin, mirando por la ventanilla. Clare se quedó quieta.

—¿Estás enferma?

—No lo sé.

—Emma.

La rubia exhaló por la nariz, molesta consigo misma por la necesidad de decirlo en voz alta.

—Creo que estoy embarazada.

Clare parpadeó, la sorpresa le suavizó el rostro y sonrió.

—¿De verdad?

—Eso temo.

—No tienes por qué decirlo como si fuera una condena.

Emma volvió la mirada hacia ella. Había cansancio en sus ojos, pero también una ironía afilada.

—¿Y cómo debería llamarlo? ¿Un regalo? ¿Una bendición? ¿Una prueba de que Charles y yo aún sabemos meternos en problemas incluso cuando juramos no hacerlo?

—Podría ser todas esas cosas.

—Es de Charles —dijo Emma, como si aquella frase necesitara explicarlo todo.

Clare frunció el ceño.

—Lo sé. ¿De quién más sería?

—No finjas que no entiendes.

El silencio se tensó dentro de la carroza. Afuera, las casas de piedra iban quedando atrás; después llegaron los caminos bordeados de setos húmedos y campos oscuros bajo un cielo bajo.

Clare bajó la vista.

—Entiendo lo que quieres decir. Y no voy a pedirte que te alegres por mí, ni por él, ni por nadie. Solo quiero que sepas que yo no deseaba hacerte daño.

Emma soltó una carcajada sin humor.

—Qué alivio. Entonces todo queda resuelto.

—No queda resuelto. Sé que no.

—¿Nunca quisiste hacerme daño? —repitió Emma, cada vez más despacio—. Clare, me mirabas a la cara. Te sentabas a mi lado. Te reías conmigo mientras él y tú guardaban una conversación de la que yo era la única excluida.

—Nunca fue una aventura como la imaginas.

—¿Y eso debe consolarme?

—No. Debe darte la verdad.

Emma apoyó la nuca en el respaldo, cerró los ojos un instante y dejó que la risa se apagase sola.

—¿La verdad? Ya escuché demasiadas verdades de Charles.

—Yo necesito darte la mía.

—No te la pedí.

—Pero la mereces.

Emma abrió los ojos. Estaba a punto de contestar algo cruel, algo que hiciera a Clare sentir siquiera una fracción del hueco que ella había cargado durante años. Miró, sin embargo, las manos de su cuñada. Temblaban apenas.

—Habla —cedió—. No porque te perdone. Porque estoy demasiado cansada para seguir adivinando.

Clare respiró hondo.

—Charles estuvo enamorado de una idea de mí durante mucho tiempo.

No de mí como soy ahora, ni de una mujer real.

De una versión que él creó cuando éramos casi niños y que siguió alimentando desde lejos.

Yo lo sabía. Me halagaba. Me hacía sentir importante cuando en mi propia casa empezaba a sentirme invisible.

Emma apretó los dedos sobre la falda.

—Eso no explica el beso.

—No. Y no lo excusa.

Clare levantó la mirada. Tenía los ojos brillantes, aunque no lloraba.

—Sí, nos besamos una vez. Una sola vez. Fue antes de tu cumpleaños.

Me avergüenza decirlo, pero más me avergüenza haber permitido que guardaras silencio y pensaras que tenías que soportarlo sola.

Después de eso, Charles se apartó. Me dijo que no podía seguir dañándote.

Dijo que te amaba, aunque yo no quise creerle al principio.

—¿Y la noche en que nació Sean? —preguntó Emma.

Clare cerró los ojos.

—Fui yo quien lo llamó. No porque quisiera besarlo ni porque creyera que me elegiría. Estaba sola, asustada y desesperada por hablar con alguien que me conocía desde siempre. Le pedí que huyéramos. Fue una crueldad. Una cobardía. Él se negó.

La mandíbula de Emma se tensó.

—Aun así, se fue contigo mientras yo estaba de parto.

—Sí.

La respuesta llegó sin defensa. Sin una excusa elegante. Eso hizo que doliera más.

—No puedo cambiarlo —continuó Clare—. No puedo quitarte esa noche ni borrar lo que él hizo, ni lo que hice yo.

Pero no hubo más. No hubo una cama escondida, no hubo una relación secreta, no hubo un plan para apartarte de él.

Hubo dos personas débiles, encerradas en su propia soledad, que eligieron mal y lastimaron a quienes menos debían lastimar.

Emma miró hacia el vidrio empañado. Con una punta del guante trazó una línea sobre la condensación.

—No estás describiendo una falta pequeña, Clare.

—Lo sé.

—Tú eras mi amiga.

—Lo sé.

—Y Gregory era tu esposo.

—Lo sé.

La voz de Clare se quebró en la última frase. La carroza siguió avanzando, indiferente, mientras dos mujeres permanecían frente a frente con años de silencios entre ellas.

—¿Gregory sabía? —preguntó Emma.

Clare tardó en responder.

—Sospechaba que Charles había tenido sentimientos por mí mucho antes de casarnos. Sospechaba que su hermano evitaba Irlanda por esa razón. Pero no sabía del beso. No sabía de mi propuesta. No me dio permiso para hacerle daño.

Emma se volvió de golpe.

—Entonces no vuelvas a usarlo como excusa.

—No lo haré.

—Porque él merece la verdad.

—Sí.

—Y Charles tendrá que decírsela cuando vuelva.

Clare asintió con una lentitud resignada.

—Tiene que hacerlo. Yo también. No quiero que Gregory siga viviendo dentro de una casa construida sobre silencios.

Emma estudió el rostro de la mujer que tuvo delante.

No era la rival perfecta que su dolor había imaginado tantas veces.

Era una mujer agotada, asustada de sí misma, atrapada en una vida que no sabía cómo reparar.

Eso no la convertía en inocente. Pero la hacía humana, y Emma odiaba que la humanidad complicara tanto el rencor.

—¿Lo amabas? —preguntó, sin suavizar la voz.

Clare bajó la mirada.

—Por un tiempo creí que sí. Creo que confundí la atención con el amor.

Gregory es un buen hombre, Emma. Es paciente, generoso y mejor de lo que yo merezco.

Pero vivimos como dos personas que se cruzan entre responsabilidades.

Yo sentía que no servía para nada: no era una madre perfecta, no era la esposa elegante que Genoveva esperaba, no conseguía darle a mi marido el hijo varón que todos comentaban sin atreverse a pedirlo abiertamente.

Entonces Charles me miró como si yo fuera importante. Me aferré a eso.

—No tienes que justificarte con tus hijas —dijo Emma con brusquedad—. Ninguna niña es un fracaso.

Clare levantó la vista, sorprendida.

—Lo sé. Lo sé ahora. Pero durante años no supe distinguir la presión de la verdad.

Emma se quedó callada. Pensó en Renata, Lilian y Wendy, en sus voces en la escalera y en la forma en que Sean había tomado la mano de su prima sin saber nada de los pecados de los adultos.

—¿Y Charles? —preguntó después—. ¿Qué decía de mí cuando estaba contigo?

Clare dejó escapar una sonrisa triste.

—Hablaba de ti incluso cuando quería hablar de otra cosa.

Emma frunció el ceño.

—Eso suena absurdo.

—Lo era. Decía que no sabías comer cerezas porque te daban alergia.

Que te salía agua por la nariz cuando reías demasiado.

Que te mordías el labio cuando estabas nerviosa.

Que eras capaz de escribir durante horas y olvidar que te habían servido el té.

Que no necesitabas que nadie te salvara.

Que odiabas sentirte observada cuando estabas triste.

El corazón de Emma dio un golpe torpe.