24 #2
—Sí. Al principio intentó apartarse. Después se quedó sola, Gregory se encerró en sus responsabilidades y ella confundió la atención de Charles con una salida. La soledad hace cosas crueles con las personas.
—Eso no convierte lo que hicieron en correcto.
—No. Nunca dije que lo fuera.
Emma dejó caer la espalda contra el respaldo.
—La ignorancia es horrible. Cuando descubres una traición, sientes que todos llevaban una conversación de la que tú eras la única excluida.
Raj la miró con gravedad.
—Lo sé. Y por eso me alegra que ahora Charles haya decidido decir la verdad, aunque haya llegado tarde.
—No lo he perdonado.
—No te lo he pedido.
—Le dije que tendría que conquistarme.
Raj sonrió apenas.
—¿Y piensas hacerlo sufrir?
—Un poco.
—Pobre de mi amigo.
—Está acostumbrado a sobrevivir a cosas peores.
Raj soltó una risa baja. Después se inclinó hacia ella, con la expresión de quien comparte una confidencia.
—Tu confianza ya la tiene a medias.
—No debe saberlo.
—¿Otra vez jugarás al diablo?
Emma miró a Sean dormido, luego a Raj.
—Dime quién es el diablo: ¿él o yo?
—Juntos parecen empeñados en bailar en el infierno.
El viaje hacia Londonderry se alargó hasta entrada la noche.
Sean despertó una vez para pedir agua y, más tarde, señaló la luna desde la ventanilla antes de dormirse otra vez en el regazo de su madre.
Emma estaba agotada, pero la ansiedad le mantenía el cuerpo alerta.
Con cada milla, la casa de los Donovan se acercaba.
También los recuerdos que había dejado allí.
—Hay algo que debo decirle —murmuró Raj cuando vieron las primeras luces de la ciudad.
Emma se tensó.
—¿Qué ocurrió?
—Mary está en Londres. Partió hace algunos días para quedarse con su madre y los demás Sellers. Dejó una carta para usted; la señora O'Briain la guardó en Longford, y la mandaremos traer cuanto antes.
Emma exhaló despacio. La ausencia de su hermana le dolió como una segunda despedida.
—Escribiré esta misma noche. ¿Llevarás la carta cuando regrese un mensajero?
—Por supuesto.
La carreta avanzó por el camino empedrado que conducía a Londonderry. La fachada de piedra se levantaba oscura contra el cielo, con las ventanas encendidas y una columna de humo saliendo de las chimeneas. Sean se incorporó, pegando las manos a la ventanilla.
—Mira, mami.
—Sí, amor. Es una casa grande, ¿verdad?
—Grande.
Emma lo estrechó contra ella y cubrió su cabeza con una manta ligera. El frío de la noche había empezado a colarse por las rendijas.
—Conocerás a tus abuelos, a tu bisabuela, a tus tíos y a tus primas.
—¿Primas?
—Primas. Y quizá haya pollitos, aunque todavía no sé si te dejarán verlos a esta hora.
Raj bajó primero y llamó a la puerta. Dentro se oyeron pasos apresurados, pero antes de que el mayordomo pudiera abrir, una voz anciana atravesó el vestíbulo.
—¡La he visto! ¡Apártate, armatoste viejo! Yo abriré.
Emma no pudo evitar sonreír. La puerta se abrió de golpe y Gertrudis apareció envuelta en un chal de lana oscura, con el cabello blanco recogido sin mucha disciplina y los ojos vivísimos. Miró a Emma. Después miró a Sean. La severidad se le deshizo por completo.
—Pero si está enorme —susurró—. Ven aquí, aceituna. Entra antes de que el frío convierta a ese niño en una estalactita.
Emma pasó el umbral con una mezcla de alivio y vértigo. El vestíbulo olía a cera, leña de turba y flores secas. Las lámparas de aceite hacían brillar las molduras. Todo seguía casi igual. Ella no.
—Nos diste un susto de muerte cuando supimos que Sean estaba perdido —dijo Gertrudis, tocando con un dedo la mejilla del niño—. Pero no importa. Ya están aquí.
—Lo siento, abuela.
—No me pidas perdón por sobrevivir.
Francisco apareció al fondo del corredor, ayudado por su bastón. Al ver a Emma, se le iluminó el rostro.
—¡Emita!
Ella sintió que algo dentro de su pecho cedía. Se permitió sonreír.
—Lord Francisco.
—Dios santo, ¿ese es Sean?
El niño se escondió un poco en el cuello de su madre al ver aproximarse a aquel hombre alto, de bigote plateado y voz cálida.
—Amor, es tu abuelo —explicó Emma—. Puedes llamarlo abuelito.
—¿Tito?
Francisco rio.
—Tito también me sirve, muchacho.
Sean lo observó con toda seriedad, después extendió los brazos. Francisco lo recibió con una emoción tan transparente que Emma tuvo que mirar un momento hacia la escalera. El pequeño se entretuvo enseguida tirando del bigote de su abuelo.
—Es hermoso —dijo Francisco, con la voz quebrada—. Tiene los ojos de su padre y el cabello de los dos.
—Es un Donovan —declaró Gertrudis—. Se nota hasta cuando frunce la nariz.
El sonido rápido de unos tacones bajando la escalera anunció a Genoveva. La mujer apareció con una bata de terciopelo color vino y el rostro pálido por la preocupación.
—¿Están bien? ¿Dónde está Charles? ¿Y Sean?
Al ver al niño en brazos de Francisco, inhaló de golpe. Después abrazó a Emma con un cuidado que sorprendió a ambas.
—Gracias a Dios.
—Estamos bien —dijo Emma—. Charles se quedó unos días más. Dice que regresará pronto.
Genoveva asintió, pero la mirada se le nubló al oírlo.
—Lo hará. Siempre vuelve cuando se trata de los suyos.
Gertrudis hizo un gesto desdeñoso.
—Ahora sí. Porque antes tenía la cabeza llena de serrín.
—Madre.
—¿Qué? Es verdad.
Emma soltó una risa corta, casi involuntaria.
—¿Y las niñas de Gregory? —preguntó, mirando alrededor—. Me dijeron que ahora son tres.
—Renata, Lilian y Wendy —respondió Francisco—. Renata no tarda en cumplir tres años, Lilian ya corre por toda la casa y Wendy todavía es una criatura de brazos.
Emma sacudió la cabeza, aturdida por el tiempo.
—Me perdí demasiado.
—Y nos perdimos de Sean —replicó Genoveva con suavidad—. Intentaremos remediarlo, con tu permiso.
Antes de que Emma respondiera, una pequeña figura apareció en la escalera. Era Renata, de cabello oscuro, grandes ojos castaños y una expresión de curiosidad que no le pertenecía ni a Gregory ni a Clare.
—¿Quién es? —preguntó, señalando a Sean.
—Es la esposa de tu tío Charles —dijo Genoveva—. Y él es Sean.
Renata estudió al niño, que ahora trataba de guardar el reloj de Francisco en su bolsillo.
—Es muy colorado.
—Eso viene de su padre. —Emma se echó a reír.
Renata frunció la nariz, y luego sonrió.
—Es mono.
Aquella aprobación simple derritió algo en Emma. Se agachó a la altura de la niña.
—Mañana podrás enseñarle los pollitos, si tu madre lo permite. También puedes llamar a Lilian.
—¿De verdad?
—De verdad.
Los niños dieron un paso hacia el corredor, pero una voz los detuvo.
—No, Renata. Ya es tarde para bajar al jardín.
El silencio cambió de peso.
Clare estaba en la escalera, vestida con una muselina azul oscuro y el cabello recogido con precisión. Sus facciones se habían afinado desde la última vez que Emma la vio. Parecía más cansada, quizá más sola. Durante un instante, nadie dijo nada.
Emma sintió que todos los recuerdos de aquella casa regresaban de golpe: la fiesta de cumpleaños, las puertas cerradas, las miradas que ella no entendía, el día en que dejó de reconocer su propia vida.
Clare miró a Sean con una ternura que Emma no quiso interpretar. Después levantó los ojos hacia ella. Parecía a punto de decir algo. Una disculpa, quizá. Un saludo. Una explicación tardía.
Emma no le concedió ninguna. Se inclinó hacia Renata.
—Mañana te espero con Lilian. Prometido.
La niña buscó la aprobación de su madre.
Clare tardó una fracción de segundo antes de asentir.
—Si tu tía te lleva, está bien.
—¡Bien! —Renata tomó la mano de Sean—. Ven, primo. Te enseñaré mis muñecas.
Sean miró a Emma, esperando autorización.
—Ve, amor. Pero no corras por las escaleras.
Los dos niños se fueron tomados de la mano. Emma los siguió con la mirada hasta que desaparecieron en el rellano.
—¿Cenamos? —preguntó Gregory desde la entrada del comedor. Se detuvo al ver a Emma y sonrió con calidez—. Bienvenida a casa.
—Gracias, Greg.
Él miró alrededor, como si solo entonces notara el ambiente.
—¿Mi hermano?
Emma respondió sin querer mirar a Clare.
—Está bien. Dice que volverá pronto.
—Me alegra oírlo.
Gregory se acercó un paso.
—Acompáñanos a cenar. El cocinero ha dejado sopa caliente y pan.
Emma se sintió demasiado cansada para sentarse a una mesa donde cada cubierto podría convertirse en un recuerdo incómodo.
—No esta noche. El viaje fue largo y necesito descansar.
—Como gustes. Esta sigue siendo tu casa, Emma.
Ella sostuvo la mirada de Gregory un instante. Nunca creyó que aquellas palabras pudieran doler y consolar a la vez.
—Gracias.
Raj se mantuvo a una distancia prudente, con la expresión tranquila de quien entiende que las batallas más difíciles no se libran con hombres armados.
Emma subió la escalera despacio. Al pasar junto a Clare, no se detuvo.
Tampoco aceleró. Solo siguió adelante, con la espalda recta y el corazón más vulnerable de lo que quería admitir.
Detrás de ella, la casa volvió a llenarse de voces, pasos infantiles y olor a cena.
Pero la verdadera llegada no ocurriría hasta que Charles cruzara aquella puerta.