Siempre fuiste tú 24
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Dos semanas después de recuperar a Sean, el campamento olía a lona húmeda, cuero, humo viejo y despedidas.

Los últimos niños rescatados habían partido hacia Belfast bajo escolta una semana atrás.

Emma y Sean, en cambio, permanecieron junto a Charles hasta que se organizó el regreso con suficiente discreción.

Había caminos cortados, embarcaderos vigilados y demasiadas miradas interesadas en el apellido Donovan.

Nadie quería arriesgarse a que el pequeño heredero volviera a convertirse en una noticia útil para algún hombre desesperado.

Aun así, esa mañana llegó la noticia que Emma esperaba y temía al mismo tiempo.

—Raj irá con vosotros hasta Londonderry —dijo Charles, mientras observaba el movimiento de las carretas desde su tienda—. Partiréis antes del mediodía.

Sean jugaba a pocos pasos, sentado en la hierba sobre una manta.

Había encontrado una cuchara de campaña y la golpeaba contra una taza de estaño con la solemne concentración de quien dirige una orquesta.

Emma se agachó junto a él para ajustar la capa de lana que le cubría los hombros.

No podía dejar de tocarlo: el cabello, las mejillas, las pequeñas manos.

Como si cada gesto confirmara que seguía allí.

—¿Y tú? —preguntó ella sin mirar a Charles.

—Me quedaré unos días más. Quedan patrullas por retirar, informes que cerrar y pueblos donde hace falta asegurar el paso de las provisiones. No es una guerra, Emma; ya no. Pero mientras haya hombres armados aprovechándose del miedo de otros, no puedo abandonar a los míos a mitad del camino.

Ella asintió. Lo entendía. Lo odiaba un poco por entenderlo.

Rajá Balcobich aguardaba junto a una de las carretas, con el abrigo oscuro abrochado hasta el cuello y una expresión menos burlona de lo acostumbrado. Charles se acercó a él, dejando que Emma se ocupara de Sean durante unos minutos.

—Lo lamento —dijo Raj en voz baja—. Juré que no la perdería de vista y, aun así, terminó cruzando media Irlanda disfrazada y metida en una caravana que ningún marido cuerdo habría permitido.

Charles soltó una risa breve, sin alegría.

—Emma hace lo que quiere. No hay guardia, muro ni amenaza que pueda detenerla cuando cree que alguien a quien ama está en peligro.

—Eso no te impidió llamarme idiota durante tres días.

—Te lo ganaste.

Raj inclinó la cabeza, aceptando la sentencia.

—¿Ya comprendiste que la amas?

Charles volvió el rostro hacia Emma. Ella se había sentado en el suelo frente a Sean y le mostraba una mariquita que caminaba sobre la manga de su vestido. El niño reía con una alegría tan limpia que Charles sintió un dolor casi dulce en el pecho.

—No puedo evitarlo —admitió—. Fui un idiota por necesitar tanto tiempo para verlo.

—¿Y ella?

La sonrisa de Charles se apagó apenas.

—No me cree. Y tiene razón en no creerme todavía.

Raj guardó silencio. Después le dio una palmada en el hombro.

—Entonces haz lo que te pidió.

—¿Conquistarla?

—Conquistarla. Esta vez sin trucos, sin silencios y sin pedirle que adivine lo que llevas en la cabeza.

Charles asintió.

—Terminaré aquí cuanto antes. Quiero volver con mi familia.

—Yo los cuidaré mientras tanto.

—Lo sé.

Emma se acercó a ellos con Sean de la mano. El pequeño llevaba una ramita como si fuera una espada y caminaba con una seriedad idéntica a la de su padre cuando daba órdenes.

—¿De qué hablan? —preguntó ella, mirando de Raj a Charles—. Los dos ponen esa cara de conspiradores cuando planean alguna tontería.

—Nada que debas temer —contestó Raj.

—Eso no me tranquiliza en absoluto.

Charles le sonrió. Durante un instante, el campamento, los mapas y las despedidas parecieron borrarse. Solo quedaron sus ojos verdes, el rubor leve de sus mejillas y el modo en que Sean se aferraba a su falda.

—Te echaré de menos —dijo él.

Emma bajó la mirada. Apoyó ambas manos sobre el pecho de Charles, sintiendo bajo la tela el latido firme de su corazón.

—Cuídate —fue lo único que logró responder.

Él levantó su barbilla, pero se detuvo antes de acercarse.

—¿Puedo besarte?

Emma arrugó la nariz, fingiendo pensarlo con severidad.

—No.

Charles alzó una ceja.

—¿No?

—No así —concedió, divertida—. Esta vez te lo daré yo.

Él se inclinó hasta quedar a su altura. Emma se puso de puntillas y rozó sus labios con los de él. Fue un beso breve, casto y tan cuidadosamente dado que a Charles le pareció una concesión inmensa. No intentó convertirlo en otra cosa. Solo cerró los ojos y dejó que durara lo que ella quiso.

—Te amo, Emma —murmuró al separarse—. Cuídate. Cuida también de nuestro hijo.

Ella asintió, incapaz de responder a aquella declaración sin sentir que algo se le quebraba por dentro. Llamó a Sean con una seña.

—Ven, amor. Despídete de papá.

El niño corrió hacia Charles y se abrazó a sus piernas con una fuerza desesperada.

—¿Vienes a casa? —preguntó, mirándolo con los ojos azules llenos de lágrimas.

Charles se arrodilló frente a él y le limpió una mejilla con el pulgar enguantado.

—En unos días, hijo. Tengo que terminar un trabajo y después iré con vosotros. Te lo prometo.

—Pero dijiste que casa.

—Y volveré a casa. Solo tienes que ayudarme un poco más. Cuida a mamá, ¿sí?

Sean respiró hondo, como si aquella tarea le pareciera digna de la mayor importancia, y asintió.

—Cuido a mami.

Charles lo besó en la frente. Después se puso de pie, pero no dejó que Emma se alejara aún.

—Necesito pedirte un favor.

Ella lo miró con prevención.

—Eso suena grave.

—Cuando llegues, quiero que vayas a Londonderry.

La expresión de Emma cambió de inmediato.

—No.

—Emma, escucha.

—No puedes obligarme. Sabes perfectamente que no deseo volver a esa casa.

—Lo sé. Sé lo que significa para ti cruzar esa puerta y tener que ver a Clare. Pero Londonderry está vigilado, mi padre y Gregory pueden protegeros y Raj estará contigo a cada hora. En Longford quedaría demasiado expuesta.

—Puedo ir a Londres. Mi familia me recibirá. Mary estará allí, y nadie pensará en buscarme entre los Sellers.

—Cuando vuelva, iremos a donde quieras. A Londres, a Longford, a una isla sin nadie más que nosotros. Pero ahora los caminos y los muelles no son seguros. Hay grupos que saben que tengo esposa, que mi hijo lleva mi sangre y que eres una mujer que podría servirles para presionarme.

Emma se cruzó de brazos. La rabia le puso un brillo duro en los ojos.

—¿Y cuánto tiempo tendré que quedarme en Londonderry? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Otros dos años?

—Unos días, quizá una semana. No más de lo necesario.

—Eso dijiste antes de marcharte.

La culpa golpeó a Charles con la precisión de una bala. Bajó la mirada.

—Lo sé. No puedo pedirte que confíes porque sí. Solo te pido que elijas el lugar más seguro para Sean. Por él. Y, por favor, por ti.

Emma apretó los labios. Miró a su hijo, que examinaba el puño de Raj como si escondiera una moneda dentro. La decisión le supo amarga.

—Está bien —cedió al fin—. Me quedaré. Pero estaré molesta cada día que tenga que ver esa casa.

—Tienes derecho a estarlo.

Charles apoyó la frente contra la de ella.

—Volveré cuanto antes.

—Más te vale.

—¿Eso es una amenaza, condesa?

—Una promesa.

Raj carraspeó con delicadeza desde la carreta. Emma se apartó de Charles, tomó a Sean de la mano y caminó hacia el vehículo. Antes de subir, oyó que Charles la llamaba.

—Emma.

Ella se volvió.

—Te amo.

La joven no respondió con palabras. Solo sonrió, una sonrisa pequeña que no alcanzó a despejar sus dudas, y subió a la carreta.

Charles se acercó una última vez a la ventanilla. Sean sacaba la cabeza entre las cortinas, aferrado al borde de madera.

—Papá.

—Aquí estoy.

—No tardes.

La frase, dicha con tanta sencillez, dejó a Charles sin defensa. Le tocó la nariz al niño.

—No tardaré.

Miró a Raj.

—Te los encargo.

—No te preocupes. Llegarán bien.

Charles dio dos golpes suaves a la madera. La carreta comenzó a avanzar entre el chirrido de las ruedas y el murmullo de los soldados. Él se quedó inmóvil hasta que Emma, Sean y Raj desaparecieron tras la línea de tiendas y el camino cubierto de niebla.

Solo entonces se obligó a volver a ser general.

—Mi señor —dijo un oficial—. Los capitanes lo esperan.

—Voy.

Emma miró hacia atrás más de una vez. Vio a Charles volverse hacia sus hombres, recto, aislado, de nuevo cubierto por el peso de sus deberes. Se dijo que aquello no debía importarle tanto. Se dijo muchas cosas. Ninguna funcionó.

Raj guardó silencio hasta que el campamento se perdió entre los campos grises. Sean se quedó dormido contra el costado de Emma, con una mano cerrada sobre el borde de su falda.

—Le aseguro que no cambiará de parecer —dijo Raj al fin.

Emma levantó la vista.

—¿En qué sentido?

—En el de volver con usted. Charles no ha hablado de otra cosa desde que la encontró. Se le acaba la paciencia con los informes, con las reuniones, con cualquier asunto que lo aleje de ustedes.

—Con Clare era parecido, ¿no? También decía que la amaba.

Raj dejó escapar un suspiro lento.

—No era lo mismo.

—Eso dices porque eres su amigo.

—Lo digo porque lo vi todo, Emma. Lo de Clare fue una ilusión vieja, una obsesión alimentada por años de distancia y por la soledad de ambos.

No lo justifico. Estuvieron mal. Charles te mintió, la dejó entrar en una parte de su vida que no le correspondía y después permitió que pagaras tú las consecuencias.

Pero cuando hablaba de ti, incluso antes del matrimonio, su voz cambiaba.

Emma se quedó muy quieta.

—¿Antes?

—Antes. Él no lo entendía, claro. Charles puede ser brillante ante un mapa y un completo necio ante su propio corazón. Pero tú eras su casa incluso cuando fingía que solo eras su mejor amiga.

Ella miró por la ventanilla. Los setos húmedos pasaban en una sucesión gris y verde. Había olor a tierra mojada, a caballo y a lana seca.

—Yo sabía que no me quería —dijo en voz baja—. O creía saberlo. Me convencí de que ser su amiga era suficiente para estar cerca de él. ¿Suena patético?

—Suena humano.

Emma tragó saliva.

—¿Clare sabía que él la quería?