28 #2
El vapor zarpó poco después, entre silbidos, gritos de despedida y el batir pesado de las paletas contra el agua gris.
En el salón de primera clase, cubierto de madera oscura y terciopelo gastado, algunas familias acomodadas trataban de conservar la dignidad mientras la nave se alejaba del muelle.
Había hombres de negocios con periódicos doblados bajo el brazo, una institutriz que sujetaba a una niña somnolienta y dos mujeres vestidas de negro, tan inmóviles que Emma no supo si el dolor las había dejado sin fuerzas o si la educación les había enseñado a sufrir sin estorbar.
A Emma le bastó el primer balanceo para perder el color.
Charles la llevó al camarote antes de que pudiera protestar.
Allí, con el rumor de las máquinas subiendo desde el suelo y el mar golpeando la portilla, Emma pasó la mayor parte de la travesía con la frente apoyada en una toalla húmeda.
Sean se cansó de preguntar por qué el barco se movía y terminó dormido entre sus padres, con un puño sobre el índice de Emma.
Ella miró aquella mano pequeña durante largo rato.
Mary también había tenido manos bonitas.
Siempre las llevaba ocupadas: con una cinta, una carta, un ramillete de flores cortadas del jardín.
Emma recordó, sin querer, la tarde en que su hermana le peinó el cabello antes de un baile y le dijo que un día tendría que aprender a no hacerse daño por hombres que no merecían la mitad de su devoción.
Entonces se habían reído. Emma había prometido que jamás sería tan tonta.
Y la risa de Mary ya no existía. La certeza cayó sobre ella con la brutalidad de una ola.
Charles, que la observaba desde la litera opuesta, se inclinó sin decir una palabra.
Tomó su mano, la que no sostenía a Sean, y la cubrió con la suya. Emma apretó los ojos.
—No sé cómo se hace esto —susurró.
—¿Qué cosa?
—Seguir respirando cuando una persona deja de hacerlo.
Charles tardó un momento en responder.
—No lo sé. Pero respiraremos contigo.
Emma giró la mano dentro de la de él y entrelazó sus dedos.
Así permanecieron hasta que el vapor llegó a Holyhead, cuando la noche ya había caído y las lámparas de gas dibujaban círculos amarillos sobre el andén.
El tren de la London and North Western Railway los esperaba con las ventanillas empañadas y el vapor escapando entre las ruedas.
Charles acomodó a Emma y a Sean en un compartimento de primera clase, envolvió las piernas de ella con una manta de viaje y pidió té caliente.
El sabor, demasiado fuerte y con un leve gusto metálico, le revolvió el estómago; aun así, tomó unos sorbos por obedecerlo.
Durante el trayecto hacia Londres, Inglaterra fue desfilando detrás del vidrio como un país hecho de sombras: pueblos de ladrillo oscuro, granjas dormidas, puentes negros sobre arroyos invisibles, estaciones donde los guardas levantaban lámparas y silbatos con movimientos precisos.
En Irlanda, la lluvia parecía pertenecer a la tierra; caía sobre verdes hondos, sobre piedra antigua, sobre humo de turba.
Inglaterra, en cambio, olía a carbón, a hierro y a una prisa que no descansaba.
Emma no pudo evitar pensar que Mary había amado Londres por esa misma razón. Decía que la ciudad la hacía sentir pequeña, pero también libre: entre tantas personas, tantas luces y tantas vidas, una podía creer que todavía le aguardaba un destino propio.
—¿En qué piensas? —preguntó Charles muy bajo.
Emma tardó en responder.
—En que Mary habría odiado que la recordáramos solo llorando.
—Entonces no la recordaremos solo así.
—No sé qué más hacer con ella ahora.
Charles le rozó los nudillos con el pulgar.
—Cuéntame algo que hacía y que nadie más hacía igual.
La pregunta la sorprendió. Emma miró hacia la oscuridad del cristal.
—Se comía las fresas empezando por las feas, porque decía que las bonitas tenían más probabilidades de ser elegidas. Y cuando mentía, tocaba dos veces el anillo de su madre. Siempre dos veces.
Charles guardó silencio, atento.
—También cantaba cuando estaba nerviosa —añadió Emma—. Muy bajo. Como si no quisiera que nadie lo notara.
La voz se le quebró.
Charles acercó su hombro al de ella sin obligarla a mirarlo.
—Entonces no desaparecerá del todo —dijo—. Mientras podamos decir esas cosas, no desaparecerá del todo.
Emma quiso creerle. Se recostó en él y, por primera vez desde que recibió la carta, lloró sin intentar ocultarlo.
Cuando llegaron a Euston, Londres los recibió con una niebla amarillenta y un frío que se metía hasta los huesos.
La estación estaba llena de maleteros, caballeros con maletas de cuero, mujeres acompañadas por doncellas y mozos que corrían de un andén a otro bajo la luz incierta de los faroles.
Más allá, las calles tenían el brillo aceitoso de la lluvia reciente.
El olor a humo de carbón se pegaba al velo de Emma y al abrigo de Sean.
Una berlina de los Bermont aguardaba para llevarlos a la mansión.
Emma la miró con cansancio.
—No quiero ir a Bermont.
Charles se sentó frente a ella, con Sean dormido entre ambos.
—Tu madre pidió que descansaras una noche. La casa está llena de familiares, médicos y gente que no sabe dónde ponerse. Mañana iremos con ella, cuando hayas dormido un poco y el médico pueda verte.
—No necesito que me vea un médico.
—Lo sé. Pero estás agotada.
Emma apretó la mandíbula. El cansancio le hacía más difícil distinguir entre el enojo y el miedo.
—Todos se comportan como si fuera a romperme.
Charles se inclinó, sin soltar la manta que cubría a Sean.
—No creo que vayas a romperte. Creo que ya estás herida, y que mereces que no te exijan más de lo que puedes dar esta noche.
La respuesta la dejó sin defensa. Emma volvió el rostro hacia la ventanilla.
Londres pasaba a su alrededor: escaparates apagados, carruajes avanzando entre charcos negros, chimeneas que oscurecían la niebla.
En otra ocasión habría amado aquella ciudad.
Habría querido oír el bullicio de las avenidas, admirar las fachadas iluminadas, preguntar por las nuevas obras de teatro.
Esa noche solo veía una ciudad enorme que continuaba respirando con absoluta indiferencia mientras Mary era tierra, silencio y recuerdo.
La casa Bermont apareció al final de una avenida quieta, con las ventanas encendidas y una luz dorada derramada sobre los escalones.
Emma la conocía desde niña. Allí había jugado hasta esconderse bajo mesas demasiado grandes; allí había aprendido a bailar, a pelear, a reconciliarse, a sentir que las Bermont eran una familia tan suya como la de sangre.
Sin embargo, aquella noche la mansión no le pareció alegre.
Las luces parecían velas de vigilia. El silencio que rodeaba las columnas y los rosales desnudos no tenía nada de pacífico.
—No quiero entrar —susurró Sean, despertando de pronto y acurrucándose contra Charles.
Emma le tocó la mejilla.
—Solo será por esta noche, mi cielo. Mañana verás a tus primas.
—¿A Renata y Lilian?
—Sí, a Renata y a Lilian. También estarán los demás.
Charles la miró de reojo.
—Ellos ya no son tan pequeños como los recuerdas.
Emma dejó escapar una respiración temblorosa.
—Nadie lo es.
La frase cayó entre ellos. Charles no trató de arreglarla.
Dos mayordomos descendieron los escalones a toda prisa para recibirlos. No tenían aspecto de haber sido arrancados del sueño. Más bien parecían llevar horas esperando una llegada inevitable.
—Bienvenidos, lord y lady Longford —dijo el mayor, inclinándose con respeto—. Su señoría los espera en el salón azul.
Emma miró hacia las ventanas.
—¿Todos están despiertos?
—La familia ha preferido permanecer reunida, milady.
La respuesta estaba cuidadosamente elegida. Emma la entendió igual.
En el vestíbulo, el aire olía a cera, leña y lirios blancos.
Los lirios le revolvieron el estómago. Había flores por todas partes desde la muerte de Mary: en su habitación, en la sala de su madre, sobre las mesas.
Flores blancas, cuidadosas y limpias, como si el mundo creyera que una planta bien arreglada podía volver elegante una tragedia.
Charles tomó la mano de Emma. No la apretó; simplemente la sostuvo, dejando que ella decidiera cuándo retirarla. Al abrirse las puertas del salón azul, varias caras conocidas se volvieron hacia ella.
No hubo gritos de bienvenida ni risas inmediatas. Solo un movimiento silencioso, un levantarse de faldas y abrigos, una súbita ternura en los rostros. Elizabeth fue la primera en acercarse. Se detuvo a un paso de Emma, como si pidiera permiso con los ojos.
Emma no pudo sostener aquella mirada. Elizabeth la abrazó entonces con la delicadeza de quien sostiene algo roto y, por esa misma delicadeza, Emma estuvo a punto de llorar otra vez.
—Lo siento tanto —susurró Elizabeth junto a su oído.
Emma asentó contra su hombro. No pudo responder. Katherine tomó a Sean de los brazos de Charles antes de que el niño protestara.
—Ven conmigo, pequeño león —dijo, y aunque su tono quiso ser alegre, tenía los ojos brillantes—. Hay alguien por aquí que asegura hablar con los caballos.
Sean abrió mucho los ojos.
—¿Los caballos hablan?
—Por supuesto que sí —intervino Sophia desde el suelo, ofendida por la duda—. Solo que no lo hacen con Publio porque él es aburrido.
—Los caballos no hablan —replicó Publio, cruzado de brazos—. Y yo no soy aburrido.
Briseida, escondida junto a Blake, alzó la barbilla.
—Mich me dijo que se llamaba Mich.
Adrien, que había estado muy serio, hizo un gesto solemne.
—Tiene razón Bri. Los potrillos hablan cuando quieren.
—Briseida cree que los caballos hablan —canturrearon Nick, Brand y Thiago, los trillizos Charpentier.
El labio de la niña tembló.
—¡Basta! —los reprendió Aine—. Es pequeña. Dejadla tranquila.
Micaela Seymour, sentada sobre un almohadón, levantó un dedo.
—No sé por qué discuten. Todos son tontos de todas formas.
Malcom Pemberton soltó una risa.
—Lo dice la niña que se comió una cucaracha mientras hablaba.