Siempre fuiste tú 22 #2
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22 #2

A la mañana del tercer día, cuando el cielo apenas comenzaba a clarear sobre los campos húmedos, un grito recorrió el campamento.

—¡Traen más heridos!

Emma salió de la tienda con el delantal manchado y el cabello recogido sin cuidado. Vio las carretas acercarse desde el camino norte. Hombres. Camillas. Caballos sudados. Médicos corriendo.

Y entonces oyó otra frase, mucho más cercana, dicha por una enfermera que acababa de bajar de un carro.

—También vienen niños. Varios niños.

El mundo se estrechó.

—¿Dónde? —preguntó Emma.

La mujer la miró, sin reconocer la urgencia que acababa de despertar.

—En la tienda de entrada. Pero no estorbe, señora, hay heridos...

Emma ya estaba corriendo.

Cruzó el campamento como si el suelo se abriera detrás de ella. Tropezó con una caja de vendas, se apartó de un caballo, empujó una lona y entró en la tienda más cercana al camino.

Había niños al fondo.

Pequeños, sucios, asustados, agrupados como pajarillos bajo la tormenta. Emma buscó rizos rojizos, mejillas llenas de pecas, ojos azules. Buscó la sonrisa traviesa de Sean, sus manos pequeñas, su voz diciendo «mami» como si la palabra pudiera reparar el mundo.

Nada.

No estaba.

El grito le salió del pecho antes de que pudiera impedirlo.

Se cubrió la boca, cayó de rodillas y lloró con una desesperación que espantó incluso a los niños. Una niña de unos seis años comenzó a llorar también. Emma intentó pedir perdón, pero no pudo. La esperanza acababa de quebrársele delante de todos.

—Alisten a los heridos en la tienda grande —ordenó una voz desde fuera—. Los niños comerán primero y partirán a Belfast en cuanto tengamos escolta.

Emma levantó la cabeza tan deprisa que el cuello le dolió. Conocía esa voz. La conocía mejor que la suya propia.

—Charles —susurró.

Se puso de pie, tambaleante, y corrió hacia la salida. Afuera, el campamento era un laberinto de soldados, camillas, carros, médicos, humo y barro. Vio espaldas. Sombreros. Guerreras azules y oscuras. Ninguna cabeza roja.

—¡Charles! —gritó.

Nadie respondió como ella necesitaba.

Lo buscó durante horas. Entró en tiendas donde no debía entrar, preguntó a oficiales demasiado ocupados para contestarle, miró cada catre con un terror creciente.

Algunos hombres la reconocían como la mujer que ayudaba a las enfermeras; otros la apartaban con impaciencia.

Ella volvía una y otra vez al lugar donde había oído la voz, convencida de que su mente no podía haberle inventado algo tan cruel.

Al caer la tarde, agotada y cubierta de barro hasta los bajos de la falda, entró en una tienda que ya había revisado antes.

Esta vez lo vio.

Charles estaba de pie junto a una mesa, con la guerrera rasgada en un hombro, una venda manchada bajo la manga y el rostro más pálido de lo que ella habría querido. Daba órdenes a un capitán con voz firme, pero tenía la mandíbula tensa por el dolor.

Emma se quedó en la entrada.

En su imaginación, corrió hacia él. Lo llamó. Lo besó. Le dijo todas las cosas que había callado por cobardía.

En la realidad, apenas pudo pronunciar su nombre.

—Charles.

Él no la oyó.

—Charles —repitió, más fuerte.

Nada.

—¡Charles!

El pelirrojo se volvió con brusquedad, irritado por la falta de formalidad. Pero al verla, toda expresión militar se le desmoronó. El alivio le cruzó el rostro con tanta claridad que Emma sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

Él caminó hacia ella. En los últimos pasos, casi corrió.

—Emma.

Ella se estrelló contra su pecho. Charles la sostuvo con ambos brazos, apretándola como si también él hubiera pasado tres días buscándola en cada tienda, en cada lista, en cada rostro cubierto de sangre.

Emma lo besó en el cuello, en la mejilla, en la comisura de los labios.

Lloraba y temblaba y lo golpeaba débilmente en el pecho al mismo tiempo.

—Te busqué por todas partes —dijo con rabia y alivio—. ¡Por todas partes, Charles!

—Yo también —respondió él, enterrando la mano en su cabello—. Dios mío, Emma, yo también.

Ella se apartó apenas lo necesario para mirarlo.

—Sean no está con los niños —dijo, y la esperanza volvió a vaciarse de sus ojos—. No estaba. Charles, creo que lo perdimos.

La expresión de él cambió.

No fue pena. No fue resignación.

Fue algo más intenso. Una ternura grave, casi temerosa.

—Ven conmigo.

Emma lo miró sin comprender.

—¿Qué?

—Ven.

La condujo hacia una tienda apartada, custodiada por dos soldados muy jóvenes. Uno de ellos se cuadró con tal rapidez que casi tropezó. Charles levantó la lona y le indicó a Emma que entrara primero.

Ella dio un paso y el mundo volvió a respirar.

Sean estaba sentado sobre una manta, con la cara limpia a medias, los rizos revueltos y un zapato en la mano.

Dos soldados intentaban entretenerlo con una hebilla brillante y una cuchara de estaño.

El niño reía, furioso y encantado a la vez, porque uno de ellos fingía no entender que el zapato debía ponerse en el pie y no en la cabeza.

Emma llevó una mano al pecho.

—Sean.

El niño levantó la vista. Sus ojos azules se abrieron como si también él hubiera dudado de que el mundo pudiera devolverle a su madre.

—¡Mami!

Corrió hacia ella.

Emma cayó de rodillas antes de que él llegara y lo recibió con los brazos abiertos. Lo apretó contra sí con tanta fuerza que Sean soltó una protesta ahogada, pero enseguida le rodeó el cuello con sus manitas.

—Mi amor —lloró—. Mi vida. Mi niño. Estás aquí. Estás conmigo.

—Yo fuerte —aseguró Sean, con la solemnidad de quien acaba de sobrevivir a una aventura que no comprende.

—Sí —dijo, riendo entre lágrimas—. Sí, mi cielo. Eres muy fuerte.

Le besó la frente, las mejillas, el cabello, las manos pequeñas. Lo olió. Jabón barato, humo, leche, barro, su hijo. Su hijo vivo.

Charles permanecía junto a la entrada, quieto, observándolos con una expresión que Emma nunca le había visto. No era triunfo. No era orgullo. Era una clase de dolor reverente, como si comprendiera de golpe todo lo que se había perdido.

Sean, aún aferrado al cuello de Emma, señaló hacia él.

—¿Él papá?

Emma se volvió.

Charles no respiró.

—Sí, amor —dijo ella con voz suave—. Él es tu padre.

El niño ladeó la cabeza, estudiando al hombre alto y pelirrojo que lo miraba como si fuera un milagro.

—¡Papá! —exclamó por fin.

La palabra golpeó a Charles en medio del pecho. Dio un paso, luego otro, y se detuvo frente a Emma con una pregunta muda en la mirada.

—¿Puedo? —pidió.

Emma asintió.

Le entregó al niño con cuidado, como si el simple traslado pudiera romper algo. Charles tomó a Sean con torpeza al principio, demasiado consciente de su tamaño, de sus manos grandes, de la fragilidad de aquel cuerpo que llevaba su sangre y que no conocía su voz.

—Hola, pequeño —dijo.

Sean puso una mano sobre la mandíbula de su padre, fascinado por la barba incipiente.

—Pica.

Uno de los soldados soltó una risa que intentó disimular tosiendo.

Charles miró a su hijo, y por primera vez desde que Emma lo conocía, pareció completamente desarmado.

—Sí. Tendré que arreglar eso antes de que vuelvas a besarme.

Sean buscó algo bajo su camisa y sacó un pequeño relicario atado al cuello con un cordón. Emma se quedó inmóvil. Charles también.

—Papá —dijo el niño, abriendo el medallón.

Dentro estaba el retrato de Charles: más joven, más insolente, con aquella sonrisa luminosa que alguna vez lo había hecho parecer invencible. Charles miró a Emma.

—Le hablaste de mí.

No era una acusación. Era gratitud.

Una tan honda que a ella le costó sostenerla.

—Eres su padre —respondió—. Merecía saberlo.

Charles bajó la mirada hacia Sean. El niño le tocaba los botones de la guerrera, fascinado.

—¿Sabes montar? —preguntó con una voz más suave que la que usaba para cualquier otra persona.

Sean negó con seriedad.

—No.

—Entonces tendremos que corregirlo en cuanto volvamos a casa.

El niño sonrió.

—¡Sí!

Emma sintió que aquella frase se le clavaba en el pecho.

Casa.

Charles había dicho casa como si fuera un destino compartido, como si no existieran dos años de silencio, ni Clare, ni una herida que ninguno había sabido cerrar. Como si recuperar a Sean bastara para devolverlos a todos al mismo lugar.

Pero el amor no era tan sencillo. Ni el perdón tan obediente.

Charles también pareció entenderlo. Alzó la vista hacia ella, con Sean en brazos, y los dos se quedaron mirando en medio de la tienda, rodeados de soldados discretamente emocionados y del olor áspero de la campaña.

Había demasiado que decir.

Demasiado que explicar.

Y, por primera vez, ninguno parecía dispuesto a seguir huyendo de la conversación.