23
Sean estaba sentado en el suelo de la tienda del general, concentrado en desmontar, con la solemnidad de un ministro de guerra, una brújula de latón que sin duda había tomado del escritorio de su padre.
La giraba entre los dedos, la abría, la cerraba y reía cada vez que la aguja temblaba antes de encontrar el norte.
Emma lo observaba desde una manta extendida sobre las tablas.
No intervenía. Después de haberlo perdido, incluso unos minutos de aquella risa le parecían un milagro demasiado frágil para tocarlo.
Sean estaba vivo. Tenía las botas pequeñas embarradas, las mejillas encendidas por el aire frío y un mechón rojizo pegado a la frente.
Era suficiente. Por esa tarde, era todo lo que necesitaba saber.
Charles había salido hacía una hora para revisar el estado de los heridos y hablar con sus oficiales. Antes de irse, había dejado una promesa entre los dos, quieta y enorme como una piedra en medio del camino. Esa noche hablarían. De todo.
Emma no estaba segura de quererlo. Sentía que, si escuchaba la voz de Charles ordenar las piezas de aquel pasado, algo terminaría de romperse.
Ya sabía demasiado: las miradas que no comprendió, las visitas de Clare, la frase que había alcanzado a oír el día de su cumpleaños, el dolor de haber descubierto que su matrimonio podía haber sido una puerta conveniente hacia otra mujer.
Aun así, ignorar una verdad no la volvía menos verdadera. Solo hacía que creciera en la oscuridad.
—Mami.
Sean se había puesto de pie ante ella. Llevaba la brújula escondida contra el pecho y una expresión tan seria que a Emma se le ablandó el corazón.
—¿Qué ocurre, cielo?
El niño señaló la entrada. Tres rostros infantiles se asomaban por debajo de la lona: Nora, hija de la cocinera; Fintan, cuyo padre cuidaba los caballos; y un pequeño Tom, que aún hablaba poco y reía por todo.
Detrás de ellos, a una distancia prudente, aguardaba un soldado joven con la insignia del destacamento de Charles.
—¿Amigos? —preguntó Sean.
Emma sintió que el cuerpo se le endurecía. No quería que saliera. No quería que nadie lo perdiera de vista. No quería volver a aprender cómo sonaba el mundo cuando un hijo no estaba.
—Tal vez más tarde —respondió, y su voz salió demasiado rápida.
—Ahora —dijo Charles desde la entrada.
Emma se volvió de golpe. Él acababa de entrar sin hacer ruido, con el abrigo oscuro salpicado de barro y el cansancio marcado bajo los ojos.
En una mano llevaba unos guantes; en la otra, una pequeña bolsa de manzanas secas que dejó sobre la mesa.
Se acercó a Sean, le revolvió los rizos y se agachó hasta quedar a su altura.
—Puedes ir a jugar, hijo. El cabo O'Rourke estará con ustedes. No más allá de los carromatos, ¿entendido?
Sean asintió con entusiasmo. Nora lo tomó de una mano; Fintan, de la otra.
Antes de salir, el niño volvió a mirar a Emma, esperando el permiso que de verdad le importaba.
A Emma le dolió hasta respirar. Pero vio a Charles hacer una seña discreta al soldado, vio que había dos centinelas más apostados junto al corredor entre tiendas y comprendió que Sean no quedaría solo ni un instante.
—Ve —dijo al fin, inclinándose para besarle la sien—. Y no te alejes de tus amigos.
—Sí, mami.
El niño salió corriendo. La lona se cerró detrás de él.
Emma fue tras él por puro reflejo. Charles la detuvo antes de que alcanzara la abertura, no con fuerza, sino rodeándole la cintura con un brazo y acercándola a su pecho.
—Está protegido —murmuró—. Lo prometí.
—Ya sé —dijo ella, pero no sonó convencida.
—No te estoy llamando exagerada. Lo que te ocurrió no desaparece porque yo te diga que estés tranquila.
Emma levantó los ojos. Había miedo en los de Charles, también. No la miraba como si fuera frágil o absurda; la miraba como si comprendiera, por fin, la profundidad de aquella herida.
—Entonces, ¿por qué me pides que lo deje ir?
—Porque él necesita volver a ser un niño. Y porque tú necesitas ver que puede reír sin que el mundo se lo arrebate a cada instante. No voy a obligarte a olvidarlo, Emma. Solo quiero ayudarte a que el miedo no decida todo por ti.
Ella apoyó la frente en el pecho de él. Olía a cuero húmedo, humo y jabón áspero. Por un momento permitió que la abrazara. No como una rendición, sino como quien toma aliento antes de cruzar un río.
—No sé cómo volver a hacerlo —confesó—. No sé cómo ser su madre sin querer encerrar el mundo entero alrededor de él.
—Lo aprenderemos —respondió Charles—. Los tres.
La palabra quedó suspendida entre ambos: los tres.
Emma se apartó con suavidad. Charles la dejó hacerlo. No intentó retenerla ni llenar el silencio con una broma. Era un cambio pequeño, pero ella lo notó.
—Dijimos que hablaríamos esta noche —murmuró.
Charles asintió.
—Lo sé.
—Y no quiero que intentes convencerme con un beso.
Él sostuvo su mirada. El cansancio de su rostro se volvió grave.
—No lo haré.
—Porque me conozco. Porque todavía te deseo, aunque me enfurezca admitirlo. Porque si me besas, puedo olvidar por unos minutos lo que escuché. Y no quiero olvidar. Quiero saber la verdad.
Charles dejó los guantes sobre la mesa con una lentitud extraña.
—La sabrás toda. Aunque me cueste perderte por ella.
Emma no respondió. Se sentó a un extremo del catre, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Afuera, los niños reían. El sonido era leve, pero suficiente para que el pecho se le aflojara un poco.
—Entonces comienza —dijo.
Charles no se sentó junto a ella. Arrastró una silla de madera y la dejó frente al catre, como si necesitara que existiera una distancia visible entre los dos. Se quitó el abrigo, lo dobló sobre el respaldo y permaneció un momento de pie, buscando las palabras.
—Antes de casarme contigo, estaba convencido de que Clare era el amor de mi vida.
Emma cerró los ojos. El golpe no era nuevo, pero oírlo de su boca lo volvía más nítido.
—No necesito que disfraces eso —dijo—. No me digas que fue una tontería juvenil o una confusión. Sé lo que oí.
—No lo disfrazaré. Fue una obsesión prolongada por la distancia.
Yo vivía en Inglaterra, ella en Irlanda, y me permití convertir una idea en algo más grande que la persona real.
Clare se casó con Gregory. Yo debía haberme apartado por completo.
En lugar de eso, me quedé con la fantasía de que algún día habría una puerta abierta.
Emma lo miró, inmóvil.
—¿Y yo?
Charles tragó saliva.
—Tú eras mi amiga. La persona con la que me sentía más libre.
Contigo podía reírme, podía ser torpe, podía dejar de interpretar al hijo menor que nadie esperaba que hiciera algo serio.
Cuando se habló del matrimonio, pensé en lo útil que podía ser para los dos.
Te daría una posición desde la que escribir y publicar con más libertad.
A mí me quitaría la presión de buscar una esposa conveniente.
Y... —bajó la cabeza— también pensé que un matrimonio contigo haría menos sospechoso que yo frecuentara la casa de Gregory.
Emma dejó escapar una risa sin humor.
—Una cubierta.
—Sí.
—¿Y me querías lo suficiente para usarme de cubierta?
Charles levantó la vista. Tenía los ojos claros, cansados, sin la insolencia que antes le era tan fácil.
—Te quería mucho. Pero no de la manera en que merecías. Y eso no mejora lo que hice. Lo empeora, porque debí haber sabido que nunca eras una persona a la que se pudiera pedir una mitad de verdad.
Emma apretó los dedos.
—La noche de bodas dijiste a Raj que bastaría con una vez. ¿Era parte de ese plan?
—Sí. Fue parte de mi cobardía. Pensé que podía cumplir con una apariencia, darte una vida respetable y después sostener una distancia que me permitiera seguir siendo el hombre miserable que era. Me avergüenza decirlo. Más que fueras tú quien tuvo que pagarlo.
—Y pagué —susurró Emma.
—Lo sé.
No discutió. No buscó explicaciones. Ese silencio fue más doloroso que cualquier disculpa rápida.
—Cuando volvimos a Irlanda —continuó Charles—, todo lo que creí haber dejado atrás volvió a mí con violencia.
Clare estaba sola. Gregory estaba absorbido por la propiedad, por el trabajo, por sus responsabilidades.
Eso no justifica nada. Pero por un tiempo, nos vimos.
Hablamos. Yo me convencí de que podía ser su confidente sin cruzar ningún límite.
Emma alzó la barbilla.
—¿Y lo cruzaste?
Charles tardó demasiado en responder.
—Sí.
La palabra cayó entre ambos con el peso de un disparo.
—¿La besaste?
—Una vez.
Emma respiró por la nariz, muy despacio. No lloró. El esfuerzo que le costaba no hacerlo se le veía en la garganta.
—¿Cuándo?
—Poco antes de tu cumpleaños. Después de aquella tarde, me odié. No porque quisiera quedar bien contigo, sino porque entendí que había hecho daño a tres personas por sostener algo que ni siquiera era amor. Era orgullo, costumbre, una herida vieja que yo me negaba a cerrar.
Emma se levantó del catre. Caminó hasta la mesa, tomó un vaso de agua y lo dejó intacto. Necesitaba moverse para no romperse.
—El día de mi cumpleaños los escuché —dijo al fin—. Escuché que le decías que la amabas. Escuché a Raj discutir contigo. Y pasé el resto de la noche fingiendo que no me importaba.
Charles se puso de pie, pero no avanzó hacia ella.
—Lo sé. Lo entendí después. Vi cómo cambiaste y no tuve el valor de preguntarte por qué.
Esa misma tarde fui a ver a Clare para terminarlo.
Le dije que lo que sentía por ella no era suficiente para destruir mi vida ni la tuya.
Le dije que no volvería a estar a solas con ella.
Y le dije algo que me aterra haber tardado tanto en comprender: que te amaba a ti.
Emma giró con rapidez.
—No te creo por completo.
—No te pido que lo hagas hoy.
—¿Y la noche en que nació Sean? Gertrudis te encontró con ella.
Charles cerró los ojos, como si hubiera esperado aquella pregunta desde hacía años.