22
Habían pasado dos semanas desde el incidente del manantial.
Dos semanas en las que Emma y Charles habían aprendido a moverse alrededor del otro con una cautela casi dolorosa.
Dormían en el mismo lecho estrecho de campaña, se abrazaban cuando el frío de la madrugada mordía la lona, y alguna vez, al despedirse, sus labios rozaban la mejilla del otro con esa ternura contenida que parecía pedir permiso incluso para existir.
Pero nada más sucedía.
Durante el día, sus caminos se separaban.
Emma ayudaba a las enfermeras, llevaba caldos a los heridos, remendaba vendas, lavaba tazas de estaño y repartía pan entre los mozos de cuadra que regresaban empapados de barro.
Charles pasaba horas inclinado sobre mapas, organizando patrullas, enviando partidas a los caminos del norte y conteniendo, cuando podía, los ataques de los hombres que aprovechaban la agitación de Irlanda para asaltar aldeas, secuestrar hijos de propietarios y exigir rescates que ningún campesino podía pagar.
De Sean, nada.
Ni una nota, ni una prenda, ni una exigencia.
Ni siquiera una amenaza clara. Esa ausencia era peor que cualquier carta.
Con cada día que pasaba, Emma sentía que el mundo se le apagaba un poco más.
Charles lo notaba. Lo veía en sus silencios, en las ojeras moradas bajo sus ojos verdes, en el modo en que, de noche, cuando la tienda se hundía en la oscuridad y el campamento respiraba con ruido de bestia cansada, ella rompía a llorar sin pedir perdón.
Él no la detenía. Ya no le decía que fuera fuerte. Solo la atraía hacia su pecho y la sostenía como si pudiera impedir que se deshiciera.
Charles había hecho cuanto podía. Emboscadas, exploraciones, mensajes con promesa de rescate, interrogatorios a hombres detenidos en los caminos. Pero nadie respondía. Nadie sabía. O nadie se atrevía a decirlo y, por primera vez desde que Emma lo conocía, Charles comenzaba a temer una respuesta.
Aquella madrugada, Emma despertó gritando.
Se sentó de golpe sobre el catre, las manos hundidas en el cabello, el pecho agitándosele como si hubiera corrido kilómetros entre la niebla.
Había soñado con Sean, con su risa perdida en un camino lleno de brezos; con Charles alejándose de ella entre humo y gritos; con Clare mirándola desde una puerta entreabierta, muda, inmóvil, mientras todo lo que Emma amaba se le escapaba de las manos.
—Tranquila —murmuró Charles, incorporándose al instante.
La rodeó con sus brazos y la atrajo de nuevo hacia la cama.
Emma no protestó. Se aferró a él con los dedos rígidos, hundiendo la cara en su cuello.
Olía a lana, cuero, humo de turba y cansancio.
Olía a Charles. Y aunque una parte de ella seguía culpándolo de tantas heridas, otra parte —esa parte miserable y humana que no obedecía al orgullo— necesitaba creer que, en sus brazos, todavía quedaba un lugar seguro.
—No puedo más —susurró con la voz rota—. Si le hicieron algo...
—No —respondió él con una firmeza que no estaba seguro de poseer—. No lo digas. No hasta que lo sepamos.
Emma cerró los ojos. Las lágrimas le siguieron cayendo, lentas, calientes, hasta perderse en la camisa de él.
El amanecer no alcanzó a llegar en paz. La lona de la tienda se abrió de golpe y un cabo entró con el rostro desencajado.
—¡Mi general! ¡Nos atacan por el flanco oriental!
Charles se separó de Emma en un solo movimiento. El hombre que la había sostenido con ternura desapareció detrás del oficial: los hombros se le tensaron, la mirada se volvió de acero y la voz descendió a ese tono que hacía obedecer incluso a los caballos.
—¿Cuántos?
—No lo sabemos, señor. Aprovecharon la niebla. Han prendido fuego a las carretas de grano.
—Despierta a Morrison, coloca a los tiradores junto al terraplén y que nadie abandone el depósito de pólvora. ¡Ahora!
El cabo salió corriendo.
Charles se vistió con una rapidez brutal. Emma, todavía temblando, se puso de pie y lo ayudó a ajustar la correa del sable, a abotonar la guerrera oscura, a entregarle los guantes. Sus dedos se rozaron varias veces. Ninguno habló.
Cuando él tomó la pistola y se dirigió a la salida, Emma lo detuvo.
No pensó. No calculó. Le tomó el rostro entre las manos, se puso de puntillas y lo besó con todo el miedo que no sabía decir. Fue un beso desesperado, limpio, lleno de una verdad que había sobrevivido al orgullo, a los silencios y a dos años de ausencia.
Charles se quedó inmóvil un instante. Después la rodeó por la cintura y le devolvió el beso con una intensidad que parecía una promesa.
—Vuelve —pidió ella contra sus labios.
Él apoyó la frente en la suya.
—Haré algo mejor —dijo—. Volveré con nuestro hijo.
Emma quiso decirle que lo amaba. La frase le subió a la garganta, ardiente, perfecta, necesaria. Pero el miedo la cerró antes de que pudiera salir. Charles lo vio. Tal vez lo entendió. Tal vez no.
—Cuídate —le ordenó con voz baja—. Haz lo que te digan. Prométeme que vivirás, Emma.
Ella tragó saliva.
—Vive tú también.
Él le besó la frente una vez más y salió.
El campamento ya era un infierno.
Disparos, humo, órdenes quebrándose en la niebla, relinchos, hombres corriendo con los fusiles al hombro, carretas volcadas, gritos que parecían venir de todas partes a la vez.
Emma se quedó paralizada en la entrada de la tienda, con la camisa de Charles bajo una falda prestada y una manta alrededor de los hombros, incapaz de comprender cómo el mundo podía romperse tan deprisa.
—¡Emma! —gritó Brenda desde unos pasos más allá—. ¡Por todos los santos, muévete!
Agnes estaba con ella, pálida como la cera, sosteniendo una bolsa de vendas contra el pecho.
—Tenemos que ir al refugio —insistió—. Las mujeres deben salir antes de que cierren el paso.
Emma tomó lo primero que encontró: una navaja pequeña, un frasco de láudano que dejó enseguida por miedo a romperlo, y finalmente una pistola caída junto a un soldado que no se movía. La levantó con manos temblorosas.
—No sabes usar eso —dijo Brenda.
—Aprendí de niña —respondió Emma, aunque no sabía si aquella memoria bastaría en medio del caos.
Corrieron.
El suelo era una mezcla de barro, ceniza y sangre. El humo de las carretas ardidas le arañaba la garganta. Cada vez que un cuerpo caía cerca, Emma sentía que iba a ver los ojos azules de Charles abiertos hacia el cielo. No lo vio así. Lo vio de otro modo.
Entre la niebla y los hombres, Charles avanzaba con el sable en una mano y la pistola en la otra.
No era el caballero insolente de Londres, ni el amigo burlón de los veranos ingleses, ni el esposo torpe que había tardado demasiado en comprenderla.
Era el general demonio del que hablaban sus hombres: rápido, preciso, terrible.
Se movía con una disciplina que no tenía nada de espectáculo y todo de supervivencia.
Emma se detuvo sin querer.
—No mires —le suplicó Agnes, tirando de ella—. Ven.
Pero Emma no podía apartar la vista.
Charles derribó a un agresor que se le venía encima, giró para dar una orden y no vio al hombre que salía de entre las carretas quemadas, levantando un cuchillo hacia su espalda.
Emma no pensó. Se arrodilló en el lodo, levantó la pistola con ambas manos y apuntó.
El disparo le sacudió los brazos hasta los hombros.
El hombre cayó. Charles se volvió, vio al agresor en el suelo, después a Emma arrodillada con el arma humeante entre las manos.
Por un segundo, en medio de la batalla, ambos se miraron como si el resto del mundo hubiera perdido sonido.
—¡Emma! —rugió él—. ¡Sal de aquí!
Ella se puso de pie, sucia, furiosa y temblando.
—¡De nada, idiota!
Brenda la arrastró antes de que pudiera decir algo más.
Corrieron hasta que el campamento quedó atrás. Junto a ellas huían enfermeras, cocineras, mozos, lavanderas y algunas de las mujeres del tren de campaña. No todas llegaron al camino. Emma no pudo mirar atrás. No podía permitirse llorar por cada grito. No todavía.
El refugio de retaguardia estaba a varias millas: un segundo campamento levantado junto a una vieja granja, con tiendas blancas, carros de medicina y una capilla de piedra medio derruida que servía de almacén.
Llegaron al anochecer, exhaustas, con los zapatos llenos de barro y la ropa impregnada de humo.
Apenas las dejaron respirar.
Los heridos comenzaron a llegar en oleadas.
No eran miles, como le pareció a Emma en su espanto, pero sí demasiados para los médicos disponibles: hombres con vendajes improvisados, muchachos con los rostros grises, soldados que preguntaban por amigos que nadie había visto, oficiales que intentaban seguir dando órdenes mientras les cosían la carne.
Emma buscó a Charles en cada rostro.
No estaba.
La primera noche trabajó hasta que las manos se le entumecieron. Lavó heridas, sostuvo lámparas, llevó agua, recibió insultos de hombres delirantes y oraciones de quienes creían morirse. Cada vez que abrían la lona de la tienda médica, su corazón se detenía.
No era él.
La segunda noche ocurrió igual.
—El general Donovan no figura entre los muertos conocidos —le dijo un practicante al verla preguntar por tercera vez—. Tampoco entre los ingresados.
Aquello debía consolarla. No lo hizo.
Emma se dejó caer junto a Brenda y Agnes cuando por fin la obligaron a beber un poco de caldo. Tenía la mirada perdida, las pestañas pegadas por la sal de las lágrimas y la voz casi inexistente.
—Está vivo —dijo Brenda, sentándose a su lado—. A ese hombre no lo tumba cualquiera.
—Le llaman demonio por algo —añadió Agnes, intentando sonreír.
Emma sostuvo el cuenco entre las manos.
—Solo quiero que vuelvan —susurró—. Los dos.
Agnes la observó con ternura.
—Lo amas mucho, ¿verdad?
Emma no preguntó a quién se refería. Cerró los ojos.
—Sí.
La palabra salió pequeña, casi derrotada. Pero era verdad. Después de todo el orgullo, de la rabia, de las heridas y de las noches en Longford prometiéndose que podía vivir sin él, la verdad seguía allí, indecente en su terquedad.
Amaba a Charles y quizá lo perdería antes de poder decírselo.