21 #2
—Aún puedo acompañarte al manantial —dijo Charles—. Necesitas lavarte. Y yo prometí que estarías segura.
—¿Tienen jabón, al menos?
Él arqueó una ceja.
—No somos simios.
—Por el olor de algunos, podrían serlo.
Charles soltó una breve carcajada. Fue un sonido inesperado, casi joven. Por una fracción de segundo, Emma vio al muchacho de Inglaterra que se trepaba a los muros con sus primos y fingía no conocer la palabra responsabilidad.
Partieron media hora después. Charles había dejado instrucciones al cabo y había dispuesto a dos centinelas a distancia, lejos del agua.
El manantial estaba escondido detrás de una arboleda baja.
El agua nacía entre piedras oscuras y corría hacia una pequeña poza azulada, limpia y fría, donde la luz de la tarde parecía quedarse suspendida.
Emma se detuvo al verlo. A pesar del campamento y del miedo, Irlanda seguía siendo capaz de ofrecer belleza como si nada terrible ocurriera en sus cercanías. Las ramas goteaban sobre el musgo; el aire olía a tierra mojada, menta silvestre y turba.
—Es hermoso —murmuró.
Charles asintió.
—Aquí nadie vendrá. Los hombres se han quedado al otro lado del sendero.
Emma sostuvo entre las manos la muda limpia que Charles le había procurado: otra camisa suya, una falda sencilla, una toalla y una pastilla pequeña de jabón envuelta en papel.
—No quiero que se acerque nadie.
—No se acercará nadie.
—Tú tampoco, hasta que te lo diga.
Charles no pareció ofendido. Su expresión se volvió seria.
—De acuerdo.
Él se apartó hacia una roca, con la espalda girada.
Emma se quitó la ropa detrás de unos arbustos y entró despacio en el agua.
El frío la hizo jadear, pero después de unos segundos sintió que algo dentro de ella cedía.
Se sumergió hasta los hombros, lavó el barro de sus brazos y el polvo de los caminos de su cabello.
Charles permaneció donde estaba.
—¿Puedo entrar? —preguntó al cabo de un rato.
Emma lo miró. No había burla ni deseo evidente en su tono, solo una pregunta.
—Puedes. Pero no te acerques todavía.
—No lo haré.
Él se quitó el abrigo y entró por el extremo contrario de la poza.
El agua le llegaba hasta la cintura. Durante unos minutos, los dos permanecieron separados, con el murmullo del manantial llenando lo que ninguno se atrevía a decir.
Emma flotó boca arriba, mirando el fragmento de cielo entre las ramas.
—Las mujeres de la caravana hablaron de ti.
Charles se quedó quieto.
—¿Qué dijeron?
—Que no has estado con nadie desde que te fuiste. Que no llevas mujeres a tu tienda.
—Es verdad.
Emma tragó saliva.
—No sé qué hacer con eso.
—No tienes que hacer nada.
Charles se acercó un paso, luego se detuvo.
—¿Puedo acercarme?
Emma lo miró. Había una sinceridad nueva en la pregunta, una cautela que no existía en el hombre que ella había conocido al principio de su matrimonio.
—Un poco.
Charles avanzó hasta quedar a una distancia prudente. El agua temblaba entre ellos.
—Extrañé todo esto —dijo él en voz baja—. Tu forma de hablar sin pensar. Tu manera de convertir cualquier cosa en una discusión. Incluso tu costumbre de meter los pies helados en la cama.
Emma quiso sonreír. Casi lo hizo.
—No exageres. Mis pies no están tan helados.
—Eran criminales.
El recuerdo los dejó en silencio. Charles levantó una mano, pero no llegó a tocarla.
—¿Puedo besarte?
El corazón de Emma se contrajo. Quería decir que sí. Quería quedarse en esa poza, olvidar el barro, la caravana, el nombre de Clare y todos los años en que había tenido que defenderse de su propio amor.
Pero no pudo.
—No. No todavía.
Charles bajó la mano de inmediato.
—Está bien.
Emma miró el agua. La respuesta debería haberle dado alivio y, sin embargo, le dolió. Sabía que él se había detenido. Sabía que había escuchado. Eso volvía más difícil odiarlo.
—No es porque no te desee —admitió, con una honestidad que le ardió en la garganta—. Es porque todavía me duele.
Charles cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
—No. Creo que apenas empiezas a saberlo.
Él asintió. La expresión de su rostro no pedía perdón todavía, porque ninguno de los dos estaba listo para escuchar una explicación. Pero había en él una culpa quieta, sin defensa.
—Cuando volvamos, hablaremos. De Clare. De aquella noche. De todo lo que hice y no te expliqué. No voy a pedirte que me creas de inmediato. Solo quiero que me escuches cuando puedas.
Emma apretó los labios.
—No prometo nada.
—No te pediré una promesa.
Durante unos minutos no dijeron más. El agua, el musgo y el sonido lejano de los centinelas parecían contener el mundo. Emma salió de la poza primero y tomó la toalla sin mirarlo.
—¿Podrías volverte mientras me visto?
Charles obedeció sin quejarse.
—Sí.
Cuando ella terminó de ponerse la falda y la camisa limpia, lo llamó con suavidad.
—Ya.
Charles salió del agua y se vistió de espaldas, sin volver a invadir el espacio que ella había marcado. Emma lo observó. Su marido parecía más cansado que la noche anterior, quizá porque por fin había dejado de fingir que no le importaba perderla.
—Nos vemos en la tienda —dijo ella.
Charles se volvió al oírla. Quiso detenerla, pero no lo hizo.
—Emma.
—¿Sí?
—Gracias por decirme que no estabas lista. Gracias por no dejarme adivinar.
Emma sostuvo su mirada un segundo demasiado largo.
—No te lo agradezcas a ti todavía.
Él asintió. No discutió.
Regresaron al campamento en silencio. No era la clase de silencio que antes compartían, lleno de bromas mal dichas y familiaridad. Era uno nuevo: frágil, lleno de heridas, pero también de una posibilidad que ninguno se atrevía a nombrar.
Estaban juntos otra vez en el mismo lugar. Se buscaban incluso cuando querían fingir que no. Pero aún faltaba el alma, esa parte de los dos que la guerra, el orgullo y el miedo habían dejado fuera de alcance.