21
Emma despertó con el cuerpo tenso y la respiración suspendida, como si aún siguiera escondida bajo las mantas de la caravana.
Durante un segundo no supo dónde estaba.
La lona de la tienda se movía con el viento; una vela escasa dejaba en las paredes sombras largas y amarillentas.
Afuera, el campamento permanecía casi en silencio, salvo por el resuello de los caballos, el chasquido de alguna brasa y el crujido de las botas de los centinelas.
Entonces lo vio.
Charles estaba sentado frente a una mesa estrecha, inclinado sobre un mapa. Vestía la camisa abierta en el cuello y el chaleco oscuro de campaña. La luz de la vela le marcaba el cansancio bajo los ojos y volvía más severo el perfil de su rostro. No parecía haber dormido.
Emma miró hacia la abertura de la tienda.
El cielo todavía era una franja negra, pero ya empezaba a diluirse sobre las colinas húmedas.
Debían de ser poco más de las cinco. El frío le mordía los tobillos y los brazos; solo llevaba la camisa limpia que le habían prestado la noche anterior.
Charles levantó la cabeza al oírla moverse.
Por un instante, la dureza de su expresión cedió.
—Tienes frío.
Tomó un abrigo de lana gruesa, forrado de piel, y se lo tendió. Emma lo recibió con manos entumecidas. El calor le llegó poco a poco, primero a los dedos, después a los hombros.
—Gracias.
El abrigo olía a humo, cuero y a la madera de cedro que Charles usaba en los cajones de su ropa. Ese detalle insignificante le apretó el pecho. Pensó en Sean. En si también tendría frío. En si alguien lo habría cubierto durante la noche. En si había llorado llamándola.
Charles la observó con una quietud dolorosa.
—Lo encontraré.
Emma asintió, aunque no confiaba en que su voz fuese a obedecerle.
—Lo sé.
Se acercó a la mesa. Sobre el mapa había tres marcas con tinta oscura: una cabaña abandonada cerca de un pantano, un antiguo almacén junto a un embarcadero y unas ruinas de piedra en una ladera al norte.
—Ya encontraste algo.
Charles apoyó dos dedos sobre el papel.
—No certezas. Posibilidades. Los hombres que secuestran por rescate suelen cambiar de lugar antes de pedir nada. Pero estos tres puntos controlan rutas hacia el Foyle y están bastante aislados para ocultar prisioneros.
—Entonces vamos ahora.
Emma intentó pasar a su lado, pero Charles sujetó suavemente su antebrazo. No hubo fuerza en el gesto, solo urgencia.
—No sin preparación. Hay patrullas, senderos anegados y hombres que conocen estas colinas mejor que nosotros.
—Sean no tiene tiempo para tus preparativos.
—Precisamente porque es Sean no voy a enviarte a un lugar donde no pueda protegerte.
El silencio cayó entre ellos. Emma recordó la condición con la que había aceptado quedarse en la tienda: no alejarse sin escolta, no internarse sola en el campamento, no hacer nada que pusiera en riesgo su vida. Le molestó reconocer que, en esa ocasión, él tenía razón.
En 1890, los rumores de Home Rule, las disputas de renta y los desalojos habían convertido ciertos caminos del norte en territorios de miedo.
No era una guerra regular, aunque la gente la llamara así cuando necesitaba simplificar el horror.
Había grupos que se aprovechaban de la agitación política, bandas que castigaban a propietarios y familias, convoyes asaltados y aldeas enteras atrapadas entre amenazas que no comprendían del todo.
—No estoy pidiéndote permiso para ser imprudente —dijo Emma al fin—. Estoy pidiéndote que no me apartes de nuestro hijo.
Charles bajó la mirada. Su pulgar recorrió una vez el borde del mapa.
—No te apartaré de él. Pero, mientras estés aquí, vas a decirme adónde vas y con quién. No porque te crea incapaz, Emma. Sino porque sé exactamente lo que podría ocurrirte si un solo hombre descubre quién eres en realidad.
Emma respiró hondo. La frase no sonó a autoridad; sonó a miedo.
—Está bien. En el campamento, seguiré tus instrucciones.
Charles la miró, como si quisiera comprobar que no se trataba de una concesión vacía.
—Y necesitarás un nombre distinto. Nadie puede saber que eres mi esposa. Sería peligroso para ti, para Sean y para la investigación. Diré que eres una ayudante civil que llegó con el convoy.
—¿Una ayudante civil? Qué decepción. Ya me había preparado para ser la escandalosa favorita del general.
El gesto de Charles se quebró en algo parecido a una sonrisa.
—No bromees con eso.
—No bromeo. En el campamento no tengo vestido, ni criada, ni apellido. Solo una camisa tuya y barro hasta en las pestañas.
—Y eso basta para que todos sepan que eres peligrosa.
Emma lo miró con extrañeza.
—¿Peligrosa?
—Porque logras que olvide que debo pensar.
Por unos segundos, los dos se quedaron inmóviles. Había demasiadas cosas dentro de esa frase. Demasiados años. Demasiadas noches que ninguno había querido nombrar.
Un golpe de botas en la entrada los devolvió al presente.
—Mi general —anunció un cabo desde el umbral—. Los exploradores han regresado.
Charles recuperó la severidad de inmediato.
—Hazlos pasar. Y asigna dos hombres de mi confianza para que acompañen a la señora Bell mientras permanezca fuera de esta tienda. Quiero que se le trate con respeto y que nadie la interrogue.
—Sí, mi general.
El cabo miró a Emma apenas un instante. Ella retrocedió por reflejo al reconocer en él uno de los rostros del día anterior. Charles lo notó.
—No correrás ningún riesgo con ellos —le dijo cuando el hombre se hubo ido—. Son hombres que han servido conmigo desde antes de esta campaña.
—¿Por qué no les dices quién soy?
Charles sostuvo su mirada.
—Porque aquí tu nombre se convertiría en un blanco. Y porque un general que trae a su esposa al campo será juzgado como un hombre distraído, débil o dispuesto a usarla como símbolo. No permitiré ninguna de esas cosas.
Emma cruzó los brazos.
—Los hombres y su obsesión por parecer invulnerables.
—No he dicho que tenga sentido.
—Al menos admites una cosa sensata.
Charles exhaló por la nariz, casi divertido.
—Mientras vuelvo, descansa.
—Puedo ayudar en algo.
—Emma.
—Sé servir sopa, coser una herida, llevar recados y no caerme de un caballo. No estoy hecha de porcelana.
—Lo sé. También sé que acabas de llegar de una caravana donde estuviste a punto de…
Se detuvo. A Emma le bastó con el silencio para entenderlo.
—No puedes encerrarme para que deje de tener miedo.
Charles apretó la mandíbula. Quiso responder; al final, solo tomó sus guantes y se volvió hacia la salida.
—No salgas de la tienda hasta que vuelva.
Emma le dedicó una sonrisa demasiado dulce.
—Por supuesto, mi general.
Charles la miró como si esa respuesta confirmara una sospecha.
—Emma.
—Te he oído.
Dos horas después, Charles volvió con las botas cubiertas de barro, los hombros tensos y la cabeza llena de informes contradictorios.
Habían localizado huellas recientes cerca del almacén abandonado, pero nada que confirmara que Sean estuviera allí.
Necesitaba organizar una partida al amanecer siguiente.
Necesitaba pensar. Necesitaba, por una vez, encontrar a Emma exactamente donde le había pedido que estuviera.
La tienda estaba vacía. Solo quedaba sobre una silla el vestido manchado que ella había usado durante el viaje.
Charles cerró los ojos.
—Por supuesto.
Salió de la tienda con paso firme. No tardó en encontrarla.
Emma estaba junto a las fogatas de cocina, entre grandes calderos de gachas de avena y sopa de cebada.
Llevaba unos pantalones de lona demasiado anchos, una camisa blanca ceñida con una cuerda y unas botas que le quedaban grandes.
El cabello rubio estaba recogido bajo un pañuelo, aunque varios mechones se le escapaban alrededor del rostro.
Con un cucharón en la mano, sonreía a los hombres que se formaban con cuencos de hojalata.
—Siguiente —anunció con alegría—. Y no intenten saltarse la fila; los veo incluso sin mis lentes.
Los soldados se reían. Algunos la miraban con curiosidad, otros con una especie de respeto cauteloso. A Charles le pareció demasiado visible. Demasiado luminosa. Una chispa rubia en un campamento de humo, lona y barro.
Se acercó. A su paso, la fila se quedó en silencio.
Emma, sin notar el cambio, tendió un cuenco hacia el aire.
—¿Por qué nadie lo toma…?
Alzó la mirada y se encontró con él.
Charles tomó el cuenco con una lentitud glacial.
—Gracias.
Emma sonrió, como si no hubiera desobedecido una orden directa dos horas antes.
—De nada, mi general.
Él la miró un momento más, con la desaprobación escrita en cada músculo de la cara, y se marchó hacia su tienda. La cocinera que estaba junto a Emma observó la escena con ojos brillantes.
—El general te tiene en gran estima.
—Eso parece.
—No había traído a ninguna mujer a su tienda desde que empezó esta campaña. Algunos decían que era porque extrañaba demasiado a su esposa.
Emma dejó de servir por un instante.
—¿Lo decía él?
—No necesita decirlo. Se nota en un hombre cuando está esperando volver a casa.
La frase le produjo una punzada tan incómoda que Emma fingió no haberla oído. Charles no era el motivo de su presencia allí. Sean lo era. Todo lo demás podía esperar.
Cuando la fila disminuyó, Emma dejó el cucharón y se encaminó hacia la tienda con una prudencia nueva. Asomó la cabeza antes de entrar. Charles estaba solo, de espaldas a ella, mirando el mapa que ahora colgaba sobre una lona interior.
—Charles.
Él no se volvió enseguida.
—Nunca haces lo que te dicen.
—Hice algo útil.
—Te pedí que descansaras.
—Y yo necesitaba recordar que sigo siendo capaz de hacer algo más que temblar.
Charles giró el rostro hacia ella. La rabia no había desaparecido, pero se mezclaba con otra cosa más oscura.
—Cuando entré y no estabas, pensé que alguien te había encontrado.
Emma bajó la mirada.
La sinceridad lo desarmaba más que cualquier regaño.
—No me iré sin Sean.
—No era ese mi punto.
—Lo sé.
Se produjo un silencio extraño, no exactamente incómodo, pero lleno de todo lo que habían evitado decir.