20 #3
Emma sostuvo su mirada. La frase quedó entre ellos, pesada y distinta. No era una disculpa completa; ninguna palabra podía serlo todavía. Pero era una grieta en la armadura del hombre que ella creía conocer.
La noche no se hizo más fácil. Charles volvió a caminar entre la mesa y la cortina, incapaz de quedarse quieto. Emma lo observó durante un rato. Había cambiado; los hombros parecían más anchos, la mirada más cansada, y en cada silencio había algo que ella no sabía nombrar.
Al acomodar la almohada, sintió un bulto duro debajo. Lo sacó con cuidado: un libro encuadernado en vino oscuro, de bordes gastados.
—¿Lees? —preguntó.
Charles giró la cabeza.
—Siempre he leído.
—No. Yo decía que no leías, y tú nunca te molestaste en desmentirme.
—Porque te convenía creer que yo solo sabía de fiestas, caballos y malas decisiones.
Emma observó el título grabado en oro.
—¿Aristóteles?
—Aristóteles, Polibio, algunos franceses que me hacen dormir y algunos poetas que jamás admitiré que me gustan.
Emma soltó una risa pequeña. Le había faltado esa risa.
—Podrías haberme dicho.
—Podrías haber preguntado.
La respuesta no fue cruel, pero le llegó como una punzada. Emma dejó el libro sobre la mesa.
—Tienes razón. Creí conocer todo de ti porque crecimos juntos. Me conformé con la versión que dejabas a la vista.
Charles apretó la mandíbula.
—Era más cómodo que nadie esperara demasiado de mí. William era el sensato. Gregory, el heredero. Yo era el menor que podía fingir que nada importaba.
—Y después descubriste que sí importaba.
—Después descubrí que todo importaba demasiado.
—¿Y por qué esconderlo de mí? —preguntó Emma.
Charles tardó en responder. Pasó el pulgar por el lomo del libro, como si encontrara allí una defensa mejor que las palabras.
—Porque tú me conocías desde antes de que tuviera que demostrar nada. Contigo podía ser el niño que escapaba de las lecciones, no el hombre al que observaban para ver si decepcionaba a su familia.
—Nunca me decepcionaste por no leer, Charles. Me decepcionaste cuando creí que no confiabas en mí.
Él levantó los ojos. No discutió. Esa renuncia a defenderse fue, para Emma, más sorprendente que el griego de Aristóteles.
—No tenía derecho a exigirte que adivinaras lo que yo ocultaba —aceptó—. Y tampoco tengo derecho a pedirte que olvides lo que hice solo porque ahora sé que fui un necio.
Emma sintió una punzada de ternura, seguida de rabia. Era difícil querer a alguien que empezaba a ser honesto demasiado tarde.
La tienda quedó en silencio. Afuera se escuchaban caballos, órdenes apagadas, una tos, el golpe de la lluvia contra la lona.
Emma se puso la camisa limpia de Charles sobre el camisón; olía a jabón áspero, cuero y humo.
Él se dio la vuelta con discreción, un gesto pequeño que ella agradeció más de lo que quería admitir.
Cuando llegó la hora de dormir, los dos se quedaron mirando el catre estrecho como si fuese un asunto diplomático.
—Es una cama muy pequeña —observó Emma.
—Lo sé.
—Hace frío.
—También lo sé.
—Entonces… ¿te molesta que te abrace?
Charles la miró durante un segundo largo.
—No. Ven aquí.
Emma se acostó primero, de espaldas. Al poco rato, sintió cómo Charles se metía bajo las pieles, con cuidado de no tocarla más de lo necesario. La rigidez de ambos habría sido cómica en cualquier otra circunstancia. Ella se giró al final y se acercó hasta apoyar la frente contra su pecho.
—Tienes los pies helados —murmuró él.
—Para eso te tengo.
Charles soltó una risa baja, la primera verdadera de la noche.
—Eres imposible.
—Eso dices desde que éramos niños.
Él la rodeó con los brazos. Esta vez, Emma no retrocedió. La seguridad que le daba aquella presión era casi dolorosa, porque le recordaba todo lo que todavía sentía por él y todo lo que seguía sin poder perdonar.
—Emma —dijo Charles—. Voy a encontrar a Sean.
Ella cerró los ojos.
—Lo sé.
—Y cuando lo tenga en mis brazos, hablaremos. De todo. Sin huir. Sin que nadie decida por nosotros.
Charles no respondió con una promesa romántica.
Solo cerró los ojos y asintió contra el cabello de Emma.
Afuera, un vigía cambió de turno; el campamento seguía respirando su violencia, su hambre y su cansancio.
Dentro de la tienda, sin embargo, había un espacio pequeño donde ambos podían decir la verdad por primera vez en años.
—No sé si puedo perdonarte todavía —susurró Emma.
—No te lo pediré esta noche.
—Pero quiero que encuentres a Sean.
—Lo encontraré.
Ella quiso creerlo. No porque Charles tuviera el rango, los hombres o el uniforme; quiso creerlo porque, por una vez, él no estaba intentando poseerla ni salvarla de sí misma. Solo estaba allí, sosteniéndola mientras el miedo la doblaba.
Emma no respondió enseguida.
El pasado seguía entre ellos como una sombra que no podía apartarse con un abrazo.
Pero, por aquella noche, permitió que la respiración de Charles marcara el ritmo de la suya.
Estaban juntos, físicamente, en el mismo catre estrecho y bajo la misma tormenta.
Sin embargo, algo esencial aún se mantenía a distancia: el alma de ambos, llena de palabras que seguían esperando ser dichas.