20 #2
Emma le escupió. No fue un gesto elegante ni prudente. Fue el último recurso de una mujer aterrada. El hombre alzó la mano, furioso.
—¡Basta!
La voz cortó el campamento con una autoridad que hizo que todo se quedara quieto.
—¿Qué demonios creen que están haciendo? —continuó el recién llegado—. Una negativa no se convierte en permiso porque a ustedes les convenga. Sargento, aparten a esos hombres y pónganlos bajo arresto hasta que yo decida qué hacer con ellos.
Los soldados se separaron de Emma. Ella permaneció en el suelo, cubierta de barro, temblando y sin atreverse a levantar la cabeza. Solo oyó el roce de unas botas firmes acercándose.
Uno de los hombres que la había sujetado intentó protestar.
—Mi general, creímos que era parte de la carga…
Charles lo miró con un desprecio sereno que silenció incluso a los curiosos.
—No hay personas que formen parte de una carga. Y una mujer no se vuelve mercancía porque viaje junto a una caravana. Apréndalo antes de que tenga que enseñárselo de una manera que no olvidará.
El sargento obedeció. Los hombres fueron apartados entre murmullos, mientras el campamento volvía, poco a poco, a su ruido habitual. Emma oyó todo como si ocurriera a través del agua. La voz de Charles era lo único nítido; por eso se aferró a ella.
—Dime quién eres —ordenó la voz, más baja ahora—. ¿Por qué viajas con esta caravana?
Emma alzó el rostro.
El mundo se detuvo.
Charles estaba frente a ella. El uniforme oscuro, los guantes de cuero, la mandíbula tensa; todo en él parecía más duro que en el recuerdo.
Pero sus ojos azules seguían siendo los mismos.
Emma sintió que el cuerpo le abandonaba el peso de los últimos días y se aferró a sus botas como si fueran la única cosa sólida en un mundo que se había roto.
—Charles —susurró—. Ayúdame.
El rostro de él perdió el color.
—Emma… ¿qué haces aquí?
Ella intentó contestar. Sean. Nuestro hijo. Se llevaron a Sean. Las palabras no salieron. El miedo, el cansancio y la humillación se le subieron a la cabeza como una ola negra. Charles alcanzó a sostenerla antes de que volviera a caer en el barro.
—Traigan agua, paños limpios y a la curandera —ordenó con una frialdad que ocultaba pánico—. Ahora.
Brenda y Agnes aparecieron junto a la tienda del general con los ojos muy abiertos. No necesitaron una explicación; al ver a Emma en brazos de Charles, comprendieron que la polizona no era cualquier mujer.
—Ella nos protegió en el camino —dijo Brenda.
Charles la miró con gratitud sincera.
—Entonces me han protegido a mí también. Gracias.
Dentro de la tienda, las dos mujeres ayudaron a Emma a lavarse el barro y a ponerse un camisón limpio.
Charles se quedó del otro lado de la cortina, sin escuchar más de lo necesario, con los puños cerrados y la culpa ardiéndole en el pecho.
Dos años fuera de casa. Dos años sin saber cuántas veces Emma había tenido que sostener todo sola.
Y ahora ella había cruzado un campamento hostil para alcanzarlo.
Cuando Brenda salió, se detuvo frente a él.
—No la deje sola, general —dijo con sencillez—. No esta noche.
Charles asintió. No podía prometerle nada más grande que eso, pero al menos esa promesa sí estaba dispuesto a cumplirla.
Mientras esperaba afuera, Charles apoyó la frente contra el poste de madera que sostenía la tienda.
La rabia le subía por los brazos cada vez que recordaba a Emma en el suelo.
La había visto desafiar a hombres, familias, reglas y desgracias; aun así, nunca la había visto tan pequeña.
El pensamiento de que hubiera llegado un minuto tarde lo dejó sin aliento.
No era solo su esposa. Emma era la niña que corría tras él por los jardines de Violet, la mujer que se reía en medio de los peores días, la persona a quien había aprendido a amar con una torpeza capaz de destruirlo todo.
Había pasado dos años intentando convencerse de que alejarse era una forma de respetar su deseo.
Ahora entendía que la distancia, si se prolongaba demasiado, también podía ser abandono.
Cuando la curandera le confirmó que Emma solo necesitaba descanso, agua y comida, Charles no sintió alivio; sintió una obligación más honda. No podía reparar aquella noche, ni los secretos, ni los años de silencio. Pero podía quedarse. Podía empezar allí.
Emma despertó después de varias horas. La tienda estaba en penumbra; una vela temblaba junto al palanganero y la lluvia golpeaba la lona con un sonido ligero. Al moverse, encontró a Charles dormido, sentado en una silla cerca del catre, todavía vestido con parte del uniforme.
—Charles…
Él abrió los ojos de inmediato.
—Estoy aquí.
Emma se incorporó y lo abrazó antes de saber que lo estaba haciendo. Charles tardó apenas un instante en rodearla con los brazos. La estrechó con cuidado, como si todavía pudiera romperse.
—Todo está bien ahora —murmuró.
—No —Emma se apartó lo suficiente para mirarlo—. No está bien. Sean…
El nombre dejó la tienda sin aire.
—¿Qué pasó?
Emma le contó lo esencial: el ataque en Longford, el vacío donde debía estar su hijo, el rostro de Mary al intentar darle la noticia, su carrera a Londonderry, la negativa de Gregory, la carta cifrada y la caravana. No embelleció nada. Tampoco le ocultó que había tenido miedo.
—Mary estaba con él —añadió Emma, con los dedos retorciéndose sobre la manta—. Raj también. Los hombres entraron por la parte norte de la propiedad; preguntaron por dinero, por nombres, por ti. Sean estaba jugando. No entendió nada.
Charles cerró los ojos. Se obligó a respirar antes de contestar. La culpa era una cosa inútil en aquel momento, pero lo atravesaba de todos modos. Había dejado a su hijo con una madre que debía defenderlo sola y a una esposa que ya no sabía si podía confiar en él.
—No volverás a cargar esto sola —dijo por fin—. Esta vez no.
Tomó una libreta y empezó a anotar órdenes: patrullas por los caminos secundarios, preguntas discretas en las tabernas cercanas al estuario, revisión de graneros abandonados y de las casas donde solían esconderse los hombres que traficaban información.
No mencionó rescates ni represalias delante de Emma.
Sabía que ella necesitaba esperanza, pero también necesitaba verdad.
—No voy a pedirte que confíes en mí de golpe —continuó—. Solo necesito que me digas todo lo que recuerdes. Cada palabra puede traerlo de vuelta.
Emma lo miró. Por un instante, pareció a punto de hacer una broma para evitar llorar. En vez de eso, asintió.
Charles escuchó sin interrumpirla. Solo cuando terminó, la tomó de los hombros, despacio, sin sacudirla.
—¿Hace cuánto?
—Dos días. Quizá tres.
—Mis exploradores saldrán antes del amanecer.
Buscarán rutas, chozas abandonadas, galpones junto al río, cualquier sitio donde puedan retener cautivos.
Si lo han tomado para exigir rescate, lo mantendrán vivo y visible.
Si saben quién es… —Charles cerró los ojos un segundo—.
No. Ya me habrían hecho llegar sus condiciones.
Emma se tapó la boca. El esfuerzo por no llorar le hizo temblar los hombros.
—Tráelo de vuelta.
Charles no le prometió algo frívolo. No dijo que todo saldría bien por arte de magia. Se inclinó hacia ella y apoyó la frente contra la suya.
—Haré todo lo que esté en mis manos, Emma. Todo. Y no descansaré hasta encontrarlo.
—Quiero quedarme aquí.
Él se apartó, alarmado.
—No. Este no es lugar para ti.
—Hay mujeres aquí.
—Hay mujeres expuestas a una miseria que no debieron conocer. Eso no vuelve aceptable que tú corras el mismo riesgo.
—No regresaré a Longford sin Sean.
Charles caminó hasta la mesa de mapas. Miró las marcas negras, las velas bajas, el vacío rojo de los lugares que aún no podían registrar. Después se volvió hacia ella.
—Podrás quedarte en mi tienda. No saldrás sola y llevarás escolta cada vez que necesites moverte. Me dirás si alguien te incomoda; no tienes que fingir valentía conmigo.
Emma intentó sonreír, pero la sonrisa le salió cansada.
—¿Desde cuándo das tantas órdenes?
—Desde que mi esposa se escondió en un convoy para llegar a un campamento lleno de hombres armados.
—Entonces sí me quedaré.
Charles la miró con frustración, pero también con algo parecido al alivio.
—De acuerdo. Pero harás caso a las órdenes, condesa.
—Sí, mi general.
La respuesta le recordó a la Emma de antes: caprichosa, luminosa, un poco insolente. Solo duró un instante. Después, su rostro volvió a caer.
—Tengo miedo —admitió.
Charles no se rió.
—Lo sé.
—No quiero quedarme a solas con ninguno de tus hombres. Ni siquiera para bañarme.
Él comprendió de inmediato lo que no decía. La ira volvió a endurecerle el rostro, pero no era contra ella.
—No tendrás que estar a solas con nadie. Mañana te llevaré yo a la cabaña de agua, al borde del arroyo. La vigilaré desde fuera; nadie se acercará.
Emma bajó la mirada. Quizá era la primera vez en mucho tiempo que se permitía pedir algo sin envolverlo en sarcasmo.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme que te mantenga a salvo.
Emma apretó los labios. Había esperado sarcasmo, una reprimenda o la vieja manera en que Charles transformaba el miedo en una sonrisa arrogante. No esperaba aquella calma. Le resultaba extraña, casi peligrosa, porque le hacía recordar que todavía podía necesitarlo.
—No me encierres como si fuese una prisionera —dijo—. Puedo obedecer reglas, pero no quiero que decidas por mí.
—No te encerraré —respondió Charles—. Te diré lo que veo y tú decidirás conociendo el riesgo. Es lo mínimo que debí hacer hace mucho.